* El  Viajero Eterno *

 

  

     …y vi un cielo nuevo y una tierra nueva.

 

 

     El Sol brillaba con su diamantina luz la bóveda celeste, abrazando con sus resplandecientes rayos de luz rosada de la atmósfera, rodeando todos los poros del cuerpo material que sentí poseía, dándome vida, que vibraba en todo mí ser. Mi Alma pensaba con descriptible fervor el lugar que pisaba; “La nueva Tierra”. La voz, mi voz, escuchaba por mí en mi mismo, en otro tiempo, en otra época, era yo. Había perdido la capacidad del mundo del pensamiento de la razón: las preguntas, las respuestas, las afirmaciones eran constantes. Con que soy un conjunto de sentimientos-pensamientos. Soy yo mismo pisando una Nueva Tierra. El Sol majestuoso, luminoso, no dañaba a mis ojos con sus deslumbramientos. Extasiado de pie lo miraba, lo contemplaba embelesado sobremanera me atraía sin atreverme a dar un paso. Sus destellos esplendorosos penetraban en la tierra con sus ráfagas, dando vida a todo el paisaje que abarcaban mis atónitos ojos.

 

     Lentamente levanté mis  manos observándolas; eran fuertes, grandes, de un rosado pálido: despedían rayos de luz cuando hacía algún movimiento de acción. No encontraba ninguna línea en mis palmas que me influyera a investigarlas para conocer mi nuevo destino.

 

    ¡Qué paisaje!! De qué país será ésta región. Será una isla o un Continente. Mi Alma ávida ansiaba con anhelo conocer las plantas, las flores, los árboles: la flora irradiaba su propia vida. ¡Qué infinidad de esencias me circundaban! Los colores: el verde, amarillo, azul, rojo, blanco de las plantas transmitían unas tonalidades a mis oídos que me hizo recordar no se la obertura de Wagner: “Parsifal” ¡Qué perfección! La Paz se podía palpar sin verla; parecía que vivía en la mansión de los justos, la gloria, el paraíso. Comprendí en mi mismo que no era del todo cierto. Pero sí aprendí algo muy importante. El aire puro que respiro, la lucidez mental en mis observaciones, la musicalidad que llega a mis oídos por la brisa son parte de la atmósfera de este Planeta. La Paz es el espacio tiempo. El orbe de este Planeta manifestaba, revelaba su Paz.

 

“Este Planeta se llama “Juno” en memoria del Avatar Divino que lo pisó por primera vez” dijo la voz de mi Alma. “Juno el mago de las tormentas”, cómo le llamaban los habitantes del Continente Lémur en el viejo mundo, exponiendo constantemente su vida por salvar a los niños de los piratas que querían venderlos en su magnicidio como manjares de los nobles de aquel tiempo. Juno y Vestha su ciega esposa que le acompañó hasta su muerte perseguido, acosado como un criminal por defender la vida de los inocentes. Los dos vieron llegar la muerte amarrados a ambos palos de su enorme barco, alegres y felices de haber cumplido con su labor en su primera visita a éste Planeta cuando se llamó tierra. “Juno, la maldad de los hombres no me deja escuchar ningún sonido, ningún arrullo de tórtolas”. Cántame tú, quiero morir pensando que todo canta en torno mío”. Él comenzó con su profunda y dulce voz la melodía ahogando un sollozo para arrullar la muerte de Vestha, mientras el barco se hundía lentamente. 

 

 

Gondolero que te lanzas

Como un pájaro en el mar

Boga, boga hacia el oriente

Que el sol asomando está

Llega deshojando rosas

Gondolero, llega el sol

Mensajero de alegría y esperanza

Mensajero de la dicha y del

Amor

¿No ves que por ti ha vestido

La áurea clámide de luz

Y ha cubierto a la montaña

Con pabellones de tul

Y ha repujado las olas

Con rosas color té,

Para que entre ellas deslice

La quilla de tu bajel?

Mensajeros de alegría y esperanza.

Mensajero de la dicha y el amor,

Es el sol que ya llega gondolero

Es el cálido beso de tu Dios.

 

     Y en la infinita inmensidad de Dios, se durmieron a la vida física aquellos dos seres bajo las aguas del Mar Sereno (hoy Océano Pacifico) que tanto habían recorrido, salvando seres humanos condenados a enriquecer con sus carnes a los vampiros de sangre, hartos de placer, pero hambrientos eternamente de oro.

 

     Desde los riscos en las montañas sus fíeles seguidores sollozaban la pérdida de sus maestros Juno y Vestha, los esposos eternos, que habían descendido de sus moradas divinas para revestirse de carne humana, enseñando con su Palabra el Amor infinitos del Padre eterno mostrando con sus obras el Amor para la Humanidad terrestre. 

 

     La penetrante voz de Juno llenó el éter del espacio, que los millones de átomos esencias de vida del aire que respiraban los seres vivos, fosforescieron el eco de su tierna canción. Los Ángeles y Arcángeles miraban desde sus Cielos de Justicia, a los Avatares Divinos que empezaban a derrabar su sangre sobre las oscuridades y tinieblas que ya gobernaban el mundo de la tierra para conducirlos por los senderos de la Paz y el Amor fraterno. Qué limitada es la memoria humana si la comparamos con la memoria del Alma. El Alma es la luz divina que recuerda y como vive, expande su luz y la recoge para aprehender, en el sosiego de su amor. La Sabiduría que el Creador en su magnificencia le muestra.

 

     Qué divina Sabiduría del Amor eterno de nuestro Padre Celestial que de Sí mismo crea planetas y olas, galaxias y universos. Que la Esencia Divina en el Reino Vegetal puede convertirse en Almas, y posteriormente en Cuerpos Espirituales, como lo son ya los Ángeles y Arcángeles en sus cielos de Justicia, como los Avatares Divinos en sus Cielos de Amadores.

 

     Aún de pie, vi que la luz de mi Alma se había expandido en sus pensamientos, en sus recuerdos y remembranzas, en dar sus gracias al Creador Eterno por concederme la vida, su Amor y por permitirme permanecer en este lugar. Mi alma se sentía todavía un poco anonadada por la transformación del Planeta Tierra. En sus millones de años de sufrimientos soportando la barbarie humana, destruyendo por intereses materiales y mezquinos su Reino marino, mineral, vegetal, animal y humano. Pero lo que no pudo borrar fue la Vida. Las esencias también habían evolucionado y ahora me brindaban sus puros aromas, sus melodías al paso de la brisa, sus bellísimos colores. El valle que se extendía ante mí cercándome era magistral.

 

     El mundo viejo ha pasado. La tierra se ha transformado. ¡Qué alegría surgió de mi Alma: se llama Juno.

     No sabía que hacer. Si andaba iba aplastar las flores que me servían de alfombra en aquel inmenso valle encontrándome sólo sin sentirlo. Entonces me fijé en mis píes. Estaban cubiertos por un material suave y aterciopelado. Sentí un impulso y comencé a andar lentamente, sin comprender la fuerza de mi cuerpo físico. Al mismo tiempo veía que las plantitas cedían bajo mis pies, pero no se estropeaban; volvían de nuevo a erigirse como columnas fortalecidas por sus tallos. Vivía la calma y la Paz.

 

     ¡Cuántos sufrimientos, padecimientos, angustias vivía tu Alma en el mundo de la Tierra, por las prisas de sus habitantes! Los seres humanos atropellándose constantemente por no pensar en el bien de sí mismo, por no detenerse a desarrollar el Amor de sus Almas, perdonándose unos a otros: ayudándose unos a otros. ¡Qué desazones e inquietudes te hacía padecer la atmósfera del viejo mundo! El ambiente ínfimo de la atmósfera de la Tierra, lo formaron los padecimientos de sus habitantes. Siglos tras siglos, los pensamientos de los seres humanos gobernados por las tinieblas, fueron saturando la bóveda azul del Planeta “Juno” (Tierra) que la violencia de las energías del mal, les absorbió la Luz de sus Virtudes: La educación y la amistad, los principales baluartes para el desarrollo de sus Almas: El Amor fraterno.