La Desobediencia

 

 

 

     La desobediencia llegó hasta los hijos de múltiples generaciones convirtiendo sus hermosos y frondosos árboles, en cizañas y rastrojos que se aprovechan para vivir ahora en Planetas involucionados. Su desesperación continúa al verse rodeados de volcanes en constantes erupciones, cubriendo sus climas de negruras impenetrables. La Justicia Divina es inexorable, porque son sus propios Espíritus quienes juzgan el quebrantamiento a Las Leyes eternas de las creaciones de mundos. Tal fue la metamorfosis en el ser humano, que no se veían como hijos nacidos de la Creación, sino como fieras hambrientas: dándose zarpazos unos a otros. ¡Qué tristeza también para las ancianas Almas, que siendo hijas de lo ya creado, transgredieron a través de los siglos de sus existencias Las Leyes y sus amores de Planetas más evolucionados que la Tierra, para sembrarla del sublime Amor de sus angustias!

 

Traicionaron sus Almas al pensar que era superiores a los humanos, cometiendo perfidia, al desoír la voz de sus espíritus que les llamaban a la cordura: con defección y alevosía utilizaron a los humanos, para enriquecerse con los bienes temporales. Se olvidaron que las materias, fueron creadas para sus espíritu, y no los espíritus para la materia” -me decía mi Espíritu- ¡Qué horror! “Las Almas en el Planeta Juno vivían su Libre Albedrío, para desarrollar el Amor divino, pero temiendo amar  encarcelaron sus Almas por cobardía. Pero aquellos otros que fueron fieles y leales a la Enseñanza del Avatar Divino, cuando dijo:

 

Buscad el Reino de los cielos y su Justicia y las demás cosas os vendrá por añadidura”, como así mismo en la oración al Padre Eterno que dice: “Venga a nosotros tú Reino” significó con ello, que tantos Reinos de los cielos en los corazones de las Almas en el Planeta Juno, se estableció el Amor Divino, que es lo que estás viviendo ahora en la transformación de tu materia “.

 

     ¡Gracias Padre Eterno por la Fe que me has concedido, al ir aprehendiendo de Las Enseñanzas eternas de la Verdad!

 

     Con una increíble avidez iba asimilando mi Alma todo el entorno del sorprendente valle, rodeado por inmensas y enormes cadenas de montañas llenas de vida, límpidas y pobladas por lo que mi Alma comprendía: Pinos, eucaliptos, robles…continuaba mi andar lento, ensimismado, mirando de vez en cuando a lo lejos con el anhelo de encontrar a algún otro ser que habitara en el lugar que me encontraba.

 

     No sé el tiempo que transcurrió, pero si me fijé que el Sol iba inclinando su posición, desde la primera vez que lo vi. “Aquí también se hará de noche”, -escuché la voz de mi Espíritu- la Paz que me rodeaba era superior a la sentida por mi Alma. Estaba perplejo en este rosáceo ambiente etéreo. Las piedrecitas brillaban por el reflejo que recibieran del Sol, con una policromía de luces que desde el Reino mineral transmitiera su vida. No sabía si debía continuar caminando o por el contrario sentarme debajo de aquellos árboles, llenos de frutos que me invitaban a coger uno para probarlos o si cometía un error por infringir alguna ley de la Creación, por la cual se gobernaba aquel Reino vegetal del nuevo Planeta, que por ahora era su único habitante en mi reino.

 

     Dirigí mis pasos hacia el eucalipto más próximo, sentándome, apoyando mi espalda en el. Empecé a meditar la nueva situación en que me encontraba en aquel grandioso lugar, cuando escuché la voz de mi Espíritu de nuevo, diciéndome; “Bienaventurado los mansos de corazón porque tendrán la Tierra por heredad”. La voz vibraba timbrada por sonidos armoniosos que inundaban su tranquilidad mi Alma y mi materia física, me sentía henchido de una fuerza superior al cuerpo que recordaba tenía. Cobijado bajo sus frondosas ramas me quedé dormido, acordándome de la enseñanza de las Bienaventuranzas. Soñé que me veía sentado sobre una roca, contemplando el manso correr de un riachuelo, mientras me acompañaba una manada de ovejas. En mi brazo izquierdo, apoyando la cabeza sobre mi mano, sostenía un cayado de madera rústico de más de un metro de lago. Vi a una joven mujer, que de pie sobre una roca por encima de mí, me llamaba por un nombre que me era familiar. Inmediatamente me puse en pie, yendo a su encuentro. Ella tenía sus brazos abiertos y empezó a correr hacia mí, soltando también su cayado, de un salto se sujetó a mi cuello, que sólo con mi mano derecha la sostenía ceñida a mi cuerpo, quedando suspendida en el aire dada mi estatura. Sus alegres ojos, con su melena rubia, exteriorizaba la belleza de su Alma, que mi fuerte brazo sostenía la fragilidad de su cuerpo:

 

Hermanito,-me decía- hermanito, de pronto me desperté. 

 

     Me incorporé lentamente turbado con un sentimiento de abandono, sólo, aislado, desamparado, retirado. Respiraba el aire del atardecer, para aplacar la sensación que sintió mi Alma durante el sueño, armonizándome con la Paz de la atmósfera. “Mantén la calma -dijo mi voz- sobre tu materia”. Aspiraba y exhalaba el aura de la brisa, que del nordeste bañaba el valle oxigenando con su éter la vida de este Planeta. Poco a poco la serenidad y el sosiego inundaban mi ser. La placidez fortalecía mi materia física, jubilosa, apacible ya, y sentíase primaveral, como el verdor perenne del valle que mis ojos no alcanzaba a ver su vaguada.

 

     Aprendí la lección más importante para mi nueva vida; el inicio de mi evolución en este Planeta, para continuar progresando, aprehendiendo de la Sabiduría de lo creado. Mi entendimiento meditaba el desasosiego de mi Alma, por la acción y el efecto; el sueño y mi despertar. La argumentación era evidente por la prueba vivida, demostraba por la fuerza del ambiente atmosférico: Su Paz. La inquietud, la agitación, el ansia que sufrí; estremecido y desconcertado no acertaba a explicarme lo que estaba ocurriendo en mi mismo, en mi entorno. Sufrí indeciblemente. Sentí la atmósfera ardiente; mi materia abrasada por el ardor o energía calorífica; mi mente calenturienta presa de mi desarmonía. En este estado fue cuando escuché la voz de mi Alma que me llamaba al equilibrio. “Mantén la calma sobre tu materia”. Pasé de esta terrible sensación, al bochorno, hasta que el calor calmó mi materia física y la vehemencia de mi carácter, fue dando energías a todos los órganos de mi materia, sintiendo el vigor natural al pisar por primera vez esta Planeta. De nuevo me senté bajo aquel frondoso árbol. El orden iba conduciendo mi entendimiento, discerniendo con su Luz lo que veía y sentía.