Miscelánea de Las E mociones 2

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


¡Oh! si, ciertamente tendremos mucho que saber de Danceny. Si ha dicho a usted algo, se ha jactado de ello: pues no conozco hombre más tonto en cosas de amor, y me arrepiento cada día más de las bondades que con él tenemos. ¿Sabe usted que por loco me veo comprometida por causa suya? Y todo en pura pérdida. ¡Oh! yo me vengaré, lo juro. Cuando fui ayer a casa de la señora de Volanges, no quería salir, sintiéndose algo indispuesta; fue necesaria toda mi elocuencia para decidirla: y vi el momento en que Danceny iba a llegar antes que partiésemos; lo que hubiera sido tanta mayor torpeza cuanto la señora de Volanges le había dicho la víspera, que al día siguiente no estaría en su casa. Su hija y yo estábamos en un brete. En fin, salimos, y la niña me apretó la mano tan afectuosamente al decirme adiós que, a pesar de su plan de rompimiento, me prometí maravillas de aquella cita.

No habían terminado aún los acasos inquietantes. Media hora hacía apenas que estábamos en casa de la señora D... cuando la de Volanges se sintió mal, pero seriamente mal; y como era natural y justo, quiso ser conducida a su casa; yo lo quería tanto menos que, si como era de apostar, sorprendíamos juntos a los jóvenes, temía que las instancias que yo había hecho a la madre para salir, llegaran a darle sospechas. Tomé el partido de meterle miedo con su salud delicada, lo que felizmente no es difícil, y la detuve allí hora y media antes de volverla a su casa, fingiendo temer mucho el efecto del movimiento del coche. En fin, no volvimos hasta la hora convenida.
Por el aspecto de vergüenza que noté cuando entramos, confieso que esperé que al menos mi trabajo no había sido perdido.

Las ganas que tenía de saber lo ocurrido, me hicieron quedar con la señora de Volanges, que se acostó al instante. Después de haber cenado junto a su cama, la dejamos en seguida, con pretexto de que necesitaba descanso, y pasamos al cuarto de su hija. Ésta ha hecho de su parte cuanto yo esperaba de ella; escrúpulos a un lado, nuevos juramentos de amar toda la vida, etc., etc.: en fin, se ha entregado con toda la gracia posible; pero el tonto de Danceny no ha pasado ni una línea el punto mismo en que antes se encontraba. ¡Oh! bien se puede reñir con él; las reconciliaciones no son peligrosas.

Asegura la niña, sin embargo, que él quería más, pero que ella ha sabido defenderse. Apostaría que es por jactarse o excusarle y casi estoy seguro de ello.

En efecto, me vino el capricho de saber a qué atenerme sobre la defensa de que era capaz, exaltando su imaginación, a punto que... créame usted, amigo, no hay muchacha cuyos sentidos sean más fáciles a una sorpresa. Cierto que es amabilísima esta criatura. Merecía un amante de otra especie; pero, a lo menos, tendrá un amiga, porque yo me aficiono a ella con toda sinceridad. Le he prometido formar su corazón y creo que cumpliré mi palabra. Muchas veces he sentido la necesidad de tener una mujer por confidente, y la preferiría para esto a cualquiera otra; pero no puedo hacer nada hasta que esté ya... lo que es preciso que esté; razón de más para enfadarnos con Danceny.

Adiós, mi vizconde; no venga mañana a verme si no es por la mañana.
He cedido a las instancias del caballero, concediéndole pasar la noche en mi casita consabida.
En..., a 4 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Al volver ayer de París encontré en mi casa su carta, y me ha divertido mucho su cólera. No le sería a usted más sensible la torpeza de Danceny aun cuando la hubiese emplearlo contra usted misma. Sin duda por vengarse de él acostumbra a su querida a que le haga esas pequeñas infidelidades. En verdad, es usted una picarilla. Pero es muy amable y no extraño que se la resista menos que a Danceny.

En fin, por decirlo así, conozco de memoria a este héroe de novela, y para mí no tiene ya secreto alguno. Le he dicho tanto que el amor honesto da la suprema felicidad, que el sentimiento vale más que diez intrigas, que yo mismo en este momento me hallo enamorado y tímido; en fin: ha encontrado mi modo de pensar tan conforme con el suyo que, encantado con mi candor, me lo ha dicho todo y me ha jurarlo ser mi amigo sin reserva; pero no estamos por eso más adelantados en nuestro proyecto.

Desde luego me ha parecido que tiene por sistema, que una soltera merece más miramientos que una casada, porque tiene más que perder: piensa que un nombre no tiene excusa cuando pone a una señorita en la necesidad de casarse con él, o de vivir deshonrada, cuando ella es infinitamente más rica que él, como sucede en el presente caso. La seguridad de la madre, el candor de la hija, todo lo detiene. Con un poco de maña, y auxiliado por la pasión, pronto hubiera yo combatido estos razonamientos por más justos que sean, tanto más cuanto que sirven a hacer pasar a uno por ridículo, y que el uso corriente no los autoriza.
Pero lo que impide que se pueda vencer a este hombre, es que se halla gustoso con su sistema y manera de obrar. En efecto, si los primeros amores parecen en general más honestos, y como se dice, más puros; si, a lo menos, son más lentos en su marcha, no es, como se piensa, por efecto de delicadeza o de timidez, es que nuestro corazón, admirado de un sentimiento desconocido, se detiene, por decirlo así, a cada paso, para gozar de las delicias que experimenta, y es tan grande este influjo en un corazón nuevo que lo ocupa hasta el punto de hacerle olvidar cualquier otro placer. Es esto tan cierto, que un libertino enamorado, si puede estarlo un libertino, muestra desde entonces menos ansias de gozar, y que en fin, entre la conducta de Danceny con la joven Volanges, y la mía con la gazmoña señora de Tourvel, no hay más diferencia que el más o el menos.
Preciso hubiera sido para acalorar a nuestro joven, que hubiese hallado más obstáculos, sobre todo, más misterio, pues el misterio lleva a la audacia.
No estoy lejos de creer que usted nos ha perjudicado a fuerza de servirle bien: la conducta de usted hubiese sido excelente con un hombre hecho a esos tratos, que no hubiera sentido deseos; pero debiera usted haber conocido que un hombre joven, honrado y enamorado, el favor que más aprecia es el estar cierto de ser amado, y que cuanto más lo está, menos emprendedor es. ¿Qué haremos ahora? No lo sé; no creo que la muchacha caiga antes de su casamiento; y sólo habremos sacado el pagar los gastos: lo siento mucho, pero no veo el remedio.
Mientras yo diserto de ese modo, usted emplea el tiempo con su caballero. Esto me hace pensar que usted me ha prometido una infidelidad en favor mío; tengo la promesa por billete escrito y no quiero que se haga añeja; convengo en que no se vence todavía el plazo; pero mostraría generosidad si no lo esperase. Por mi parte no dejaré de pagar los intereses. ¿Qué dice de esto, amiga mía? ¿No está ya cansada de ser constante? Ese cortejo es, pues, bien precioso. ¡Ah! déjeme usted a mí. Quiero obligarla a confesar que si le ha encontrado algún mérito, es porque me tiene olvidado.

Adiós, mi bella amiga. La abrazo con la misma ansia con que la deseo.
Desafío a todos los besos de su caballero a que sean más ardientes que los míos.
En..., a 5 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Dígame, amiga mía, si lo sabe: ¿Qué significan todas estas lamentaciones de Danceny? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha pasado? Tal vez su bella se ha enfadado, cansada al fin de su eterno respeto. Es menester ser justos, y creer que habría razón para enfadarse, aún con mucho menos. ¿Qué le diré esta noche en la cita que me ha pedido, y le he dado a todo riesgo? Seguramente no perderé mi tiempo en escuchar sus jeremiadas, y esto no debe conducir a nada. Los lamentos amorosos sólo pueden oírse en recitativo obligado y en arias de bravura. Infórmeme, pues, de lo que ocurre y de lo que yo deba hacer, o sino deserto, para evitar el fastidio que preveo. ¿Podré ver a usted esta mañana? Si está ocupada, escríbame una palabra, y deme la contraseña del papel que debo representar. ¿En dónde estaba usted ayer? No puedo encontrarla ya.
Realmente esto no valía la pena de retenerme en París el mes de setiembre. Decídase, sin embargo, porque acabo de recibir un convite muy urgente de la condesa de B*** para que vaya a verla a su casa de campo; y me lo hace de un modo bien curioso, diciéndome: "mi marido posee el más hermoso monte del mundo, que conserva con el mayor cuidado para sus amigos", así es que tengo algún derecho sobre ese monte. Volveré pues a verle, si no puedo ser útil a usted por ahora.
Adiós, amiga mía; piense que Danceny debe venir a mi casa cerca de las cuatro.
En..., a 8 de setiembre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


Claro que puedo explicarle el billete de Danceny. El suceso que se lo hizo escribir es obra mía, y en mi sentir obra maestra. No he perdido tiempo desde que recibí la última carta de usted, y he dicho como el arquitecto de Atenas: "Lo que él dice yo lo haré". ¡Con que son necesarios obstáculos a ese bello héroe de novela y se duerme en el seno de su dicha! ¡Descuide en mí! Yo le daré en qué ocuparse, y apuesto que su sueño no será en adelante tan tranquilo. Era menester enseñarle lo que vale el tiempo, y me lisonjeo de que ahora siente el que ha perdido. Era menester, dice usted también, que necesitase de más misterio: pues bien, esta necesidad tampoco le faltará y tengo eso de bueno, que apenas se me hacen conocer mis faltas, no me sosiego hasta repararlas del todo. Y vea, pues, lo que he hecho.

Entrando en mi casa antes de ayer mañana, leí la carta de usted y la hallé luminosa. Persuadida de que había indicado perfectamente la causa del mal, me ocupé únicamente en encontrar el modo de curarle. Sin embargo, empecé por acostarme, porque mi infatigable caballero no me había dejado dormir un instante y creía tener sueño; pero no era así, enteramente ocupada de Danceny, el deseo de sacarle de su indolencia o de castigarle por ella no me dejó pegar los ojos; y sólo cuando hube concertado mi plan, pude reposar dos horas.

Fui por la noche a casa de la señora de Volanges, y según mi proyecto le confié que creía estar cierta de que existía entre su hija y Danceny una amistad peligrosa. Esta mujer, tan perspicaz respecto a usted, estaba tan ciega que me respondió al instante que seguramente me engañaba; que su hija era una niña, etc., etc. Yo no podía decirle cuanto sabía, pero le cité ciertas expresiones, ciertas miradas que alarmaban mi virtud y mi amistad. Hablé en fin casi tan bien como podría hacerlo una devota, y para dar el golpe decisivo me extendí hasta decir que creía haber visto dar y recibir una carta. "Esto me recuerda que un día abrió ella delante de mí un cajón de su papelera en el cual vi muchos papeles que sin duda guardará.
¿Sabe usted si tiene alguna correspondencia frecuente?" En tonces el rostro de la señora Volanges se mudó y vi que se le saltaban las lágrimas. "Doy a usted mil gracias, mi buena amiga, me dijo apretándome la mano. Yo me enteraré"
Después de esta conversación, demasiado corta para que la niña sospechase nada, me acerqué a ella, y me separé de ella en breve, para decir a la madre que no me comprometiera con su hija. Me lo prometió con tanto más gusto, cuanto que le hice observar que sería una fortuna que la chica tomase bastante confianza conmigo, para abrirme su corazón y ponerme en aptitud de darle mis prudentes consejos.
Lo que me hace esperar que me guardará la promesa, es que no dudo que quiera jactarse con su hija de su propia penetración. De esta manera yo quedaba autorizada a continuar en mi tono de amistad con la muchacha sin parecer falsa a los ojos de su madre, lo que quería yo evitar. Ganaba además el quedarme en lo sucesivo con ella cuanto tiempo y cuan íntimamente quisiese.
Aproveché de ello la noche misma, y cuando acabé mi partida, llevé a un rincón a mi jovencita y entablé la conversación acerca de Danceny, sobre el cual nunca le falta que decir. Me divertí en levantarla de cascos hablándola del gusto que tendría al verle al día siguiente, y no hubo género de locuras que no le hiciese decir. Era necesario darle en esperanzas cuanto le quitaba en realidad, y además todo esto debía hacerle el golpe más sensible, porque está persuadida de que cuanto más haya sufrido, tanta más prisa se dará en desquitarse a la primera ocasión. Últimamente, bueno es acostumbrar a los grandes lances a aquél que se destina a grandes aventuras.

En suma, ¿no debe pagar con algunas lágrimas el placer de gozarle ese Danceny? Está loca por él; pues bien, yo le aseguro que le logrará, y también que no lo habría tenido sin esta tempestad. Es un sueño desagradable cuyo despertar será delicioso, y todo bien calculado, me parece que debe estarme agradecida; en efecto, aunque haya habido de mi parte cierta malicia, es preciso divertirse un poco:

Para deleite nuestro hay tontos en el mundo.
En fin, me retiré muy contenta de mí misma.

O Danceny, me decía yo, excitado con los obstáculos va a estar doblemente enamorado, y entonces le serviré con toda mi eficacia; o si no es más que un tonto, como a veces lo creo, se desesperará y se dará por batido: en tal caso al menos me habré vengado de él cuanto habrá estado en mi mano y de paso me habré granjeado más la estimación de la madre, la amistad de la hija y la confianza de ambas. En cuanto a Gercourt, he de ser muy desgraciada o muy torpe, si dueña ya del corazón de su mujer, no hallo mil medios de hacer que sea lo que yo quiero. Con este agradable plan en la cabeza me acosté y dormí muy bien, y desperté muy tarde.

Al abrir los ojos me encontré con dos billetes: uno de la madre y otro de la hija; y no pude menos de reirme leyendo en ambos esta misma frase: "De usted sólo espero algún consuelo". ¿No es curioso consolar en pro y en contra, y ser único agente de dos intereses directamente opuestos? Véame pues usted ya como la Divinidad, recibiendo los deseos encontrados de los ciegos mortales y no cambiando en nada mis inmutables decretos. He abandonado, sin embargo, este empleo por el de ángel consolador, y, según el precepto, he ido a visitar a mis amigos afligidos.

Empecé por la madre. La he hallado tan triste, que esto sólo venga a usted, en parte, de las contrariedades que le hace sufrir por causa de su bella devota. Todo ha salido perfectamente. Mi único cuidado era que no hubiese aprovechado la madre del momento para ganar la confianza de su hija, lo que habría sido muy fácil, sólo empleando con ella el lenguaje de la dulzura y la amistad, y dando a los consejos de la razón el aire y el tono de la ternura indulgente. Por fortuna ha empleado la severidad, y en fin, se ha conducido todo lo mal que yo podía desear. Cierto que ha estado por echar abajo todo nuestro plan con la resolución que había tomado de volver a su hija al convento; pero yo he parado el golpe, persuadiéndola a que sólo haga esta amenaza para el caso en que Danceny siga con el mismo proceder, y en ello he llevado la mira de forzar a los dos a cierta circunspección que ahora creo necesaria para el logro.

Fui luego a ver a la hija. ¡Cuánto la hermosea el dolor! Con poco coqueta que se haga, llorará a menudo, pero esta vez lloraba sin malicia.

Sorprendida yo de este nuevo encanto que no conocía y que tenía infinito placer en conservar, no le dí por lo pronto más que aquellos insípidos consejos que aumentan las penas más que las mitigan, y de este modo, la puse en términos que iba a caer en convulsiones. Le aconsejé que se acostase, y consintió, sirviéndole yo de doncella. No había arreglado su pelo y bien pronto sus cabellos cayeron sueltos sobre sus espaldas, y su garganta descubierta: yo la besé, ella se dejó caer en mis brazos, y sus lágrimas volvieron a correr. ¡Oh Dios, qué hermosa estaba! ¡Si la Magdalena era así, debió ser mucho más peligrosa como penitente que como pecadora!

Así que la bella desolada estuvo en su cama, entonces me puse a consolarla de buena fe. Por de contado la tranquilicé sobre el temor de volver al convento. Le hice concebir esperanzas de ver a Danceny en secreto y, sentándome sobre su lecho: "¡Si estuviese aquí!" le dije: y después sobre este tema, de distracción en distracción la conduje a no acordarse más de que estaba afligida. Nos hubiésemos separado enteramente amigas si no hubiera querido confiarme una carta para Danceny, lo que yo rehusé; y vea usted mis razones que aprobará, de fijo.

Desde luego era comprometerme con Danceny; y si era ésta la única disculpa que yo podría dar a Cecilia, de usted a mí existen otras muchas.

¿No hubiera sido arriesgar el fruto de mi trabajo el proporcionar tan pronto a estos amantes el medio fácil de calmar sus penas? Además, no me pesaría obligarlos a hacer intervenir algunos criados en esta aventura, porque, en fin, si lo llevamos a cabo, como espero, será menester que sea divulgado inmediatamente de la boda; y hay pocos medios más seguros; o bien si por milagro los criados no hablasen, lo haremos nosotros, y será más cómodo imputar a ellos la indiscreción.

Fuerza, pues, que dé usted hoy esta idea a Danceny; y como no estoy segura de la doncella de Cecilia, de que ella misma duda, indíquele a mi fiel Victorina. Yo cuidaré que el paso salga bien. Esta idea me agrada tanto más, cuanto que la confianza sólo será útil para nosotros y no para ellos, porque no estoy al cabo de mi cuento.
Mientras me rehusaba yo a encargarme de la carta de la muchacha, temía a cada instante que me propusiese echarla al correo, a lo que no hubiera podido negarme.
Felizmente, fuese por lo turbada que estaba, por ignorancia, o porque le importase más que la carta la respuesta, que no hubiera podido recibir de ese modo, no me habló de tal cosa; pero para evitar que le viniese la idea, o al menos que le aprovechara, tomé al instante mi partido, y volviendo al cuarto de la madre, la decidí a alejar por algún tiempo de París a su hija, a llevársela al campo. ¿Y adónde? ¡Cómo! ¿El corazón no le palpita de alegría?... A casa de su tía de usted, la señora de Rosemonde. Hoy mismo se lo debe avisar. Con que ya está autorizado a ir a ver a su devota, que no tendría ya que echarle en cara el escándalo de hallarse a solas con usted; y gracias a mi cuidado, la misma señora de Volanges reparará el mal que le ha hecho.

Pero escúcheme bien, y no se ocupe tan exclusivamente de sus asuntos propios, que pierda éste de vista; piense cuánto me interesa. Quiero que sea usted el corresponsal y el consejero de los jóvenes. Informe, pues, de este viaje a Danceny, y ofrézcale sus servicios. No halle dificultad sino en hacer llegar a manos de la bella su carta credencial, y venza al instante el obstáculo, indicándole el medio de mi doncella. No hay duda en que él aceptará, y usted, en premio de su trabajo, logrará la confianza de un corazón nuevo en amor, lo que siempre es interesante.

¡Pobrecilla! ¡cómo se sonrojará al entregar a usted su primera carta! En realidad, este papel de confidente, contra el cual hay tantas preocupaciones, me parece un entretenimiento muy agradable, cuando uno tiene ocupación por otro lado; y en este caso estará usted.

De su cuidado depende el desenlace de esta intriga. Juzgue cuál es el momento oportuno para reunir los actores. El campo ofrece mil medios, y Danceny, sin duda, estará pronto a ir a la primera señal que usted le dé. Una noche, un disfraz, una ventana... ¿qué sé yo? Pero en fin, si la chica vuelve en el mismo estado en que se ha ido, echaré a usted la culpa. Si cree que necesita de algún nuevo estímulo por mi parte, dígalo. Creo haberla dado una buena lección sobre el peligro que hay en guardar cartas, para atreverme a escribirle; siempre sigo en la idea de hacer de ella una discípula mía.

Creo que he olvidado decirle que sus sospechas, en punto al descubrimiento de su correspondencia, habían recaído sobre su doncella; pero yo las hice caer sobre su confesor. Esto es matar dos pájaros de un tiro. Adiós, vizconde mío; hace mucho tiempo que estoy escribiéndole, y se ha retardado mi comida; pero el amor propio y la amistad han dicta do mi carta, y ambos son parleros; por lo demás, usted la recibirá a las tres, y es lo que basta.

Quéjese ahora de mí, si se atreve; y vaya a ver si le tienta el monte del conde B***. Dice usted que lo conserva para el placer de sus amigos. ¿Con que ese hombre es amigo de todo el mundo? Adiós, que tengo hambre.
En..., a 9 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Usted verá, mi bella amiga, leyendo las dos cartas adjuntas, si he sabido llenar bien sus ideas. Aunque llevan la fecha de hoy, han sido escritas ayer en mi casa, y a mi vista. La que está dirigida a la jovencita dice cuanto queríamos. Es preciso prosternarse ante el profundo talento de usted, si hemos de juzgar de él por el acierto de sus planes. Danceny está hecho un fuego, y seguramente a la primera ocasión no habrá nada que reprenderle. Si su bella inocente quiere mostrar docilidad, todo estará acabado poco después de su llegada a la casa de campo; tengo cien medios preparados. Gracias a su cuidado, soy ya muy decididamente el amigo de Danceny; no le falta más que ser príncipe.

Es muy joven aún este pobre Danceny. ¿Creerá usted que no he podido obtener de él que prometa a la madre que renunciará al amor de su hija? ¡Como si fuese tan difícil prometer cuando uno está bien resuelto a no cumplir! Sería engañar, me decía a cada instante: este escrúpulo me edifica sobre todo en un joven que quiere seducir a la hija. He aquí los hombres: siendo todos igualmente malvados, en los proyectos que forman, a la flaqueza que ponen en realizarlos dan el nombre de probidad.

A usted toca impedir que la señora de Volanges no se asuste con ciertas imprudencias que se le han escapado en su carta a nuestro joven; presérvenos del convento, y procure hacer también que esa señora abandone la idea de que se le devuelvan las cartas de su hija. Por de contado él no las devolverá; no quiere, y pienso como él; en esto el amor y la razón marchan de acuerdo. Yo he leído estas cartas; me he tragado este fastidio: pueden sernos útiles; me explico.

A pesar de toda nuestra prudencia, pudiera la cosa dar un estallido. Éste haría fallar el casamiento, y destruiría todos nuestros planes respecto a Gercourt. ¿No es verdad? Pero, como por parte mía tengo también que vengarme de la madre, me reservo en tal caso el deshonrar yo a su hija. Escogiendo bien estas cartas y no presentando sino algunas, parecería que ella había dado los primeros pasos, y se había entregado abiertamente. Algunas otras podrían comprometer a la madre, y la harían a lo menos culpable de un descuido sin excusa. Danceny se opondría por lo pronto, bien lo veo; mas como se vería atacado personalmente, creo que al fin se le reduciría. Puede apostarse mil contra uno que no sucederá esto; pero es preciso preverlo todo.
Adiós, bella amiga; sería usted muy amable si quisiese ir mañana a cenar a casa de la mariscala de***; yo no he podido excusarme.

Me imagino que no es preciso recomendar a usted el secreto con la señora de Volanges sobre mi intención de ir al campo; al instante decidiría quedarse en la ciudad; en cambio, una vez llegada allí, no partirá al día siguiente, y si nos da solamente ocho días, yo respondo de todo.
En…, a 7 de setiembre de 17…

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Tengo que darle un importante aviso, mi amiga querida. Cuando ayer, como usted sabe, en casa de la mariscala de *** se habló de usted, y yo dije no todo lo bien que pienso, sino lo que no pienso, todo el mundo parecía de mi opinión y la conversación languidecía como siempre que se habla bien del prójimo, cuando salió un contradictor: Prevan.

"No permita Dios, dijo, que yo dude de la honestidad de la señora de Merteuil. Pero osaría creer que la debe más a su ligereza que a sus principios; es tal vez más difícil seguirla que agradarla; y como corriendo tras una suelen encontrarse otras mujeres, que valen tanto o más, los unos se han distraído y los otros parado de cansancio. Y es quizás la mujer de París que menos ha tenido que defenderse. En cuanto a mí, añadió animado por la sonrisa de algunas damas, no creeré en la virtud de la marquesa de Merteuil, antes de haber reventado seis caballos en hacerle la corte."

El mal chiste hizo fortuna como todos los que encierran maledicencia, y, entre las risas que excitó, Prevan tomó su sitio y cambió la conversación general. Pero las dos condesas de B***, con quienes estaba nuestro incrédulo, continuaron con él el asunto de modo que felizmente yo lo oía todo. El desafío de hacer a usted sensible, quedó aceptado, dada la palabra de contarlo todo y de todas las empeñadas en esta aventura, sin duda sería ésta la cumplida más religiosamente. Pero prevenida usted, ya sabe el proverbio.

Quédame por decirle que este Prevan, a quien no conoce usted, es infinitamente amable y aún más diestro. Que si a veces se me oyó decir lo contrario, es porque no lo quiero bien y gusto de contrariar sus éxitos, y no ignoro qué peso tiene mi sufragio en una treintena de nuestras mujeres de moda.

Así he conseguido largo tiempo impedirle que apareciera en lo que llamamos gran teatro y haciendo verdaderos prodigios, se conservaba en la obscuridad. Pero el brillo de su triple aventura, atrajo sobre él las miradas, le dio la confianza que le faltaba y lo ha hecho, en verdad, temible. Es, en fin, hoy, el único hombre que temería encontrar en mi camino. Y, aparte el interés de usted, me hará un gran servicio proporcionándole, de camino, algún ridículo. Lo dejo en buenas manos y espero que, a mi vuelta, será hombre al agua.

Le prometo en pago, llevar a feliz término la aventura de su pupila y ocuparme de ella tanto como de mi bella mojigata.

Ésta acaba de enviarme un proyecto de capitulación. Toda su carta declara el deseo de ser engañada. Imposible ofrecer un medio más cómodo ni más gastado. Quiere que sea su amigo. Pero yo, que gusto de los procedimientos nuevos y difíciles, no quiero liquidar tan barato, y no me hubiese tomado tanto trabajo para acabar en una seducción vulgar.

Mi proyecto, al contrario, es que sienta ella bien el valor y la extensión de cada sacrificio que me haga; no conducirla tan de prisa que no pueda seguirla el remordimiento y no concederle la dicha de tenerme en sus brazos hasta haberle obligado a no disimular el deseo. Poco valgo, si no valgo la pena de ser solicitado. Ni puedo vengarme menos de una altiva mujer que parece sonrojarse de confesar que adora.

He, pues, rehusado la preciosa amistad y atenídome a mi título de amante. Y como no se me oculta que el tal título que parece al principio una disputa de palabras, es de importancia real el obtenerlo, he puesto gran cuidado en mi carta llenándola de ese desorden que pinta sólo el sentimiento. He desvariado, en fin, lo más posible, porque sin desvarío no hay ternura, y creo que por esto las mujeres nos son superiores en las cartas de amor.

He terminado la mía con una adulación, lo que es aún consecuencia de largas observaciones. cuando el corazón de una mujer se ejercita algún tiempo, ha menester reposo, y he notado que una zalamería era para todas la mejor almohada que ofrecerle; se puede.

Adiós, mi bella amiga. Parto mañana. Si tiene algo que mandarme para la condesa de***, me detendré en su casa, al menos, a comer. Siento partir sin ver a usted. Páseme sus sublimes instrucciones y ayúdeme con sus sabios consejos en este momento decisivo.

Sobre todo, defiéndase de Prevan y ojalá pueda yo un día indemnizarla de este sacrificio. Adiós.
En..., 11 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


¡Pues no se ha dejado mi cartera en París el aturdido de mi criado! Las cartas de mi hermosa, las de Danceny para la joven Volanges, todo está allá y todo lo necesito. Mientras él ensilla su caballo y se dispone a partir para reparar su estupidez, yo le contaré a usted mi historia de esta noche, para que vea que no pierdo el tiempo.
La aventura en sí no es nada; una simple recaída con la vizcondesa de M***. Pero en los detalles me intereso y tengo además gusto en mostrarle que si sé perder a las mujeres, sé también salvarlas cuando las quiero. El partido más difícil o más alegre es el que tomo; y no me reprocho una buena acción con tal que me ejercite o me divierta.

Encontré aquí, pues, a la vizcondesa, y como ella juntara sus instancias a las que se me hacían de que me quedase en el castillo: "Consiento, le dije, a condición de que pasaremos la noche juntos". "Me es imposible, respondió ella, Vressac está ahí." Yo, que no lo había dicho por tanto hasta entonces, me rebelé como siempre ante la palabra impo sible. Me sentí humillado de que me sacrificaran a Vressac, y resolví no sufrirlo. Insistí.
No me ayudaban las circunstancias.
Este Vressac ha tenido la torpeza de inspirar celos al vizconde, de modo que la vizcondesa no puede ya recibirlo en casa y este viaje a la de la buena condesa, estaba concertado entre ellos para poder aprovechar algunas noches. El vizconde, había empezado por poner ceño al hallarse con Vressac: pero como es más cazador que celoso, se quedó sin embargo; y la condesa, siempre la misma que conoce usted, después de alojar a la esposa en el gran corredor, ha puesto a un lado al marido, y al otro el amante, y los ha dejado arreglarse entre ellos. El mal destino de ambos quiso que a mí me alojaran enfrente.

El mismo día, es decir ayer, Vressac que como supone usted, mima al vizconde, cazaba con él, a pesar de no gustarle la caza, contando consolarse por la noche, entre los brazos de la mujer, del fastidio que de día le causaba el marido; pero yo juzgaba que mejor le vendría el reposo y me ocupé de los medios de que su querida se lo proporcionase. Salíme con ello y obtuve que ella le armara una disputa sobre aquella misma partida de caza, en la que sólo había consentido por culpa suya.

No podía escoger peor pretexto; pero nadie mejor que la vizcondesa posee ese talento común a todas, de sustituir la razón con el humor y de ser más invencible cuanto menos razón lleva. El momento no se prestaba tampoco a explicaciones, y el ser fútil la causa facilitaba el arreglo al día siguiente, pues yo no pedía más de una noche.
Vressac halló pues cara de juez al llegar, y cuando quiso preguntar la causa, se le enfadaron. Trató de justificarse; la presencia del marido sirvió de pretexto para romper la conversación: quiso cuando salió el esposo que le prometieran oirle a la noche. Aquí se puso sublime la vizcondesa. "Estos hombres audaces, que porque han gozado los favores de una dama se creen con derecho para abusar, aun cuando ella tenga justos motivos de queja." Y, cambiando de tesis tomó tan bien el tono delicado y sentimental, que Vressac se quedó mudo y confuso y yo mismo estuve sobre creer que tenía razón; pues ya sabe usted que, como amigo de ambos, terciaba en la conversación.

Finalmente, ella declaró que no añadiría las fatigas del amor a lasd e la caza, y que no quería turbar tan dulces placeres. Volvió el marido. El desolado Vressac, que ya no podía replicar, me tomó aparte, y después de contarme por menudo sus razones, que yo me sabía tanto como él, me suplicó que hablase a la vizcondesa. Hablé yo en efecto, pero para darle las gracias y convenir la hora y modo de nuestra cita.
Me dijo que, alojada entre su marido y su amante, había creído más prudente ir al cuarto de Vressac, que recibirle en el suyo y que puesto que yo dormía frente a ella, juzgaba también más seguro pasar a mi habitación a donde iría cuando despidiese a su doncella. Restábame sólo dejar mi puerta entreabierta y esperar.
Todo sucedió como convinimos, y llegó ella a mi cuarto con el simple aparato de una hermosura al sueño sustraída.

Falto de vanidad, no me paro en los detalles de la noche, usted me conoce, y quedé satisfecho de mí.
Fue preciso separarse al amanecer. Y aquí comienza lo interesante. La atolondrada había creído dejar su puerta entornada y la encontramos cerrada, y con la llave por dentro. No tiene usted idea de la expresión desesperada con que la vizcondesa exclamó al instante: "¡Ay, estoy perdidal" Hubiera sido chusco, lo confieso, dejarla en tal situación: pero, ¿podía yo tolerar que una mujer se perdiese por mí sin perderla yo? ¿Debía como los hombres vulgares dejarme dominar por las circunstancias? Preciso era hallar un medio. ¿Qué hubiera usted hecho, mi bella amiga? He aquí mi ardid que salió bien.

Pronto vi que la puerta en cuestión podría echarse abajo, permitiéndose hacer mucho ruido. Obtuve pues de la vizcondesa, no sin trabajo, que se pusiera a dar gritos penetrantes de ladrones, asesinos, etc., para que al primer grito derribara yo la puerta, y ella corriera a su cama.

Acabamos al fin por hacerlo así, y al primer puntapié cedió la puerta. Bien hizo la vizcondesa en no perder tiempo: en un instante el vizconde y Vressac se hallaban en el corredor y también la doncellaYo, el único que conservaba sangre fría, me aproveché para apagar una mariposa que ardía aún en el cuarto y derribarla por tierra, pues ya piensa usted cuán ridículo hubiera sido fingir tal pánico teniendo luz en el cuarto. Y luego, regañé al marido y al amante por tener un sueño tan pesado, asegurándoles que los gritos a que yo había acudido y mis esfuerzos para derribar la puerta duraban hacia cinco minutos por lo menos.

La vizcondesa, que en su cama había recobrado su valor, me secundó bastante bien, y juró por Dios y por los santos, que había un ratón en su aposento: y protestó con la mayor sinceridad, que en su vida había tenido un miedo igual. Buscábamos en balde, cuando yo hice reparar en la mariposa caída y concluí, que sin duda un ratón había causado el daño y el terror. Mi opinión fue la de todos, y tras algunas bromas sobre los ratones, fuese el primero a la cama el vizconde, rogando a su mujer que tuviera en adelante ratones más tranquilos.

Vressac, solo con nosotros, se acercó a la vizcondesa para decirle tiernamente que aquello era una venganza del amor, a lo que ella dijo mirándome: "Pues muy enfurecido debía estar, porque bien se ha vengado; pero, añadió, estoy rendida de fatiga y quiero dormir."

Yo me sentí bueno; antes de separarnos abogué por la causa de Vressac y conseguí la reconciliación. Ambos amantes se abrazaron y me abrazaron a su vez. Nada me daban los besos de la vizcondesa, pero confieso que el de Vressac me hizo gracia. Salimos juntos, y después de recibir sus largos cumplimientos, nos fuimos cada uno a su cama.

Si le place la historia, no le pido el secreto. Ya me ha divertido a mí, tome el público su parte. Me refiero a la historia ¿diremos pronto lo mismo de la heroína?
Adiós, hace una hora que aguarda mi lacayo; un momento sólo para abrazar a usted, y recomendarle sobre todo que se guarde de Prevan.
Del palacio de..., a 15 de setiembre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


¿Y desde cuándo, mi amigo, se me asusta tan fácilmente? ¿Tan temible es ese Prevan? Pues mire qué sencilla y modesta soy. Mil veces lo he encontrado, y no lo he mirado siquiera. Nada menos que la carta de usted fue preciso para llamarme la atención. Ayer he reparado mi injusticia. Estaba en la ópera casi frente a mí, y me ocupé de él. Es guapo al menos, pero muy guapo; rasgos finos y delicados; debe ganar visto de cerca. ¿Y usted dice que quiere conquistarme? pues de fijo me hará honor y gusto. Seriamente, tengo el capricho, y empiezo por confiar a usted aquí que he dado ya los primeros pasos. No sé si saldrán bien. He aquí el caso.

Estaba él a dos pasos de mí a la salida de la ópera, y he dado en alta voz cita a la marquesa de*** para cenar el viernes en casa de la mariscala. Sólo allí creo poderlo ver. No dudo de que me haya oído. ¿Si no vendrá el ingrato? Pero dígame, ¿cree que vendrá? ¿Sabe usted que si no viene estaré de mal humor toda la noche? Ya ve cómo no encontrará tanta dificultad en seguirme; y lo que más le extrañará, menos va a encontrar en gustarme. ¡Quiere, dice, reventar seis caballos haciéndome la corte! Yo salvaré la vida a esos pobres caballos. No tendría paciencia para esperar tanto. Usted sabe que no está en mis principios el dilatar las cosas cuando estoy decidida, y por él lo estoy.

Sí que da gusto ¿verdad? el darme consejos. El importante aviso de usted no tiene gran éxito. Pero ¡qué quiere, hace tanto tiempo que vegeto! más de seis semanas ha que no me he permitido alegría ninguna. Ésta se presenta: ¿cómo rehusármela? ¿Y no vale la pena el asunto? ¿qué otro más agradable en cualquier sentido que tome la palabra?

Usted mismo está obligado a hacerle justicia; y hace más que elogiarle, tiene celos de él. Pues bien, yo me instituyo juez entre ambos.

Pero por lo pronto hay que instruirse, y a eso voy. Seré juez íntegro, y pesaré a los dos en la misma balanza. De usted tengo ya las memorias y su causa perfectamente instruida. ¿No es justo que ahora me ocupe de su adversario? Vamos, sométase de buen grado, y para empezar cuénteme luego cuál es esa triple aventura de que él es el héroe. Me habla de ella usted como si la supiera yo de memoria, y no sé una palabra. A lo que parece, habrá ocurrido cuando mi viaje a Ginebra, y sus celos no lo dejaron escribírmela. Repare luego esa falta; nada de lo que le concierne me es extraño. Creo que aún se hablaba a mi regreso; pero ocupada de otras cosas, oigo rara vez en ese género lo que no es del día o de la víspera.
Y aunque lo que le pido le contraríe algo, ¿no es lo menos que debe a los cuidados que tomo por usted? ¿no son ellos los que lo han acercado a su presidenta cuando sus tonterías lo tenían alejado? ¿Y no soy yo también quien le ha puesto entre las manos el tomar venganza del amargo celo de la señora de Volanges? Tantas veces como se ha quejado usted del tiempo empleado en buscar las aventuras. Ahora las tiene en la mano. El amor, el odio, a escoger, y todo bajo el mismo techo; acariciar con una mano y herir con la otra.
Y aún es a mí a quien debe la aventura de la vizcondesa. Mucho me alegro; pero, como dice usted, hoy hay que hablar de ello; porque si la ocasión le ha hecho preferir el misterio al lustre, por el momento hay que reconocer que la dama no merecía tan honrado proceder.

Y a más yo estoy quejosa de ella. El caballero de Belleroche la encuentra más bonita que yo quisiera, y por muchas razones me alegraría de un pretexto para romper. Y nada más cómodo que tener que decirse: "No se puede tratar a esa mujer."
Adiós, vizconde. Piense que en su situación el tiempo es precioso: voy a emplear el mío en ocuparme de la dicha de Prevan.
París, 15 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


O su carta es una broma que no entiendo, o se hallaba al escribírmela en un delirio muy peligroso. Si la conociera menos estaría de veras asustado; y, diga usted lo que quiera, no me asustaría fácilmente.
La leo y releo en vano; nada saco en limpio; porque tomar su carta al pie de la letra, no es posible. ¿Qué ha querido, pues, decirme? ¿Es sólo que cree inútil darse tanto cuidado en un enemigo tan poco temible? Pues en ese caso pudiera hacer mal. Prevan es realmente amable; más de lo que cree usted; tiene, sobre todo, el talento de interesar mucho de su amor con la destreza que pone en hablar delante de todo el mundo, sirviéndose de cualquier conversación.
Pocas mujeres hay que se salven así del lazo de responder, porque todas, picándose de agudas, encuentran la ocasión de mostrarlo. Ahora bien, usted sabe de sobra que la mujer que consiente en hablar de amor, acaba pronto por tenerlo, o al menos por conducirse como si lo tuviera. Y él gana en este método, que ha perfeccionado, el llamar a veces a las mismas mujeres a testificar de su derrota; y de esto le hablo, porque lo he visto.

Yo estaba en el secreto, de segunda mano, porque nunca tuve relación directa con Prevan; pero, en fin, éramos seis; y la condesa de P***, creyéndose muy lista, y pareciéndolo, en efecto, para los que no estaban instruidos de sostener una conversación general, nos contaba con el mayor detalle cómo se había rendido a Prevan y cuanto había pasado entre ellos. Hacía su relación con tal seguridad, que ni siquiera la turbó la loca risa que nos dio a los seis al mismo tiempo; y me acordaré siempre que, habiendo uno querido excusarse haciendo como que dudaba de la exactitud del cuento, respondió gravemente que de fijo ninguno podíamos saber tanto como ella; y no temió preguntar a Prevan si habíase equivocado en una sola palabra.

He podido creer, pues, a este hombre peligroso para todo el mundo... pero para usted, marquesa, ¿no bastaba que fuese guapo, muy guapo, como usted misma lo dice? ¿que le dirigiese uno de esos ataques que usted gusta de recompensar sin más que por hallarlos bien hechos? ¿Qué, le hubiera parecido bien rendirse por una razón cualquiera? o... ¿qué se yo? ¿Puedo adivinar los cien mil caprichos que rigen la cabeza de una mujer, sólo por lo cual pertenece usted a su sexo? Ahora que está advertida del peligro, ya supongo que saldrá de él fácilmente, pero había que advertirla. Vuelvo, pues, a mi tema: ¿qué ha querido decir? Si no es más que una broma sobre Prevan, además de larga, es inútil conmigo. En la sociedad es donde hay que ponerlo un poco en ridículo y le renuevo mi ruego a este punto.

¡Ah! Creo haber hallado el quid. Su carta es una profecía, no de lo que usted hará, sino de lo que él la creerá dispuesta a hacer en el momento de la caída que le prepara. Apruebo el proyecto. Pero exige gran cuidado. Usted sabe, como yo, que para el público tener un hombre o recibir sus atenciones, es la misma cosa, a menos que el hombre no sea tonto; y Prevan no lo es ni mucho menos. Con una sola apariencia que alcance, se notará y se dirá todo. Los tontos lo creerán; los malos afectarán creerlo; ¿qué recursos quedarían a usted? Vaya, tengo miedo. No que dude de su habilidad, pero los buenos nadadores se ahogan.

No me creo yo más tonto que cualquiera; medios de deshonrar a una mujer he encontrado ciento, mil; pero cuando me he puesto a buscar cómo podría salvarla, no he visto nunca la posibilidad. En usted misma cuya conducta es una obra maestra, he creído ver cien veces más suerte que buen juego.

Después de todo, tal vez estoy buscando razones a lo que no las tiene y tratando en serio lo que no es de seguro, sino una chanza suya. ¿Usted va a burlarse de mí? bien, sea; pero pronto, y no hablemos de otra cosa. De otra cosa, digo mal, siempre de la misma, de las mujeres a ganar o a perder y a veces de ambas.
Tengo yo aquí, como dice usted, con qué ejercitarme en los dos géneros, pero no con la misma facilidad. Preveo que la venganza correrá más que el amor. Respondo de la joven Volanges; sólo depende de la ocasión, y yo me encargo de originarla. No así con la señora de Tourvel; no concibo a esta mujer desesperante; tengo cien pruebas de su amor; pero mil de su resistencia; temo, en verdad, que llegue a escapárseme.
El primer efecto producido por mi regreso, me auguraba mejor.

Adivinará que para juzgar por mí mismo y sorprender los primeros movimientos, llegué de improviso y calculando el momento de que estuvieran a la mesa. Caí de las nubes como las divinidades de ópera en el trance del desenlace.

Entré haciendo ruido para llamar la atención, y pude ver con la misma ojeada el júbilo de mi vieja tía, el despecho de la señora de Volanges y el placer desenfrenado de su hija. Mi bella, que estaba de espalda a la puerta, no volvió siquiera la cabeza; pero yo dirigí la palabra a la señora de Rosemonde, y, a la primera sílaba, la sensible devota dejó escapar un grito, en el que yo creí reconocer más amor que sorpresa o espanto. Vi entonces su cara: el tumulto de su alma, el combate de sus ideas y sus sentimientos, se pintaban en ella de mil modos. Me senté a su lado a la mesa; no sabía que hacía ni que decía. Trató de seguir comiendo; no hubo medio, en fin: antes de un cuarto de hora, su embarazo y su placer aumentados, no halló nada mejor que pedir permiso para levantarse de la mesa, y se escapó al jardín, con pretexto de tomar el aire. La de Volanges quiso acompañarla; la tierna virtuosa no lo consintió; feliz de hallarse sola y entregarse, sin recato, a la dulce emoción de su pecho.

Abrevié yo la comida cuanto pude. Apenas servido el postre, la infernal Volanges, movida, sin duda, del deseo de perjudicarme, se levantó para ir en pos de la encantadora enferma. Yo había previsto el proyecto y lo destruí. Fingí tomar aquel movimiento particular por el movimiento general, y me levanté: la joven Volanges y el cura del lugar hicieron lo propio al ver el doble ejemplo, y mi tía y el comendador de T***, que se quedaban solos, nos siguieron también. Fuimos todos en busca de mi hermosa a quien hallamos en el bosquecillo junto al palacio, y como necesitaba más soledad que paseo, prefirió volver con nosotros a hacernos quedar con ella.
Seguro ya de que la señora de Volanges no hallaría ocasión de hablarle a solas, pensé en ejecutar las órdenes de usted. Después del café subí a mi cuarto, inspeccionando de paso los otros, para reconocer el terreno; tomé mis disposiciones para asegurar la correspondencia de la muchacha y tras este primer beneficio le escribí dos líneas para instruirla y pedirle su confianza; junté al billete la carta de Danceny y salí al salón. Mi bella estaba en una chaise longue en un abandono delicioso.

Este espectáculo, despertando mis deseos, animó mis miradas;
comprendí que debían ser tiernas y apremiantes y me coloqué de modo de aprovecharlas. Su primer efecto fue el de haber bajar los grandes y honestos ojos de mi celeste recatada. Primero consideré un rato aquel semblante angelical, luego recorrí toda su persona, adivinando los contornos y las formas a través de un vestido ligero, pero siempre importuno. De los pies volví a la cabeza. La dulce mirada estaba fija en mí; en el acto se bajó de nuevo, y queriendo yo favorecer su vuelta, aparté mis ojos. Entonces se estableció entre ambos esa tácita convención, primer tratado de amor tímido que permite a las miradas sucederse esperando confundirse.
Persuadido de que este nuevo placer ocupaba toda a mi hermosa, me encargué de velar por nuestra común seguridad; pero luego de asegurarme que una conversación muy viva nos salvaba de la observación del círculo, traté de obtener que aquellos ojos hablasen francamente su lenguaje. Sorprendí primero algunas mirarlas, pero con tanta reserva que no podía alarmarse la honestidad y para tranquilizar a la tímida persona, me puse tan azorado como ella. Pero, a poco, nuestros ojos, habituados a encontrarse, se fijaron más tiempo; al cabo no se separaron ya y yo noté en los suyos esa dulce languidez, señal dichosa de amor y deseo; pero sólo un momento: vuelta en sí, cambió, no sin cierta vergüenza, su posición y su mirada.

No queriendo que dudase de que yo me percataba de todos sus movimientos, me levanté con viveza y le pregunté si se hallaba mal.

Todo el mundo llegó en seguida a rodearla. Los dejé pasar y como la jovencita Volanges, que bordaba junto a una ventana, necesitaba tiempo para apartarse de su labor, aproveché el momento para dejarle la carta de Danceny. Desde lejos le eché la epístola sobre las rodillas. Ella no sabía qué hacer. Usted se hubiera reído de su aire de sorpresa e inquietud. Yo no me reía, sin embargo, temiendo que tanta torpeza nos perdiera. Una ojeada y un gesto imperativo le hicieron, en fin, comprender que debía guardarse la carta.

Nada de interesante el resto del día. Lo que pasó después, traerá tal vez sucesos de que se alegrará, al menos por lo que hace a su pupila. Pero más vale emplear el tiempo en ejecutar los proyectos que en contarlos. Esta es, además, la octava carilla que escribo y estoy cansado, con que adiós.

Ya supone bien que la niña ha respondido a Danceny19. También yo he tenido respuesta de mi bella, a quien escribí al día siguiente de mi llegada. Léala usted o no la lea; porque este perpetuo escarceo que ya va dejando de divertirme, debe ser bien insípido para las personas ajenas.
Otra vez, adiós. Siempre amo a usted; pero le prevengo, que si me habla de Prevan, lo haga de modo que yo lo entienda.
En la quinta de..., a 17 de setiembre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Contaba ir de caza esta mañana; pero hace un tiempo imposible.
No tengo más lectura que una novela que aburriría a una colegiala. Almorzaremos dentro de dos horas lo más pronto. Así que voy a escribirle, a pesar de mi larga carta de ayer. Pero no la fastidiaré, porque voy ha blarle del guapísimo Prevan. ¡Cómo! ¿no sabe acaso la famosa aventura que separó a las inseparables? Apostaría a que a la primera palabra la recuerda de pies a cabeza. Pero, vaya, pues que lo desea.

Recuerda usted que todo París miraba con asombro que tres mujeres, las tres bonitas, las tres inteligentes y que podían tener las mismas pretensiones, estuviesen íntimamente ligadas entre sí desde su entrada en sociedad. Pareció al principio la causa su extremada timidez; pero pronto rodeados de una corte numerosa, de la que se repartían los tributos, y advertidas de su valor por el interés y los obsequios de que eran objeto, su unión se estrechó aún y hubiérase dicho que el triunfo de una era de las tres. Esperábase al menos que el momento del amor traería las rivalidades.

Nuestros pisaverdes se disputaban el honor de ser la manzana de la discordia; y yo mismo hubiera entonces entrado en juego, si la gran boga de la condesa de***, en aquel momento me hubiera permitido serle infiel, antes de haber obtenido el favor que solicitaba.

Entre tanto, nuestras tres hermosuras hicieron su elección, como de común acuerdo, en el mismo carnaval; y lejos de que excitase disturbios, como todos habían creído, no sirvió sino para hacer su amistad más íntima con el nuevo encanto de las comunicaciones confidenciales.

El enjambre de pretendientes desgraciados, se unió al de las mujeres celosas, y la escandalosa constancia fue sometida a la censura pública. Los unos sostenían que en esta sociedad de inseparables (así las llamaban), la ley fundamental era la comunidad de bienes, y que el amor mismo se sujetaba a esta regla; otros aseguraban que los tres amantes estaban libres de competidores, pero no de competidoras; en fin, la cosa llegó hasta decirse que no habían sido admitidos, sino por decoro, y no habían recibido, sino un título sin funciones.

Estas voces, verdaderas o falsas, no produjeron el efecto que se esperaba. Al contrario, las parejas conocieron que estaban perdidas si se separaban en aquel momento, y tomaron el partido de resistir a la tempestad.
El público, que se cansa de todo, se cansó bien pronto de una sátira infructuosa. Llevado de su inconstancia natural, se ocupó de otras cosas; y luego, volviendo a ésta con su inconsecuencia ordinaria, cambió la crítica en elogios. Como aquí todo es moda, el entusiasmo sucedió y se convirtió en verdadero delirio, cuando Prevan emprendió el verificar estos prodigios, y fijar sobre el particular la opinión del público y la suya.

Buscó, pues, a estos modelos de perfección. Admitido fácilmente en su sociedad, sacó de ello un favorable agüero. Sabía bien que las gentes dichosas no se dejan acercar con tanta facilidad. Vio, en efecto, muy pronto que aquella dicha tan pregonada era, como la de los reyes, más envidiada que apetecible. Notó que aquellos supuestos inseparables empezaban a buscar los placeres externos, y que hasta se procuraba ya distracciones, y concluyó de ello que los vínculos del amor o de la amistad estaban ya, o relajados o rotos, y sólo los del amor propio y la costumbre conservan todavía su fuerza natural.

Sin embargo, las mujeres, que la necesidad reunía, conservaban entre ellas la apariencia de la misma intimidad; pero los hombres, más libres en su proceder, hallaban deberes o negocios que los llamaban; se quejaban de ellos aún, pero no se dispensaban, y ya rara vez el número que se juntaba a pasar las noches era completo.
Esta conducta de su parte favorecía los designios del asiduo Prevan, que colocado naturalmente cerca de la que había sido abandonada cada día, hallaba alternativamente, y según las circunstancias, el remedio de rendir los mismos obsequios a las tres amigas.

Comprendió fácilmente que elegir entre ellas era perderse; que la falsa vergüenza de ser la primera que renunciase a la fidelidad, asustaría a la que prefiriese; que el amor propio herido de las otras dos, las haría enemigas del nuevo amante y no dejarían de desplegar contra él la severidad de los grandes principios; en fin, que los celos harían volver a hacer más cuidadoso a un rival que podía ser todavía temible. Todo hubiera servido de obstáculo, y todo se hacía fácil en su triple proyecto; cada mujer era indulgente, porque estaba interesada en serlo, y cada hombre también, porque creía no estarlo.

Prevan, que no tenía entonces sino una sola amada que sacrificar, tuvo la dicha de que ésta adquiriese celebridad. Su calidad de extranjera y el obsequio de un gran príncipe, que rehusó con bastante destreza, habían hecho que las gentes de la corte y de la ciudad fijasen en ella su atención; su amante disfrutaba de la parte que le correspondía de este honor, y se aprovechaba de él cerca de sus nuevas queridas.

Lo dificultoso era saber conducir a la vez las intrigas, cuya marcha debía necesariamente reglarse por la más tardía; y, en efecto, sé por uno de sus confidentes, que su mayor trabajo fue el detener una que estaba ya en sazón casi quince días antes que las otras.

En fin, el gran día llegó. Prevan, que había ya obtenido el consentimiento de las tres, era dueño de arreglar la cosa como quisiese, y lo hizo como va usted a ver. De los tres maridos, uno estaba ausente, otro partía al día siguiente, a la madrugada, y el tercero estaba en la ciudad. Las amigas inseparables debían cenar en casa de la futura viuda; pero el nuevo señor no había permitido que los antiguos servidores fuesen admitidos.

En la mañana del mismo día hace tres paquetes de las cartas de su querida; acompaña al uno con el retrato que había recibido de ella; al segundo con una cifra amorosa que ella misma había pintado; y al tercero, con un mechón de sus cabellos; cada una recibió por completo este tercio de sacrificio, y consintió, en cambio, en enviar al amante desgraciado una carta ruidosa de rompimiento.

Ya era esto mucho, mas no bastante todavía. Aquella cuyo marido estaba en la ciudad, no podía disponer sino de la tarde, se convino que una incomodidad fingida, la dispensaria de ir a cenar a casa de su amiga, y que toda la parte de la noche hasta la hora de acostarse sería reservada a Prevan. La parte que corre desde esta hora hasta el amanecer, fue señalada al mismo para aquella cuyo marido estaba ausente; y el tiempo después de amanecer momento de la partida del tercer esposo, le fue indicado para la última.

Prevan, que atiende a todo, corre después a casa de su bella extranjera: allí muestra y excita el humor que le convenía, y no sale hasta hacer entablar una querella que le asegura veinticuatro horas de libertad. Hechas así sus disposiciones, volvió a su casa, contando con reposarse un poco; pero otros cuidados le esperaban allí.
Las cartas de rompimiento habían sido como un golpe de inspiración para los amantes desgraciados: cada uno de ellos no dudaba ya que era sacrificado a Prevan; y uniéndose la cólera de haber sido burlado al mal humor que causa siempre la más pequeña humillación de verse uno dejado, los tres, sin comunicarse sus ideas, pero como de concierto, habían resuelto pedir satisfacción a su venturoso rival.

Éste halló, pues, en su casa los tres carteles de desafío, y los aceptó noblemente; mas como no queriendo privarse ni de sus placeres ni de la gloria de esta aventura, fijó las citas para la mañana del día siguiente, las tres en el mismo sitio y a la misma hora. Fue en una de las puertas del bosque llamado de Bolonia.

Llegada la noche, hizo su triple carrera con igual brillo; a lo menos se ha jactado después de que cada una de sus nuevas conquistas había recibido tres veces la prenda y el juramento de su amor. Aquí, como usted piensa, las pruebas faltan a la historia; todo lo que puede el historiador imparcial es hacer notar al lector incrédulo que la vanidad y la imaginación exaltadas pueden producir prodigios; y además, que la mañana que había de seguirse a una noche tan brillante, parece debía dispensarle de tener contemplaciones para lo venidero. Sea lo que fuere, los hechos siguientes son más positivos.

Prevan fue exactamente al sitio que había señalado, y halló en él a sus tres rivales, no poco sorprendidos de encontrarse juntos, y acaso ya cada cual consolado en parte, viendo que tenía compañeros de infortunio. Se llegó a ellos con un rostro afable y cortés, y les tuvo este discurso, que se me ha repetido fielmente:

"Señores: Al hallarse ustedes reunidos en este lugar, han adivinado ya, sin duda, que cada uno de los tres tiene iguales motivos para quejarse de mí. Estoy pronto a darles satisfacción. Decidan a la suerte entre ustedes quién ha de ser el primero que intente una venganza a la que los tres tienen el mismo derecho. No he traído conmigo ni padrinos ni testigos, pues no habiéndolos buscado para la ofensa tampoco los pido para la reparación." Luego, cediendo a su carácter de jugador, añadió: "Bien sé que rara vez se gana el siete y leva; pero sea la que fuere la suerte que el hado me destine, siempre ha vivido bastante el que ha sabido ganarse el amor de las mujeres y la estimación de los hombres."

Mientras que sus adversarios, admirados, se miraban silenciosos, y acaso su delicadeza calculaba que este triple combate no hacía igual la partida, Prevan volvió a tomar la palabra, diciendo: "No oculto a ustedes que la noche que acabo de pasar, me ha fatigado cruelmente. Sería un acto generoso de parte de ustedes, que me permitiesen tomar algunas fuerzas. He dado mis órdenes para que me tengan pronto aquí cerca un desayuno: háganme ustedes el honor de aceptarle. Almorzaremos juntos, y, sobre todo, alegremente. Puede uno batirse por semejantes bagatelas, pero no por eso alterar nuestro buen humor."

CONTINUACIÓN


Fue admitido el desayuno, y dicen que jamás estuvo Prevan más amable. Tuvo el talento y destreza de no humillar a ninguno de sus rivales; de persuadirles de que los tres hubieran obtenido el mismo triunfo con igual facilidad; y, sobre todo, de hacerles confesar que ninguno hubiera dejado escapar la ocasión, como él tampoco lo había hecho. Confesados estos datos, el asunto se arreglaba por sí mismo; así es que, todavía no había acabado de desayunar, cuando había ya repetido diez veces que semejantes mujeres no merecían que hombres honrados se batiesen por ellas. Esta idea produjo la cordialidad; el vino le dio mayor fuerza, de modo que, pocos momentos después, no se contentaron con deponer toda especie de rencor, sino que se juraron mutuamente una amistad sin reserva.

Prevan, a quien, sin duda, no agradaba menos este desenlace que el primero, no quería, sin embargo, perder la celebridad que debía resultarle de ello. En consecuencia, adaptando con maña sus proyectos a las circunstancias, dijo: "En efecto, señores, no soy yo de quienes tienen que vengarse, sino de sus infieles damas. Ofrezco a ustedes la ocasión. Yo mismo me apercibo ya de una ofensa que pronto se me hará, porque si cada uno de ustedes no ha podido fijar a una sola, ¿puedo yo jactarme de fijar a las tres? Con que vengo a tener el mismo motivo de queja de ustedes. Sírvanse aceptar esta noche una cena en mi casita particular, y espero poder hacer que mi venganza no se difiera."

Quisieron que se explicase; mas él, con el tono de superioridad que la circunstancia le obligaba tomar, añadió: "Señores, creo haber probado que sé conducirme en las ocasiones; con que así, dígnense ustedes confiarse en mí."
Todos consintieron y abrazando a su nuevo amigo, se separaron hasta la noche, mientras veían el efecto de sus promesas.

Prevan, sin pérdida de tiempo, volvió a París, y fue según costumbre, a visitar a sus nuevas conquistas. Logró de las tres que prometiesen ir a cenar a solas con él aquella noche en su casita. Dos pusieron mil dificultades, pero ¿qué podían al fin negar el día siguiente al pasado? Les dio separadamente la cita a una hora de distancia, tiempo necesario para sus planes. En seguida se retiró, hizo prevenir a los otros tres conjurados, y los cuatro se fueron alegremente a esperar a sus víctimas.

Se oye llegar a la primera. Prevan se presenta solo; la recibe con el aire más expresivo, y la conduce hasta el santuario de que ella se creía ser la única divinidad; luego sale con un ligero pretexto, y se hace reemplazar al punto por el amante ultrajado.

Bien comprende usted que la confusión de una mujer, que no está hecha aún a semejantes aventuras, hacía el triunfo muy fácil en aquel momento: toda reconvención que no fue hecha, fue contada por un favor, y la fugitiva esclava, entregada de nuevo a su antiguo dueño, fue muy dichosa de poder esperar su perdón, cargándose con su primera cadena. El tratado de paz fue ratificado en un sitio más secreto; y habiendo quedado la escena vacía, fue alternativamente ocupada por los otros actores, casi de igual manera; y, sobre todo, con el mismo desenlace. Cada mujer, sin embargo, creía que era la única que representaba.

Su asombro y embarazo aumentaron cuando, al momento de la cena, se hallaron reunidas las tres parejas; pero su confusión llegó al colmo, cuando Prevan, que volvió a presentarse en medio de todos, tuvo la crueldad de hacer a las tres infieles un género de excusas, que descubriendo su secreto, les hacía ver completamente hasta qué punto habían sido burladas.

Sin embargo, se pusieron todos a la mesa, y poco después, comenzaron a encontrarse menos embarazados. Los hombres se resignaron y las mujeres se sometieron. Todos sentían la rabia en el corazón, pero el lenguaje no era menos afectuoso por eso; la alegría despertó los deseos, que en cambio prestaron nuevo atractivo a las palabras. Esta escandalosa borrachera duró hasta la mañana: y cuando las mujeres se retiraron, debieron creerse perdonadas; pero los hombres, que habían conservado rencor, procedieron al día siguiente a un rompimiento, que no tuvo compostura; y no contentos con dejar a sus infieles damas, completaron su venganza, publicando su aventura. Desde aquel tiempo una de ellas vive en un convento, y las otras dos perecen de fastidio en sus tierras.

Ésta es la historia de Prevan. Toca a usted el ver, si quiere aumentar sus trofeos y atarse a su carro triunfal. La carta de usted me inquieta verdaderamente, y espero con impaciencia una respuesta más juiciosa y clara a la última que le tengo escrita.
Adiós, mi bella amiga, desconfíe de las ideas festivas y bizarras que la seducen con demasiada facilidad. Piense que en la carrera que sigue el ingenio no basta, y que una sola imprudencia puede originar un mal irremediable. Permita así que la prudente amistad dirija algunas veces sus placeres.
Quede usted con Dios, y crea que, a pesar de todo, la amo siempre como si fuese una mujer de razón.
En..., a 18 de setiembre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


¿Qué lástima me da con sus quejas! ¡Cómo me prueban éstas mi superioridad sobre usted! ¿Y quiere ser mi maestro, y dirigirme? ¡Ah! mi pobre Valmont. ¡Qué distancia hay todavía de usted a mi! No, todo el orgullo de su sexo no bastaría para llenar el intervalo que nos separa. ¡Porque no podría usted ejecutar mis proyectos los cree imposibles! Ente orgulloso y débil, ¿le sienta bien, querer calcular mis medios y juzgar mis recursos? Realmente, vizconde mío, los consejos que me da me han enfadado y no se lo puedo ocultar.

Que para disimular su increíble torpeza, en el asunto de su presidenta, me presente usted como un triunfo el haber desconcertado un instante a esta mujer tímida que lo ama, consiento; que haya obtenido de ella una mirada, una sola, me sonrío y se lo paso; que conociendo, a pesar suyo el poco valor de su conducta, espere ocultarla a mi atención, lisonjeándome con el sublime esfuerzo de reunir dos jovencitos, que están ellos mismos abrasándose por verse, y que, sea dicho de paso, deben a mí sola el ardor de sus deseos, quiero concederlo también, que, en fin, se crea autorizado por esas hazañas para decirme en un tono doctoral, que vale más emplear su tiempo en ejecutar sus proyectos que contarlos, ese rasgo de vanidad no me daña y lo perdono. Pero que usted pueda creer que tengo necesidad de su prudencia, que me descarrilaría si no siguiese sus consejos, que debo sacrificarles un placer, ¡un capricho! en verdad, vizconde, es de su parte engreirse demasiado con la confianza que me place acordarle.

¿Qué ha hecho, pues, que yo no haya subrepujado mil veces? Usted ha seducido, y aun perdido muchas mujeres; pero ¿qué dificultades ha tenido que vencer? ¿Qué obstáculos que superar?; ¿En dónde halla usted en eso mérito que sea verdaderamente suyo? Una figura hermosa, puro efecto de la casualidad; gracia, que el trato del mundo da casi siempre; talento real, es verdad, pero que en caso necesario podría ser suplido con cierta verbosidad; una osadía bastante loable, pero debida tal vez únicamente a la facilidad de sus primeros triunfos; si no me engaño, éstas son todas sus cualidades; pues en cuanto a la celebridad que ha podido adquirir, creo no exigirá usted que cuente por mucho el arte de procurar o aprovechar la ocasión de dar un escándalo.
En cuanto a la prudencia y la astucia, no hablo de mí, pero, ¿qué mujer no tendría más que usted? su presidenta le lleva de la mano como un niño.

Créame, vizconde; rara vez adquirimos las cualidades que nos son esencialmente necesarias. Combatiendo un riesgo debe usted obrar sin precaución. Para ustedes los hombres, las derrotas no son sino triunfos de menos. En esta partida tan desigual, nuestra fortuna es el no perder, y la desgracia de ustedes el no ganar. Aun cuando yo concediese a ustedes tanta habilidad como la nuestra ¿cuánta ventaja no deberíamos llevar todavía por la necesidad que tenemos de hacer un uso continuo de nuestros medios?

Supongamos, consiento en ello, que ustedes pongan tanta maña en vencernos cuanta nosotras en defendernos o en ceder; convendrán ustedes a lo menos que después del triunfo les es inútil. Ocupados únicamente de su nuevo placer, se entregan a él sin miedo y sin reserva; no es a ustedes a quienes importa su duración.
En efecto, estas cadenas recíprocamente puestas y recibidas, para hablar el lenguaje de amor, ustedes solos pueden, a su elección estrecharlas o romperlas: dichosas aún nosotras, si, cuando ustedes ceden a su natural inconstancia, prefiriendo el misterio al escándalo, se contentan con un abandono humillante, y no hacen del ídolo de la víspera la víctima del día siguiente.

¿a qué riesgos no se expone si quiere romperla, o se atreve solamente a sacudirla? No puede menos de temblar cuando ensaya alejar de ella el nombre que su corazón repugna con violencia.
Si se obstina en quedarse, es preciso que ella conceda al miedo lo que antes acordaba el amor.

Su prudencia debe desatar con maña estos mismos vínculos que ustedes hubieran roto. Estando a la disposición de su enemigo, no le queda recurso si él no es generoso; y ¿cómo esperar que lo sea cuando, si alguna vez se le alaba porque lo es, jamás se le censura por lo contrario? Sin duda no negará estas verdades, que su evidencia ha hecho ya triviales. Si no obstante usted me ha visto, disponiendo de los sucesos y de las opiniones, hacer de estos hombres tan temibles un juego de mis caprichos y de mis fantasías; quitar a los unos la voluntad, y a los otros el poder de dañarme: si he sabido alternativamente, y según la movilidad de mis gustos, atraerme o enviarlos lejos de mí,
"Tiranos destronados, ahora esclavos míos.";

sí en medio de estas revoluciones frecuentes mi reputación se ha conservado pura, ¿no ha debido usted pensar que, nacida yo para vengar a mi sexo, y dominar el suyo, he sabido crearme arbitrios desconocidos antes?
¡Ah! guarde usted sus consejos y sus temores para esas mujeres frenéticas que se llaman de grandes sentimientos, cuya imaginación exaltada haría creer que la naturaleza ha puesto su sensibilidad en su cabeza; que no habiendo reflexionado jamás, confunden sin cesar el amor y el amante; que, en su loca ilusión, creen que sólo aquel con quien han buscado su placer es el único depositario; y, verdaderamente supersticiosas, acuerdan al sacerdote el respeto y creencia que sólo se deben a la divinidad. Tema usted también por aquellas que, más vanas que prudentes, no saben en caso necesario consentir en que las abandonen.

Tiemble sobre todo por aquellas mujeres activas, aun cuando están ociosas, que usted llama sensibles, y de las cuales se apodera el amor tan fácilmente y con tanta violencia, que conocen la necesidad de ocuparse siempre de él, aun cuando ya no lo gozan, y que abandonándose sin reserva a la fermentación de sus ideas, crean, por ellas, aquellas cartas tan deliciosas, pero que son tan peligrosas para quien las escribe, y no temen confiar las pruebas de su debilidad al objeto mismo que la causa; imprudentes que no saben ver en su actual amante su futuro enemigo.

Pero ¿qué tengo yo que ver con esas mujeres inconsideradas? ¿Cuándo me ha visto usted separarme de las reglas que me he prescrito, y faltar a mis principios? Digo mis principios, y lo digo con intención; porque no son como los de las otras mujeres, dados por la casualidad, recibidos sin examen, y seguidos por costumbre: son el fruto de mis profundas reflexiones; yo los he creado, y puedo decir que yo misma me he formado.
Introducida en el mundo, a la edad en que, soltera todavía, estaba reducida por mi estado al silencio y a la inacción, he sabido aprovecharme de ambos para observar y reflexionar. Mientras que se me creía aturdida o distraída, yo, escuchando, a la verdad, muy poco los discursos que se me dirigían, ponía gran cuidado en oir los que se me quería ocultar.

Esta útil curiosidad, al mismo tiempo que sirvió para instruirme, me enseñó además a disimular; obligada muchas veces a ocultar los objetos de mi atención a los ojos de los que me rodeaban, probé de guiar los míos según mi voluntad, entonces logré llegar a usar, según me conviene, este modo de mirar distraído que ha loado usted a menudo. Animada con este primer triunfo, procuré reglar del mismo modo los diferentes movimientos de mi semblante. Si tenía algún pesar, estudiaba el modo de darme un aire de serenidad, y aun de alegría, y he llevado mi celo hasta procurarme dolores voluntarios para estudiar durante ellos la expresión del placer. Me he violentado con igual esmero y más trabajo, para reprimir los síntomas de un gofo inesperado. Así he llegado a tomar sobre mi fisonomía este imperio, de que he visto a usted tan admirado algunas veces.

Era yo muy joven todavía, y ofrecía poco interés, mas era dueña de mis pensamientos, y dudaba que pudiesen quitármelos o sorprenderlos contra mi voluntad. Provista de estas nuevas armas, quise ensayarme a usarlas; no contenta con no dejar penetrar mis ideas, me divertía en presentarme bajo diversas formas; segura de mis ademanes, ponía cuida do en mis palabras; arreglaba ambas cosas a las circunstancias, o tal vez, sólo según mis caprichos. Desde aquel momento yo sola sabía mi modo de pensar, y no manifestaba sino el que me era útil.
Este trabajo hecho en mí misma había fijado mi atención sobre la expresión de los semblantes y el carácter de las fisonomías; y con este ejercicio logré alcanzar una seguridad de vista penetrante, de la cual, sin embargo, la experiencia me ha enseñado que no debo fiarme enteramente, pero que, en sus resultados, rara vez me ha engañado.

No tenía aún quince años, ya poseía la habilidad a que la mayor parte de nuestros políticos deben su reputación, y todavía no sabía sino los primeros elementos de la ciencia que quería aprender. Ya se imagina usted que, como hacen todos los jóvenes, yo procuraba adivinar en qué consistía el amor y sus placeres; pero no habiendo estado nunca en el convento, no teniendo una buena amiga, y vigilada siempre por mi cuidadosa madre, no tenía sino ideas vagas, que no podía fijar; la naturaleza misma, de la que seguramente no he tenido que quejarme después, no me daba todavía ningún indicio. Se hubiera podido decir que trabajaba secretamente en perfeccionar su obra.
Mi cabeza sola fermentaba; no deseaba yo gozar sino saber, y el deseo de instruirme me sugirió los medios.

CONTINUACIÓN


Comprendí que el único hombre con quien yo podía hablar de esto sin comprometerme, era mi confesor. Al instante tome mi partido, sofoqué mi poco de vergüenza, y acusándome de una falta que no había cometido, le dije que había hecho lo que hacen las mujeres. Estas fueron mis palabras, pero con ellas no sabía yo misma lo que decía. Mi esperanza no fue ni del todo engañada ni del todo satisfecha: el miedo de venderme me impedía iluminarme; pero el buen padre me pintó el mal tan grande, que concebí que el placer debía ser extremo; y al deseo de saber sólo en qué consistía, sucedió el de enterarme por mí misma.
No sé hasta donde me hubiera llevado este deseo; y, falta entonces de experiencia, quizás en una sola ocasión me hubiera perdido: dichosamente para mí. Pocos días después me anunció mí madre que me iba a casar; inmediatamente la certeza de que iba a saber Io que deseaba, apagó la curiosidad, y llegué virgen a los brazos del señor Merteuil.

Esperaba con seguridad el instante que debía instruirme, y tuve necesidad de reflexión, para mostrar embarazo y timidez. Aquella primera noche, de la que por lo general se forma una idea tan cruel o tan dulce, no me presentaba sino la ocasión de ganar experiencia: dolores y placeres, todo lo observaba exactamente, y no veía en estas diversas sensaciones sino hechos que debía recoger y meditar. Este género de estudio llegó a gustarme muy pronto; pero, fiel a mis principios, y conociendo, acaso por instinto, que mi marido debía estar más lejos que ninguno de mi confianza, resolví, por lo mismo que era yo sensible, mostrarme impasible a sus ojos. Esta frialdad aparente fue en lo sucesivo el fundamento más sólido de su ciega confianza; añadí, por nueva reflexión, el aire de aturdimiento que autorizaba mi edad, y nunca me creyó más niña que en los momentos en que yo le alababa con más audacia.

Sin embargo, lo confieso, me dejé arrastrar por el torbellino de este mundo, y me entregué absolutamente a sus fútiles pasatiempos. Pero al cabo de algunos meses, habiéndome llevado el señor de Merteuil a su triste casa de campo, el temor de fastidiarme suscitó de nuevo el gusto por el estudio; y hallándome únicamente rodeada de personas que, por su distancia de ellas a mí, me ponían a cubierto de toda sospecha, aproveché esta circunstancia para abrir mayor campo a mis experiencias. Allí fue donde principalmente me aseguré de que el amor, que nos pintan como la causa de nuestros placeres, no es, a lo sumo, sino el pretexto.
La enfermedad de mi marido interrumpió tan dulces ocupaciones; fue preciso acompañarle a la ciudad, a donde venía a buscar auxilios. Murió, como sabe usted, poco tiempo después, y aunque, en resultado, yo no tenía motivo de quejarme de él, no dejé de apreciar menos vivamente la libertad que iba a dejarme mi viudez, y de la que me proponía aprovechar lindamente.

Mi madre contaba conque volvería al convento o iría a vivir con ella. Yo rehusé uno y otro partido; y sólo consentí, por la decencia exterior, en volver a la misma casa de campo, en donde todavía me quedaban algunas observaciones que hacer. Las fortifiqué por medio de la lectura; mas no crea usted que fue toda de la especie que se la imagina. Estudié nuestras costumbres en los romances, y nuestras opiniones en los filósofos; busqué en los moralistas más severos lo que exigían de nosotros, y así me aseguré de lo que se podía hacer, lo que se debía pensar, y lo que era preciso aparentar. Fijada una vez en estos tres objetos, el último solamente presentaba algunas dificultades para la ejecución; esperé vencerlas, y medité la manera.

Empecé a cansarme de mis rústicos placeres, demasiado uniformes para la actividad de mi cabeza; sentí la necesidad de volverme coqueta, para reconciliarme con el amor, no para experimentarle yo misma, sino para inspirarle y fingirle. En vano se me había dicho, y había yo leído, que no se podía fingir este sentimiento; veía yo, no obstante, que, para conseguirlo, bastaba juntar al ingenio de un autor el talento de un cómico. Me ejercité en ambos géneros, y quizás con algún acierto; pero en vez de buscar los vanos aplausos de los espectadores, resolví emplear en mi dicha particular lo que otros sacrificaban a la vanidad.

Un año se pasó en estas diferentes ocupaciones. Permitiéndome entonces mi luto presentarme en el mundo, volví a la ciudad con mis grandes proyectos, y no esperaba hallar el primer obstáculo que encontré. Mi larga soledad y mi austero retiro me habían dado un aire de hipocresía, que asustaba a nuestros más agradables galanes, todos se alejaban de mí, dejándome entregada a la multitud de fastidiosos que aspiraban todos a mi mano. La dificultad no estaba en rehusarlos; pero muchas de estas repulsas disgustaban a mi familia, y perdía yo en esto, altercados domésticos el tiempo de que me habla propuesto hacer un uso tan delicioso. Me fue, pues, preciso, para atraerme a los unos y alejar a los otros, hacer patentes algunas inconsecuencias, y emplear en dañar a mi reputación todo el cuidado que pensaba poner en conservarla. Lo conseguí muy fácilmente, como puede usted pensar; pero no estando arrebatada por ninguna pasión, no hice sino lo que creí necesario, y medí con prudencia la dosis de mi aturdimiento.

Luego que logré el fin que deseaba, volví atrás, y atribuí el honor de mi enmienda a una parte de aquellas mujeres que, no pudiendo ya aspirar a gustar por sus gracias exteriores, intentan lograrlo por su mérito intrínseco y sus virtudes. Esta fue una inspiración que me valió más de lo que yo esperaba. Estas dueñas, reconocidas, se declararon mis apologistas, y su esmerado celo por lo que llamaban obra suya fue llevado a tal punto, que, a la menor palabra que alguien se permitiese contra mí, todo el partido de hipocritonas sostenía que era un escándalo, un agravio. Con igual medio adquirí la aprobación de todas nuestras mujeres presuntuosas, que, persuadidas de que yo renunciaba a seguir la misma carrera que ellas, me acogieron por objeto de sus elogios, cuantas veces quisieron probar que no murmuraban de todo el mundo.

Entre tanto, mi conducta precedente había atraído amantes; y para manejarme bien entre ellos y mis infieles protectoras, me presenté como una mujer sensible, pero difícil, a quien el exceso de su delicadeza daba armas contra el amor.

Entonces empecé a desplegar en el gran teatro las habilidades que yo misma había adquirido, y mi primer cuidado fue el de ganar el nombre de invencible. Para lograr este fin, los hombres que no gustaban fueron siempre los únicos de quienes tuve el aire de aceptar obsequios. Me servían útilmente para procurarme el honor de haberles resistido, mientras que me entregaba sin temor al amante que prefería en secreto. Pero a éste no le permitía nunca mi fingida timidez que se presentase en el mundo, y las miradas de todos se fijaban siembre en el amante desgraciado.

Usted sabe cuán pronto me decido. Es porque tengo observado que las atenciones anteridres son casi siempre las que hacen que se conozca el secreto de las mujeres. Óbrese como se quiera, no es el mismo tono antes que después del logro. Esta diferencia no se escapa al observador atento, y he juzgado menos peligroso engallarme en la elección que hacer que se me penetre. Además, gano con esto el impedir las apariencias de verdad, por las cuales únicamente se nos puede juzgar.

Estas precauciones, y la de no escribir jamás, podían parecer excesivas, y yo, sin embargo, jamás las he creído suficientes. Profundizando mi corazón y estudiando el de otros, he visto que no hay nadie que no tenga un secreto que le importe que ninguno sepa; verdad que me parece que la antigüedad ha conocido mejor que nosotros, y de la cual la historia de Sansón podría ser tal vez un ingenioso emblema. Yo, nueva Dalila, he procurado, como ella, emplear todo mi conato en sorprender este secreto importante. Y ¿de cuántos Sansones modernos no he tenido yo los cabellos en la punta de mis tijeras? Por cierto que son los que ya no temo, y los únicos que me he permitido humillar algunas veces. Mas dócil y flexible con los otros, he obtenido su discreción con el arte de volverlos infieles para que no me crean inconstante, con una amistad fingida, una confianza aparente, algunos procederes generosos, y la idea lisonjera, que conserva cada uno, de haber sido mi único amante. En fin, cuando me han faltado estos medios, he sabido, conociendo que iba a romper, sofocar de antemano la confianza que estos hombres peligrosos hubieran podido obtener, ya poniéndolos en ridículo, ya calumniándolos.

Lo que voy diciéndole, me lo ha visto usted practicar continuamente:
¡y ahora duda de mi prudencia! Pues bien; acuérdese de los tiempos en que empezaba a obsequiarme; ningún otro homenaje me había agradado tanto; lo deseaba antes de haberle visto. Seducida con su reputación, me parecía que le necesitaba para completar mi gloria, y ardía en deseos de batirme con usted cuerpo a cuerpo. Es el único de mis gustos que me ha dominado un momento. Sin embargo, si usted hubiera querido perderme, ¿qué medios habría encontrado?; vanos discursos, que no dejan impresión ninguna, que su reputación misma hubiera hecho sospechosos, y una serie de hechos inverosímiles, cuya relación hubiera pasado por un romance mal urdido. A la verdad, después de aquel tiempo, he descubierto a usted todos mis secretos; pero bien sabe cuáles son los intereses que nos unen, y de nosotros dos soy yo quien merece el título de imprudente.

Ya que me he pacto a darle explicaciones, quiero hacerlo con toda exactitud. Desde aquí oigo decirle que estoy a lo menos a la merced de mi doncella; en efecto, si no sabe el secreto de mis sentimientos, sabe el de mis acciones. Cuando usted me habló de ella antiguamente, le respondí sólo que estaba segura de ella; y la prueba de que esta respuesta bastó entonces para su tranquilidad, es que más adelante le ha confiado usted, por cuenta suya, secretos bastante peligrosos. Mas ahora que Prevan le inquieta, y le vuelve el juicio, creo ya no se fiará en mi palabra.
Debo, pues, convertirle.

Primeramente, es hermana mía de leche, y este vínculo, que no nos lo parece, lo es para gentes de su clase; además, yo sé su secreto, y aún mejor: víctima de una locura de amor, estaba perdida si yo no la hubiese salvado. Sus padres, henchidos de honor, querían nada menos que encerrarla; se dirigieron a mí, y desde luego vi cuán útil podía serme su cólera.

Los favorecí, y obtuve la orden que solicitaban. Después, tomando repentinamente el partido de la clemencia, al cual atraje a sus padres, y aprovechándome de mi influjo con el anciano ministro, los hice a todos consentir en que me dejaran depositaria de esta orden, y dueña de detener o de consentir su ejecución, según jurgase yo el mérito de la conducta venidera de ta chica. Sabe, pues, que su suerte está en mis manos, y aun cuando por un imposible estos medios poderosos no la detuviesen, ¿no es evidente que nadie la creería cuando se publicase su conducta y su castigo auténtico?

A estas precauciones, que yo llamo fundamentales, se agregan mil otras que el lugar o la ocasión proporcionan, y que la reflexión o el hábito hacen encontrar cuando se necesita, cuyo pormenor fuera minucioso, pero cuya práctica es importante, y que es preciso se tome usted el trabajo de entresacar del total de mi conducta, si quiere llegar a conocerlas. Pero querer que yo me haya afanado tanto para no coger el fruto;

que habiendo adquirido tanta superioridad sobre las otras mujeres, con mis trabajos penosos, consienta en arrastrarme con ellas entre la imprudencia y la timidez; que, sobre todo, tema a un hombre, al punto de no ver otro medio de salvarme que la fuga, no, vizconde, jamás. Es preciso vencer o morir. En cuanto a Prevan, quiero tenerle, y le tendré; quiere publicarlo, y no lo publicará; en dos palabras, es toda nuestra historia. Páselo usted bien, etc.
En..., a 20 de setiembre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


Ya estará tranquilo y, sobre todo, me hará justicia. Escúcheme usted y no me confunda más con las demás mujeres. He llevado a buen fin mi aventura con Prevan; a buen fin: ¿entiende lo que esto quiere decir? Ahora va a juzgar quién de los dos puede vanagloriarse, él o yo. La relación no será tan divertida como la acción, pero tampoco fuera justo que, no habiendo hecho usted sino razonar bien o mal sobre este asunto, le resultase tanto placer como así, que he puesto mi cuidado y mi trabajo. Entre tanto, si tiene que dar algún grande golpe, o intentar alguna empresa famosa en que este rival peligroso le parezca temible, venga que ahora le deja el campo libre por algún tiempo y acaso no se levantará jamás del tiro que acabo de asestarle.

¡Qué feliz es usted de que yo sea amiga suya! soy para usted una hechicera bienhechora. Usted se consume lejos de la beldad que adora: digo una palabra y se halla a su lado. Quiere vengarse de una mujer que le perjudica; yo le indico el sitio en donde debe herir y se la entrego a su discreción. En fin, para alejar del combate a un concurrente formidable, me invoca usted también y yo escucho su ruego. En realidad, sino emplea su vida en darme gracias es sólo porque es ingrato. Vuelvo a mi aventura y la tomo desde su principio.

La cita que di en alta voz el sábado al salir de la Ópera, fue oída como yo lo esperaba. Prevan fue a la casa designada, y cuando la maríscala le dijo con mucha atención que estimaba muchísimo verle ir dos veces seguidas en los días de sus tertulias, tuvo cuidado de decir, que desde el martes anterior, se había librado de muchos empeños que tenía, para poder disponer de aquella noche. Al buen entendedor buenas palabras.

Como yo quería saber, sin embargo, si era yo o no la verdadera causa de esta actitud lisonjera, quise poner al nuevo aspirante en la precisión de elegir entre mí y su pasión dominante. Declaré que no jugaría yo aquella noche; en efecto, él por su parte dio también mil pretextos para no jugar, con que el primer triunfo que obtuve fue sobre el sacanete.

Me apoderé para la conversación del obispo de *** y lo escogí precisamente a causa de su amistad estrecha con el héroe del día, para darle así mayor facilidad de acercarse a mí. También me alegraba de tener un testigo respetable que, en caso necesario, pudiese dar testimonio de mi conducta y mis palabras. Este arreglo me salió bien.
Después de las frases vagas y usuales, Prevan, haciéndose muy pronto dueño de la conversación, ensayó sucesivamente varios tonos, para ver cuál me agradaba más. Deseché el sentimental como quien no tiene fe en él; contuve con mi aire serio el tono alegre, que me pareció demasiado libre para la primera vez; cayó luego en la amistad delicada, y sobre este punto tan debatido, empezamos nuestros recíprocos ataques.

Cuando fuimos a cenar, el obispo no bajó de la sala; Prevan me dio la mano, y se halló naturalmente sentado junto a mí a la mesa. Es menester hacerle la justicia de decir que sostuvo muy bien la conversación particular conmigo, no pareciendo ocuparse sino de la general, con la que tuvo el aire de hacerse todo el gasto. Estando en los postres se habló de una comedia nueva que debía representarse el lunes siguiente en el primer teatro. Yo manifesté algún pesar de no tener un palco; él me ofreció el suyo, que desde luego rehusé, como se acostumbra, a lo que respondió de una manera bastante original que yo no le había comprendido, que ciertamente no haría este sacrificio a una persona que no conocía, pero que me prevenía solamente que la señora maríscala disponía aquel día de dicho palco. Ésta recibió bien la chanza y aceptó un asiento.

Cuando volvimos a la sala, él pidió otra como puede usted figurarse. La maríscala, que le trata con muchísima bondad, se la prometió, con tal que tuviese juicio, y él sacó motivo de esta expresión para empezar una de aquellas conversaciones de doble sentido para las cuales me ha ponderado usted un talento particular. En efecto, habiéndose sentado a sus pies, como un niño obediente, según decía y como para pedirle sus consejos y que le comunicase su prudencia, dijo muchas cosas lisonjeras y tiernas de las que me era muy fácil hacerme la aplicación. No habiendo continuado el juego muchas personas después de la cena, la conversación fue más general y menos interesante; pero nuestros ojos se hablaron mucho. Digo los nuestros y debiera decir los suyos, porque los míos sólo expresaban una cosa, la sorpresa. Debió pensar que me admiraba y que me ocupaba sucesivamente del efecto prodigioso que obraba en mí. Creo que le dejé muy satisfecho, y no lo quedé yo menos.
El lunes siguiente fui al teatro, como se había convenido. A pesar de la curiosidad de usted en cosas de literatura, nada puedo decirle de aquella representación, sino que Prevan tiene un talento maravilloso para la galantería, y que la pieza cayó; esto es todo lo que sé. Yo veía con sentimiento acabarse aquella noche, que realmente me gustaba mucho, y para prolongarla propuse a la mariscala que viniese a cenar a mi casa, lo que me procuró pretexto para proponérselo también al amable galán, que no pidió sino el tiempo preciso para ir a desempeñarse en casa de la condesa de P***. Este nombre volvió a ponerme en cólera; vi claramente que iba a comenzar sus confianzas; me recordé los prudentes consejos de usted, y me propuse firmemente... seguir la aventura, bien segura de curarle de su peligrosa indiscreción.

Siendo nuevo en mi sociedad, que aquella noche era poco numerosa, me debía todas las atenciones de uso; por eso cuando fuimos a cenar me presentó su mano. Yo tuve la malicia, al aceptarla, de fingir un leve temblor, y de llevar durante mi marcha los ojos y la respiración forzada.

Tenía el aire de quien presiente su derrota, y teme a su vencedor. Él lo notó perfectamente, y por eso el traidor, mudando al instante el tono y porte del galán que era, se volvió sensible y tierno. Sus palabras eran casi las mismas, puesto que las circunstancias le obligaban a ello; pero su mirar, aunque menos vivo, era más afectuoso; la inflexión de su voz más dulce; su sonrisa no indicaba ya el artificio, sino el contento. En fin, desapareciendo el fuego de la agudeza en su lenguaje, el ingenio cedió el lugar a la sencilla y natural delicadeza. Yo le pregunto ahora: ¿lo hubiera hecho usted mejor?

Yo, por mi parte, me puse tan distraída, que fue preciso que todos se apercibiesen; y cuando me reconvinieron, tuve el talento de excusarme torpemente, y de echar una ojeada pronto, pero tímida, sobre Prevan, y propia para hacerle creer que lo que yo temía únicamente era que él adivinase la causa de mi turbación.

Después de cenar, aprovechándome del tiempo en que la maríscala contaba una de aquellas historias que cuenta siempre, me recosté en mi sofá en la postura y ademán de quien piensa distraída en algún objeto agradable. No sentía yo que me viese Prevan en aquella situación, y, en efecto, vi que me observaba con una atención particular. Ya pensará usted que con mis tímidos ojos no me atrevía a buscar los de mi vencedor; pero dirigidos hacia él de una manera más sumisa, bien pronto noté que producía el efecto que deseaba. Era menester persuadirle, además, de que yo misma le experimentaba; por eso, cuando la maríscala anunció que iba a retirarse, yo exclamé con voz tierna y sensible: "¡Ay, Dios! ¡me hallaba tan bien así!" No obstante, me levanté; pero antes de despedirla, pregunté cuáles eran sus planes, para tener un pretexto de decir los míos; y dije que dos días después pasaría la noche en mi casa. Con esto se marcharon todos.

Entonces me puse yo a reflexionar. No dudaba que Prevan aprovecharía la especie de cita que yo acababa de darle, y que vendría bastante temprano para encontrarme sola, y que el ataque sería vivo; pero también estaba segura de que, por la reputación que yo gozaba, no me trataría con aquella ligereza que, por poco uso que se tenga, no se emplea sino con mujeres de intrigas o sin ninguna experiencia; y yo veía mi logro seguro si pronunciaba la palabra amor; sobre todo si pretendía oiría de mi labio.

CONTINUACIÓN


¡Qué cosa tan cómoda es tener que hacer con ustedes, los que tienen principios! Algunas veces un amoroso aprendía nos desconcierta con su timidez, o nos embaraza con sus transportes vehementes; es una verdadera fiebre que, como otra cualquiera, tiene su frío y su calor, y algunas veces varía en sus síntomas. Pero la marcha arreglada de ustedes se adivina fácilmente.

Su modo de entrar, su aire, su tono, sus expresiones, todo lo sabía yo desde la víspera.
No le diré, pues, nuestra conversación, que usted suplirá fácilmente. Observe sólo que en mi fingida defensa le ayudaba yo cuanto podía;turbación, para darle tiempo de hablar; frívolas razones, para que las combatiese; temor y desconfianza, para que retirase las promesas; aquella continua repetición suya, no pido a usted sino una sola palabra; y aquel silencio mío entonces, que tenía el aire de hacerla esperar, para que fuese más deseada; en medio de todo esto, una de mis manos cien veces tomada, y que se retiraba siempre, mas nunca se negaba.
Podía pasarse así un día entero; nosotros pasamos así una hora bien cumplida, y acaso estaríamos en ello todavía, si no hubiésemos oído entrar un coche en el patio de mi casa. Este feliz contratiempo hizo, como era natural, más vivas sus instancias; y yo, viendo llegado el momento en que estaba al abrigo de toda sorpresa, después de haberme preparado con un prolongado suspiro, pronuncié la palabra preciosa. Al momento anunció el criado al que entraba, y al breve rato mi tertulia era ya bastante numerosa. Prevan me suplicó le permitiese venir a la mañana siguiente, y consentí; pero cuidadosa de defenderme, mandé a mi doncella que estuviese el tiempo de esta visita en mi alcoba, desde la cual sabe usted que se ve cuanto pasa en mi cuarto de vestir, en donde le recibí Libres de conversar, y teniendo ambos el mismo deseo, pronto estuvimos de acuerdo; mas era preciso desembarazarse de aquel espectador importuno; allí lo esperaba yo.

Entonces, pintándole como quise mi vida interior, le persuadí fácilmente que jamás hallaríamos un momento libre, y que era una especie de milagro el que habíamos logrado la víspera, el cual todavía sería muy expuesto, porque a cada momento podía entrar alguien en la sala. No dejé de añadir que todos estos usos interiores se habían establecido, porque hasta entonces nunca me habían incomodado; y al mismo tiempo insistí sobre la imposibilidad de mudarlos, sin comprometerme a los ojos de las gentes de mi casa. Probó a entristecerse, a enojarse, y a decirme que sentía yo poco amor; y ya comprende usted cuánto me movía todo esto; pero queriendo dar el golpe decisivo, recurrí a las lágrimas. Fue exactamente aquello de; ¡Lloráis, Zaira mía! Este imperio que ya creyó tener sobre mí, y la esperanza que concibió de perderme como quisiese, suplieron en él a todo el amor de Orosmán.

Pasada esta escena trágica, procedimos a formar nuestro arreglo. No pudiendo valernos del día, pensamos en la noche; pero mi portero era un obstáculo insuperable, y yo no quería permitir que le ganase. Me propuso valernos de la puerta falsa del jardín, pero había yo previsto su idea, y creé al instante un dogo, que aunque muy tranquilo y silencioso durante el día, era un verdadero demonio por la noche. La facilidad con que conté todos estos pormenores era muy propia para animarle; así es que acabó por proponerme el medio más ridículo, y es el que adopté.

Desde luego su criado era tan seguro como él mismo, y en esto no se engañaba, porque tanto lo era el uno como el otro. Yo debería dar una gran cena, a la cual asistiría él, y hallaría modo de salir solo. Su diestro confidente llamaría el coche, abriría la portezuela, y Prevan, en vez de subir a él, se escabulliría mañosamenre. Su cochero no podía notarlo, y así, habiendo partido para todos los concurrentes, y quedándose, no obstante, en mi casa, se trataba sólo de saber si podría llegar hasta mi aposento. Confieso que por lo pronto mi dificultad fue encontrar bastante débiles mis razones contra este plan, para que él tuviese aire de destruirlas, pero me respondió con ejemplos. Al oírle, nada era más común que este medio, y era el que empleaba las más de las veces como el menos peligroso.

Rendida a unas autoridades tan irrecusables, convine con sencillez en que, ciertamente, había una escalerita secreta que conducía muy cerca de mi gabinete; que yo podía dejar puesta la llave y él encerrarse, y esperar allí sin mucho riesgo que mis criadas lo notasen; y luego, para dar más verosimilitud a mi consentimiento, al momento después, ya no quería yo; y, en fin, no acababa de convenir sino es a condición que estaría enteramente sometido, y tan comedido y juicioso. ¡Ah! ¡qué especie de juicio!
En fin, quería bien probarle mi amor, mas no contentar el suyo.

La salida de que olvidaba hablar a usted, debía ser por la pequeña puerta del jardín; no se trataba sino de esperar al amanecer: entonces el cancerbero no se opondría. A dicha hora no pasa un alma por la calle, y toda la servidumbre duerme profundamente. Si usted se admira de este montón de razonamientos mal formados, es porque olvida nuestra recíproca posición. ¿Qué necesidad tiene usted de hacerlos mejores? El no deseaba otra cosa sino que todo se supusiese, y yo estaba bien segura de que nadie lo sabría. Convenimos en que la cita sería dos días después. Observe usted que la cosa está bien arreglada, y que nadie sabe aún mi trato con Prevan. Le encuentro en una cena en casa de una amiga mía; le ofrece su palco para una primera representación, y yo acepto una plaza en él; convido yo a esta dama a cenar conmigo, durante el espectáculo, y delante de Prevan; no puedo casi dispensarme de convidarle a él también. Acepta, y dos días después me hace una visita que el uso exige;viene, a la verdad, a verme al día siguiente por la mañana; pero a más que las visitas de por la mañana no significan nada, depende de mí el encontrar en ésta un paco de ligereza: en efecto, le pongo el número de las personas menos liadas conmigo, enviándole un convite formal y por escrito para una cena de etiqueta. Puedo decir, como Anita, en cierta ocasión: Esto es, sin embargo, todo lo que hay.

CONTINUACIÓN


Llegado el día fatal, aquel día en que yo debía perder mi virtud y mi reputación, dí mis instrucciones a mi fiel Victorina, que las ejecutó como usted verá muy pronto. Entre tanto vino la hora de la tertulia. Había entrado ya mucha gente, cuando fue anunciado Prevan. Le recibí con una atención muy particular, y que probaba justamente mis pocas relaciones con él, y le puse a jugar con la maríscala, por ser la señora a quien debía su conocimiento. Esta tertulia no produjo nada notable, sino un billetito que el discreto amante halló medio de entregarme, y que he quemado, según acostumbro. Me anunciaba que contase con él; y estas palabras esenciales estaban acompañadas de todas aquellas de amor, de felicidad suprema, etc., etc., que no faltan jamás en tales ocasiones.

A media noche, habiéndose acabado las partidas, propuse una corta macedonia. Con ella me propuse dos cosas; proporcionar que Prevan pudiese marcharse, y al mismo tiempo hacer que se notase su salida, vista su reputación de jugador. Me alegraba de que, de esta manera, pudiese todo recordarse, cuando preciso, que yo no me había dado prisa por quedarme sola.

El juego duró más de lo que yo había pensado. El diablo me tentaba, y cedí al deseo de ir a consolar al prisionero impaciente. Así me en caminaba a mi pérdida, cuando reflexioné, que si me rendía del todo a este deseo, no tendría ya sobre él bastante dominio para contenerle en los límites de la decencia que mi proyecto necesitaba, y tuve fuerza para resistir. Me volví atrás, y no sin mal humor tomé mi plaza en la mesa del juego que duraba eternidades. Acabó por fin, y todos se marcharon. En cuanto a mí, hice venir mis criadas, me desnudé con prisa y las despaché. ¿Me ve usted ya, vizconde, en mi vestidito ligero, marchando tímidamente y de puntillas, con una mano trémula abrir la puerta a mi vencedor? Luego que me apercibí... El curso del rayo no es más rápido.

¿Qué puedo decir a usted? Fui vencida antes de haber podido decir una palabra para detenerle o defenderme. Quiso después tomar una situación más cómoda y más conveniente a las circunstancias. Maldecía de su vestido y atavío que le separaba de mí; quería combatirme en armas iguales; pero mi extremada timidez se opuso a esta idea, y mis tiernas caricias no le dejaron tiempo para ello. Otra cosa le ocupaba.

Había doblado ya sus derechos, y sus pretensiones renacían; pero entonces: "Escúcheme usted, le dije; tendrá usted en esto una excelente relación que hacer a las dos condesas de D... y a otras mil; pero deseo infinito saber como contará usted el fin de la aventura." Al decir esto, tiré de mi campanilla lo más fuerte que pude. En verdad esta vez llegó mi turno, y mi acción fue más viva que sus palabras. Aún no había hecho más que tartamudear algunas voces, cuando oí que mi Victorina acudía y llamaba a todos mis criados, que según mis órdenes había retenido ella en mi cuarto. Entonces tomando yo mi tono de reina y levantando la voz continué: Salga usted, caballero, inmediatamente, y no vuelva más a ponerse delante de mis ojos. En esto entraron los criados.

El pobre Prevan perdió la cabeza, y creyendo ver un lazo en lo que sólo era una burla, sacó prontamente su espada. Mal le salió, porque mi ayuda de cámara, valiente y vigoroso, lo agarró por medio del cuerpo y le tumbó en el suelo. Confieso que tuve un susto muy grande. Contuve a mis criados y los mandé que le dejasen marcharse libremente, asegurándose sólo de que hubiese salido de mi casa. Me obedecieron, pero entre ellos fue muy grande el rumor, indignándose de que alguien se hubiese atrevido a comprometer el honor de su virtuosa señora. Todos fueron acompañando con algazara y escándalo al desventurado caballero, como yo lo deseaba.
Sólo Victorina se quedó conmigo, y nos pusimos a componer el desorden que había en mi cama.
Mis criados volvieron todavía alborotados, y yo turbada y conmovida aún, les pregunté por cual feliz acaso se habían encontrado sin acostarse. Victorina me contó que había dado ella de cenar a dos amigas suyas, que se habían quedado después con ella, y en fin, todo aquello en que estábamos convenidas. Dí gracias a todos, y los hice retirarse, mandando no obstante a uno de ellos que fuese a llamar a mi médico. Me pareció que tenía motivo de temer el efecto de mi mortal sorpresa; y era un medio infalible de dar curso y celeridad a esta noticia.
Todo ha salido tan bien que, antes de medio día, y luego que se ha podido entrar en mi cuarto, ya mi vecina devota estaba a la cabecera de mi cama, para saber la verdad y el pormenor de esta horrible aventura.

Me he visto obligada a quejarme amargamente con ella, durante una hora, de la corrupción de nuestro siglo. Un momento después he recibido un billete de la maríscala, que incluyo aquí. En fin, antes de las cinco, he visto entrar, con gran sorpresa mía al señor M***. Venía según me dijo, a hacerme excusas de que un oficial de su cuerpo hubiese podido agraviarme hasta tal punto. No lo había sabido sino a la hora de comer, en casa de la maríscala, y había enviado inmediatamente a Prevan la orden de constituirse preso. He pedido su gracia y me la ha negarlo. He pensado entonces en que, en calidad de cómplice, debía yo castigarme por mi parte y guardar un severo arresto, por lo cual he hecho cerrar mi puerta y decir que estaba incomodada.

A mi soledad debe usted el que le escriba esta larga carta. Escribiré una a la señora de Volanges, de la que seguramente hará lectura en público, y en la cual verá usted esta historia como es preciso contarla.
Olvidaba decirle que Belleroche está furioso, y quiere absolutamente desafiar a Prevan. ¡Pobre joven! Por fortuna tendré tiempo suficiente para calmar su cabeza. Entre tanto, voy a descansar la mía, que está fatigada de escribir. Adiós, mi vizconde,
En la quinta de..., a 24 de setiembre de 17... por la noche.

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Apostaría a que ha estado esperando todos los días después de su aventura, que yo la cumplimentase y elogiase; no dudo que mi largo silencio la habrá incomodado no poco; ¿pero qué quiere usted? Yo he pensado siempre que cuando sólo hay que alabar a una mujer se puede dejar esto a su cuidado y ocuparse de otra cosa. Le doy sin embargo las gracias por lo que a mí toca, y la enhorabuena por lo que hace a usted. Quieto aún convenir, para hacerla enteramente feliz, en que por esta vez ha sobrepujado mis esperanzas.

Veamos después de esto si por mi parte he llenado las suyas. No pretendo hablar de la señora Tourvel, porque le desagrada su lento modo de proceder como que usted sólo quiere ir a cosa hecha, fastidiándola todo lo que se sigue la marcha ordinaria. Yo, por el contrario, nunca he tenido más placer que el que experimento en estas pretendidas lentitudes. Sí, me gusta ver y considerar a esta mujer prudente metida sin percibirlo, en un camino en que no puede volver atrás, y cuya rápida y peligrosa pendiente la arrastra a pesar suyo y la obliga a seguirme.

Espantada allí del peligro que la amenaza, quisiera detenerse y no puede, y aunque por su cuidado y destreza acorte sus pasos, es necesario que éstos se sucedan. Algunas veces, no atreviéndose a mirar el peligro, cierra los ojos, y dejándose ir se abandona a mi dirección. Un nuevo temor reanima a menudo sus esfuerzos, y en su mortal horror intenta todavía deshacer el camino, agota sus fuerzas para trepar penosamente por él durante un corto espacio, y bien pronto un mágico poder la vuelve a poner más cerca del peligro, que en vano ha querido evitar.

Viendo entonces que yo soy su único guía y apoyo, sin cuidar ya de reconvenirme sobre una caída inevitable, me pide sólo que la retarde.
Fervientes súplicas, humildes ruegos, y cuando los mortales poseídos del miedo ofrecen a la Divinidad, todo se dirige a mí, ¿y quiere usted que sordo a sus súplicas y destruyendo yo mismo el culto que me tributa, emplee en precipitarla el poder que invoca para que la sostenga? ¡Ah!déjeme a lo menos el tiempo de observar estos tiernos combates entre el amor y la virtud.

¿Y qué, cree acaso que el mismo espectáculo que le hace ir corriendo precipitadamente al teatro, y que aplaude usted con furor, es menos interesante en la realidad? ¿Y piensa usted que aquellos sentimientos que escucha con entusiasmo, y que inspira un alma pura y tierna, que teme la felicidad que apetece, y no deja de defenderse aun cuando cese de resistir, no son apreciables sino para el que los causa? He aquí, sin embargo, he aquí los deliciosos placeres que esta celestial mujer me ofrece diariamente.

¡Usted me echa en cara que me saboreo con sus dulzuras! ¡Ah, tiempo vendrá en que tarde o temprano, envilecida por su caída, no sea para mí sino una mujer ordinaria. Pero al mismo tiempo que estoy hablándole de la señora de Tourvel, me olvido de que no quería hacerle conversación de ella. Yo no sé qué poder me une y me arrastra hacia ella sin cesar, aun cuando la ultrajo. Alejemos esta idea peligrosa, y vuelva yo sobre mí mismo para tratar de otro asunto más alegre, de su pupila de usted, ahora ya mía, y espero que en esto va a conocer mi carácter. Como hace algunos días me trata mejor mi tierna devota, y que por lo mismo me ocupo menos de ella, había observado que la señorita Volanges era ciertamente muy bonita y que si era una gran tontería enamorarse de ella como Danceny, no era quizá menor la de no buscar cerca de ella una distracción que mi soledad me hacía necesaria. Me pareció justo también que yo recibiera el premio de los trabajos que me tomaba por ella. Además me acordé que usted me la había ofrecido antes que Danceny tuviese ninguna pretensión, y me creí con derecho a reclamar un bien que él no poseía, sino que yo le había rehusado y abandonado. La bonita cara de la muchacha, su fresca boca, su aire aniñado, y aun su rudeza, fortificaban estas sabias reflexiones; por consiguiente me resolví a obrar, y el éxito ha coronado mi empresa.

Yo la contemplo a usted examinando de qué medios me habré valido para suplantar al amante querido; qué género de seducción podría convenir a la edad de esta joven y a su inexperiencia. Quiero ahorrarle ese trabajo, diciéndole que no he empleado ninguno. Mientras que usted, manejando con destreza las armas de su sexo, triunfa por su astucia, yo dando al hombre sus derechos imprescriptibles, subyugaba por autoridad. Seguro apoderarse de la presa, si podía acercarme a ella, todo mi ardid se dirigía a esto y ni aun merece el nombre de artificio el que empleé para lograrlo.

Me aproveché de la primera carta que recibí de Danceny para su querida, y después de haberla instruido sobre la señal convenida entre nosotros, en lugar de servirme de mi habilidad para entregársela, la empleé en aparentar que no encontraba arbitrio para ello; fingí tomare parte en esta impaciencia que yo mismo hacía nacer, y después de haber causado el mal, indiqué el remedio. Una de las puertas del cuarto en que duerme la señorita, da a un corredor; pero su madre, como era justo, había cogido la llave. Sólo se trataba de apoderarse de ella y nada había más fácil. Yo no pretendía disponer de ella sino dos hora, y estaba cierto de tener otra semejante. Entonces, correspondencias, entrevistas, citas nocturnas, todo venía a ser cómodo y seguro. Con todo, ¿lo creería usted? la tímida muchachita tuvo miedo y se negó. Otro se hubiera desconsolado, pero yo no vi en esto sino fa ocasión de un placer más vivo.

Escribí a Danceny quejándome de esta repulsa, y lo hice tan bien, que el pobre atolondrado no cesó hasta que hubo logrado y aun exigido de su cortejo, que accediese a mi solicitud, y se entregase enteramente a mi discreción. Confiésole que me alegraba mucho de haber cambiado así de papel, y que el joven hiciese por mí lo que él creía que haría por él. Esta idea redoblaba a mis ojos el precio de la aventura; por esta razón, luego que tuve en mis manos la preciosa llave, me apresuré a hacer uso de ella. Esto era en la noche última.
Después de haberme asegurado de que todo estaba tranquilo en la quinta, armado de mi linterna sorda, y vestido según la hora y las circunstancias lo exigían, fui a hacer mi primera visita a su pupila. Yo lo había dispuesto todo, sirviéndome de ella misma para entrar sin ruido. Estaba en su primer sueño, de modo que llegué hasta su cama sin que despertase. Traté al principio de ir más adelante, y hacer un ensayo que pudiese pasar por sueño.

Pero temiendo el efecto de la sorpresa y del ruido que se hubiera seguido a ella, preferí despertar con precaución a la hermosa durmiente y logré por este medio prevenir el grito que temía.
Después de haber calmado sus primeros temores, como yo no había ido allí para parlar, me tomé algunas libertades. Sin duda no la han enseñado en el convento a cuántos peligros está expuesta la tímida inocencia, y todo lo que tiene que guardar para no ser sorprendida, porque mientras que ponía toda su atención en defenderse de un beso, que no era más que un falso ataque, dejó lo restante sin defensa. ¡Qué ocasión para malograrla! Mudé de dirección y tomé puesto inmediatamente.

Entonces estuvimos a pique de perdernos ambos: la muchacha, espantada, quiso gritar de buena fe; mas por fortuna, los llantos ahogaron su voz. Cogió también el cordón de la campanilla, pero detuve con destreza su brazo a tiempo, diciéndole: "¿Qué quiere usted hacer? ¿Quiere perderse para siempre? Qué me importa a mí que vengan, y ¿a quién podrá persuadir que yo no estoy aquí sin su consentimiento? ¿Quién, sino usted puede haberme suministrado el medio de introducirme aquí? Y esta llave que me ha dado, y que yo no he podido tener sin su ayuda, ¿se encargará usted de decir qué destino tenía?" Esta corta arenga, aunque no calmó el dolor ni la cólera, produjo sin embargo la sumisión.
No sé si yo hablaba con elocuencia; a lo menos es cierto que no tenía el aire ni la actitud de un hombre elocuente; porque hallándome con una mano ocupada por la fuerza, y a la otra por el amor, ¿cómo podía pretender yo ni cualquier otro orador hablar con gracia en una situación semejante? Si usted se la pinta bien, convendrá a lo menos que era favorable al ataque; pero yo no entiendo absolutamente nada: y como usted dice, la mujer más sencilla, una pupila, me lleva como un niño.
Ésta, aunque afligida, conoció que era necesario tomar un partido y entrar en composición; y viéndome inexorable, y que sus súplicas no me hacían mella, fue necesario pasar a las ofertas. Usted creerá que he vendido muy caro este importante puesto; pues no, porque lo prometí todo por un beso. Es cierto que después de haberlo dado no cumplí mi oferta; pero tenía para ello poderosas razones. Como no estábamos convenidos en si le había de recibir por grado o por fuerza, regateamos tanto, que al fin nos pusimos de acuerdo para un segundo, y éste se había dicho que sería recibido. Entonces, cogiendo sus tímidos brazos y estrechándola con uno de los míos cariñosamente, recibió en fin el dulce beso, de tal modo, que el amor no hubiera podido ejecutarlo mejor.

Tanta buena fe merecía recompensa, y así accedí inmediatamente a su solicitud. Retiré la mano, pero no sé por qué casualidad me hallé yo mismo en su lugar. Usted me supondrá muy apresurado y activo, ¿no es cierto? Pues nada menos que eso, porque ya le he dicho que me agradan las lentitudes. Una vez seguro de llegar ¿a qué apresurar el viaje? Hablando con seriedad, me alegraba mucho observar por una vez el poder de la ocasión, y la hallé aquí desnuda de todo socorro extraño. Con todo, ella tenía que luchar con el amor, y con el amor sostenido por el poder o la vergüenza y fortificado sobre todo por el mal humor y grande incomodidad que yo le había causado.
La ocasión era única, se ofrecía y se presentaba siempre; pero el amor estaba muy distante. Para asegurar mis observaciones, yo tenía la malicia de no emplear más fuerzas que las que ella podía combatir. Sólo cuando mi encantadora enemiga, abusando de mi facilidad estaba para escapárseme, la contenía, sirviéndome del mismo temor cuyos buenos efectos había ya experimentado. Pues vea usted, sin valerme de otros medios, ni practicar mas diligencias, la tierna y cariñosa muchachita olvidó sus juramentos, cedió por el pronto, y al fin consintió, aunque a esto se siguiesen inmediatamente las reconvenciones y las lágrimas, que ignoro si eran verdaderas o fingidas; pero, como sucede siempre, cesaron luego que me ocupé en darle un nuevo motivo.
Finalmente de debilidad en reconvención, y de reconvención en debilidad, no nos separamos sino satisfechos el uno del otro, y de acuerdo para la cita de esta noche. No he vuelto a mi casa hasta el amanecer, y aunque estaba rendido y falto de sueño, sin embargo lo he sacrificado todo por el placer de hallarme esta mañana al almuerzo, pues me gusta mucho ver las caras a la mañana siguiente. Usted no puede formarse idea de la que tenía esta jovencita.
Turbación en sus ademanes, dificultad para andar, los ojos siempre bajos, ¡y tan hinchados y abatidos! ¡Su cara redonda, se había alargado tanto! Nada había más gracioso; y por la primera vez su madre, alarmada de esta extraordinaria mutación, le manifestaba un interés demasiado tierno. ¡Y la presidenta que se apresuraba a ir al lado de ella! ¡Oh! Por lo que toca a estos cuidados no son sino prestados; día vendrá en que podrán dárselos, y éste no está lejos. Adiós, mi querida amiga.
En la quinta de..., a 1º de octubre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Todavía han ocurrido, mi bella amiga, algunos lancecitos, pero no son más que escenas, y no acciones. Ármese usted, por lo mismo, de paciencia, y tome una buena dosis de ella; pero mientras que mi presidenta marcha pasito a pasito, su pupila de usted retrocede, y esto es mucho peor. Sea, pues, así: yo tengo mi carácter, que me divierte con estas miserias. En verdad, que voy acostumbrándome a vivir aquí, y puedo decir que en la triste quinta de mi anciana tía no he experimentado un momento de fastidio; pero vamos al hecho. Tengo yo aquí placeres, privaciones, esperanzas, incertidumbres. ¿Qué mas hay en el mayor teatro? ¡Espectadores! Pues tenga usted paciencia, que no faltarán. Si no me ven ocupado, bien pronto les mostraré una abra acabada. No tendrán más que admirar y aplaudir. Sí, aplaudirán; porque puedo al fin pronosticar con certidumbre el momento de la caída de mi austera devota. Esta noche he asistido ala agonía de la virtud. La dulce debilidad va a reinar en su lugar. No fijo la época para más tarde que para nues-tra primera entrevista: pero ya la estoy oyendo gritar: ¡orgullo! ¡Anunciar la victoria, y jactarse de antemano! Bien, bien; cálmese usted. Para hacerla ver mi modestia, voy a comenzar por la historia de mi derrota.

¡A la verdad, que su pupila es una personita bien ridícula! Es una niña a quien sería necesario tratar como tal, a quien se le haría mucha gracia poniéndola sola en penitencia. ¿Creerá que después de lo que pasó anteayer entre los dos, después del modo amistoso con que nos separamos ayer de mañana, cuando he querido volver por la noche, según estábamos convenidos, me he hallado con la puerta cerrada por dentro?
¿Qué dice usted a esto? Algunas veces le suceden a uno estas niñerías por la víspera; ¡pero a la mañana siguiente! esto es muy gracioso.

Sin embargo, no me dio gana de reír por lo pronto; jamás había conocido tanto el imperio de mi carácter. Es cierto que yo iba a esta cita sin gusto, y únicamente por ser consecuente; porque en lo demás, tenía más necesidad de irme a mi casa, que me parecía preferible a la de cualquier otro, y la había dejado con sentimiento. Con todo, apenas encuentro un obstáculo, cuando deseo con ansia vencerle. Estaba sobre todo avergonzado de que una niña me hubiese jugado esta pieza. Retiréme, pues, muy malhumorado, y con la firme resolución de no ocuparme de esta tontuela, ni de sus asuntos. Escribíle inmediatamente una esquela, que pensaba entregarle hoy, en la que la valuaba por su justo precio.
Pero, como suelen decir, la noche trae los consejos; y esta mañana he visto, que como aquí no hay distracciones que elegir, era necesario guardar ésta; y por lo mismo, he suprimido la severa esquela. Después que he reflexionado en esto, no se me ocurre haber tenido la idea de acabar una aventura antes de poner entre manos los medios de perder la heroína. ¡A dónde nos arrastra un primer impulso! Feliz usted, mi bella amiga, si ha sabido acostumbrarse a no ceder jamás a él. En fin, he suspendido la venganza, por hacer este sacrificio a las miras que usted tiene sobre Gercourt. Ahora que estoy tranquilo, no veo en la conducta de su pupila sino una cosa ridícula y digna de desprecio. En efecto, yo quisiera saber qué es lo que espera ganar con esto. Por lo que a mí toca, no pierdo nada en ello. Si acaso es para defenderse, es preciso convenir que llega ya un poco tarde.
Será necesario que un día me descifre este enigma; tengo un vivo
deseo de saberlo. ¿Estaría quizá algo fastidiada? Hablando con franqueza, esto podía suceder; pues sin duda ella ignoraba todavía que las flechas de amor, como la lanza de Aquiles, llevan consigo el remedio para curar las heridas que hacen. Pero no; porque a la vista del gestecito que tuvo todo el día, apostaría que hay allá en su interior algo de arrepentimiento... allá... cierta cosa... como virtud... ¡Virtud! ¿Conviene, por ventura, a ella tenerla? ¡Ah! que la deje para la mujer que ha nacido verdaderamente para ella, la única que sabe hermosearla, y que la hace amar! Disimule, mi bella amiga, y sepa que esta noche misma me ha pasado con la señora Tourvel una escena que voy a referirle, y de la que conservo todavía alguna emoción. Tengo necesidad de violentarme para echar a un lado la impresión que me ha causado, y aun para conseguirlo, me he puesto a escribir a usted. Es preciso perdonar alguna cosa a este primer movimiento.

Hace ya algunos días que la señora Tourvel y yo estábamos de acuerdo, y la disputa se ceñía ya sólo a las palabras. Es cierto que ella no correspondía a mi amor sino con la amistad; pero este lenguaje no alteraba el fondo de las cosas; y aun cuando nos hubiéramos quedado así, me habría acaso apresurado menos, pero con más seguridad. Ya no se trataba de alejarme, como lo quería en los principios; y por lo que mira a las conversaciones diarias, si pongo cuidado en ofrecerle la ocasión, ella pone de su parte el de apoderarse de ella. Como nuestras citas son comúnmente para el paseo, me desesperaba el ver el tiempo horroroso que ha hecho todo el día de hoy. A la verdad, que no me salían bien mis proyectos; pero no preveía cuán provechoso era el mal tiempo para ellos.

Como no se podía pasear, se pusieron a jugar al levantarse la mesa; y como yo juego poco, y casi no soy necesario, me aproveché de este tiempo para subir a mi cuarto, sin otro objeto que el de esperar en él a que se acabase la partida. Volvía a la tertulia, cuando encontré a la encantadora mujer, que entraba en su cuarto; y que, sea por prudencia o debilidad, me dijo con su halagüeña voz: "¿A dónde va usted? no hay nadie en el salón." No fue necesario más, como puede figurarse, para que yo tratase de entrar en su cuarto; hallé en ella menos resistencia de la que aguardaba. Es cierto que yo había tenido la precaución de entablar la conversación en la puerta, y empezarla por cosas indiferentes; pero apenas estábamos sentados, cuando la dejé caer sobre el verdadero asunto, y le hablé de mi amor a mi amiga. Su primera respuesta, aunque sencilla, me pareció bastante expresiva.
"¡Oh! escuche usted, me dijo; no hablemos de eso aquí"; y temblaba.

¡Pobre mujer! se veía morir. Sin embargo, no tenía razón en temer, porque de algún tiempo a esta parte, como yo estaba seguro del éxito un día u otro, viendo que ella usaba de tantas fuerzas en inútiles combates, había resuelto economizar las mías y esperar sin esfuerzos a que se rindiese de fatiga. Usted conoce bien que se necesita aquí un triunfo completo, y que no quiero deber nada a la ocasión. Después de haber formado este plan, para poder estrecharla sin empeñarme mucho, volví a la conversación del amor, tan obstinadamente rehusada; y para que me creyese con bastante ardor, traté de emplear un tono más tierno. Ya no sentía esta repulsa, pero me afligía. En tal estado, ¿no debía mi sensible amiga darme algunos consuelos? Cuando me los estaba dando puso su mano sobre la mía, y como su hermoso cuerpo estaba apoyado sobre mi brazo, nos hallamos extremadamente juntos.

Usted habrá observado que en semejantes situaciones, a medida que la defensa cede, las peticiones y las repulsas se hacen acercándose más y más; se desvía la cabeza, se bajan los ojos, mientras que las discusiones, pronunciadas con una voz débil, vienen a ser más raras e interrumpidas.

Estos preciosos síntomas anuncian de un modo nada inequívoco el consentimiento del alma, pero rara vez pasa a los sentidos; yo creo que es arriesgado el intentar entonces una empresa demasiado notable; porque no sacrificándose nunca este estado de abandono, ni experimentar un dulce placer, no se puede forzar a salir de él sin causar un mal humor, que sería infaliblemente provechoso a la defensa.

Pero en el caso presente necesitaba yo de tanta más prudencia, cuanto tenía, sobre todo, que temer el horror que este olvido de sí misma debía de causar a mi tierna pensativa. Así, yo no exigía aún que hiciese esta confesión que le pedía; una mirada podía bastar, y yo era feliz.

Mi bella amiga, sus hermosos ojos se levantaron, en efecto, para mirarme, y su celestial boca pronunció: "¡Y bien, si yo!..." pero de repente cerró sus ojos, le faltó la voz, y esta adorable mujer cayó entre mis brazos. Apenas había tenido tiempo de recibirla, cuando desprendióse de mí con una fuerza convulsiva, la vista turbada, y las manos levantadas al cielo... "¡Dios!... ¡Dios mío, salvadme!" exclamó; y al instante, más pronta que un relámpago, se postró a diez pasos de mí. Yo la vi a pique de sofocarse, y me adelanté para socorrerla; pero ella, tomando mis manos, que bañaba con sus lágrimas, y aun abrasando mis rodillas: "¡Sí, usted será, dijo, usted será quien me salve! ¡Si usted no quiere matarme, déjeme; sálveme; por Dios, déjeme usted!" Y estas medias palabras apenas se le escapaban en medio de sus continuos sollozos. Sin embargo, me tenía cogido con tanta fuerza, que apenas podía desprenderme.

Reuniendo entonces las mías, la levanté y la puse entre mis brazos, y al instante cesaron las lágrimas. Ya no hablaba; todos sus miembros se entorpecieron, y violentas convulsiones siguieron a esta tempestad. Confieso que yo estaba conmovido; y creo que hubiera condescendido con su solicitud, aun cuando las circunstancias no me hubieran obligado a ello. Lo que hay de cierto es que después de haberle dado algunos socorros, la dejé, según me suplicaba, y me felicito de ello. Ya casi he recibido el premio.

Esperaba que, así como el día de mi primera declaración, no se presentaría en la tertulia. Pero hacia las ocho bajó al salón, y sólo manifestó que estaba muy indispuesta. Su semblante estaba abatido, su voz débil, su aire modesto; pero sus miradas eran dulces, y a menudo las fijaba sobre sí.

Como no quiso jugar, me vi obligado a ocupar su asiento, y ella se sentó a mi lado. Durante la cena se quedó sola en el salón. Cuando volvimos, observé que había llorado: para convencerme, le dije que me parecía que estaba todavía doliente; a lo que contestó con mucha atención: "¡Este mal no se va tan pronto como viene!"
En fin, cuando nos retiramos le di la mano, y en la puerta de su cuarto me la apretó con fuerza. Es verdad que este movimiento me pareció tener algo de involuntario, pero tanto mejor; ésta es otra prueba de mi imperio. Apostaría que está muy contenta de hallarse allí; todos los gastos están hechos, y no resta más que gozar. ¡Quizá mientras que escribo a usted se está ocupando de esta dulce idea! Y aun cuando se ocupase, por el contrario, de un nuevo proyecto de defensa, ¿no sabemos ya en qué vienen a parar todos sus proyectos? Yo se lo pregunto a usted. ¿Puede diferirse esto más allá de nuestra primera entrevista? Por ejemplo, espero que habrá algunos melindres para concederlo; pero dado el primer paso, ¿saben acaso estas mojigatas contenerse? su amor es una verdadera explosión, y la resistencia les da más fuerza. La feroz gazmoña correría tras de mí, si yo dejara de correr tras ella.

En fin, iré a su casa para recordarle su palabra. ¿Usted no se habrá olvidado de lo que tiene prometido después del suceso: la infidelidad de su amante? ¿Está dispuesta? Por lo que a mí toca, lo deseo como si jamás nos hubiésemos conocido. En lo demás, el conocer a usted es acaso un nuevo motivo para apetecerlo más.
Soy justo, y no soy galante.

Así ésta será la primera infidelidad que haré a mi grave conquista, y le prometo que me aprovecharé del primer pretexto para ausentarme veinticuatro horas de su lado; éste será el castigo que tendrá que sufrir por haberme tenido tanto tiempo separado de usted. ¿Sabe que hace más de dos meses que me ocupa esta aventura? Sí, dos meses y tres días; es verdad que cuento con mañana, porque verdaderamente no se consumará hasta entonces. B*** resistió tres meses completos. Yo me alegro mucho de ver que la franca coquetería se ha defendido más que la austera virtud.

Adiós, mi querida amiga, es necesario que acabe esta carta, porque es muy tarde. Ha sido más larga de lo que yo pensaba, pero como la envío mañana por la mañana a París, he querido aprovecharme de esta ocasión para participar a usted un día antes la alegría de su amigo.
En la quinta de..., a 2 de octubre de 17... por la noche.

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Amiga mía, estoy volando, vendido y perdido, estoy desesperado; la señora de Tourvel se ha ido, ¡y ha partirlo sin que yo lo haya sabido! Yo no estaba para impedírselo y para echarle en cara su indigna traición. ¡Ah! no crea usted que la hubiera dejado marchar; se hubiera quedado, aunque hubiese tenido que valerme de la violencia. ¡Pero qué! en mi crédula seguridad, yo dormía tranquilamente; yo dormía, y el rayo cayó sobre mí. No, no concibo el motivo de esta partida. Es necesario renunciar a conocer las mujeres.

¡Cuando me acuerdo del día de ayer! ¿qué digo? ¡de ayer noche! ¡aquel mirar tan halagüeño! ¡aquella tierna voz! ¡aquello de apretarme la mano! y al mismo tiempo estaba proyectando huir de mí. ¡Oh, mujeres, mujeres! ¡quejaos si os engañan! Pero, sí; cualquiera perfidia que se empleen con vosotras es un robo que os hacen.
¡Qué gusto tendré en vengarme! Yo volveré a encontrar a esta pérfida mujer; yo volveré a tomar mi imperio sobre ella. Si el amor no me ha bastado para hallar los medios, ¿qué no haré auxiliado de la venganza? La veré todavía a mis rodillas trémula y bañada en lágrimas, gritar con una voz encantadora: ¡perdón! y yo seré inexorable.

¿Qué hará ahora? ¿y en qué pensará? Quizás se está jactando de haberme engañado; y, fiel al gusto de su sexo, este placer le parecerá más dulce. Lo que la virtud más ponderada no ha podido lo ha conseguido sin esfuerzo el espíritu de astucia. ¡Insensato! yo temía a su cordura, su mala fe era lo que debía temer.
¡Y verme obligarlo a devorar mi sentimiento! No atreverme a manifestar sino un tierno dolor, cuando tengo el corazón lleno de rabia. ¡Tener que reducirme a suplicar todavía a una mujer rebelde, que se ha sustraído a mi imperio! ¿Deberé humillarme hasta ese punto? ¿Y por quién? por una mujer tímida y que jamás se ha ejercitado en los combates.

¿De qué me sirve haberme establecido en su corazón, después de haberla abrasado con todo el fuego del amor, haber llevado hasta el delirio la turbación de sus sentidos, si tranquila en su retiro, puede hoy engreírse de su huida más bien que yo de sus victorias? ¿Yo lo subiré, amiga mía? usted no lo cree, no tiene usted formada de mí una idea tan baja. ¡Pero la fatalidad me arrastra hacia esta mujer! ¿Tantas otras no desean mis obsequios? ¿No se apresurarán a corresponder a ellos? ¿Aunque ninguna pudiera competir con ésta, el cebo de la variedad, el encanto de nuevas conquistas, el brillo de su número, no ofrecen placeres bastante dulces? ¡Ah! ¿por qué?... Yo lo ignoro, pero lo experimento con vehemencia.

No hay ya para mí felicidad ni reposo, hasta que posea esta mujer que aborrezco, y amo con igual furor. No podré sobrellevar mi suerte sino desde el momento en que disponga de la suya. Entonces tranquilo y satisfecho, la veré, a su vez, entregada a las mismas tempestades que ahora experimento, y aun le suscitaré otras mil. La esperanza y el temor, la desconfianza y la seguridad, cuantos males ha inventado el odio y bienes ha concedido el amor, otros tantos quiero que llenen su corazón, y que se sucedan en él según mi capricho. Este tiempo llegará... pero hasta entonces ¡qué trabajos! ¡Que ayer estuviese tan inmediato y hoy me vea tan distante! ¿Cómo me acercaré a ella? No me atrevo a dar ningún paso, porque conozco que para tomar mi partido necesitaría tener más tranquilidad, y mi sangre está hirviendo en mis venas.
Pero lo que redobla mi tormento, es la sangre fría, con la que cada uno responde aquí a mis preguntas, sobre este acontecimiento, sobre su causa y sobe todo lo que ofrece de extraordinario... Nadie sabe nada, y nadie desea saberlo:apenas se hubiera hablado de esto, si se hubiese consentido en que hablasen de otra cosa. La señora Rosemonde, a cuya casa he ido corriendo esta mañana, luego que supo esta novedad me ha respondido, con la frialdad de su edad, que era consecuencia natural de la indisposición que la señora Tourvel había tenido ayer; que había temido una enfermedad, y que por lo mismo había preferido estar en su casa. Ella encuentra esto muy regular y sencillo, y me ha dicho que hubiera hecho lo mismo si se hubiera hallado en igual caso. ¡Como si pudiera haber alguna cosa común entre las dos! Entre ella que tiene su pie en la sepultura, y la otra, que hace el encanto y el tormento de mi vida. La señora de Volanges, que por lo pronto sospeché que era cómplice, me parece que sólo siente que no le haya consultado sobre esta acción.
Confieso que rne alegro mucho de que no haya tenido el placer de no hacerme daño. Esto me prueba que no tiene con esta mujer tanta confianza como yo temía. Siempre es un enemigo menos. ¡Qué placer tendría si supiera que había huido de mi! ¡Cómo se inflaría de orgullo, si ella se lo hubiese aconsejado! ¡Qué importancia no hubiera dado a esto! ¡Dios mío! ¡Cuánto la aborrezco! ¡Oh! Volveré a hacer las amistades con su hija, quiero divertirme con ella a mi capricho. Por esta razón permanecerá aquí algún tiempo; a lo menos la corta reflexión que he podido hacer me inclina a tomar este partido.

¿Cree usted efectivamente que después de un paso tan señalado debe temer mi presencia la ingrata? Si le ha venido la idea de que yo podría seguirla, no habrá dejado de cerrar su puerta; y no estoy más dispuesto a permitirle que me dé este medio, que a sufrir la humillación que él me ocasionaría. Prefiero, por el contrario, anunciarle que me quedo aquí; y aún le haré instancias para que vuelva; y cuando esté mejor persuadida de mi ausencia, me tendrá en su casa: veremos cómo soportará esta aventura. Pero es menester diferirla para aumentar su efecto.

Ignoro si tendré paciencia para ello: veinte veces he tenido hoy, la boca abierta para pedir los caballos. Sin embargo, tomo por mi cuenta y prometo a usted recibir aquí la respuesta, y sólo le ruego, mi bella amiga, que no me hago esperar. Lo que más me incomodaría sería el no saber lo que ocurre; pero mi criado, que está en París, y que trata a la doncella, podrá servirme. Le envío al intento una instrucción y dinero. Suplico a usted tenga a bien unir lo uno y lo otro a esta carta, y procurar enviárselo por uno de sus criados, con orden de entregárselo a él en persona. Tomo esta precaución, porque el tunante tiene la costumbre decir que no ha recibido nunca mis cartas, cuando éstas contienen alguna orden que pueda incomodarle, y a la sazón no me parece tan enamorado de su conquista, como yo quisiera que lo estuviese.

Adiós, mi bella amiga; si se le ocurre alguna idea feliz, algún medio de acelerar mi marcha, no deje de participármelo. Más de una vez he conocido cuán útil podía serme su amistad, y ahora mismo lo estoy experimentando, porque me siento más sosegado desde que empecé esta carta; a lo menos hablo con quien me entiende, y no con autómatas, a cuyo lado vegeto desde esta mañana. A la verdad, cuanto más veo, tanto más inclinado estoy a creer que no hay en el mundo sino usted y yo que valgamos algo.
En la quinta de... a 5 de octubre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


Amigo y señor vizconde: ha dado usted el golpe a las mil maravillas, y por eso lo quiero a usted en extremo. Por lo demás, a vista de la primera carta, bien podía esperarse la segunda, y de donde no me ha causado admiración; y mientras que usted, orgulloso de sus futuros éxitos, solicitaba la recompensa, y me preguntaba si estaba pronta, veía que no tenía necesidad de apresurarme. Sí, porque al leer la hermosa relación de tan famosa escena y la viva impresión que usted habría sabido inspirar, al ver su acomodamiento digno de los más bellos tiempos de la caballería, dije veinte veces: Este lance se frustrará. Bien que no podía suceder de otro modo. ¿Qué quiere usted que haga una pobre mujer que se rinde y se la deja así? A fe mía, que en este caso, es necesario a lo menos salvar el honor, y esto es justamente lo que ha hecho la presidenta. Yo he comprendido bien que el partido que ha tomado no es completamente inútil y me propongo servirme de él, por mi cuenta, en la primera ocasión seria que se presente; pero prometo que si aquel por quien hiciese los gastos, no se aprovecha de ellos mejor que usted, no tiene que contar nunca conmigo.

Véase usted anonadado, y esto teniendo dos mujeres, la una destinada para la mañana siguiente, y la otra que lo deseaba ansiosa. ¡Pues bien! Usted va a creer que me jacto, y a decir que no es difícil adivinar después de ver; pero le juro que lo esperaba así; porque en realidad usted no tiene el ingenio de los hombres de su estado; sólo sabe cuanto le enseñan, no inventa nada. Por esta razón luego que las circunstancias no se prestan a las fórmulas usadas, y lo obligan a dejar el camino de todos, se queda perplejo como un infeliz cadete. En fin, una niñería de un lado, y del otro un rasgo de gazmoñería que no es muy común, bastan para desconcertarle. No sabe ni prevenirlos ni evitarlos. ¡Ah! vizconde, vizconte, usted me enseña a no juzgar a los hombres por sus éxitos y pronto habrá que decir de usted: ¡Fue bravo un día! Y después que usted haya hecho tontería sobre sandez, recurrirá a mí. ¿Le parece que yo vio tengo que hacer más que repararlas? En verdad vizconde que no sería obra corta de realizar.

Sea lo que fuere de estas dos aventuras, la una se ha emprendido contra mi voluntad, y no quiero mezclarme en ella. En curato a la otra, como en cierto modo me ha complacido usted, la tomo como asunto propio. La carta que incluyo, que usted entregará en seguida a la chiquita Volanges, es más que suficiente para que vuelva a su amistad; pero le suplico que trate con cuidado a esa niña, y propongámonos de común acuerdo el desesperar a la madre y a Gercourt. Veo claramente que la personita no se espantará, y luego que se cumplan nuestras miras ella hará lo que quiera.

Dejo esto enteramente a su cuidado. Tiene una tonta ingenuidad, que no ha cedido ni aun al específico que usted le ha administrado, que sin embargo es casi siempre infalible, y ésta es a mi ver la enfermedad más peligrosa que puede tener una mujer. Denota sobre todo una debilidad de carácter casi siempre incurable que se opone a todo; de suerte que ínterin no nos ocupemos en formar una muchachita para la intriga no paremos de ella más que una mujer fácil. Ahora bien; no conozco nada tan común como esta tontería, que se rinde sin saber cómo ni por qué, tan sólo por no saber resistir el ataque. Estas mujeres sólo son máquinas destinadas al placer.

Usted me dirá que no hay que hacer otra cosa, y que esto basta para nuestros proyectos. Sea así, pero no olvidemos que todas llegan pronto a conocer los resortes y motores de estas máquinas; por esta razón para servirse de ésta sin perjuicio, es preciso despachar, detenerse con tiempo, y después romperla. En verdad que no nos faltarían motivos para defendernos de ella, y Gercourt la pondrá a buen recaudo cuando nos aplazca. Al hecho, cuando no pueda juzgar de su desgracia, y cuando sea pública y notoria: ¿qué nos importa que se vengue con tal que no se consuele? Lo que digo del marido usted lo piensa sin duda de la madre, ahí está el equivalente.
Este partido, que me parece el mejor y en que paro mientes, me ha decidido a asediar a la joven, como usted verá por mi carta. Es también muy importante no dejar nada en sus manos que pueda comprometernos, y le suplico ponga atención en esto. Tomada una vez esta precaución, yo me encargo de la moral; cumple a usted el resto. Con todo, si vemos en lo sucesivo que la ingenuidad se corrige, siempre estaremos a tiempo para mudar de placer. Al cabo hubiéramos tenido que hacer, un día u otro, lo que vamos a hacer ahora. En ningún caso serán inútiles nuestras diligencias.

¡Sabe usted que ha faltado poco para que las mías se huyan frustrado y para que prevaleciese el hado de Gercourt sobre mi prudencia!
¿No ha tenido la señora de Volanges un momento de debilidad materna? ¿No quería dar su hija a Danceny? Esto era lo que anunciaba aquel interés materno, que usted observó la mañana siguiente. ¡Usted habría sido también la causa de esta hermosa obra maestra! Por fortuna la tierna madre me escribió, y espero que mi respuesta no le habrá agradado.

Hablo en ella tanto de virtud, y sobre todo de tal manera la engatuso, que debe creerme en la razón.
Siento no haber tenido tiempo para quedarme con copia, a fin de edificar a usted con la austeridad de mi moral. ¡Ah! ¡verá cómo desprecio a las mujeres tan degradadas que quieren tener un amante! ¡Es tan fácil ser rigorista en estos discursos! Esto sólo daña a los otros, sin causarnos alguna incomodidad. Además de que no ignoro que la buena señora ha tenido en su tiempo sus debilidades como cualquier otra, y no me disgustaba causarle esa íntima humillación. Esto me consolaba un poco cuando pensaba en las alabanzas que yo le daba contra mi conciencia.

Así es como en la misma carta la idea de perjudicar a Gercourt me daba alientos para hablar bien de él.
Adiós, amigo vizconte: apruebo mucho la decisión que ha tomado de permanecer en ésa. No tengo arbitrio para acelerar su partida; pero le invito a que se divierta con nuestra común pupila. Por lo que toca a mí, a pesar de su atenta cita, ve usted que es preciso esperar todavía; y convendrá sin duda, en que no es culpa mía.
París, 4 de octubre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Poderoso Dios: Yo tenía un alma para el dolor; dadme otra para la felicidad. Así creo que se explica el tierno Saint-Preux. Yo, con más suerte que él, poseo a un tiempo las dos existencias. Sí, amiga mía, soy a la vez muy feliz y muy infeliz, y puesto que tengo en usted entera confianza, debo hacerle la completa relación de mis penas y de mis placeres.

Sepa que mi ingrata devota se muestra siempre severa. Ya me ha devuelto hasta cuatro cartas, porque habiendo adivinado desde la primera que me devolvió, que haría lo mismo con las otras, y no queriendo perder así mi tiempo, he tomado el partido de no poner la fecha, y desde el segundo correo la misma carta es la que va y viene siempre, sin que yo haya hecho más que mudar el sobrescrito. Si mi querida acaba ordinariamente como las demás y se enternece algún día, aunque no sea más que de fatiga, guardará al fin la misiva, y entonces habrá tiempo de ponerse al corriente. Usted ve que con este nuevo género de correspondencia no puedo estar perfectamente instruido.
Con todo, he descubirto que la inconstante persona ha mudado de confidenta: a lo menos me he asegurado que desde que partió de la quinta, no ha llegado ninguna carta a la señora Volanges, mientras que la anciana Rosemonde ha recibido dos; y como ésta no ha dicho a usted nada, como no habla una palabra de su bella querida, de la que hablaba antes sin cesar, he inferido de esto que con ella es con quien tiene todas sus confianzas. Yo presumo que esta revolución dimana, por una parte, de la necesidad de hablar de mí, y por otra de la vergüencilla de volver a dirigirse a la señora de Volanges, para tratar de un sentimiento que hace tiempo ha desaprobado. Teme también haber perdido en el cambio; porque cuanto más envejecen las mujeres, tanto más severas se hacen. La primera le habría dicho mil cosas malas de mí pero ésta le hablará más de amor, y a la sensible mojigata la espanta más esta pasión que la persona.

El único medio de averiguarlo es, como usted sabe, el de interceptar la comunicación clandestina. Ya he dado orden de ello a mi criado, y espero que lo ejecute de un día a otro. Hasta entonces nada puedo hacer sino a la ventura.

Por esta razón hace ocho días que estoy repasando inútilmente todos los medios conocidos, y cuantos se hallan en las novelas y memorias secretas, y hasta ahora no he encontrado uno que convenga a las circunstancias ni al carácter de la heroína. La dificultad no estará en introducirme en su casa, aun de noche, y de adormecerla y hacer de ella una nueva Clarisa; ¡pero después de dos meses de cuidados y de penas tener que recurrir a medios tan extraños! ¡seguir servilmente las huellas de los otros, y triunfar sin gloria!... No tendrá los placeres del vicio y los honores de la virtud. No es bastante para mí el poseerla, quiero que ella misma se me entregue. Ahora bien; para esto es necesario no sólo penetrar hasta donde se halle, sino llegar allá con su consentimiento, encontrarla sola y decidida a escucharme, sobre todo cerrarle los ojos sobre el peligro; porque si llega a verle, sabrá vencerlo o morir. Pero cuanto más conozco lo que conviene hacer, tanto más difícil hallo la ejecución; y aunque usted se burle de mí, no dejaré de confesarle que mi embarazo se redobla a medida que me ocupo más de ella.

Yo creo que perdería la cabeza, sin las felices distracciones que me proporciona nuestra común pupila; a ella debo el ocuparme todavía en otras cosas más que en hacer elogios.

¿Creería que esta muchachita estaba tan espantada, que han pasado tres días largos antes que su carta haya producido su efecto? ¡Vea como una idea falsa puede echar a perder el más bello carácter!

Finalmente no ha venido a verme hasta el sábado, y entonces no me dijo más que unas medias palabras, y pronunciadas en un tono tan bajo, y ahogados de tal modo por la vergüenza, que era imposible oírlas; pero yo adiviné el sentido por rubor que causaron. Hasta entonces me había mantenido con altivez; pero aplacado a la vista de un arrepentimiento tan gracioso, condescendí en ir aquella noche a ver a mi hermosa penitenta; y esta gracia de mi parte fue acogida con todo el reconocimiento debido a un beneficio tan grande.
Como quiera que no olvido jamás ni los proyectos de usted ni de los míos, he resuelto aprovecharme de esta ocasión para conocer exactamente lo que vale esta niña, y también para acelerar su educación. Pero para seguir este trabajo con más libertad, tenía necesidad de mudar el lugar de nuestra cita; porque un simple gabinete, que separa el cuarto de su pupila del de su madre, no podía inspirarle bastante seguridad para dejarla desplegarse a sus anchas. Yo me había propuesto hacer inocentemente algún ruido que pudiera causarle bastante temor para decidirla a tomar en lo sucesivo un asilo más seguro; mas ella me ha ahorrado este cuidado.

La chiquita es reidora; y para contribuir a su alegría, se me ocurrió el contarle, en los entreactos, todas las aventuras escandalosas que me venían a la cabeza, y para animarlas y fijar más su atención, las atribuía todas a su madre, a quien me complacía en engalanar así con vicios y ridiculeces.

No había yo hecho esta elocución sin motivo, porque esto alentaba mejor que cualquiera otra cosa a mi tímida discípula, y al mismo tiempo le inspiraba el más profundo desprecio por su madre. He observado hace mucho tiempo, que si este medio no es siempre conveniente para seducir a una joven, es indispensable, y aún el más eficaz, cuando se trata de depravarla; porque la que no respeta a su madre, no se respetará a sí misma; verdad moral que yo creo tan útil que me alegro mucho de poder suministrar un ejemplo en apoyo de este precepto.
Con todo, su pupila de usted, que no pensaba en moral, reventaba de risa a cada instante, y al fin estuvo un vez a pique de ser oída. No tuve trabajo en hacerla creer que había hecho un ruido horrible.
Fingí un gran terror, que se apoderó también de ella. Para que se acordase mejor no permití que continuase el placer, y la dejé sola tres horas antes de lo que acostumbraba. Al separarnos quedamos convenido en que desde el día siguiente nos reuniríamos en mi cuarto. Ya la he recibido dos veces en él; y en este corto lapso la discípula se ha hecho tan diestra como su maestro. Sí, a la verdad, le he enseñado cuanto sabía, y hasta las complacencias; y sólo he exceptuado las precauciones. Ocupado así toda la noche, logro con esto dormir casi todo el día, y como la gente que hay ahora en la quinta no me llama la atención, apenas estoy una hora en el salón; y aun hoy he tomado el partido de comer en mi cuarto, del que no salgo sino para dar un paseito.

Estas extravagancias las atribuyen a falta de salud, y para persuadirlos mejor he dicho que estaba perdido de flatos, y también que tenía un poco de calentura. Para aparentarlo sólo debo hablar con un voz lenta y débil. En cuanto a la mutación de mi semblante, confíe usted en su pupila. El amor proveerá.
Ocupo mi tiempo en soñar en los medios de volver a tomar sobre mi ingrata las ventajas que he perdido, y también en componer un catecismo libertino al uso de mi escuela. Me divierto en dar a cada cosa el nombre técnico; y río de antemano de la interesante conversación que esto debe suscitar entre ella y Gercourt, la primera noche de su matrimonio.
¡No hay cosa más graciosa que el ver la ingenuidad con que ella emplea ya lo poco que sabe de esta lengua! No se imagina que pueda hablarse de otro modo. ¡Esta niña es realmente hechicera! Este contraste de la sencilla candidez con el lenguaje libertino, no deja de hacer efecto; sólo me gustan las cosas estrafalarias, sin saber por qué.

Quizá me entretengo demasiado en estos caprichos, pues pierdo en ellos mi tiempo y mi salud; mas espero que mi fingida enfermedad, además, de que me librará de la fastidiosa tertulia, podrá también serme de alguna utilidad para con mi austera devota, cuya cruel virtud se hermana sin embargo con la dulce sensibilidad. No dudo que ella este instruida de este grande acontecimiento, y tengo vivos deseos de saber lo que piensa de él; tanto más, cuanto apostaría a que no deja de atribuirse el honor de haberlo causado. Yo arreglaré el estado de mi salud según da impresión que hiciere sobre ella.

Vea pues, mi bella amiga, cómo está usted al corriente de mis asuntos tanto como yo mismo. Deseo tener noticias más interesantes que comunicarle, y le suplico crea que, en el placer que me prometo de ellas, cuento por mucho la recompensa que espero de usted.
En la quinta de..., 11 de octubre de 17...

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT


Debo prevenirle, vizconde, que comienza a despertar la curiosidad de París; que empieza a a notarse su ausencia, y tal vez a adivinarse la causa. Asistí ayer a una comida donde acudieron multitud de personas; allí se afirmó categóricamente que la causa de su destierro era un amor novelesco y desgraciado.
El gozo se pintaba en los rostros de todos los envidiosos de su, fortuna y de las mujeres que ha abandonado. Yo le aconsejo que no deje tomar cuerpo a estos rumores, y que venga a destruir con su presencia tan falsas suposiciones.

Piense que si una vez se cree que hay alguien capaz de resistir a sus seducciones, dará motivo a que, en efecto, haya quien las resista en lo sucesivo; que sus rivales le perderán el respeto, y osarán combatirle: ¿quién de entre ellos no se creerá más fuerte que la virtud? Piense, sobre todo, que entre las mujeres que figuran en su lista, las que no ha conseguido usted tratarán de desengañar al público, y las otras tratarán de engañarlo. Se le apreciará en menos de cuanta usted vale, como hasta el día se le ha apreciado en más.

Vuelva usted, y no sacrifique su reputación a un capricho pueril, Usted ha hecho cuanto queríamos de la pequeña Volanges; y en cuanto a la presidenta, ¿cree que ha de burlarse? Tal vea no pienso en usted más que para celebrar el haber logrado humillarle. Aquí al menos podrá usted encontrar alguna ocasión de reaparecer brillante y gallardamente, que buena falta le hace; y aun cuando se abstine en su ridícula aventura, no creo que su vuelta lo perjudique en nada... al contrario.

En efecto, si la presidenta adora a usted, como tantas veces usted me lo ha dicho, y tan pocas probado, su único consuelo, su único placer, debe ser aflora hablar de usted, saber lo que hace, lo que dice y piensa, y todo cuanto le atañe. Tales miserias encuentran su valor en razón directa de las privaciones que se sufre. Son migajas de pan de la mesa del rico, no falta quien las desdeñe, pero el pobre las recoge y de ellas se nutre. Ahora bien; la pobre presidenta acepta ahora todas estas migajas. Mientras más se las escatime usted, más el hambre logrará azuzar en ella.
Además, puesto que usted conoce a su confidente, no dude que cada carta de ella abundará en sermones, y en cuanto ella crea que haya de corroborar su prudencia y patentizar su virtud. ¿A qué dejarle a la vez recursos para defenderse, y para perjudicar a usted?

No soy, en absoluto, de su parecer en cuanto a lamentar el cambio de confidente. Desde luego madame Volanges lo aborrece, y el odio es siempre más perspicuo e ingenioso que la amistad. Toda la virtud de la tía de usted no ha de llevarla a maldecir un solo instante de su amado sobrino; que la virtud tiene también sus flaquezas. Vuestros temores parten de un principio absolutamente falso.

No es cierto que a medida que las mujeres envejecen se vuelven ásperas y severas. De los cuarenta a los cincuenta años sí, cuando su semblante se marchita, y la rabia de verse obligadas a abandonar placeres y amoríos se apodera de ellas. Entonces casi todas se tornan acres e impertinentes, fieras y desdeñosas. Tanto tiempo necesitan para consumar la abdicación y el sacrificio: después se dividen en dos clases.

Las más, que no han tenido más que su palmito y su juventud, caen en una apatía imbécil, y de ella no salen más que para el juego y para algunas prácticas de devoción; tal está siempre enojada, a menudo gruñona, a veces intolerable, casi nunca aviesa. No se puede decir que sean severas ni que dejen de serlo: sin ideas, sin propia vida, repiten indiferentemente, y sin comprenderlo, cuanto oyen decir; su personalidad es nula e inofensiva.

Otras, las menos, y que constituyen clase más preciosa y selecta, son aquellas mujeres que habiendo tenido su carácter, y habiendo pensado alguna vez por cuenta propia, saben aún crearse una existencia, cuando ya les falta aquella a la que fueron inclinadas, y toman el partido de engalanar su ingenio de aquellos atavíos que huelgan ya para su semblante estas suelen tener el juicio sano, el espíritu alegre, sólido y grande.
Reemplazan los encantos de la seducción por la bondad que obliga y por aquella jovialidad que la edad trae consigo a veces: así logran acercarse a la juventud y hacerse amar. Y entonces, lejos de ser, como usted dice, rígidas y severas, el hábito de la indulgencia, las largas reflexiones sobre la humana flaqueza, y, sobre todo, el recuerdo de su juventud, del que ellas viven todavía, las hacen fáciles y asequibles, inclinadas a veces de la parte más débil.

Yo, en fin, puedo decirle que habiendo buscado siempre a las viejas, y temprano reconocido la utilidad de sus sufragios, siempre encontré muchas entre ellas a quien mucho el afecto me obligaba, a pesar del interés que motivara mi inclinación primera. Y me detengo aquí: porque ahora que usted se inflama tan pronto y tan moralmente, temo se prenda súbitamente de su anciana tía, y que con ella se entierre en la tumba en que ya vive hace tiempo.

A pesar del encanto que le produce la colegiala, no creo que en nada intervenga en sus planes. La tuvo usted a su alcance, e hizo presa de ella; nada más natural: ¡enhorabuena! pero esto no tendrá mayor trascendencia.
No es esto, a decir verdad, un goce verdadero. Usted no posee de ella más que el cuerpo. No hablaré de su corazón, que poco le inquietará sin duda: ni aun su cabeza usted ocupa. Ignoro si lo habrá notado; pero yo tengo pruebas de ello por la última carta que me ha escrito23, y que le envío, para que la lea. Mire cómo cuando habla de usted en ella, es siempre de monsieur de Valmont; que todas estas ideas, aun aquellas que usted en ella inculcara, no paran sino en Danceny, a quien no llama monsieur, sino Danceny a secas. Así lo distingue de todos los demás; y aun entrelazándose a usted, para él guarda su confianza. Si tal conquista le parece seductora; si los placeres que ella le da mucho lo obligan, seguramente usted se contenta con poco. Guárdela, en buena hora, que en nada a mis proyectos se opone. Pero me parece que no vale la pena que ele ella se preocupe usted un cuarto de hora; que también es preciso conservar cierto imperio, y no permitirle, por ejemplo, que a Danceny se aproxime, sino después de habérselo hecho olvidar un poco.

Antes que deje de ocuparme de usted, para volver a mí, quiero decirle que la enfermedad que piensa usted adquirir, es muy conocida y usada. En verdad que usted no cavila cosa mayor. Yo, por mi parte, también me repito algunas veces como verá; pero procuro disimular, por los detalles, y por último, el éxito me justifica. Aún quiero intentar un nuevo ardid de esta clase, y correr una nueva aventura. Convengo en que no tendrá el mérito de la dificultad; pero al menos será una distracción para mí, que me aburro mortalmente.

mí, que me aburro mortalmente. Ignoro por qué, desde la aventura de Prevan, Belleroche se me ha hecho insoportable. De tal manera ha redoblado sus atenciones, su ternura, su veneración, que ha llegado a empacharme. Su cólera en el primer momento, me pareció donosa; fue preciso, no obstante, mitigarla; que hubiera sido comprometerme el no ponerle freno: y no había medio de hacerlo entrar en razón. He tomado el partido de mostrarle mayor amor, para conseguir mi propósito; pero él ha tomado esto tan en serio, que desde hace algún tiempo me agobia de un eterno embeleso. Noto, sobre todo, la insultante confianza que de por sí toma, y su aire de conquista definitiva y segura que cree haber alcanzado. Me humilla, en verdad, el bueno de Belleroche. Y a fe mía que me aprecia en poco si se cree capaz de tasarme. Llegó a decirme ¡asómbrese usted! que yo no había amado a nadie más que a él. Por el momento, tuve necesidad de toda mi prudencia para no desengañarle al punto, diciéndole toda la verdad. ¡Es, ciertamente, un ente propio para tener un derecho exclusivo! Convengo en su buen talle, y no mal empaque y semblante de galán; pero, en verdad, todo no pasa de un simple ardid de amor. Y el momento ha llegado, en fin, en que debemos separarnos.

Procuro desde hace quince días consumar la ruptura, y he empleado la frialdad, la impertinencia, el desdén, y toda suerte de querellas e inconveniencias; pero el personaje en cuestión no suelta la prenda; fuerza es tomar otro partido: en consecuencia, lo llevo a mi casa de campo.

Mañana partimos. No habrá allí entre nosotros más que algunas personas desinteresadas y de pocos alcances; y allí estaremos como en el mayor retiro. Allí lo agobiaré de modo tal, por el amor y las caricias, viviremos hasta tal punto en completo idilio, que acabará por desear aún más que yo el fin de este viaje, que ahora tanto lo halaga, y a fe mía que si no vuelve más cansado de mí que yo lo estoy de él, entonces, vizconde, ya no queda más recurso que el que a usted se le ocurra.

El pretexto de esta retirada es el de ocuparme seriamente de mi gran pleito, que ha de juzgarse, en efecto, al fin o al comienzo del invierno. Y así sea, que mucho me inquieta ver toda mi fortuna en el aire. No es que me preocupe el hecho: la razón me abona; mis abogados me lo aseguran también: y aunque no me abonara, mucha sería mi torpeza sino supiera ganar un pleito en que mis adversarios son dos menores y un viejo tutor. Como es preciso, no obstante, no abandonar nada en asunto tan importante, llevaré conmigo dos abogados. ¿No encuentra usted chusco este viaje? Si gano el pleito y pierdo Belleroche, no habré perdido mi tiempo.
Ahora, vizconde, adivinad el sucesor, aunque ya sé que no adivináis las cosas. Pues bien: Danceny. Os extraña, ¿no es eso? porque, al fin, todavía no me he quedado para educar niños. este merece que se haga una excepción en su favor; tiene las gracias, pero no la frivolidad de la juventud.

Su gran reserva en el círculo contribuye a alejar toda sospecha, y se le encuentra más amable cuando se explaya en una conversación íntima.
No quiere esto decir que haya conversado con él por mi cuenta; aún no he sido más que su confidente: pero bajo el velo de la amistad creo adivinar una gran simpatía hacia mí, y siento que él también va inspirándome mucha. Sería una verdadera lástima que tanto ingenio y delicadeza fuesen a sacrificarse y a fracasar cerca de esa imbécil de Volanges.
Espero que se equivoque al creer que la ama: ¡está ella tan lejos de merecerlo! No es que yo esté celosa; pero sería un asesinato, y quiero salvar a Danceny. Ruego, pues, a usted, que procure cuidadosamente que no pueda acercarse a su Cecilia, como tiene ahora la mala costumbre de llamarla. La primera inclinación tiene siempre más fuerza de lo que se cree, y no estaría segura de nada si volviese a verla ahora, sobre todo en ausencia mía. A mi vuelta, yo me encargo y respondo de todo.

He tratado de traer al joven conmigo, pero he hecho el sacrificio a mi prudencia ordinaria; y además hubiese temido que se apercibiera de algo entre Belleroche y yo, y me hubiera desesperado que tuviese la menor idea de lo que pasa.
Quiero, por lo menos, presentarme a su imaginación pura y sin tacha; tal, en fin, como debiera ser para ser verdaderamente digna de él.
París, 15 de octubre de 17...

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL


Es cosa inconcebible, mi hermosa amiga, cómo al alejarse dos seres dejan al punto de entenderse. Mientras yo estaba cerca de usted, nuestro sentimiento era uno, nuestro modo de ver el mimo, y separados unos tres meses, jamás nos acordamos en nada. ¿De quién es la falta? En verdad que usted no titubeará un momento en la respuesta; pero yo, más tardo o más cortés, no me atreveré a contestar. Quiero responder tan sólo a su carta y continuar exponiéndole mi conducta.

Desde luego, le doy mil gracias por su advertencia sobre las voces que acerca de mí corren; pero aún no me inquieta nada de eso; me creo capaz de desmentirlas en breve. Tranquilícese, apareceré en la sociedad, más célebre que nunca, y siempre más digno de usted.

Aguardo que se me estime en algo la aventura de la pequeña Volanges, a la que tan poca importancia le atribuye. Creo que es preciso conceder algún mérito al haber logrado arrebatar, en una sola tarde, a una joven a su verdadero amante; disponer de ella a mi antojo, como de propia cosa, y esto sin perturbar en nada su verdadero amor, sin hacerla inconstante, ni infiel siquiera; en efecto, después de mi capricho, la devolveré a los brazos de su amante, sin que ella se haya apercibido de nada. ¿Es esto tan vulgar? Y después, créame usted, una vez salida de mis manos, los principios que yo la he inculcado influirán en ella ostensiblemente; y sospecho que la tímida colegiala levantará el vuelo a alturas que hagan honor a su maestro.

Si aún se prefiriese el genero heroico mostrare a la presidenta, modelo de todas las virtudes, respetada de los más libertinos, hasta el punto de considerarla inexpugnable; la mostraré, digo, olvidando sus deberes y su virtud, sacrificando su reputación, sus años de honestidad, para correr tras el placer de agradarme, para buscar la embriaguez de amarme y encontrándose bastante indemnizada de tanto sacrificio por una palabra, por una mirada que todavía no gozará siempre. Haré más, la abandonaré; y o no conozco a esa mujer, o no tendré sucesor. Resistirá a la necesidad de consuelo, al hábito del placer, aun al deseo de venganza. En fin, no habrá existido más que para mí; y que su carrera sea más o menos larga, yo sólo habré abierto y cerrado la barrera. Y una ver logrado este triunfo, diré a mis rivales: "Ved mi obra y buscad en el siglo otro ejemplo."

Usted me preguntará de dónde llega tal exceso de confianza. Desde hace algunos días conozco las confidencias de mi bella, no me dice sus secretos, pero yo los sorprendo. Dos cartas suyas a madame de Rosemonde, me han instruido lo bastante, y no he de leer otras que vengan más que por curiosidad. No necesito para triunfar más que aproximarme a ella, y mis medios están ya encontrados. Voy a ponerlos en práctica.

¿Desea usted saberlos?... Pero no se los diré para castigarla de no creer en mis ardides. Merecería usted sin duda que le retirase mi confianza, al menos en esta aventura; y en efecto, sin el dulce premio que promete a mi triunfo no le hablaría. Como ve estoy enfadado. Sin embargo, en la esperanza de que usted se corrija, vuelvo a la indulgencia, olvido por un momento mis grandes proyectos, para razonar con usted de los suyos.

Ya la veo en el campo enojada como el sentimiento, triste como la fidelidad. ¡Y el pobre Belleroche! No se contenta usted con hacerle beber el agua del olvido, le agobia de la mayor crueldad. ¿Cómo se encuentra? ¿Soporta bien las náuseas del amor? Quisiera que se volviera doblemente prendado de usted, veríamos así cuál sería su remedio heroico. La compadezco por haber aceptado tal partido. Yo no he hecho más que una vez en mi vida el amor por ese procedimiento. Tenía ciertamente un gran motivo para ello, pues era la condesa de *** y veinte veces entre sus brazos estuve tentado de decirle: "Señora, renuncio al puesto que solicito, permítame abandonar el que ocupo." Así, de todas las mujeres, es la única de quien me complace hablar mal.

En el caso de usted, lo encuentro ridículamente raro; y tiene razón en que yo no adivinaría el sucesor. ¿Y es por Danceny por quién se toma esos trabajos? Déjele adorar a su virtuosa Cecilia, y no se comprometa en ese juego de niños. Deje usted a los escolares crecer al lado de sus nodrizas y jugar con los pensamientos a sus juegos inocentes. ¿Cómo podría entendérselas con un novicio que no sabrá tomarla ni abandonarla y con quien se verá obligada a hacerlo todo? Desapruebo esa elección, y siempre la humillará ante mis ojos, como usted se sentirá humillada ante su conciencia.

Me dice que mucho le agrada Danceny: seguramente se engaña y creo haber encontrado la causa de su error. El bello disgusto de Belleroche le ha venido en época de sequía; París no ofrece a usted motivos de elección; su fantasía, siempre viva, se ha vuelto hacia el primer objeto que ha encontrado. Pero piense que a la vuelta podrá elegir entre mil; y si teme la inacción en que habrá de caer en la duda, yo me ofrezco para distraer sus ocios.
De aquí a su regreso, mis asuntos habrán terminado de un modo o de otro; y seguramente ni la pequeña Volanges, ni la presidenta misma, me preocuparán entonces bastante, para que no pueda ser yo para usted lo que usted desea. Tal vez entonces estará ya la joven Volanges en brazos de su verdadero amante. Sin convenir, como usted dice, en que no sea un placer verdaderamente grande, como tengo el proyecto de que guarde de mí un recuerdo como de un hombre superior, me he puesto con ella en un tono que no podré sostener mucho tiempo sin peligro de alterar mi salud; y desde este momento no me ocupo de ella sino por aquel cuidado que asuntos de familia requieren...

¿No me entiende usted? Aguardo una segunda época para confirmar mi esperanza y asegurarme de mi completo triunfo. Sí, mi bella, presenta ya indicios de no dejar a su marido sin posteridad, y el jefe de la casa de Gercourt no será sino un segundón del de la de Valmont. Pero déjeme usted acabar a mi antojo esta aventura que no he emprendido sino por instancias suyas. Piense que si hace inconstante a Danceny, le quita a mi aventura su más digno remate.
Considere que ofreciéndome para representarle ante usted, tengo algunos derechos a la preferencia.

Piense que no contrarío en nada sus planes, corriendo yo mismo, a aumentar la tierna pasión del amador para el primero y digno objeto de su elección. Habiendo encontrado ayer a la pupila del usted ocupada en escribirle, y habiendo negado esta dulce ocupación por otra más dulce aún, le he pedido después que me la enseñase, y como yo la encontré fría, le hice sentir que no es ése el modo de consolar a su amante, y escribió otra que yo le dicté, en que imitando lo mejor posible su estilo infantil, he tratado he alimentar el amor del joven por una esperanza más segura. La niña parecía encantada de ser autora de una carta tan hábil, y en adelante me encargó de la correspondencia. ¿Qué no haría yo por ese Danceny? ¡Hubiera sido a la vez su amigo, su confidente, su rival y su querida! Y todavía en este momento le hago el favor de librarle de amistades peligrosas. Sí, sin duda, peligrosas; porque poseer a usted y perderla, es comprar un momento de placer por una eternidad de dolor.
Adiós, mi bella amiga, tenga valor para despachar a Belleroche cuanto antes. Deje a Danceny, y prepárese usted a encontrar y a darme los primeros placeres de nuestra antigua unión.

P. D. -La felicito por su próximo pleito. Quisiera que tan feliz suceso acaeciera durante mi reinado.
Castillo de..., 19 de octubre de 17...