Miscelánea del Teatro de Las  Emociones

posteteatro

Creemos deber prevenir al público que, a pesar del título de esta obra, no respondemos de la autenticidad de esa colección, y que tenemos poderosos motivos para juzgar que no es más que una novela.

 

Pensamos además que el autor, que se ha propuesto, al parecer, buscar la verosimilitud, la ha destruido él mismo, y con muy poca habilidad, por la época en que ha colocado los acontecimientos que publica. En efecto, muchos de los personajes que hace entrar en la escena tienen tan malas costumbres, que es imposible suponer que hayan vivido en nuestro siglo, en que las luces derramadas por todas partes han hecho a los hombres tan moderados y circunspectos, y a las mujeres tan modestas y comedidas.

 

Somos pues del parecer que si las aventuras que se refieren en ésta obra tienen algún fondo de verdad, sólo han podido verificarse en otros lugares y en otros tiempos, y vituperamos mucho al autor, que, seducido sin duda de la esperanza de interesar más acercándose a su siglo y país, se ha atrevido a presentar, con nuestros trajes y usos, costumbres ajenas a nosotros.

 

LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT

 

Vuelva usted, mi querido vizconde, vuelva usted. ¿Qué hace usted ahí? ¿qué puede hacer en casa de una tía anciana que le ha instituído a usted heredero de sus bienes? Parta usted al instante, que yo lo necesito. Me ha ocurrido una idea excelente y quiero confiarle su ejecución. Estas pocas palabras deben bastar a usted y, demasiado honrado con mi elección, debe venir ansioso a recibir mis órdenes a mis pies; pero usted abusa de mis bondades, aun después de que ha cesado de aprovecharse de ellas; y en alternativa de un adiós eterno o de una excesiva indulgencia, dicha de usted quiere que pueda más mi bondad. Deseo, pues, informarle de mis proyectos; pero júreme usted a fe de caballero fiel que no correrá ninguna aventura antes de haber dado fin a ésta; es digna de un héroe, servirá usted al amor y a la venganza, en fin, será como una hazaña más que añadirá a sus memorias; sí, a sus memorias, porque quiero que sean publicadas un día, y yo me encargo de escribirlas. Pero dejemos esto y vamos a la idea que me ocupa.

 

La señora de Volanges casa su hija: todavía es un secreto; pero ayer me lo ha confiado. ¿Quién cree usted que ha escogido para yerno suyo? El conde de Gercourt. ¿Quién me hubiera dicho que yo llegaría a ser la prima de Gercourt? Tengo una rabia... ¿qué? ¿no adivina usted todavía? ¡Oh, torpe entendimiento! ¿Le ha perdonado usted ya el lance de la intendenta? ¿y yo no debo quejarme aún más de él, monstruo?

Pero me calmo, y la esperanza que concibo de vengarme tranquiliza mi espíritu.

 

Mil veces se ha fastidiado usted como yo con la importancia da Gercourt a la mujer con quien se casará, y con la necia presunción de creer que evitará la suerte que cabe a todos. Usted sabe su ridícula presunción en favor de la educación que se recibe en conventos, y su preocupación, todavía más ridícula, en favor del recato de las rubias. En efecto, apostaría yo que a pesar de sesenta mil libras de renta que tiene la joven Volanges, jamás hubiera casado con ella si se hubiese tenido el pelo negro, o no hubiese estado en el convento. Probémosle, pues, que es un tonto: los llevará un día, no es eso lo que me apura, pero lo gracioso sería que empezase por ello. ¡Cuánto nos divertiríamos al día siguiente oyéndolo jactarse! Porque se jactará, sin duda, y a más de esto llega usted a formar a esta muchacha, será gran desdicha si el tal Gercourt no viene a ser, como cualquier otro, la fábula de París. Por lo demás, la heroína de esta novela merece toda la atención de usted; verdaderamente bonita, no tiene más de quince años, es un botón de rosa, lerda, a la verdad, como ninguna, y sin la menor gracia, pero ustedes los hombres no temen esto; tiene, además, cierto mirar lánguido que seguramente promete mucho; añada usted que yo se la recomiendo, con lo que no tiene más que hacer que darme las gracias y obedecerme.

 

Recibirá usted esta carta por la mañana; exijo que a las siete de la tarde esté ya conmigo. No recibiré a nadie hasta las ocho; ni aun al caballero favorito: no tiene bastante cabeza para un negocio tan grave. Ya ve usted que no me ciega el amor. A las ocho daré a usted su libertad y a las diez volveré a mi casa para cenar con su hermoso objeto, porque la madre y la hija cenarán conmigo. Adiós; son más de las doce, pronto no me ocuparé más de usted. París, 4 de agosto de 17...

 

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL

 

He visto a Danceny, pero no he logrado de él sino una media confianza; sobre todo, se ha obstinado en callarme el nombre de la jovencita Volanges, hablándome de ella como de una muchacha muy juiciosa y un poco devota; excepto esto, me ha contado con bastante exactitud su aventura, principalmente el último lance. He procurado acalorarle cuanto he podido, y me he chanceado mucho sobre sus escrúpulos y delicadezas; me parece firme en su sistema, y no puedo responder de él; por lo demás, podré decirle más pasado mañana. Lo llevo mañana a Versailles, y me ocuparé de sondearle durante el camino.

La entrevista que debe tener hoy me da también algunas esperanzas; es posible que su efecto sea el que los dos deseamos, y acaso en este momento nos falta sólo obligarlo a que lo confiese, y recoger las pruebas. Esto será más fácil a usted que a mí, porque la niña es más confiada, o lo que viene a ser lo mismo, más parlanchina, que su discreto amante. Sin embargo, haré lo que pueda.

Adiós, mi bella amiga; estoy muy de prisa, y no veré a usted ni esta noche ni mañana. Si ha sabido algo por su parte, escríbame una palabra para mi vuelta; vendré seguramente a dormir a París.

En..., 3 de setiembre de 17...