* William Shakespeare *

Biografía

 

 

William Shakespeare (1564-1616):

 

Poeta y autor teatral inglés, considerado uno de los mejores dramaturgos de la literatura universal.

 

Resulta imposible llevar a cabo una exposición completa y rigurosa de la vida de este famoso autor inglés, pues son muy pocos los datos comprobados que se tienen de él. Se mantiene tradicionalmente que nació el 23 de abril de 1564, y se sabe a ciencia cierta que fue bautizado al día siguiente, en Stratford-upon-Avon. Tercero de ocho hermanos, fue el primer hijo varón de un próspero comerciante, y de Mary Arden, hija a su vez de un terrateniente católico. Probablemente, estudió en la escuela de su localidad y, como primogénito varón, estaba destinado a suceder a su padre al frente de sus negocios. Sin embargo, según un testimonio de la época, el joven Shakespeare tuvo que ponerse a trabajar como aprendiz de carnicero, por la ifícil situación económica que atravesaba su padre. Según otro testimonio, se convirtió en maestro de escuela. Lo que sí parece claro es que debió disfrutar de bastante tiempo libre durante su adolescencia, pues en sus obras aparecen numerosas y eruditas referencias sobre la caza con y sin halcones, algo poco habitual en su época y ambiente social. En 1582 se casó con Anne Hathaway, hija de un granjero, con la que tuvo una hija, Susanna, en 1583, y dos mellizos —un niño, que murió a los 11 años de edad, y una niña— en 1585. Al parecer, hubo de abandonar Stratford ya que le sorprendieron cazando ilegalmente en las propiedades de sir Thomas Lucy, el juez de paz de la ciudad.

 

Se supone que llegó a Londres hacia 1588 y, cuatro años más tarde,ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral. Poco después, consiguió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton. La publicación de dos poemas eróticos según la moda de la época, Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), y de sus Sonetos (editados en 1609 pero que ya habían circulado en forma de manuscrito desde bastante tiempo atrás) le valieron la reputación de brillante poeta renacentista. En la actualidad, su reputación se basa, sobre todo, en las 38 obras teatrales de las que se tienen indicios de su participación, bien porque las escribiera, modificara o colaborara en su redacción. Aunque hoy son muy conocidas y apreciadas, sus contemporáneos de mayor nivel cultural las rechazaron, por considerarlas, como al resto del teatro, tan sólo un vulgar entretenimiento.

A partir del año 1608, la producción dramática de Shakespeare decreció considerablemente, pues al parecer se estableció en su ciudad natal donde compró una casa llamada New Place. Murió el 23 de abril de 1616 y fue enterrado en la iglesia de Stratford.

 

Hasta el siglo XVIII, Shakespeare fue considerado únicamente como un genio difícil. Se han propuesto teorías según las cuales sus obras fueron escritas por alguien de una educación superior, tal vez por el estadista y filósofo sir Francis Bacon, o por el conde de Southampton, protector del autor, o incluso por el dramaturgo Christopher Marlowe, el cual, según la opinión de algunos estudiosos, no murió en una reyerta de taberna, sino que huyó al continente, donde siguió escribiendo. A pesar de la controvertida identidad de Shakespeare, sus obras fueron admiradas ya en su tiempo por Ben Jonson y otros autores, que vieron en él una brillantez destinada a perdurar en el tiempo; Jonson dijo que Shakespeare “no era de una época, sino de todas las épocas”. Del siglo XIX en adelante, sus obras han recibido el reconocimiento que merecen en el mundo entero. Casi todas sus obras continúan hoy representándose y son fuente de inspiración para numerosos experimentos teatrales, pues comunican un profundo conocimiento de la naturaleza humana, ejemplificado en la perfecta caracterización de sus variadísimos personajes. Su habilidad en el uso del lenguaje poético y de los recursos dramáticos, capaz de crear una unidad estética a partir de una multiplicidad de expresiones y acciones, no tiene par dentro de la literatura universal.


 


 

 

* Fraces de Shakespeare *

 

- Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba / engánchalos a tu alma con ganchos de acero.

 

- El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.

 

- Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras.

 

- El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.

 

- El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho.

 

- De lo que tengo miedo es de tu miedo.

 

- Guarda a tu amigo bajo la llave de tu propia vida.

 

- El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos.

 

- Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte sólo una vez.

 

- Maestro, quisiera saber cómo viven los peces en el mar. Como los hombres en la tierra: los grandes se comen a los pequeños.

 

- Procurando lo mejor estropeamos a menudo lo que está bien.

 

- Ocurra lo que ocurra, aún en el día más borrascoso, las horas y el tiempo pasan.

 

- Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.

 

No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así.

 

- El hombre cauto jamás deplora el mal presente; emplea el presente en prevenir las aflicciones futuras.

 

- Malgasté mi tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí.

 

- Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes.

 

- Las maldiciones no van nunca más allá de los labios que las profieren.

 

- Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón.

 

- Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente.

 

- Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara.

 

- Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada.

 

- Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo.

 

- El aspecto exterior pregona muchas veces la condición interior del hombre.

 

- Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras.

 

- Es amor bien pobre el que puede evaluarse.

 

- Si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar.

 

- Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde.

 

- El pasado es un prólogo.

 

- Me atreveré a todo lo que pueda hacer un hombre. Quien se atreva a más es insensato.

 

- Yo juro que vale más ser de baja condición y codearse alegremente con gentes humildes, que no encontrarse muy encumbrado, con una resplandeciente pesadumbre y llevar una dorada tristeza.

 

- ¡Oh amor poderoso¡ Que a veces hace de una bestia un hombre, y otras, de un hombre una bestia.

 

- No ensucies la fuente donde has apagado tu sed.

 

- Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños.

 

- Sea como fuere lo que pienses, creo que es mejor decirlo con buenas palabras.

 

Jamás viene la fortuna a manos llenas, ni concede una gracia que no haga expirar con un revés.

 

- El hombre a quien no conmueve el acorde de los sonidos armoniosos, es capaz de toda clase de traiciones, estratagemas y depravaciones.

 

- El amor consuela como el resplandor del sol después de la lluvia.

 

- El amor es un loco tan leal, que en todo cuanto hagáis, sea lo que fuere, no halla mal alguno.

 

- No temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y a otros la grandeza les queda grande.

 

- La brevedad es el alma del ingenio.

 

- Excelente cosa es tener la fuerza de un gigante, pero usar de ella como un gigante es propio de un tirano.

 

- Todos aman la vida, pero el hombre valiente y honrado aprecia más el honor.

 

- El desdichado no tiene otra medicina que la esperanza.

 

- Asume una virtud si no la tienes.

 

- La memoria es el centinela del cerebro.

 

- A mayor talento, mayor indocilidad.

 

- Mis palabras suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo; palabras sin pensamientos nunca llegan al cielo.

 

- No hay quien sea enteramente inaccesible a la adulación, porque el hombre mismo que manifieste aborrecerla, en alabándole de esto es adulado con placer suyo.

 

- Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto.

 

- En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.

 

- La conciencia es la voz del alma; las pasiones, la del cuerpo.

 

- Ten más de lo que muestras; habla menos de lo que sabes.

 

- No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después.

 

- Prudente padre es el que conoce a su hijo.

 

- Mi corona está en el corazón, no en mi cabeza.

 

- Presta el oído a todos, y a pocos la voz. Oye las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión.

 

- Fuertes razones, hacen fuertes acciones.

 

Ser honrado tal como anda el mundo, equivale a ser un hombre escogido entre diez mil.

 

- La fortuna llega en algunos barcos que no son guiados.

 

- La mente del hombre es de mármol; la de la mujer de cera.

 

- El aprendizaje es un simple apéndice de nosotros mismos; dondequiera que estemos, está también nuestro aprendizaje.

 

- El que muere paga todas sus deudas.

 

- El traje denota muchas veces al hombre.

 

- Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza.

 

- La sangre joven no obedece un viejo mandato.

 

- Las valiosas presas convierten en ladrones a los hombres honrados.

 

- Si dos cabalgan en un caballo, uno debe ir detrás.

 

- El cansancio ronca sobre los guijarros; en tanto que la pereza halla dura la almohada de pluma.

 

- Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas.

 

- Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible.

 

- La juventud, aun cuando nadie la combata, halla en sí misma su propio enemigo.

 

- Las medidas templadas, que equivalen a remedios prudentes, son hartamente nocivas cuando el mal es violento.

 

- Nada envalentona tanto al pecador como el perdón.

 

- Nadie admira la celeridad, como no sea el negligente.

 

- El que gusta de ser adulado es digno del adulador.

 

- Nosotros debemos nuestra vida a Dios, por eso si se la pagamos hoy, no se la deberemos mañana.

 

 

 

Biografía

W. Shakespeare retrato

 

William Shakespeare (1564-1616):

 

Poeta y autor teatral inglés, considerado uno de los mejores dramaturgos de la literatura universal.

 

Resulta imposible llevar a cabo una exposición completa y rigurosa de la vida de este famoso autor inglés, pues son muy pocos los datos comprobados que se tienen de él. Se mantiene tradicionalmente que nació el 23 de abril de 1564, y se sabe a ciencia cierta que fue bautizado al día siguiente, en Stratford-upon-Avon. Tercero de ocho hermanos, fue el primer hijo varón de un próspero comerciante, y de Mary Arden, hija a su vez de un terrateniente católico. Probablemente, estudió en la escuela de su localidad y, como primogénito varón, estaba destinado a suceder a su padre al frente de sus negocios. Sin embargo, según un testimonio de la época, el joven Shakespeare tuvo que ponerse a trabajar como aprendiz de carnicero, por la ifícil situación económica que atravesaba su padre. Según otro testimonio, se convirtió en maestro de escuela. Lo que sí parece claro es que debió disfrutar de bastante tiempo libre durante su adolescencia, pues en sus obras aparecen numerosas y eruditas referencias sobre la caza con y sin halcones, algo poco habitual en su época y ambiente social. En 1582 se casó con Anne Hathaway, hija de un granjero, con la que tuvo una hija, Susanna, en 1583, y dos mellizos —un niño, que murió a los 11 años de edad, y una niña— en 1585. Al parecer, hubo de abandonar Stratford ya que le sorprendieron cazando ilegalmente en las propiedades de sir Thomas Lucy, el juez de paz de la ciudad.

 

Se supone que llegó a Londres hacia 1588 y, cuatro años más tarde,ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral. Poco después, consiguió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton. La publicación de dos poemas eróticos según la moda de la época, Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), y de sus Sonetos (editados en 1609 pero que ya habían circulado en forma de manuscrito desde bastante tiempo atrás) le valieron la reputación de brillante poeta renacentista. En la actualidad, su reputación se basa, sobre todo, en las 38 obras teatrales de las que se tienen indicios de su participación, bien porque las escribiera, modificara o colaborara en su redacción. Aunque hoy son muy conocidas y apreciadas, sus contemporáneos de mayor nivel cultural las rechazaron, por considerarlas, como al resto del teatro, tan sólo un vulgar entretenimiento.

A partir del año 1608, la producción dramática de Shakespeare decreció considerablemente, pues al parecer se estableció en su ciudad natal donde compró una casa llamada New Place. Murió el 23 de abril de 1616 y fue enterrado en la iglesia de Stratford.

 

Hasta el siglo XVIII, Shakespeare fue considerado únicamente como un genio difícil. Se han propuesto teorías según las cuales sus obras fueron escritas por alguien de una educación superior, tal vez por el estadista y filósofo sir Francis Bacon, o por el conde de Southampton, protector del autor, o incluso por el dramaturgo Christopher Marlowe, el cual, según la opinión de algunos estudiosos, no murió en una reyerta de taberna, sino que huyó al continente, donde siguió escribiendo. A pesar de la controvertida identidad de Shakespeare, sus obras fueron admiradas ya en su tiempo por Ben Jonson y otros autores, que vieron en él una brillantez destinada a perdurar en el tiempo; Jonson dijo que Shakespeare “no era de una época, sino de todas las épocas”. Del siglo XIX en adelante, sus obras han recibido el reconocimiento que merecen en el mundo entero. Casi todas sus obras continúan hoy representándose y son fuente de inspiración para numerosos experimentos teatrales, pues comunican un profundo conocimiento de la naturaleza humana, ejemplificado en la perfecta caracterización de sus variadísimos personajes. Su habilidad en el uso del lenguaje poético y de los recursos dramáticos, capaz de crear una unidad estética a partir de una multiplicidad de expresiones y acciones, no tiene par dentro de la literatura universal.

 

 

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* Fraces de Shakespeare *

 

- Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba / engánchalos a tu alma con ganchos de acero.

 

- El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.

 

- Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras.

 

- El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.

 

- El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho.

 

- De lo que tengo miedo es de tu miedo.

 

- Guarda a tu amigo bajo la llave de tu propia vida.

 

- El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos.

 

- Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte sólo una vez.

 

- Maestro, quisiera saber cómo viven los peces en el mar. Como los hombres en la tierra: los grandes se comen a los pequeños.

 

- Procurando lo mejor estropeamos a menudo lo que está bien.

 

- Ocurra lo que ocurra, aún en el día más borrascoso, las horas y el tiempo pasan.

 

- Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.

 

No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así.

 

- El hombre cauto jamás deplora el mal presente; emplea el presente en prevenir las aflicciones futuras.

 

- Malgasté mi tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí.

 

- Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes.

 

- Las maldiciones no van nunca más allá de los labios que las profieren.

 

- Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón.

 

- Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente.

 

- Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara.

 

- Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada.

 

- Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo.

 

- El aspecto exterior pregona muchas veces la condición interior del hombre.

 

- Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras.

 

- Es amor bien pobre el que puede evaluarse.

 

- Si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar.

 

- Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde.

 

- El pasado es un prólogo.

 

- Me atreveré a todo lo que pueda hacer un hombre. Quien se atreva a más es insensato.

 

- Yo juro que vale más ser de baja condición y codearse alegremente con gentes humildes, que no encontrarse muy encumbrado, con una resplandeciente pesadumbre y llevar una dorada tristeza.

 

- ¡Oh amor poderoso¡ Que a veces hace de una bestia un hombre, y otras, de un hombre una bestia.

 

- No ensucies la fuente donde has apagado tu sed.

 

- Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños.

 

- Sea como fuere lo que pienses, creo que es mejor decirlo con buenas palabras.

 

Jamás viene la fortuna a manos llenas, ni concede una gracia que no haga expirar con un revés.

 

- El hombre a quien no conmueve el acorde de los sonidos armoniosos, es capaz de toda clase de traiciones, estratagemas y depravaciones.

 

- El amor consuela como el resplandor del sol después de la lluvia.

 

- El amor es un loco tan leal, que en todo cuanto hagáis, sea lo que fuere, no halla mal alguno.

 

- No temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y a otros la grandeza les queda grande.

 

- La brevedad es el alma del ingenio.

 

- Excelente cosa es tener la fuerza de un gigante, pero usar de ella como un gigante es propio de un tirano.

 

- Todos aman la vida, pero el hombre valiente y honrado aprecia más el honor.

 

- El desdichado no tiene otra medicina que la esperanza.

 

- Asume una virtud si no la tienes.

 

- La memoria es el centinela del cerebro.

 

- A mayor talento, mayor indocilidad.

 

- Mis palabras suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo; palabras sin pensamientos nunca llegan al cielo.

 

- No hay quien sea enteramente inaccesible a la adulación, porque el hombre mismo que manifieste aborrecerla, en alabándole de esto es adulado con placer suyo.

 

- Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto.

 

- En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.

 

- La conciencia es la voz del alma; las pasiones, la del cuerpo.

 

- Ten más de lo que muestras; habla menos de lo que sabes.

 

- No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después.

 

- Prudente padre es el que conoce a su hijo.

 

- Mi corona está en el corazón, no en mi cabeza.

 

- Presta el oído a todos, y a pocos la voz. Oye las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión.

 

- Fuertes razones, hacen fuertes acciones.

 

Ser honrado tal como anda el mundo, equivale a ser un hombre escogido entre diez mil.

 

- La fortuna llega en algunos barcos que no son guiados.

 

- La mente del hombre es de mármol; la de la mujer de cera.

 

- El aprendizaje es un simple apéndice de nosotros mismos; dondequiera que estemos, está también nuestro aprendizaje.

 

- El que muere paga todas sus deudas.

 

- El traje denota muchas veces al hombre.

 

- Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza.

 

- La sangre joven no obedece un viejo mandato.

 

- Las valiosas presas convierten en ladrones a los hombres honrados.

 

- Si dos cabalgan en un caballo, uno debe ir detrás.

 

- El cansancio ronca sobre los guijarros; en tanto que la pereza halla dura la almohada de pluma.

 

- Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas.

 

- Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible.

 

- La juventud, aun cuando nadie la combata, halla en sí misma su propio enemigo.

 

- Las medidas templadas, que equivalen a remedios prudentes, son hartamente nocivas cuando el mal es violento.

 

- Nada envalentona tanto al pecador como el perdón.

 

- Nadie admira la celeridad, como no sea el negligente.

 

- El que gusta de ser adulado es digno del adulador.

 

- Nosotros debemos nuestra vida a Dios, por eso si se la pagamos hoy, no se la deberemos mañana.

 

 

 

 

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Julio Cesar

 

 

Extractos de la Obra de William Shakespeare, Julio Cesar.

 

 

PESONAJES

 

Julio  Cesar

 

Triunviros después de la muerte de Cesar:

Octavio César

Marco  Antonio

M. Emilio Lépido

 

Senadores:

Cicerón

Publio

Popilio Lena

 

Conspiradores contra Julio CÉSAR:

Marco Bruto

Casio

Casca

Trebonio

Ligario

Decio  Bruto

Metelo Cimbro

Cinna

 

Tribunos:

Flavio

Marullo

 

Amigos de Bruto y CASIO:

Lucilio

Titinio

Messala

Catón el Joven

Volumnio

 

Criados de BRUTO:

Varrón

Clito

Claudio

Estratón

Lucio

Dardanio

 

Otros Personajes:

Pindaro, criado de Casio

Calpurnia, mujer de César

Porcia, mujer de Bruto

 

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ACTO PRIMERO (1)

 

CASIO: Bruto, te vengo observando desde  hace tiempo: no encuentro en tus ojos esa amabilidad y aspecto de cariño que solía encontrar: tratas con mano demasiado dura y distante a este amigo tuyo que te quiere.

 

BRUTO: Casio, no te engañes: si he velado mis miradas, la turbación de mi rostro la dirijo contra mí mismo sólo. Desde hace poco, estoy turado  por pasiones en conflicto, ocurrencias que se refieren a mí solo, y que quizá dan alguna base a mi conducta: pero que no se aflijan por eso mis buenos amigos (de cuyo número eres tú, Casio), ni sigan malentendiendo mi descuido, sino pensando que el pobre Bruto, en guerra consigo mismo, olvida las demostraciones de cariño a los demás.

 

CASIO: Entonces, Bruto, he entendido muy mal tu turbación, por lo cual mi pecho ha sepultado pensamientos de gran valor y reflexiones dignas.  Dime, buen Bruto ¿puedes verte la cara?

 

BRUTO: No, Casio, pues el ojo no se ve a sí mismo sino por reflejo, por alguna otra cosa.

 

CASIO: Es cierto: y resulta muy lamentable, Bruto, que no tengas espejos que pongan ante tus ojos tu valor oculto, para que puedas ver tu imagen. He oído que muchos de los más importantes de Roma (excepto el inmortal César), al hablar de Bruto, gimiendo bajo el yugo de esta época, han deseado que el noble  Bruto tuviera sus ojos.

 

BRUTO: ¿A qué peligros me quieres llevar, Casio, que quieres hacer que busque dentro de mí mismo lo que no está en mí?

 

CASIO: Así pues, buen Bruto, prepárate a oír: y, puesto que sabes que no te puedes ser mejor que por reflejo, yo, que soy tu espejo, te descubriré a ti mismo con moderación aquello de ti mismo que todavía no conoces. Y no tengas sospechas sobre mí, amable Bruto habrías detenerme por peligroso si yo fuera un bromista vulgar, o si acostumbrara a echar a perder mi cariño con juramentos vulgares a cada nuevo amigo, si supieras que adulo a los hombres, y les abrazo estrechamente para luego hablar mal de ellos, o si supieras que me entrego en banquetear a toda la canalla.

 

BRUTO: ¿qué quieren decir estos gritos? Me temo que el pueblo elige por rey a César.

 

CASIO: ah, ¿lo temes? Entonces  debes pensar que no querrías que fuera así.

 

BRUTO: No querría, Casio, aunque le quiero mucho. Pero ¿por qué me retienes aquí tanto tiempo? ¿Qué es lo que quieres hacerme saber? Si es algo para el bien común, ponme el Honor ante un ojo y la Muerte ante el otro, y yo miraré ambas cosas con indiferencia: pues que los dioses me protejan como amo el nombre de Honor más de lo que temo la muerte.

 

CASIO: Conozco que esa virtud está en ti, Bruto, igual que conozco tu semblante exterior.  Bueno, el Honor es el tema de mi historia; no puedo decir qué pensaréis de esta vida tú y otros hombres, pero, por mi parte, preferiría no antes que vivir para estar temeroso de nada semejante a mí mismo. Yo nací tan libre como César, y tú también: los dos nos hemos sustentado lo mismo, y los dos podemos soportar el frío del invierno tan bien como él. Pues una vez, en un día crudo y ventoso, cuando el turbado  Tíber golpeaba sus orillas, César me dijo: ¿Te atreves ahora,  Casio, a saltar conmigo a esta colérica corriente, y nadar hasta allí?  Ante estas palabras, me zambullí,  vestido como estaba, y le dije que me siguiera, como hizo en efecto.

El torrente rugía, y nosotros lo vencíamos con fueres músculos, echándolo a un lado, y haciéndole frente con corazones combativos. Pero antes de que pudiéramos llegar al punto señalado. César gritó: “ Ayúdame, Casio, me hundo! Yo igual que Eneas, nuestro gran antepasado sacó sobre sus hombros al viejo Anquises de entre las llamas de  Troya, así saqué al cansado César de entre las ondas del Tíber: y ese hombre ahora se ha hecho un dios, y Casio es una criatura desgraciada y debe inclinar el cuerpo sólo porque César le haga una cabezada distraída. Cuando estuvo en España, tuvo una fiebre, y al venirle el ataque, me fijé en cómo temblaba: es cierto, ese dios temblaba, sus labios cobardes huyeron de sus colores, y esos ojos cuya mirada suya al mundo, perdieron su fulgor: yo le oí gemir: sí, y esa lengua suya que ordenó a los romanos fijarse  en él, y escribir sus discursos e sus libros, gritó: Ay, dame algo de beber, Titinio, igual que una muchacha enferma. Oh dioses, me sorprende que un hombre de temple tan débil tenga tal modo la precedencia en el mundo majestuoso y lleva la palma él solo.

 

CASIO: Anda a zancadas por el estrecho mundo como un coloso, y nosotros, los mezquinos hombres, caminamos bajo sus enormes piernas, y atisbamos a ver si nos encontramos unas tumbas deshonradas. Los hombres son dueños de sus destinos en cierto momento. La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros, que no somos más que esclavos. Bruto y  César: ¿Qué tendría que haber en ese César? ¿Por qué  ese nombre habría de resonar más que el tuyo? escríbelos juntos: tu nombre, es igual de bueno: hazlos sonar, le sientan igual a la boca: pésalos, y pesan igual: conjura con ellos, y  Bruto atraerá un espíritu tan pronto como César ahora, en nombre de todos los dioses juntos, ¿De qué alimento se ha nutrido este César nuestro que se ha vuelto tan grande? Oh época nuestra, estás avergonzada. Roma, has perdido la crianza de las sangres nobles. ¿Cuándo ha pasado una época, desde el gran Diluvio, que no tuviera fama más que por un hombre? ¿Cuándo (hasta ahora) han podido decir los que hablaban de Roma, que sus muchas murallas contenían a un solo hombre?   Ahora sí que Roma está roma, si no contiene más que un hombre. Ah, tú y yo hemos oído decir a nuestros padres que antaño hubo un Bruto que habría soportado que el eterno diablo tuviera su corte en Roma, antes que un Rey.

 

BRUTO: No tengo recelos porque me quieras bien: a qué me incitas, tengo alguna sospecha: después contaré cómo he pensado en eso y en estos tiempos. Por ahora, no querría dejarme apremiar más, si es que puedo rogártelo con afecto: consideraré lo que has dicho: oiré con paciencia lo que tengas que decir, y encontraré ocasión tan adecuada para escuchar como para responder a cosas tan graves. Hasta entonces, mi noble amigo, rumia esto: bruto preferiría ser un aldeano antes que considerarse hijo de Roma bajo condiciones tan duras como las que parce que este tiempo nos va a imponer.

 

CASIO: cuando pasen al lado, tira de la manga a Casca, y él, con sus agrias maneras, te dirá qué ha ocurrido hoy que sea digno de notarse.

 

BRUTO: Así lo haré, pero mira,  Casio la huella de la ira refulge en el rostro de César, y todos los demás parecen un montón de gente regañada: Calpurnia tiene las mejillas pálidas, y Cicerón mira con los mismos ojos  feroces de hurón con que le hemos visto en el capitolio cuando algunos senadores le contrariaban en la discusión.

 


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ACTO PRIMERO (2)

 

CÉSAR: Quiero tener a mi alrededor hombres gordos, de cara lustrosa, y de los que duermen bien por la noche.  Ese Casio tiene aire macilento y hambriento: piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.

 

ANTONIO: No le temas, César, no es peligroso: es un noble romano, de buena condición.

 

CÉSAR: Querría que fuera más gordo. Pero no le temo. Sin embargo, si mi nombre estuviera sujeto al temor, no conozco ningún hombre a quien evitaría tanto como a ese flaco d Casio. Lee mucho, es un gran observador, y penetra muy bien las acciones de los hombres. No le gustan los juegos, como a ti, Antonio: no oye música: rara vez sonríe, y sonríe de tal modo como si se burlara de sí mismo y despreciara a su espíritu por poderse mover a sonreír de algo. Los hombres como él nunca tienen el ánimo en paz mientras observan a alguno mayor que ellos mismos, y por tanto, son muy peligrosos. Te digo lo que se ha de temer, más bien que lo que yo temo, pues siempre soy  César. Ven a mi derecha, porque tengo sordo este oído, y dime de eras lo que piensas de él.

 

CASCA: Me habéis tirado del manto: ¿queréis hablar conmigo?

 

BRUTO: Sí, Casca, dinos que ha ocurrido hoy, que César tiene tan  triste aspecto.

 

CASCA: Pues le ofrecieron una corona, y, cuando se la ofrecían, la rechazó así, con el dorso de la mano, y entonces la gente se puso a gritar.

 

CASCA: fue una pura payasada, no me fije. Vi que Marco  Antonio le ofrecía una corona, pero tampoco era una corona, sino que era una de esas guirnaldas; y, como os dije, la rechazó una Vez, pero a pesar de todo, me parece que le habría gustado aceptarla. Luego él se la oreció otra vez, y entonces la volvió a rechaza; pero me parece que le costó mucho apartar los dedos de ella. Y luego se la ofreció por tercera vez,  siempre que la rechazaba, la canalla aullaba y aplaudía con sus manos magulladas, y echaba a lo alto sus sudados gorros de dormir, y lanzaba tal cantidad e aliento hediondo, porque César rehusaba la corona, que César casi se asfixió, porque se desvaneció y cayó por tierra al sentirlo. Por mi parte, no me atrevía a reír por miedo a abrir los labios y recibir el aire malo.

 

BRUTO: ¿Qué dijo al volver en sí?

 

CASCA: Pardiez, antes de caer, cuando se dio cuenta de que el rebaño de la plebe se alegraba de que rehusara la corona, se abrió el jubón, y les ofreció la garganta paraqué se la cortaran, y si yo hubiera sido artesano de cualquier oficio, habría ido al infierno entre los malvados antes que dejar de tomarle la palabra. Y así cayó; y cuando volvió en sí, dijo que si había hecho o dicho algo que no estuviera bien, deseaba que sus señorías consideraran que era su enfermedad. Tres o cuatro mozas, donde estaba yo, gritaron: ¡ay, qué buena alma!, y le perdonaron de todo corazón: pero no hay que hacerles mucho caso: no habrían hecho menos si César hubiera apuñalado a sus madres.

 

 BRUTO: ¡Que tipo más grosero se ha vuelto este! Era de carácter muy vivaz, cuando iba a la escuela.

 

CASIO: Y lo sigue siendo en la ejecución de su cualquier empresa atrevida o noble, por más  que adopte esos aires remolones: esta grosería es una salsa para su buen ingenio, que da a los hombres buen estómago para que digieran sus palabras con mejor apetito.

 

BRUTO: Así es. Por esta vez, te dejo: mañana, si te parece bien hablar conmigo, iré a tu casa: o, si quieres, ven a la mía, y te esperaré.

 

CASIO: iré: hasta entonces, piensa en el mundo (Se va Bruto) Bueno, Bruto, tú eres noble, pero veo que tu noble metal puede ser forjado apartándolo de su disposición, así que es conveniente que los ánimos nobles se mantengan siempre con sus semejantes: pues ¿quién es tan firme que no se le pueda seducir?  César me soporta mal pero quiere a  Bruto. Si yo fuera ahora Bruto, y él fuera Casio, no me sometería a su humor. Esta noche le tiraré por sus ventanas escritos de varias legras, como si vinieran de diferentes ciudadanos, todos ellos hablando de la gran honra que Roma recibe por su nombre, y en que se aludirá veladamente a la ambición de César. Y después de eso, que César s siente bien seguro, pues le sacudiremos, o aguataremos días peores.

 

CICERÓN: Buenas tardes, Casca ¿Has llevado a César a casa? ¿Por qué vas sin aliento, y por qué te pasmas de ese modo?

 

CASCA: ¿No te conmueves cuando se agita todo el orden de la tierra como cosa vacilante? Ah Cicerón, he visto tempestades en que los furiosos vientos han arrancado a los robles nudosos, y he visto a orgulloso océano hincharse y encolerizarse y lanzar espuma, elevándose hasta las nubes amenazadoras: pero jamás hasta esta noche, jamás  hasta ahora atreverse por una tempestad que toteara fuego. O hay guerra civil en los cielos, o el mundo demasiado irreverente para los dioses, les incita a que envíen destrucción.

 

CICERÓN: Desde luego, es un tiempo de extraña disposición: pero los hombres pueden interpretar las cosas a su manera muy al contrario del sentido de las cosas mismas.

 

CASCA: ¿Quién ha visto nunca a los cielos amenazar así?

 

CASIO: Eres lento, Casca y esas chispas de vida que debería haber en un romano, te faltan o no las usas. Estás pálido, y te pasmas, y te vistes de espanto, y te entregas al prodigio al ver la extraña cólera de los cielos, pero si consideraras la verdadera causa, el porqué de todos esos fuegos, esos fantasmas huidizos esas aves y bestias que se apartan de su especie y naturaleza, esos ancianos que hacen el loco y esos niños que profetizan, todas esa cosas que se desvían de su orden, cambiando sus sustancias y facultades, por fin, encontrarías que el cielo les ha infundido esos espíritus para hacerles ser instrumentos de miedo y aviso, ante algún monstruoso estado de cosas. Ahora, Casca podría nombrarte un hombre muy semejante a esta noche temible, que truena, relampaguea, abre tumbas y ruge igual que el león en el Capitolio: un hombre sin más fuerza que tu o que yo en su acción personal, pero que se ha vuelto prodigioso y temible, igual que estos fenómenos extraños.

 

CASCA: Te refieres a César ¿no es verdad, Casio?

 

CASIO: sea el que sea. Pues ahora los romanos tienen músculos y miembros como sus antepasados, pero ay de mí, han muerto los ánimos de nuestros padres, y nos gobiernan los espíritus d nuestras madres: nuestro yugo y sufrimiento nos muestran mujeriles.

 


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ACTO PRIMERO (3)

 

CASCA: Desde luego, dices que mañana los senadores piensan nombrar rey a César, y podrá llevar su corona por mar y por tierra, en todos los sitios menos aquí en Italia.

 

CASIO: Entonces, ya sé dónde llevaré yo este puñal: Casio liberará a Casio de la servidumbre. En esto, oh dioses, hacéis muy fuerte a los débiles: en esto, en esto oh dioses derrotáis a los tiranos. Ni torre de piedra, ni muro de bronce formado, ni calabozo sin aire, ni fueres eslabones de hierro pueden retener la fuerza del espíritu: sino que a la vida, fatigad de estas prisiones terrenales, nunca le falta fuerza de despedirse. Si esto sé, que sepa el mundo entero además que la pare de tiranía que soporto, la puedo sacudir de mí a gusto.

 

CASCA: Yo también: así todo esclavo lleva en su propia mano el poder de suprimir el cautiverio

 

CASIO: ¿Y por qué, entonces, v a ser tirano César? Pobre hombre, ya sé que no sería lobo si no fuera porque ve que los romanos son ovejas: no sería león, si los romanos no fueran ciervos. Los que quieren hacer de prisa una gran hoguera, la empiezan con débiles pajas. ¿Qué desecho es Roma, qué basura, qué desperdicio, si sirve como vil materia para iluminar a una cosa tan vil como Cesar? Pero, oh dolor, a dónde me has llevado? Quizá digo esto ante un que es esclavo de buena gana: entonces sé que debo responder de ello. Pero estoy armado, y los peligros me son indiferentes.

 

CASCA: Hablas con Casca, con un hombre que no es un disimulado soplón. Ten: aquí está mi mano: haz un bando para corregir todos estos agravios, y adelantaré el pie tanto como quien vaya más lejos.

 

CASIO: Está hecho el pacto. Ahora has de saber, Casca, que ya he movido a algunos de los romanos de ánimo más noble para que acometan conmigo una empresa, honrosa, importante y peligrosa, y sé que a estas horas me esperan en el pórtico de Pompeyo, pues ahora, en esta noche terrible, no hay agitación ni movimiento por las calles, y el aspecto del cielo se parece al trabajo que tenemos entre manos: sangriento, feroz, aterrador. Vamos, Casca, tú y yo, antes de que se haga el día, veremos a Bruto en su casa. Ya es nuestro en tres cuartas partes, y en el próximo encuentro se nos entregará el hombre entero.

 

CASCA: Ah, está sentado a gran altura en los corazones del pueblo: y lo que en nosotros parecería un crimen, su presencia como la más rica alquimia, lo transformará todo en virtud y dignidad.

 

CASIO: Has juzgado muy bien a él y su valor, y nuestra gran necesidad de él. Vamos, porque y es más de medianoche, y antes de que amanezca le hemos de despertar para asegurarle.

 

 

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ACTO SEGUNDO

 

BRUTO: Ha de ser con su muerte, y, por mi parte, no tengo motivos personales para oponerme a él, sino de todos. Quiere ser coronado: la cuestión es: ¿Cómo podría cambiar eso su naturaleza? El día claro es el que hace salir a la víbora, y eso requiere andar con cuidado. ¿Coronarle? Entonces estoy seguro de que le damos un aguijón con el que se puede hacer daño. El abuso de la grandeza se da cuando se separa del poder la misericordia: y, para decir la verdad sobre César, nunca he visto que sus pasiones hayan dominado más que su razón. Pero es común experiencia que la humildad sirve de escalera a la naciente ambición, a la que el trepador vuelve la cara subiendo: pero una vez llega al peldaño superior, vuelve la espalda a la escalera, mira a las nubes, despreciando los bajos escalones por donde ascendió.

Así puede hacer César; entonces, evitémoslo para que no pueda hacerlo. Y puesto que la  querella no tiene buen fundamento para lo que él es, presentémosla así: que lo que él es, aumentado, llegaría a tales y tales extremos: así pues, hay que considerarle como un huevo de serpiente, que, si se incuba, se hará tan perniciosa como su especie, y matarle en el cascarón.

 

BRUTO: No he dormido desde la primera vez que Casio me azuzó contra  César. Ente la ejecución de algo terrible y el primer impulso, todo lo que hay en medio es como un fantasma o un sueño horrendo: el genio y los medios mortales está entonces en consejo, y el estado del hombre, igual que el de un  pequeño reino, sufre entonces una especie de revolución.

 

LUCIO: Señor, está a la puerta vuestro hermano Casio, y desea veros.

 

BRUTO: Que pasen, son los de la conspiración. Ah conspiración, ¿Te avergüenzas de mostrar tu peligroso rostro de noche, cuando los males andan más libres? Pues entonces, de día, ¿dónde encontrarás una caverna bastante oscura como para enmascarar tu rostro monstruoso? No ha busques, conspiración: escóndelo en sonrisas y afabilidad, pues si andas mostrando tu semblante natural, ni el mismo  Érebo sería bastante sombrío para esconderse de que te descubrieran.

 

CASIO: Juremos nuestra decisión.

 

BRUTO: No, nada de juramentos: si no basta el rostro de los hombres, el sufrimiento de nuestras almas, el insulto del tiempo: si estos motivos son débiles, dispersémonos a tiempo, y que cada cual se vaya de aquí a su ocioso lecho: que siga dando vueltas la Tiranía  de altas miras hasta que cada cual caiga según su suerte. Pero si esos motivos tienen bastante fuego –como estoy seguro- para inflamar a cobardes, y para acerar el valor del ánimo medio derretido de mujeres, entonces, compatriotas, ¿qué necesidad tenemos de ninguna espuela más que de nuestra propia causa para punzarnos al remedio? ¿Qué otro vínculo, sino el de romanos silenciosos que ha dado su palabra y no se echan atrás? ¿Y qué otro juramento sino la honradez comprometida con la honradez, de que ha de ser así, o caeremos por ello? Que juren los sacerdotes y los cobardes, y los hombres cautelosos, viejas carroñas débiles, y las almas pacientes que den la bienvenida a los agravios. Por causas malas, que juren las personas de quienes no se fían los hombres, pero no manchéis la lisa virtud de nuestro empeño ni el incontenible valor de nuestro espíritu pensando que nuestra causa y nuestra ejecución necesitaban un juramento, pues hasta la última gota de sangre que lleva cada romano –y con nobleza la lleva- se hace culpable de múltiples bastardías si quebranta la menor partícula de cualquier promesa que haya dado.

 

CASIO: Pero ¿y Cicerón, qué? ¿Le sondeamos?  Creo que se pondrá muy firmemente de nuestra parte.

 

METELO: Ah, tengámosle con nosotros, pues sus cabellos de plata nos conseguirán buena opinión, y comprarán las voces de los hombres para que ala ben nuestras acciones: se dirá que su juicio gobernó nuestras manos, y nuestra juventud y locura no se echarán a ver de ningún modo, sino que todo quedará sepultado en su sabiduría.

 

BRUTO: No, no le nombréis: no se lo hagamos saber, pues nunca seguirá nada que hayan empezado otros.

 

CASIO: Creo que no es conveniente que Marco Antonio, tan amado por César, sobreviva a  César: encontraríamos en él un astuto conspirador. Y ya sabéis que si mejora sus medios, quizá alcance a perjudicarnos a todos.  Para evitarlo, que caigan juntos  Antonio y César.

 

BRUTO: Nuestra acción parecerá demasiado sanguinaria,  Cayo  Casio. Degollar la cabeza y luego despedazar los miembros: es como ira en la muerte, y Rencor después, pues Antonio es sólo un miembro de César. Seamos sacrificadores, peo no matarifes, Cayo. Todos nosotros nos levantamos contra el espíritu de César, y en el espíritu de los hombres no hay sangre: ¡ah, ojalá pudiéramos ir contra el espíritu de César sin desmembrar a César! Pero, ay,  César debe sangrar por ello. Y, amables amigos, matémosle con valentía, pero sin cólera: trinchémosle como plato bueno para los dioses, no le descuarticemos como carcasa buena para los perros: y que nuestros corazones, como hacen los amos listos, animen a sus criados a una acción de cólera y luego parezcan reñirles. Esto hará a nuestro designio necesario y no rencoroso, y, apareciendo así ante los ojos del vulgo, se nos llamará purificadores, no asesinos Y en cuanto a Marco Antonio, no penséis en él, pues no puede hacer más que el brazo de César cuando falte la cabeza.

 

CASIO: Sin embargo, le temo por el arraigado cariño que tiene a César.

 

BRUTO: Ay, buen Casio, no pienses en él: si quiere a César, todo lo que puede hacer es contra sí mismo; entristecerse y morirse por César. Y sería mucho si lo hiciera, porque es dado a los juegos, a la locura  y a la mucha compañía.

 

CASIO: Pero todavía es dudoso si César saldrá hoy, o no.

 

DECIO: No lo temáis: si así lo decide, puedo convencerle de otra cosa; pues le gusta oír decir que los unicornios pueden ser vencidos con árboles, y los osos con espejos, los elefantes con agujeros, los leones con redes, y los hombres con aduladores. Pero cuando le digo que odia a los aduladores, él dice que sí, y entonces es cuando más se deja adular. Dejadme actuar, pues puedo dar a su humor la inclinación apropiada, y le llevaré al Capitolio.

 

BRUTO:   Bueno caballeros, poned cara despejada y alegre: que nuestros rostros no revelen nuestros propósitos, sino llevadlos como nuestros actores romanos, con espíritus infatigables y constancia firme; y, con eso, buenos días a todos

 

CÉSAR: Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte, y los valientes jamás prueban la muerte más de una sola vez: detodos los prodigios que he oído hasta ahora, lo más sorprendente me parece que los hombres tengan miedo, dado que la muerte, fin necesario, ha de venir cuando quiera venir. ¿Qué dicen los augures?

 

 

CRIADO: No quieren que hoy salgáis ni os mováis.

 

CÉSAR: Los dioses lo hacen para avergonzar a la cobardía: César sería un animal sin corazón si se quedarse hoy en casa por miedo. Y no se quedará César: el Peligro sabe muy bien que César es más peligroso que él. Somos dos leones paridos del mismo día, y yo el mayor y el más terrible: así que César saldrá.

 

CALPURNIA: Ay, mi señor, tu sabiduría se deshace por la confianza. No salgas hoy.

 

DECIO: Salve, César: buenos días, vengo para a acompañarte al  Senado

 

CALPURNIA: Di que está enfermo

 

CÉSAR: ¿ha de mandar la mentira césar? ¿He extendido tanto mis brazos en victorias, para luego tener miedo de decirles la verdad a unos viejos? Decio diles que César no irá.

 

CÉSAR. La causa está en mi voluntad: no quiero ir, y eso es bastante para satisfacer al Senado. Pero  para tu satisfacción particular, y porque te quiero, te haré saber que Calpurnia, mi mujer, que está aquí, me retiene en casa: esta noche ha soñado que veía mi estatua como una fuente manando pura sangre con cien chorros, y muchos atrevidos romanos llegaban sonriendo y se lavaban las manos en ella.

 

DECIO: Ese sueño está interpretado muy al contario fue una visión hermosa y afortunada: tu estatua chorreando sangre por muchos caños significa que la gran Roma absorberá de ti sangre reanimadora, y que los grandes hombres se agolparán para obtener huellas, restos, recuerdos y manchas. Eso es lo que significa el sueño de Calpurnia.

 

CÉSAR: De ese modo lo has explicado bien.

 

DECIO: El Senado ha decidido dar hoy una corona al poderoso César. Si les mandas recado de que no  vas, quizá cambien de opinión. Además, sería una burla que alguien les dijera: Disolved el Senado hasta otro momento, cuando la mujer del César tenga mejores sueños. Si César se esconde, ¿no han de susurrar Mirad: César tiene miedo? Perdóname, César, pues mi afectuoso cariño por tu bien me manda que te lo diga así, y la razón se rinde a mi cariñó.

 

CÉSAR: Que necios parecen ahora tus temores Calpurnia!

 

CÉSAR: Bienvenido, Publio. ¿Cómo, Bruto, tan pronto te has levantado? Buenos días Casca. Cayo Ligario, César nunca ha sido tu enemigo tanto como la fiebre que te ha dejado tan consumido. ¿Qué hora es?

 

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ACTO III

 

--------------------MUERTE DE CÉSAR------------------------

 

BRUTO: Hados, sabremos nuestra voluntad: ya sabemos que hemos de morir, pero los hombres se preocupan sólo del momento y de prolongar los días.

 

CASCA: Bueno, el que te quita veinte años a la vida, quita otros tantos de temer la muerte.

 

BRUTO: si se admite eso, entonces la muerte es un beneficio, y somos amigos de  César los que hemos abreviado su tiempo de temer la muerte. Inclinaos, romanos, inclinaos: mojémonos las manos en la sangre de César hasta el codo, y manchemos nuestras espadas: luego salgamos al Foro, y, blandiendo sobre la cabeza nuestras armas enrojecidas, gritemos todos: Paz, liberad, independencia.

 

CASIO: Agachaos entonces, y mojaos. ¿Dentro de cuántos siglos se seguirá reviviendo esta nuestra escena sublime, en estados que aún no han nacido, y con lenguas aún desconocidas?

 

BRUTO: Callad. ¿Quién viene aquí? Un amigo de Antonio.

 

CRIADO: Así, Bruto, me mandó mi amo que se arrodillara: así me mandó Marco Antonio que me postrara y, una vez postrado, que dijera: Bruto es noble, prudente, valiente y honrado: Cesar fue poderoso, atrevido, majestuoso y cariñoso: di que quiero a Bruto y le honro: di que  respeté a César, le honré y le quise. Si Bruto permite que  Antonio llegue ante él a salvo y sepa por qué César ha merecido yacer muerto, Marco Antonio no querrá tanto a César muerto como a Bruto vivo, sino que seguirá la suerte y empresas del ilustre Bruto, a través de los azares de este estado sin hollar, con toda verdadera fidelidad.

 

BRUTO: Tu amo es un romano prudente y valiente. Nunca le tuve por menos: dile que si le parece bien venir a este lugar, quedará satisfecho, y se marchará intacto por mi honor.

 

CASIO: Ojalá le tengamos: Pero mi ánimo le teme mucho: y mis sospechas siempre van sagazmente al blanco.

 

BRUTO: Pero aquí viene Antonio, bienvenido Marco Antonio.

 

ANTONIO ¡ah poderoso César! ¿Tan bajo has caído? Todas tus victorias, glorias, triunfos, botines, ¿se ha encogido a tan pequeña medida? Adiós. Caballeros, no sé qué pretendéis: quién más  ha de ser sangrado, quién más esté para sangrías: si soy yo mismo, no hay momento tan apropiado como el de la muerte de  César, ni hay instrumento que valga la mitad de esas espadas vuestras enriquecidas con la sangre más noble de todo este mundo. Os ruego, si me queréis más, que ahora cumpláis vuestra voluntad, mientras todavía humean y e chan vapor vuestras manos purpúreas. Aunque viva mil años, no me encontraré tan preparado para morir, ni habrá lugar que tanto me plazca, ni hombres que me maten como aquí junto a César, y cortado por vosotros, los selectos espíritus dominadores de este tiempo.

 

BRUTO: ¡Oh  Antonio! No nos pidas tu muerte: aunque ahora debamos aparecer sangrientos y crueles, como ves que pasa con nuestras manos y nuestras acciones presentes, sin embargo, no ves más que nuestras manos y este sangriento asunto que han hecho, y no ves nuestros corazones, que están llenos de compasión. Y la compasión para la desgracia general de Roma, igual que un fuego echa otro fuego, y la compasión echa a la compasión, es la que ha realizado esto contra César. Por tu parte, para  ti, nuestras espadas tienen puntas embotadas, Marco Antonio: nuestros brazos y nuestros corazones, hermanos en la fuerza del odio, te reciben con todo benigno afecto, buenos pensamientos y respeto.

 

BRUTO: Sólo que ten paciencia hasta que hayamos apaciguado a la multitud, fuera de sí por el miedo, y entonces te haremos saber la causa por la que he procedido así yo, que amaba a César cuando le herí.

 


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