* Lucio Anneo Séneca *

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Séneca:

 

Filósofo latino, dramaturgo, político y eminente escritor de la edad de plata de la literatura latina. Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba el año 4 a. C., hijo del retórico romano Marco (Lucio) Anneo, más conocido como Séneca el Viejo. Tras estudiar retórica y filosofía en Roma, Séneca el Joven, como hoy se le conoce, quedó profundamente influido por las enseñanzas de los estoicos, cuya doctrina desarrollaría en lo sucesivo. En el año 49 d.C. Séneca se convirtió en pretor y fue nombrado tutor de Nerón, hijo adoptivo del emperador Claudio. A la muerte de Claudio, en el 54, Nerón se convirtió en emperador.

 

La honestidad y la moderación que caracterizaron los cinco primeros años de su mandato fueron en gran medida resultado de la sana influencia de Séneca y Sexto Afranio Burro (muerto en el año 62), jefe de la guardia pretoriana. Hacia el año 62, Séneca perdió todo control sobre el emperador. La gran fortuna que Séneca había logrado acumular para entonces despertó los celos de Nerón, que intentó infructuosamente envenenarlo. Retirado de la vida pública, Séneca se dedicó plenamente a escribir y a estudiar filosofía. En el año 65 se vio involucrado en una conspiración para asesinar a Nerón, liderada por el plebeyo Cayo Calpurnio Pisón, que se suicidó por orden del emperador.

 

El estilo artificial y epigramático de Séneca representa espléndidamente la edad de plata. Sus discursos, así como diversas obras científicas, se han perdido, pero entre los numerosos escritos que se conservan destacan las Cuestiones Naturales (54 d.C.), siete libros en los que se analizan los fenómenos de la naturaleza desde un punto de vista estoico, y que hacen referencia a alguno de los cuatro elementos; la Epístola a Lucilio (63-64), 124 cartas dirigidas a un amigo; y varios tratados estoicos sobre temas como la ira (41-44), la serenidad mental y el retiro filosófico (55-56). Sus diálogos y tratados morales son más humanos y persuasivos que dogmáticos, y hacen gala de una gran humildad. También escribió nueve tragedias en verso, todas ellas adaptaciones libres de antiguas leyendas griegas; las cuatro primeras están probablemente basadas en las obras de Eurípides.

 

 

Séneca figura entre los filósofos estoicos más destacados de Roma; su principal preocupación era la ética, pero sus creencias eran más espirituales que las de los primeros filósofos estoicos. Sus tragedias en verso ejercieron una influencia notable en la posterior evolución del teatro clásico en Italia.

 

 

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Frases de Séneca


- No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas.

 

- La amistad siempre es provechosa; el amor a veces hiere.

 

Un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.

 

- El favor consiste no en lo que se hace o se da, sino en el ánimo con que se da o se hace.

 

- La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada.

 

- No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea.

 

- No hay viento favorable para el que no sabe donde va.

 

- Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que los otros opinen de ti.

 

- ¡Estudia! No para saber una cosa más, sino para saberla mejor.

 

- Lo que has de decir, antes de decirlo a otro, dítelo a ti mismo.

 

- La recompensa de una buena acción está en haberla hecho.

 

- La esclavitud más denigrante es la de ser esclavo de uno mismo.

 

- Considera las contrariedades como un ejercicio.

 

- Las obras se tienen medio terminadas cuando se han comenzado bien.

 

- No os espante la pobreza; nadie vive tan pobre como nació.

 

- La armonía total de este mundo está formada por una natural aglomeración de discordancias.

 

- Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad.

 

- Los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas.

 

- Gran parte de la bondad consiste en querer ser bueno.

 

- Los que saben mucho se admiran de pocas cosas, y los que no saben nada se admiran de todo.

 

- No hay mayor causa de llanto que no poder llorar.

 

- No podemos evitar las pasiones, pero si vencerlas.

 

- Lo mismo es nuestra vida que una comedia; no se atiende a si es larga, sino a si la han representado bien. Concluye donde quieras, con tal de que pongas buen final.

 

- No hay cosa más fuerte que el verdadero amor.

 

- Ningún descubrimiento se haría ya si nos contentásemos con lo que sabemos.

 

- Forma parte de la curación el deseo de ser curado.

 

- La voluntad es la que da valor a las cosas pequeñas.

 

En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo; el futuro, dudoso; el pasado, cierto.

 

- El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo.

 

- No es preciso tener muchos libros, sino tenerlos buenos.

 

- La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy.

 

- El trabajo y la lucha llaman siempre a los mejores.

 

- El tiempo descubre la verdad.

 

- Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos.

 

- La adversidad es ocasión de virtud.

 

- Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos.

 

- Hay ciertas cosas que para hacerlas bien no basta haberlas aprendido.

 

- Una esperanza reaviva otra esperanza; una ambición, otra ambición.

 

- Sin estudiar enferma el alma.

 

- No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba.

 

- El fuego prueba el oro; la miseria los hombres fuertes.

 

- Pesa las opiniones, no las cuentes.

 

- Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente.

 

- Los hombres aman sus vicios y al mismo tiempo los odian.

 

- Si os sujetáis a la naturaleza, nunca seréis pobres; si os sujetáis a la opinión, nunca seréis ricos.

 

- No os espante el dolor; o tendrá fin o acabará con vosotros.

 

- Los hombres aprenden mientras enseñan.

 

- Si quieres que tu secreto sea guardado, guárdalo tú mismo.

 

- No he nacido para sólo un rincón, mi patria es todo el mundo.

 

- No existe ningún gran genio sin un toque de demencia.

 

- Viven más contentos aquellos en quienes jamás puso los ojos la fortuna, que los otros de quienes los apartó.

 

- El hombre es un animal racional.

 

- El pobre carece de muchas cosas, pero el avaro carece de todo.

 

Todo poder excesivo dura poco.

 

- No recibimos una vida corta, sino que nosotros la acortamos. No somos de ella indigentes, sino manirrotos.

 

- No hay árbol recio ni consistente sino aquel que el viento azota con frecuencia.

 

- No os espante la muerte; o extermina o transforma vuestra existencia.

 

- Languidece la virtud sin adversarios.

 

- Quien da pronto da dos veces.

 

- Vencer sin peligro es ganar sin gloria.

 

- Lo que de raíz se aprende nunca del todo se olvida.

 

- Muy sentida es la muerte cuando el padre queda vivo.

 

- El sabio en su retiro es útil a la comunidad.

 

- El poder y el despotismo duran poco.

 

- Igual virtud es moderarse en el gozo que moderarse en el dolor.

 

- ¿Preguntas qué es la libertad? No ser esclavo de nada, de ninguna necesidad, de ningún accidente y conservar la fortuna al alcance de la mano.

 

- Si me ofreciesen la sabiduría con la condición de guardarla para mí sin comunicarla a nadie, no la querría.

 

- El cabalgar, el viajar y el mudar de lugar recrean el ánimo.

 

- A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde.

 

- A vivir se aprende toda la vida, y toda la vida se ha de aprender a morir.

 

- El lenguaje de la verdad debe ser simple y sin artificios.

 

- El colmo de la infelicidad es temer algo, cuando ya nada se espera.

 

- Estar en ocio muy prolongado, no es reposo, es pereza.

 

- Es rey quien nada teme, es rey quien nada desea; y todos podemos darnos ese reino.

 

- Para saber algo, no basta con haberlo aprendido.

 

- La naturaleza nos ha dado las semillas del conocimiento, no el conocimiento mismo.

 

- No hay ninguna cosa buena que no tenga su base en la razón.

 

- Una era construye ciudades. Una hora las destruye.

 

- Tan grande como la turba de los admiradores es la turba de los envidiosos.

 

Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo.

 

- El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto.

 

- Cuanto mayor es la prosperidad tanto menor se debe confiar en ella.

 

- Teméis todas las cosas como mortales y todas las deseáis como inmortales.

 

- Nunca fue fácil el aprendizaje de la virtud.

 

- Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.

 

- Este día que tanto temes por ser el último, es la aurora del día eterno.

 

- El camino del vicio no solamente se desliza, sino que se precipita hacia abajo.

 

- El mejor límite para el dinero es el que no permite caer en la pobreza ni alejarse mucho de ella.

 

- El ardimiento juvenil en sus comienzos es fogoso, pero languidece fácilmente y no dura; es el humo de una fogata liviana.

 

- Desdichado es el que por tal se tiene.

 

- ¿Qué importa saber lo qué es una recta si no se sabe lo que es la rectitud?

 

- Merece salir engañado el que al hacer un beneficio, cuente con la recompensa.

 

- Escucha aún a los pequeños, porque nada es despreciable en ellos.

 

- Toda la armonía total de este mundo está formada de discordancias.

 

 

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Sobre la Injuria

 

De la Constancia del Sabio y de que en Él no puede caer Injuria



No sin razón me atreveré a decir, oh amigo Sereno, que entre los filósofos estoicos y los demás profesores de la sabiduría hay la diferencia que entre los hombres y las mujeres; porque aunque los unos y los otros tratan de lo concerniente a la comunicación y compañía de la vida, los unos nacieron para imperar y los otros para obedecer.

Los demás sabios son como los médicos domésticos y caseros, que aplican a los cuerpos medicamentos suaves y blandos, no curando como conviene, sino como les es permitido. Los estoicos, habiendo entrado en varonil camino, no cuidan de que parezca ameno a los que han de caminar por él, tratan sólo de librarlos con toda presteza de los vicios, colocándolos en aquel alto monte que de tal manera está encumbrado y seguro, que no sólo no alcanzan a él las flechas de la fortuna, sino que aún les está superior.

Parece que veo tu animo, y que, encendido en cólera, te aprestas a dar voces, diciendo: “Estas cosas son las que desacreditan y quitan la autoridad a vuestra doctrina: prometéis cosas grandes, y tales, que no sólo no se pueden desear, pero ni aun creer.

Decís por una parte con razones magníficas que el sabio no puede ser pobre, y tras eso confesáis que suele faltarle esclavo, casa y vestido. Decís que no puede estar loco, y no negáis que puede estar enajenado, y habla algunas razones poco compuestas, y todo aquello a que la fuerza de la enfermedad le diera audacia. Decís que el sabio no puede ser esclavo, y no negáis que puede ser vendido.
Yo no determiné adornar al sabio con honores imaginarios de palabras, sino ponerle en tal lugar, donde ninguna injuria se permite. ¿Será esto por ventura porque no hay quien provoque y tiente al sabio? En la naturaleza no hay cosa tan sagrada a quien no acometa algún sacrilegio; Yo no llamo invulnerable a lo que puede herir, sino a lo que no se puede ofender.

¿Puédase dudar de que las fuerzas no vencidas son más ciertas que las no experimentadas, pues éstas son dudosas, y las acostumbradas a vencer constituyen una indubitable firmeza? En esta misma forma juzga tú por de mejor calidad al sabio aquel que no ofende la injuria, que al que nunca se le hizo. Yo llamaré varón fuerte aquel a quien no rinden las guerras, ni le atemorizan las levantadas armas de sus enemigos. El ánimo del varón sabio, estando firme y sólido, y prevenido de sus fuerzas, estará seguro.

¿Faltará por ventura alguno que intente hacer injuria al sabio? Cuando los poderosos levantados por su imperio, y los que están validos por el consentimiento de los que se les humillan intentaren dañar al sabio, quedarán sus acometimientos tan sin fuerza como aquellas cosas que con arco o ballesta se tiran en algo, que aunque tal vez se pierden de vista, vuelven abajo sin tocar en el cielo.

¿Piensas que aquel ignorante rey, que con la muchedumbre de saetas oscureció el día, llegó con alguna a ofender al sol, o que habiendo echado muchas cadenas en el mar, pudo prender a Neptuno? De la manera que la Divinidad están exentas de las manos de los hombres, sin que la Divinidad reciba lesión de aquellos que ponen fuego a sus templos, ni de los que forman sus simulacros: así todo lo que se intenta contra el sabio, proterva, insolente y soberbiamente, se intenta en vano. Dirás que mejor fuera que ninguno intentara hacerle ofensa; cosa dificultosa pretendes en desear inocencia en el linaje humano.

Separemos, si te parece, amigo Sereno, la Injuria de la afrenta. La primera es por su naturaleza más grave, y esta segunda más ligera; y solos los delicados la juzgan por pesada; y no siendo con ella damnificados, sino solamente ofendidos, es tan grande el alejamiento y vanidad de los ánimos que son muchos los que piensan no les puede suceder cosas más acerba.

El fin de la injuria es hacer algún mal; pero la sabiduría no le deja lugar en que entre; porque para ella no hay otro mal sino es la torpeza, la cual no tiene entrada donde una vez entraron la virtud y lo honesto, según lo cual, es cosa cierta que no puede llegar la injuria al sabio, porque el padecer algún mal es lo que se llama injuria, y el sabio no le padece, es evidencia de que no tiene que ver con él la injuria; porque toda injuria es una cierta disminución del sujeto en quien cae, no siendo posible recibirla sin alguna pérdida o en el cuerpo o en la dignidad, o en alguna de las cosas que están fuera de nosotros; peo el sabio no puede perder cosa alguna, porque las tiene todas depositadas, en sí mismo, sin haber entregado alguna a la fortuna, teniendo todos sus bienes en parte firme, y contentándose con la virtud, que no necesita de las cosas fortuitas; y así, ni puede crecer ni menguar, porque lo que ha llegado a la cumbre no tiene a donde pasar, y la fortuna no quita sino lo que ella dio; y como no dio la virtud, no puede quitarla, esta es libre, firme, inviolable, incontrastable, de tal manera fortalecida contra los sucesos, que no sólo no puede ser vencida, pero ni aún inclinada .

Tiene muy abierto los ojos contra los aparatos de las cosas terribles y no hace mudanza en el rostro, ora se lo pongan delante sucesos prósperos. Ora adversos. Y finalmente, el sabio, jamás pierde aquello que se puede causar sentimiento, porque sólo posee la virtud, de la cual no puede ser desposeído, y de las demás cosas tiene una posesión precaria.

No hay por qué dudes de que hay hombre nacido que pueda levantarse sobre las cosas humanas, mirando con tranquilidad los dolores, las pérdidas, las llagas, las heridas y, finalmente. Los grandes movimientos que cercándole braman mientras él plácidamente sobre las cosas adversas y con moderación las prósperas, sin rendirse con aquellas sin desvanecerse con éstas, siendo uno mismo entre tan diversos casos, y sin jugar que hay algo que sea suyo, si no es así mismo, y esto por la parte en que es mejor.

De esta suerte vencieron muchos en las contiendas sagradas, fatigando con perseverante paciencia las manos de los que los herían. De este mismo género juzga tú la paciencia y sabiduría de aquellos que, con larga y fiel costumbre, alcanzaron fortaleza para subir y para descansar cualesquier enemiga fuerza.

Los ambiciosos perdieron los tribunales y lonjas y los demás lugares destinados para ejercer en público sus vicios. No hay de que te admires cuando te digo que ninguno puede hacer injuria al sabio, y el malo no puede dar cosa alguna al sabio, porque para que pueda dar, ha menester tener, y es cosa cierta que no tiene cosa de que el sabio pueda tener gusto en recibirla; según lo cual, ninguno puede ofender ni beneficiar al sabio.

La Contumelia


La contumelia es menor que la injuria, y de ella nos podemos quejar más que vengarla, y las leyes no la juzgan digna de castigo. La humildad mueve este afecto del ánimo que se encoge por algún hecho o dicho contumelioso. No me admitió hoy Fulano, habiendo admitido a otros, o no escuchó mis razones, o en público se rió de ellas, no me llevó en el mejor lugar, sino en el peor, con otros algunos sentimiento de esta cualidad, a los cuales no sé qué otro nombre poder dar sino quejillas del ánimo mareado, en que siempre caen los delicados y dichosos; porque a los que tienen mayores cuidados no les queda tiempo para reparar en semejantes impertinencias.

Los entendimientos que de su natural son flacos y mujeriles y que con el demasiado ocio lozanean, como carecen de verdaderas injurias, se alteran con éstas, cuya mayor parte consiste en la culpa de quien las interpreta. Finalmente, el que se altera con el agravio hace demostración que ni tiene cosa alguna de prudencia ni de confianza, y así se juzga despreciado, y este remordimiento no sucede sin un cierto abatimiento de ánimo, rendido y desmayado.

El sabio, de ninguno puede ser despreciado, porque, conociendo su grandeza, se persuade a que nadie tiene autoridad de ofenderle; y no sólo vence estas, que yo no llamo miserias, sino molestias del ánimo, pero ni aun las siente. ¿Qué médico se enoja con el frenético? ¿Quién tiene por injurias las quejas de aquel a quien estando con la fiebre se le deniega el agua? Advierte que el sabio tiene el mismo oficio con todos que el médico con sus enfermos sin que éste se desdeñe de tocar la obscenidad, ni mirar los excrementos, cuando de ello necesita el enfermo, y sin que se enoje de escuchar las palabras ásperas de los que, frenéticos, se en enfurecen.

Conoce el sabio que muchos de los que andan con la toga y la púrpura, aunque tienen buen color y parece que están fueres, están malsanos, aun, los mira como a enfermos destemplados, y con esto no se ensaña, aunque desvergonzadamente se atrevan a intentar con la enfermedad alguna cosas contra el que los cura, y como hace poca estimación de los honores que el enfermo le da, tampoco hace caudal de las acciones contumeliosas.

Hay hombres tan mentecatos que juzgan pueden recibir afrenta de una mujer. ¿ Qué importa que ella sea rica, que tenga muchos litereros, que traiga costosas arracadas, que ande ancha en ancha y costosa silla, pues con todo este es un animal imprudente, y si no se le arrima alguna ciencia y mucha erudición es una fiera, que no sabe enfrentar sus deseos?

¿Qué diremos de que nos damos por ofendidos si alguno remeda nuestra habla y nuestros pasos y sólo declara algún vicio nuestro en la lengua o en el cuerpo? Como si estos defectos se manifestaran más con remedarlos otros, que con tenerlos nosotros. Muchos oyen con sentimiento la vejez y las canas a que llegaron con deseos; otros se ofendieron que les notaron su pobreza, escondiéndola de los otros cuando entre sí se lamentan de ella. Según lo cual, a los licenciosos que con decir pesadumbres tratan de hacerse graciosos, se les quitara la materia si tú, voluntaria y anticipadamente, te, adelantares a decirte lo que ellos te podrán decir: porque el que comienza a reírse de sí, no da lugar a que otros lo hagan.

Dejad, pues de preguntarme cómo el sabio no recibe afrenta si se le lleva por las plazas, oyendo oprobios de la gente soez. De vuestra flaqueza sacáis conjeturas para el ánimo grande; y cuando pensáis en lo poco que vosotros podéis sufrir, ponéis poco más extendidos términos al sabio, a quien su propia virtud le colocó en otros diferentes parajes del mundo.

El sabio y el amador de la sabiduría usaran de diferentes remedios. Las afrentas, las malas palabras, las ignominias y los demás denuestos súfrales como vocería de los enemigos y como armas y piedras remotas, que sin hacer heridas hacen estruendo cerca de los morriones; súfrelas sin mostrar flaqueza y sin perder el puesto, y aunque te aprieten, y con molesta violencia te compelan, es torpeza el rendirte: defiende, pues, el puesto que te señaló la naturaleza. Y si me preguntas que puesto es éste, te responderé que el de varón. El sabio tiene otro socorro diverso del vuestro, porque vosotros estáis en la pelea, y para él está ya ganada la victoria, no hagáis repugnancia a vuestro bien, y mientras llegáis al que es verdadero, alentad en vuestro ánimo esta esperanza.

¿Qué hará, pues, el sabio cargado de golpes? Lo que hizo Catón cuando le hirieron en la cara, que ni se enojó ni vengó la injuria, y tampoco la perdonó, porque negó estar injuriado; mayor ánimo fue no reconocerla, de lo que fuera perdonarla.

¿Qué cosa ha de parecer entre nosotros increíble o puesta fuera de la posibilidad de la humana naturaleza? Aquel dijo que las injurias eran tolerables al sabio, y nosotros decimos que para el sabio no hay injurias. El sabio no pone los ojos en lo que los hombres tienen por malo y desdichado; porque no camina por donde el pueblo. Y al modo que las estrellas hacen su viaje contrario al mundo, así el sabio camina contra la opinión de todos.

filosofos

Sobre La Ira


Me exigiste, caro Novato, que te escribiese acerca de la manera de dominar la ira, y creo que, no sin causa, temes muy principalmente a esta pasión, que es la más sombría y desenfrenada de todas. Las otras tienen sin duda algo de quietas y plácidas; pero esta es toda agitación, desenfreno en el resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicios, arrebato de furores sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las es padas, y ávida de venganzas que a su vez traen un vengador.

Por esta razón algunos varones sabios definieron la ira llamándola locura breve; porque, impotente como aquella para dominarse, olvida toda conveniencia, desconoce todo afecto, es obstinada y terca en lo que se propone, sorda a los consejos de la razón, agitándose por causas vanas, inhábil para distinguir lo justo y verdadero, pareciéndose, a esas ruinas que se rompen sobra aquello mismo que aplastan. Para que te convenzas de que no existe razón en aquellos a quienes domina la ira, observa sus actitudes. Porque así como la locura tiene sus señales ciertas, frente triste, andar precipitado, manos convulsas, tez cambiante, respiración anhelosa y entrecortada, así también presenta estas señales el hombre iracundo.

Imposible saber si este vicio es más detestable que deforme. Pueden ocultarse los demás, alimentarles en secreto; pero la ira se revela e el semblante, y cuanto mayor es, mejor se manifiesta.

No ignoro que existen otras pasiones difíciles de ocultar; la incontinencia, el miedo, la audacia tienen sus señales propias y pueden conocerse de antemano, porque no existe ningún pensamiento interior algo violento que no altere de algún modo el semblante. ¿En qué se diferencia, pues, la ira de estas otras pasiones? En que estás se muestran y aquélla centellea.
Si quieres considerar ahora sus efectos y estragos, verás que ninguna calamidad costó más al género humano. Considera aquellas insignes ciudades cuyo asiento apenas se reconoce hoy: la ira las destruyó; contempla esas inmensas soledades deshabitadas; la ira formó esos desiertos.

Nos irritamos con frecuencia, dicen algunos, no contra los que ofenden, sino contra los que han de ofender, lo cual demuestra que la ira no brota solamente de la ofensa. Verdad es que nos irritamos contra los que han de ofendernos; pero nos ofenden con sus mismos pensamientos, y el que medita una ofensa ya la ha comenzado.

En primer lugar, hemos dicho que la ira es el deseo y no la facultad de castigar, y los hombres desean también aquello que no pueden conseguir. Además nadie es tan humilde que no pueda esperar vengarse hasta de más encumbrado: para hacer daño somos muy poderosos. La definición de Aristóteles no se separa mucho de la nuestra, porque dice que la ira es el deseo de devolver el daño; porque si bien enemiga de la razón, solamente se desarrolla en el ser capaz de razón.

Los animales son extraños a las pasiones humanas, experimentado solamente impulsos que se les parecen. No siendo así, si comprendiesen el amor, sentirían odios; si conociesen la amistad, tendrían enemistad; si entre ellos hubiese discusión, habría concordia; de todo esto presentan algunas señales, pero el bien y el mal son propios del corazón humano. A nadie más que al hombre se concedieron la previsión, observación pensamiento; y no solamente sus virtudes, sino que también sus vicios están prohibidos a los animales.
Suficientemente explicado está que es la ira; claramente se ve en qué se diferencia de la irritabilidad; en lo mismo que la embriaguez se diferencia de la borrachez y el miedo de la timidez. El encolerizado puede no ser iracundo, y el iracundo puede algunas veces no estar encolerizado.

Iras hay que se disipan con gritos; otras tan tenaces como frecuentes; algunas prontas a la violencia y avaras de palabras, éstas prorrumpen en injurias y amargas invectivas, aquéllas no pasan de la queja y a versión; otras son graves y reconcentradas, existiendo mil formas distintas de este móvil vicio.

De la misma manera que pasamos por el fuego, para enderezar los, ciertos maderos torcidos, y los comprimimos por medio de cuñas, no para romperlos, sino para estirarlos, así también corregimos por medio de las penas del cuerpo y del espíritu los caracteres viciados.

En cuanto toma posesión, es más fuerte que la templanza y no soporta freno ni restricciones. Además, la razón misma, a la que se confían las riendas, no tiene fuerza sino mientras permanece separada de las pasiones; si se mezcla a ellas, si se contamina con su contacto, no puede reprimir ya lo que hubiese podido arrojar. Conmovida una vez el alma y fuera de su asiento, obedece a la mano que la impulsa.

Existen ciertas cosas que en su principio dependen de nosotros; cuando avanzan, nos arrastran por sus propias fuerzas y no permiten retroceso. El que se lanza a un precipicio no es dueño de sí mismo. No puede impedir ni detener su caída, irrevocable impulso destruye toda voluntad y arrepentimiento, y no puede dejar de llegar allí donde hubiese podido no ir; de la misma manera el ánimo que se ha abandonado a la ira, al amor y a las demás pasiones, no puede contener ya su impulso, necesario es que se vea arrastrado hasta el fin y precipitado con todo su peso por la rápida pendiente del vicio. Lo mejor es rechazar desde luego los primeros impulsos de la ira, sofocarla su raíz y procurar no caer en su dominio.

Ante todo, repito, debe arrojarse al enemigo desde la plaza; cuando ha penetrado, cuando ha forzado las puertas, no recibe ya la ley del vencido. Porque el ánimo no permanece ahora apartado ni vigila desde fuera las pasiones para impedirlas llegar más allá de lo conveniente, sino que se identifica con ellas, y por esta razón no puede ya recoger en sí mismo esta fuerza útil y saludable que él mismo ha vendido y paralizado.

Además, yo pregunto: ¿es más fuerte que la razón o más débil? Si es más fuerte, ¿cómo puede señalarle límites la razón, cuando solamente la impotencia acostumbra obedecer? Si es más débil, la razón puede bastarse sin ella para alcanzar sus fines y para nada necesita auxilio de lo que es débil.

-Pero existen iracundos que se dominan y contienen- ¿De qué manera? Cuando la ira se ha extinguido ya y disipado por sí misma; no cuando está en su efervescencia, porque entonces es soberana -¿cómo? ¿No se despide incólumes algunas veces a aquellos a quienes se odia, absteniéndonos de causarles daño? Sin duda, pero ¿cuándo? Cuando una pasión combate a otra y el miedo o la avidez consiguen alguna ventaja: esta templanza no es beneficio de la razón, sino tregua pérfida e inconstante de las pasiones.

Así, pues, la razón nunca tomará por auxiliares impulsos tan imprevisores como desordenados, sobre los cuales no tendría autoridad alguna y que solamente podrá reprimir oponiéndoles impulsos semejantes, como el miedo a la ira, la ira a la inercia, la avidez al temor.

Líbrese la virtud de la desgracia de ver alguna vez a la razón recurrir a los vicios. Con ellos no puede conseguir el ánimo reposo duradero; necesariamente le agitarán y atormentarán: si no tiene otro impulso que estos males, si solamente a la ira debe s valor, a la avidez su actividad, su reposo al temor, vivirá en la tiranía y será esclavo de la pasión.

La ira, dices, es útil si es moderada. Antes debes decir si por su propia naturaleza es útil, pero si es rebelde a la autoridad y a la razón, lo único que se consigue moderándola es que cuanto menos poderosa sea, perjudique menos. Luego una pasión moderada no es otra cosa que un mal moderado. –La ira es útil, dicen, porque da atrevimiento en los combates –Lo mismo debe decirse de la embriaguez, porque hace insolentes y audaces, debiéndole muchos su valor.

Pero la ira, la embriaguez, el miedo y todo sentimiento de igual naturaleza, son móviles vergonzosos y precarios; no robustecen la virtud, que no necesita de los vicios, y solamente algunas veces levantan algo un ánimo cobarde y débil. Ninguno es animoso antes sin ella. Así, pues, no viene en auxilio del valor, sino a reemplazarle. Y todo ser débil es por naturaleza batallador.

No es propio del sabio odiar a los que se extravían: de otra manera, se odiará a sí mismo. Si se extravía uno por los campos porque ignora el camino, mejor es llevarle al buen sendero que expulsarle.

Nada sienta peor al que castiga que la ira, porque castigo no es eficaz para corregir sino en cuanto se le ordena con juicio.
Por esta razón dice Sócrates a su esclavo: Te azotaría si no estuviese encolerizado. Dejaba para momento más tranquilo la corrección del es clavo y al mismo tiempo se corregía a sí mismo.

No me irrito contra mí mismo cuando me extraigo sangre. Aplico todo castigo como un remedio. Tú no has dado más que los primeros pasos en el camino del error; tus caídas no son graves, pero sí frecuentes. Procuraré corregiste con reprensiones, primero privadamente, después en público. Tú has avanzado demasiado para que puedan curarte las palabras; te retendrá la ignominia.

Tú necesitas algo más para sentir la impresión; se te mandará desterrado a regiones desconocidas. Tu maldad es enorme y necesitas remedios más violentos. Las cadenas públicas y la prisión te esperan. Tu alma es incurable y tu vida un tejido de crímenes, tú no necesitas ya que te solicite la ocasión, que nunca falta a los malvados, sino que para hacer el mal no necesitas otra ocasión que el mal.

Tú has agotado la iniquidad, y de tal manera ha penetrado en tus entrañas, que solamente puede desaparecer con ellas. Desgraciado, hace mucho tiempo que buscas la muerte: vamos a merecer tu agradecimiento; te arrancaremos al vértigo que te domina y después de una vida desastrosa para el bien ajeno y para el tuyo, te mostraremos el único bien que te queda, la muerte.

Porque, como dice Zenón, en el ánimo del sabio, hasta cuando está curada la herida queda la cicatriz. La razón basta por sí misma, no solamente para aconsejar, sino que también para obrar. ¿Qué cosa más insensata que querer que invoque el auxilio de la ira, subordinar lo inmutable a lo incierto, la fidelidad a la traición, la salud a la enfermedad?
La razón quiere decidir lo que es justo; la ira quiere que se tome por justo lo que ella decide; ama y acaricia la mentira; no quiere que se la convenza, y comprometida en mal camino, la obstinación te parece más honrosa que el arrepentimiento.

Como ejemplo tenemos a Pisón que fue en estos últimos tiempos varón exento de muchos vicios, pero con espíritu perverso que tomaba rigor por firmeza. En un momento de ira habla ordenando que se llevase al suplicio a un soldado que había vuelto de forrajear sin su compañero, acusándole de haber dado muerte al que no podía presentar.

El soldado le suplicó le concediese algún tiempo para buscarlo, y se lo negó. Sacaron, pues, al condenado fuera del recinto, y ya tendía el cuello, cuando de pronto se presentó el que suponían muerto. El centurión encargado del suplicio mandó entonces al que iba a descargar el golpe que envainase la espada; lleva el condenado a Pisón, para devolver al juez la inocencia, puesto que la fortuna se la había devuelto ya al acusado. Inmensa multitud seguía a los dos compañeros, que se marchaban abrazados con grande regocijo de todo el campamento.

Pisón se lanzó furioso a su tribunal, y mandó llevarles a suplicio a los dos, el que no había matado y el que no había sido muerto. ¿Hay algo más indigno que esto? Porque uno era inocente, perecieron los dos. Pisón añadió otra víctima; el centurión que trajo a los dos soldados fue condenado a muerte.

Decidido quedó que perecieran tres hombres en el mismo punto a causa de la inocencia de uno de ellos. ¡Oh, cuán ingeniosa es la ira para inventar pretextos a su furor! A ti, dijo, te mando a la muerte porque has sido condenado; a ti, porque has sido causa de la condenación de tu compañero; a ti, porque habiendo recibido orden de matar, no has obedecido a tu General. De esta manera imaginó tres delitos porque no encontró uno.
Como dice Platón “ el sabio, castiga, no porque se ha delinquido, sino para que no se delinca; el pasado es irrevocable, el porvenir se previene; a aquellos que quiera presentar como ejemplos de maldad que alcanza desastroso fin, les hará Morir públicamente, no tanto para que perezcan, como para impedir que perezcan otros”.

Tampoco imagines que la ira contribuya en nada a la grandeza del alma. Porque no produce grandeza, sino hinchazón; de la misma manera que en los cuerpos hinchados por viciado humor, la enfermedad no es la hinchazón, sino exuberancia perniciosa. Todos aquellos a quienes ánimo depravado lleva más allá de los pensamientos humanos, imaginan que respiran algo grande y sublime; pero en el fondo de esto no hay nada sólido, y todo edificio sin cimiento amenaza constantemente caer.

No te debes fiar en las palabras de los iracundos, que hacen, mucho ruido y amenazan, pero en el fondo son cobardes. Poco importa hasta dónde se exalten y es tiendan todas estas pasiones; no por ello son menos estrechas, miserables y bajas. Solamente la virtud es elevada, sublime, y nada hay grande sino aquello que al mismo tiempo es sereno.

Amigo Novato, hemos de investigar si la ira es producto del juicio o del ímpetu; es decir, si se mueve espontáneamente, o si, como casi todos nuestros impulsos, brota del interior sin consentimiento nuestro.

No hay duda de que la apariencia sola de la injuria subleve la ira; pero ¿sigue en el acto a esta apariencia, y se lanza sin intervención del ánimo? Esto es lo que investigamos. Por nuestra parte sostenemos que nada intenta por sí misma y sin aprobación del alma.
Porque apreciar la aparición de la injuria, desear la venganza y reunir estas dos ideas, que no debemos ser ofendidos y que debe castigarse la ofensa, no es propio del impulso que obra en nosotros sin intervención de la voluntad. E l movimiento físico es sencillo; el del alma es complejo y consta de muchos elementos. Comprendió algo, se indignó, condenó, se vengó, y nada de esto puede hacerse si el ánimo no se asocia a la impresión de los sentidos.

La pasión consiste no en ser conmovido por la apariencia de los objetos exteriores, sino en abandonarse a ella y continuar la sensación accidental. Engáñese quien crea que la palidez, las lágrimas, la excitación de esos impulsos, un suspiro profundo, el repentino brillo de los ojos y otra cualquiera emoción parecida, son indicios de pasión o manifestación de ánimo, no comprendiendo que no pasan de impulsos corporales.

Pero la ira no debe conmoverse solamente, sino lanzarse adelante, porque es un impulso. Ahora bien: no existe impulso sin el consentimiento del ánimo, y no es posible que se trate de venganza y de castigo sin conocimiento del alma.

Juzgase alguno ofendido, quiere vengarse; una causa cualquiera le disuade, y en el acto se detiene. A esto no lo llamo ira, sino movimiento del ánimo que obedece a la razón. Ira es lo que sobrepuja a la razón y la arrastra con ella. Luego esa primera apariencia de la injuria; pero el arrebato ulterior, que no solamente recibió la apariencia que la admitió, este es la ira la sublevación del ánimo, que, con voluntad y reflexión, se encamina a la venganza.

Para que sepas cómo nacen las pasiones, crecen y se desarrollan, te diré que el primer impulso es involuntario, siendo como preparación de la pasión y a manera de empuje; el segundo se realiza con voluntad fácil de corregir, como cuando pienso que necesito vengarme porque he sido ofendido, o que debe castigarse a alguno porque ha cometido un crimen; el tercero es tiránico ya; quiere vengarse, no porque sea necesario sino aunque no lo sea, y éste vence a la razón.

No podemos evitar por medio de la razón la primera impresión del ánimo, ni más ni menos que esas impresiones del cuerpo de que ya hemos hablado, como bostezar cuando se ve bostezar a los demás, y cerrar los ojos cuando bruscamente nos acercan a ellos la mano. Estos movimientos no pueden impedirlos la razón; tal vez el hábito y constante vigilancia atenuarán los efectos. El segundo movimiento, que nace de la reflexión, por la reflexión se domina…

Ahora hemos de examinar si los que tienen hábito de crueldad, que se complacen en derramar sangre, se encuentran dominados por la lira cuando matan a aquellos de quienes no han recibido injurias ni creen haberlas recibido: Esto no es ira, es ferocidad, con tal de dar, y hiere y desgarra, no por venganza, sino por placer. Pues bien, el origen de estos crímenes es la ira: a fuerza de ejercerse y abrevarse, llega al olvido de la clemencia, borra del ánimo todo pacto humano, y al fin se transforma en crueldad.

Así es que los crueles por pasatiempo ríen y se complacen, se embriagan en profunda delicia y su semblante está muy lejos de expresar ira.

Dícese que así como la virtud es propicia al as acciones honestas, así también debe irritarse contra las vergonzosas. ¿Por qué no añaden que la virtud debe ser a la vez baja y sublime? Esto es precisamente lo que dice el que quiere ensalzarlas y rebajarlas al mismo tiempo; porque el placer de contemplar una buena acción tiene algo de grande y levantado, y la ira por delito ajeno arranca de corazón bajo y estrecho.

Propias y naturales son de la virtud la alegría y satisfacción; la ira es inferior a su dignidad, de la misma manera que la tristeza, y la tristeza es compañera de la ira, y en ella cae, sea después del arrepentimiento sea después del fracaso.
Además, si el sabio de viera irritarse contra las acciones vergonzosas, si debiera conmoverse y entristecerse por todas las maldades, nada habría más amargo que la sabiduría; toda su vida pasaría entre la ira y la tristeza.

Siempre que salga de su casa tendrá que atravesar entre multitud de malvados, avaros, pródigos libertinos, contentos con todos sus vicios: en ninguna parte fijará los ojos sin encontrar algo que les indigne.

Nadie gana sino con daño de otro: se detesta a los felices y se desprecia al os desgraciados; los humillados por los grandes humillan a los pequeños; a todos animan diferentes pasiones, y todos lo destruirían por leve placer o ligero provecho. Esta es vida de gladiadores que habitan en común para pelear unos con otros. Esta es sociedad de fieras, exceptuando que las fieras son mansas entre sí y se abstienen de desgarrar a sus semejantes, mientras el hombre quiere la sangre del hombre.

Trabada, esta empeñada lucha de maldad, diariamente aumenta el apetito del mal y va siendo menor la vergüenza. Desterrando todo respeto de lo honesto y lo justo, la pasión se precipita a su capricho, y ya no se ocultan los crímenes en la sombra, sino que caminan a la vista; la depravación se ha hecho tan común, y de tal manera domina en los corazones, que la inocencia no es escasa ya sino nula.

Si pretendes que el sabio se encolerice en proporción de la enormidad de los crímenes, no habrá de experimentar la ira, sino demencia.

Condición de nuestro nacimiento es estar expuestos a tantas enfermedades de alma como de cuerpo, no por debilidad o lentitud de inteligencia, sino por el mal uso de su penetración, viniendo a ser unos para otros ejemplos de vicio. Cada cual sigue al que le precede en el mal sendero; ¿cómo no excusar al que se extravía en camino público?
¿Quién disipa la ira del sabio? La multitud de culpables, porque comprende cuán injusto y peligroso es irritarse contra el vicio público. El sabio no se irritará contra los delitos. ¿Por qué? porque sabe que nadie nace sabio, sino que se llega a serlo, y que un siglo entero produce muy pocos; porque tiene delante de los ojos la condición de la naturaleza humana, y ninguna mente sana se irrita contra la naturaleza.

El sabio, pues, sereno y justo ante los errores, no es enemigo, sino corrector de los que delinquen; y diariamente se dice; “Encontraré muchos ebrios, muchos libertinos, muchos ingratos, muchos avaros y otros muchos agitados por las furias de la ambición”; y a todos los considerará con igual benevolencia que el médico considera a los enfermos.

Necesaria es perseverante asistencia contra los males continuos y fecundos, no para que desaparezcan, sino para que no triunfen.

La ira es útil, dicen, porque libra del desprecio, porque asusta a los malvados. Más peligroso es ser temido que ser despreciado. De que una cosa sea terrible, no se sigue que sea poderosa. La naturaleza ha establecido que aquel que es grande por el temor de los demás no escape a sus propios temores.

Los seres irracionales se asustan irracionalmente. La ira no tiene en sí misma ninguna firmeza, ningún valor; pero intimida a los ánimos débiles.

Nada hay tan difícil y penoso que la mente humana no pueda vencer, con lo que no pueda familiarizarla el constante ejercicio; no hay pasión tan desenfrenada e indomable que no pueda doblegarse al peso de la disciplina. El ánimo obtiene todo lo que a sí mismo se manda.
Otras mil cosas existen en las que la perseverancia ha vencido todos los obstáculos, y prueban que nada es difícil cuando el alma se ha impuesto a sí misma la paciencia. ¿Y nosotros no invocaremos en nuestro auxilio la paciencia que tan hermosa recompensa nos reserva, la inalterable tranquilidad del alma feliz? ¿No es gran victoria libertarse de ese mal tan temible, la ira, y al mismo tiempo de la rabia, la violencia, la crueldad, el furor y demás pasiones que le la acompañan? ¿Qué hay más grato que la tranquilidad del ánimo? ¿Qué más laborioso que la ira? ¿Qué más tranquilo que la clemencia? ¿Qué más atareado que la crueldad?

Todo lo que el sabio debe hacer, lo hará sin el auxilio de cosa mala, y no apelará al uso de una pasión cuyos extravíos tendrá que vigilar con inquietud. Necesario es a las veces que el temor obre en aquellos con quien nada puede a razón. Pero irritarse no es más útil que afligirse o asustarse.

Las almas fuertes y naturalmente enérgicas, antes de ablandarlas la civilización, son propensas a la ira. Ciertos sentimientos solamente brotan en los espíritus mejores, como en terrenos fecundos, aunque incultos, crecen árboles robustos; pero son muy diferentes los productos de las tierras cultivadas. Así, pues, esos ánimos, naturalmente enérgicos, son iracundos, fogosos y viriles, nada mezquino y débil encierran; más esta energía es imperfecta, como todo lo que se desarrolla sin arte, por la fuerza sola de la naturaleza; y si no se les doma desde el principio, estos gérmenes del verdadero valor degeneran en audacia y temeridad.

A los iracundos, dicen, se les tiene por los más francos. Porque se les compara con los astutos y sutiles, y parecen francos porque se descubren; yo no les llamaría francos, sino incautos. Este es el nombre que damos a los necios, a los libertinos, a los pródigos y demás vicios poco reservados. El sabio debe guardar el término medio; y si es necesario obrar con vigor, emplee la energía y no la ira.

filosofos


Sobre La Providencia


A Lucilio Por qué les sucede ciertas desgracias a los hombres buenos siendo así que hay una Providencia.
Me has preguntado, Lucilio, por qué, si el mundo es regido por la Providencia, les suceden muchos males a los hombres buenos. Esto podría ser contestado fácilmente en el contexto de una obra en la cual intentáremos demostrar que la Providencia preside del Universo y que Dios se interesa por nosotros .Más que superfluo resulta demostrar en la presente ocasión que una obra tan grande no se conserva sin guardián; que la reunión y la separación de los astros no constituyen movimientos fortuitos .

Entre los hombres buenos y los dioses hay una amistad que establece la Virtud. ¿Amistad digo? Más todavía: una mutua atracción y una semejanza, ya que el hombre bueno sólo se diferencia del dios por la duración de la vida; es su discípulo, su imitador y su verdadera progenie, que aquel padre magnífico, guardián nada laxo de las virtudes, educa .
El ímpetu de las cosas adversas no subvierte el ánimo del varón fuerte; éste permanece en su estado todo cuanto sucede lo tiñe con su propio color, pues es más poderoso que todas las realidades externas .

No digo que no las siente, sino que las supera. Calmo y tranquilo, enfrenta sus embates. Todas las adversidades son para él ejercitaciones. ¿Qué hombre verdadero y ansioso de la Virtud no desea, por otra parte, los trabajos propios del justo y no está dispuesto a cumplir sus deberes exponiéndose al peligro? ¿Para qué hombre activo no es castigo el ocio?

Se marchita la virtud sin adversario. Sólo se ve cuán grande es y cuánto vale, cuando demuestra qué es lo que puede aguantar. Sábete que esto mismo es lo que los hombres buenos deben hacer: no tener las cosas duras y difíciles, no quejarse del destino, tomar cuanto sucede como un bien y dirigirlo hacia el bien. No interesa lo que sobrellevas, sino cómo lo sobrellevas.

Los animales cebados en la inactividad se debilitan, y desfallecen no sólo ante el trabajo sino también ante el movimiento y ante su propio peso. Una imperturbada felicidad no tolera ningún choque. Quién, por el contrario, ha sostenido una incesante lucha con sus desgracias, está endurecido por las desdichas y no cede ante mal alguno, aún caído, pelea de rodillas.

He aquí un dúo digno de Dios: un hombre valeroso en lucha con la mala suerte, especialmente si él mismo la ha provocado. Te convenceré luego de que nunca debes compadecer al hombre bueno: él, en efecto, puede ser tenido por desdichado, pero no puede serlo .

De todas las proposiciones que he presentado la más difícil de aceptar es la que expuse primero: que las cosas que nos aterrorizan y hacen temblar redundan en provecho de los mismos a quienes les suceden. ¿Redunda en su provecho –dirás tú- el ser desterrados, el ser reducidos a la pobreza, el ser privados de hijos y esposa, el ser infamados y debilitados? Si te asombras de que estas cosas puedan redundar en provecho de alguien, te asombrarás de que algunos sean curados con hierro y fuego.

Pero si pudieras advertir que a algunos, para darles salud, se les roen los huesos, se les amputan los miembros que no pueden permanecer adheridos al cuerpo sin que se produzca la perdición del todo, ...

también estarás de acuerdo en que ciertas desgracias redundan en bien de a quienes loas padecen, tanto como ¡por Hércules! Ciertos goces, que son alabados y apetecidos, resultan perjudiciales para quienes con ellos se deleitan, a semejanza de las indigestiones, las borracheras y los demás abusos que matan a través del placer.

Entre muchas magníficas palabras de nuestro Demetrio cuéntese ésta, de la que tengo la impresión reciente, pues suena y vibra todavía en mis oídos: Nada me parece más desgraciado que aquel a quien nunca le ha sucedido una desgracia. Éste, en efecto, no ha podido ponerse a prueba a sí mismo. Aunque todas las cosas se realicen según su deseo, y aún antes de su deseo, sin embargo, los dioses tienen un mal concepto de él: no se lo ha juzgado digno de vencer alguna vez a la fortuna, la cual rehúye a los más cobardes, como si dijera: ¿Por qué he de enfrentarme a semejante adversario? En seguida depondrá las armas. .

El Gladiador considera deshonroso que se lo enfrente a una más débil y sabe que vence sin gloria quien vence sin peligro. Lo mismo hace la fortuna: busca a los más fuertes como contrincantes. A algunos los pasa por alto con desdén; ataca al más duro y justo, contra el que puede desplegar su fuerza. .

Considera que Sócrates fue tratado porque bebió, no de otro modo que si fuera un brebaje de inmortalidad, la poción que le había sido preparada por los poderes públicos y porque discurrió sobre la muerte hasta que ésta llegó. ¿Se le infirió un mal porque la sangre se le heló e invadiendo poco a poco por el frío la fuerza vital cesó en sus venas? .

¡Cuánto más digno de envidia es éste que aquellos a quienes se les sirve de beber en una piedra preciosa, a quienes un libertino acostumbrado a tolerarlo todo, de cercenada o dudosa virilidad, les deslíe la suave nieve en vano de oro! .

La prosperidad llega también a la plebe y a los temperamentos vulgares, pero someter al yugo las calamidades y terrores de los mortales es propio de un hombre grande. En cambio, ser siempre feliz y pasar por la vida sin ninguna punzada en el alma, equivale a ignorar la mitad de la naturaleza.

¿Eres hombre valiente? ¿Pues cómo lo sé yo, si la suerte no te da oportunidad de demostrar tu virtud? Has bajado a los campos olímpicos. No te felicito como a hombre fuerte sino como a quien ha conseguido el consulado o la pretura: se te ha honrado .

Lo mismo puedo decirle también al hombre bueno, si ninguna circunstancia un tanto difícil le concedió ocasión de mostrar la fuerza de su espíritu: Te considero infeliz porque nunca fuiste infeliz .

En efecto, para conocerse a sí mismo se hace necesaria una prueba: nadie llega a saber si es capaz de algo mientras no intenta .

La virtud se muestra ávida de peligros y piensa en la meta a la cual tiende, no es lo que ha de padecer, ya que aún no ha de padecer es parte de su gloria .

Dios –vuelvo a decir- favorece a quienes desea que sean lo más virtuosos posible siempre que les brinda ocasión de hacer algo con valor y firmeza, para lo cual es preciso que se dé alguna circunstancia difícil: podrás juzgar al piloto en la tempestad y al soldado en la batalla .

¿Cómo puedo saber cuánta presencia de ánimo tiene para hacer frente a la maledicencia y el odio del pueblo, si envejeces en medio de aplausos, si un favor inexpugnable, preparado por cierta inclinación e los ánimos hacia ti, te sigue? .

Pesado es el yugo para los cuellos tiernos; el novato palidece ante la posibilidad de una herida, el veterano contempla con serenidad su propia sangre, pues sabe con frecuencia ha vencido después de haberla derramado.

Siendo así que todos los excesos son peligrosos, el exceso de felicidad es el más peligroso de todos, conmueve el cerebro, llama la mente a vanas imágenes. Extiende una amplia capa de tinieblas entre lo verdadero y lo falso. ¿Por qué no ha de ser preferible soportar, con ayuda de la virtud una continua desdicha, que ser quebrantado por infinitos y desmesurados goces?

La demostración de la virtud nunca es fácil. La parte más firme del cuerpo es aquella que un continuo uso pone en movimiento.

No hay árbol sólido y fuerte fuera de aquel contra de que choca un viento continuo, pues gracias a la misma violenta sacudida se afirma y echa más hondas raíces; frágiles con los que en un abrigado valle creciendo. Les conviene, pues, a los mismos hombres buenos, para poder superar el miedo, vivir mucho tiempo rodeado de cosas que infunden temor y sobrellevar con ánimo sereno aquellos males que en realidad no so n sino para quien mal los soporta.

El esfuerzo llama a los mejores. El Senado sesiona muchas veces durante todo el día. Y, mientras tanto, el individuo más despreciable se esconde en una taberna o gasta su tiempo en algún círculo social.

Lo mismo sucede en esta gran república: los hombres buenos se esfuerzan, gastan y son gastados, y lo hacen con gusto. No son arrastrados por la fortuna, la siguen e igualan su marcha. Si pudieran conocer sus designios se le adelantarían.

A nada se me obliga, nada soporto contra mi voluntad, no sirvo a Dios sino que me identifico con su querer, tanto más cuanto sé que todas las cosas suceden confirme a una ley segura, establecida desde la eternidad.

Los destinos nos guían y al tiempo que a cada uno le queda lo determinó ya su hora primera. Un irrevocable curso conduce al mismo tiempo las cosas humanas y las divina.

El fuego prueba al oro, la desdicha a los hombres fuertes. Considera cuan alto debe ascender la virtud, advertirás que no se puede subir por senda segura.

Oído esto de Faetón, el animoso adolescente, dice: El camino m e agrada. Subo: tanto me importa ir allí, aún cuando haya de caer. No desiste Febo de atemorizar a aquel espíritu osado:

Aunque conserves el camino y ningún extravío te traicione, tendrás que andar por entre los cuernos del Toro.

Las palabras con las que crees atemorizarme me empujan adelante. Deseo pararme, firme, allí donde el mismo Sol tiembla. Es propio de un ser vil y cobarde marchar por lugares seguros: La virtud anda por las cumbres.

Con todo ¿por qué tolera dios que les suceda algo malo a los hombres buenos? A decir verdad Él no lo tolera: los libera de todos los males, de los crímenes y las acciones deshonrosas, de los malos pensamientos y los ávidos designios, del ciego deseo y la codicia de los bienes ajenos. Los protege y los defiende.

¿Por qué padecen ciertas cosas crueles? Para enseñar a los otros a padecer: nacieron para ser ejemplo.

Eso a quienes crees felices, si los consideras no en lo que salta a la vista sino en lo que está oculto, son desdichados, sucios e indecentes; a semejanza de las paredes de sus casas, están cuidados sólo por fuera.


Esta no es felicidad sólida sincera; es sólo revestimiento externo, y muy ligero por cierto. Así, mientras les es posible mantenerse en pie y mostrarse a su gusto, brillan y engañan, pero cuando sucede algo que los perturba y los pone de manifiesto, se hace patente cuan vasta y real fealdad escondía ese impropio esplendor.

Os he dado bienes seguros, permanentes, que cuando más uno los examina y por diversos lados los mira, mejores y más grandes parecen: os he permitido despreciar lo que se suele temer y mirar con desdén las pasiones. No brilláis por fuera, vuestros bienes están vueltos hacia adentro: de tal manera el Universo desprecia lo que es exterior a él, contento con mirarse a sí mismo. Dentro de vosotros he colocado todo vuestro bien; vuestra felicidad consiste en no necesitar la felicidad.

Pero sobrevienen muchas cosas tristes, horribles, duras de tolerar. Como no podía sustraeros a ellas, he armado contra todas ellas vuestros espíritus. Soportadlas con valentía.
Despreciad la pobreza: nadie vive tan pobre como ha nacido. Despreciad el dolor: o él será destruido o lo seréis vosotros. Despreciad la muerte: ella señala vuestro fin y os transfiere a otra vida. Despreciad la fortuna: no le he dado ningún dardo capaz de herir el alma.

No os he puesto para la salda dificultades tan grandes como para la entrada; la fortuna hubiera tenido sobre vosotros un gran poder si el hombre tardara en morir tanto como en nacer.
El espíritu no se oculta en las profundidades y para sacarlo afuera no se necesita el hierro.

Eso mismo se llama morir, el hecho de que el alma se separe del cuerpo, es más breve del que se necesita para captar tanta rapidez.

¿No os avergonzáis? Largo tiempo teméis lo que tan rápido pasa.

 

De la Pobreza

 

COMPUESTO DE VARIAS SENTENCIAS

 

Epicuro dijo que la honesta pobreza era una cosa alegre; y debiera decir que siendo alegre, no es pobreza; porque el que con ella se aviene bien, ese solo es rico, y no es pobre el que tiene poco, sino el que desea más; pues aprovecha poco al rico lo que tiene encerrado en el arca y en los graneros, los rebaños de ganado y la cantidad de censos, si tras eso anhela lo ajeno, y si tiene el pensamiento, no sólo en lo adquirido, sino en lo que codicia adquirir.

 

Pregúntame cuál será el término de las riquezas. Lo primero es tener lo necesario, y lo segundo poseer lo que basta. No habrá quien goce de vida tranquila mientras cuidare con demasía de aumentar su hacienda, y ninguna aprovechará al que la poseyere, si no tuviere dispuesto el ánimo para la pérdida de ella.

Por ley de naturaleza se debe juzgar rico el que goza de una compuesta pobreza, pues ella se contenta con no padecer hambre, sed, ni frío. Y para conseguir esto no es necesario asistir a los soberbios umbrales de los poderosos, ni surcar con tempestades los no conocidos mares, ni seguir la sangrienta milicia; pues con facilidad se halla lo que la naturaleza pide.

 

Para lo superfluo y no necesario se suda; por esto se humillan las garnachas, y esto es lo que nos envejece en las pretensiones y lo que nos hace naufragar en ajenas riberas. Porque lo suficiente para la vida, con facilidad se halla; siendo rico aquel que se aviene bien con la pobreza, contentándose de una honesta moderación. El que no juzga sus cosas muy amplias, aunque se vea señor del mundo, se tendrá por infeliz. Ninguna cosa es tan propia del hombre, como aquella en que no hay útil considerable para quien se la quita. En tu cuerpo hay muy corta materia para robos; pues nadie, o por lo menos pocos derraman la sangre humana por solo derramarla. El ladrón deja pasar al desnudo pasajero, y para el pobre aun en los caminos sitiados hay seguridad. Aquel abunda más de riquezas que menos necesita de ellas. Y si vivieres conforme a las leyes de la naturaleza, jamás serás pobre; si con las de la opinión, jamás serás rico; porque siendo muy poco lo que la naturaleza pide, es mucho lo que pide la opinión. Si sucediere juntarse en ti todo aquello que muchos hombres ricos poseyeron, y si la fortuna te adelantare a que tengas más dinero del que con modo ordinario se consigue, si te cubriese de oro y te adornase de púrpura, y te pusiere en tantas riquezas y deleites, que no sólo te permita el poseer muchos bienes, sino el hollarlos, dándote estatuas y pinturas y todo aquello que el arte labra en plata y oro para servir a la destemplanza, de estas mismas cosas aprenderás a codiciar más. Los deseos naturales son finitos, y al contrario, los que se originan de falsa opinión no tienen fin; porque a lo falso no hay límites, habiéndole para la verdad.

Apártate, pues, de las cosas vanas, y cuando quieras conocer si el deseo que tienes es natural o ambicioso, considera si tiene algún término fijo donde parar, y si después de haber pasado muy adelante le quedare alguna parte más lejos a donde aspire, entenderás que no es natural.

 

En las adversidades es cosa fácil despreciar la vida; pero el que puede sufrir la calamidad, ése muestra mayor valentía. A muchos les fue el adquirir riquezas, no fin de las miserias, sino mudanza de ellas; porque la culpa no está en las cosas, sino en el ánimo. Esto mismo que hizo no fuese grave la pobreza, hará que lo sean las riquezas. Al modo que al enfermo no le es de consideración ponerle en cama de madera o de oro, porque a cualquiera que le mudes, lleva consigo la enfermedad; así tampoco hace al caso que el ánimo enferme en riquezas o en pobreza, pues siempre le sigue su indisposición.

 

Comienza a tener amistad con la pobreza; atrévete a despreciar las riquezas, y luego te podrás juzgar sujeto digno para servir a Dios, porque ninguno otro es merecedor de su amistad sino el que desprecia las riquezas. Yo no te prohíbo las posesiones; pero querría alcanzar de ti que las poseas sin recelos, lo cual conseguirás con sólo juzgar que podrás vivir sin tenerlas, y si te persuadieres a recibirlas como cosas que se te han de ir, aparta de tu amistad al que no te busca a ti por ti, sino porque eres rico. La pobreza debe ser amada, porque te hace demostración de los que te aman.

 

La pobreza, ajustada con las leyes de la naturaleza, es una riqueza muy grande; y al contrario, la riqueza grande es una continua inquietud, que desvaneciendo el cerebro, le altera, haciendo que en ninguna cosa esté firme: a unos irrita contra otros, a unos llama a la potencia, y a otros hace desvanecidos, y a muchos afeminados.

Tienen las riquezas esta causa antecedente, que ensoberbecen el ánimo, engendran soberanía y arrogancia, con que despiertan la envidia, y de tal manera enajenan el entendimiento, que aun sola la opinión de ricos nos alegra, siendo muchas veces dañosa.

Conviene, pues, que todos los bienes carezcan de culpa; que los que son de esta manera son puros y no corrompen ni distraen el ánimo, y si lo levantan y deleitan, es sin recelos. Las cosas buenas dan grandeza de ánimo, y las riquezas dan insolencia.

 


De la Brevedad de la Vida


La mayor parte de los hombres, oh Paulino, se queja de la naturaleza, culpándola de que nos haya criado para edad tan corta, y que el espacio que nos dio de vida corra tan veloz, que vienen a ser muy pocos aquellos a quien no se les acaba en medio de las prevenciones para pasarla. Y no es sola la turba del imprudente vulgo la que se lamenta de este opinado mal; que también su afecto ha despertado quejas en los excelentes varones, habiendo dado motivo a la ordinaria exclamación de los médicos, que siendo corta la vida, es largo y difuso el arte.

 

Lo cierto es que la vida que se nos dio no es breve, nosotros hacemos que lo sea; y que no somos pobres, sino pródigos del tiempo; sucediendo lo que a las grandes y reales riquezas, que si llegan a manos de dueños poco cuerdos, se disipan en un instante; y al contrario, las cortas y limitadas, entrando en poder de próvidos administradores, crecen con el uso. Así nuestra edad tiene mucha latitud para los que usaren bien de ella.

A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres; a unos lleva por diversas tierras y mares la despeñada codicia de mercancías, con esperanzas de ganancia; a otros atormenta la militar inclinación, sin jamás quedar advertidos con los ajenos peligros ni escarmentados con los propios. Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre; a muchos detiene la emulación de ajena fortuna, o el aborrecimiento de la propia; a otros trae una inconstante y siempre descontenta liviandad, vacilando entre varios pareceres; y algunos hay que no agradándose de ocupación alguna a que dirijan su carrera, los hallan los hados marchitos, y voceando de tal manera, que no dudo ser verdad lo que en forma de oráculo dijo el mayor de los poetas: pequeña parte de vida es la que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. Por todas partes los cercan apretantes vicios, sin dar lugar a que se levanten jamás, y sin permitir que pongan los ojos en el rostro de la verdad; y teniéndolos sumergidos y asídos en sus deseos, los oprimen.

 

Nunca se les da lugar a que vuelvan sobre sí, y si acaso tal vez les llega alguna no esperada quietud, aun entonces andan fluctuando, sucediéndoles lo que al mar, en quien después de pacificados los vientos quedan alteradas las olas, sin que jamás les solicite el descanso a dejar sus deseos. ¿Piensas que hablo de solos aquellos cuyos males son notorios? Pon los ojos en los demás, a cuya felicidad se arriman muchos, y verás que aun éstos se ahogan con sus propios bienes.

 

¿A cuántos son molestas sus mismas riquezas? ¿A cuántos ha costado su sangre el vano deseo de ostentar su elocuencia en todas ocasiones? ¿Cuántos con sus continuos deleites se han puesto pálidos? ¿A cuántos no ha dejado un instante de libertad el frecuente concurso de sus paniaguados? Pasa, pues, desde los más ínfimos a los más empinados, y verás que éste ahoga, el otro asiste, aquél peligra, éste defiende, y otro sentencia, consumiéndose los unos en los otros.

 

Pregunta la vida de estos cuyos nombres se celebran, y verás que te conocen por las señales, que éste es reverenciador de aquél, aquél del otro, y ninguno de sí. Con lo cual es ignorantísima la indignación de algunos que se quejan del sobrecejo de los superiores cuando no los hallan desocupados yendo a visitarlos. ¿Es posible que los que, sin tener ocupación, no están jamás desocupados para sí mismos, han de tener atrevimiento para condenar por soberbia lo que quizá es falta de tiempo? El otro, séase el que se fuere, por lo menos tal vez, aunque con rostro mesurado puso los ojos en ti, tal vez te oyó, y tal vez te admitió a su lado, y tú jamás te has dignado de mirarte ni oírte.

 

No hay para qué cargues a los otros estas obligaciones, pues cuando fuiste a buscarlos, no fue tanto para estar con ellos, cuanto porque no podías estar contigo. No consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstrense miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia. Deseo llamar alguno de los ancianos, y pues tú lo eres, habiendo llegado a lo último de la edad humana, teniendo cerca de cien años o más, ven acá, llama a cuentas a tu edad. Dime, ¿cuánta parte de ella te consumió el acreedor, cuánta el amigo, cuánta la República y cuánta tus allegados, cuánta los disgustos con tu mujer, cuánta el castigo de los esclavos, cuánta el apresurado paseo por la ciudad? Junta a esto las enfermedades tomadas con tus manos, añade el tiempo que se pasó en ociosidad, y hallarás que tienes muchos menos de los que cuentas. Trae a la memoria si tuviste algún día firme determinación, y si le pasaste en aquello para que le habías destinado.

 

Qué uso tuviste de ti mismo, cuándo estuvo en un ser el rostro, cuándo el ánimo sin temores; qué cosa hayas hecho para ti en tan larga edad; cuántos hayan sido los que te han robado la vida, sin entender tú lo que perdías; cuánto tiempo te han quitado el vano dolor, la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida conversación: y viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás que mueres malogrado.

 

Oirás decir a muchos que en llegando a cincuenta años se han de retirar a la quietud, y que el de sesenta les jubilará de todos los oficios y cargos. Dime, cuando esto propones, ¿qué seguridad tienes de más larga vida? ¿Quién te consentirá ejecutar lo que dispones? ¿No te avergüenzas de reservarte para las sobras de la vida, destinando a la virtud sólo aquel tiempo que para ninguna cosa es de provecho? ¡Oh cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar! ¡Qué necio olvido de la mortalidad es diferir los santos consejos hasta los cincuenta años, comenzando a vivir en edad a que son pocos los que llegan!

 

El divo Augusto, a quien los dioses concedieron más bienes que a otro alguno, andaba siempre deseando la quietud, y pidiendo le descargasen del peso de la república. Todas sus pláticas iban enderezadas a prevenir descanso, y con este dulce aunque fingido consuelo de que algún día había de vivir para sí, entretenía sus trabajos. En una carta que escribió al Senado, en que prometía que su descanso no sería desnudándose de la dignidad, ni desviándose de su antigua gloria, hallé estas palabras: «Aunque estas cosas se pueden hacer con más gloria que prometerse; pero la alegría de haber llegado al deseado tiempo, me ha puesto tan adelante, que aunque hasta ahora me detiene el gusto de los buenos sucesos, me recreo y recibo deleite con la dulzura de estas pláticas.» De tan grande importancia juzgaba ser la quietud, que ya no podía conseguirla se deleitaba en proponerla. Aquel que veía pender todas las cosas de su voluntad, y el que hacía felices a todas las naciones; ese cuidaba gustoso del día en que se había de desnudar de aquella grandeza. Conocía con experiencia cuánto sudor le habían costado aquellos bienes, que en todas partes resplandecen, y cuánta parte de encubiertas congojas encierran, habiéndose hallado forzado a pelear primero con sus ciudadanos, después con sus compañeros, y últimamente con sus deudos.

 

Habiendo Livio Druso, hombre áspero y vehemente, removido las nuevas leyes y los daños de Graco, estando acompañado de grande concurso de toda Italia, no habiendo antevisto el fin de las cosas, que no podía ejecutar, ni tenía libertad para retroceder en ellas, detestando su vida desde la niñez inquieta, se cuenta que dijo que él solo era quien siendo muchacho no había tenido un día de descanso. Atrevióse antes de salir de la edad pupilar y de quitarse la ropa pretexta a favorecer con los jueces las causas de los culpados, interponiendo su favor con tanta eficacia, que consta haber violentado algunos pareceres. ¿Hasta dónde no había de llegar tan anticipada ambición? Claro está que aquella tan acelerada audacia había de parar en grande mal particular y público. Tarde, pues, se quejaba de que no había tenido un día de quietud, habiendo sido sedicioso desde niño y pesado a los Tribunales. Dúdase si se mató él mismo: porque cayó habiendo recibido una repentina herida en la ingle; dudando alguno si en él fue la muerte voluntaria o venida en sazón. Lo cierto es que aunque llegue nuestra vida a mil años, se reduce a ser muy corta. En cada siglo se consumen todas las cosas, siendo forzoso que este espacio de tiempo en que, aunque corre la naturaleza, la apresura la razón, se nos huya con toda ligereza: porque ni impedimos ni detenemos el curso de la cosa más veloz, antes consentimos se vaya como si no fuere necesaria y se pudiese recuperar.

Los que pecan engañados con apariencia de gloria vana, yerran con cubierta de bien. Ora me hables de los avarientos, ora de los airados, ora de los guerreros, todos éstos pecan más varonilmente; pero la mancha de los inclinados a sensualidad y deleites es torpe.

 

Examina los días de éstos, mira el tiempo que se les va en contar, en acechar, en temer, en reverenciar, y cuánto tiempo les ocupan sus conciertos y los ajenos, cuánto los convites (que ya vienen a tenerse por oficio), y conocerás que ni sus males ni sus bienes los dejan respirar: finalmente, es doctrina comúnmente recibida que ninguna acción de los ocupados en estas cosas puede ser acertada, no la elocuencia ni las artes liberales; porque el ánimo estrechado no es capaz de cosas grandes, antes las desecha como holladas; y el hombre ocupado en ninguna cosa tiene menor dominio que en su vida, por ser dificultosísima la ciencia de vivir.

 

De las demás artes dondequiera se encuentran muchos profesores, y algunas hay que aun los muy niños las han aprendido de modo que las pudieran enseñar; mas la de vivir, toda la vida se ha de ir estudiando, y lo que más se debe ponderar es que toda ella se ha de gastar en aprender a morir.

 

Muchos grandes varones, habiendo dejado todos los embarazos, renunciando las riquezas, oficios y entretenimientos, no se ocuparon en otra cosa hasta el remate de su vida, sino en el arte de saber vivir: y muchos de ellos murieron confesando que aún no habían llegado a conseguirlo: ¿cómo, pues, lo sabrán los que no lo estudian? Créeme que es de hombres grandes, y que sobrepujan a los humanos errores, no consentir que se les usurpe un instante de tiempo, con lo cual viene a ser larguísima su vida, porque todo lo que ella se extendió fue para ellos, no consintiendo hubiese cosa ociosa y sin cultivar; no entregaron parte alguna al ajeno dominio, porque no hallaron equivalente recompensa con que permutar el tiempo; y así fueron vigilantísimos guardadores de él, con lo cual les fue suficiente.

 

Éstos, a quien la grande felicidad apesga, oirás exclamar entre la caterva de sus paniaguados, o en el despacho de los negocios, o en las demás honrosas miserias, que no les es permitido vivir. ¿Qué maravilla que no se les permita? Todos aquellos que se te allegan te apartan de ti.

 

Haz (te ruego) un avanzo, y cuenta los días de tu vida y verás cuán pocos y desechados han sido los que has tenido para ti. El otro que llegó a conseguir el consulado que tanto pretendió, desea dejarlo y dice: «¿Cuándo se acabará este año?» Tiene el otro a su cargo las fiestas, habiendo hecho gran aprecio de que le cayó por suerte la comisión, y dice: «¿Cuándo saldré de este cuidado?» Escogen a uno para abogado entre todos los demás, y llénase el Tribunal de gente para oírle, aun hasta donde no alcanza su voz, y dice: «¿Cuándo se acabará de sentenciar este pleito?» Cada cual precipita su vida, trabajando con el deseo de lo futuro y con el hastío de lo presente.

 

Pero aquel que aprovecha para sí todo su tiempo, y el que ordena todos sus días para que le sean de vida, ni desea ni teme al día venidero: porque ¿qué cosa le puede arrancar que le sea disgusto? Conocidas tiene con hartura todas las cosas; en lo demás disponga la fortuna como quisiere, que ya la vida de éste está en puerto seguro; podrásele añadir algo, pero quitar no.

 

No juzgues, pues, que alguno ha vivido mucho tiempo por verle con canas y con arrugas; que aunque ha estado mucho tiempo en el mundo, no ha vivido mucho. ¿Dirás tú, por ventura, que navegó mucho aquel que habiendo salido del puerto le trajo la cruel tempestad de una parte a otra, y forzado de la furia de encontrados vientos, anduvo dando bordos en un mismo paraje? Éste, aunque padeció mucho, no navegó mucho.

 

No hay quien pueda restituirte los años, y ninguno te restituirá a ti mismo: la edad proseguirá el camino que comenzó, sin volver atrás ni detenerse; ¿Qué se seguirá de esto? Que mientras tú estás ocupado huye aprisa la vida, llegando la muerte, para la cual, quieras o no quieras, es forzoso desocuparte.

 

Ninguno otro, sino aquel que reguló sus acciones con el nivel de la buena conciencia (que jamás se deja engañar culpablemente), hace con gusto reflexión en la vida pasada; pero el que con ambición deseó muchas cosas, el que las despreció con soberanía y las adquirió con violencia, el que engañó con asechanzas, robó con avaricia y despreció con prodigalidad, es forzoso tema a su misma memoria.

 

Pero los días del tiempo pasado, siempre que se lo mandares, parecerán en tu presencia, consintiendo ser detenidos para ser residenciados a tu albedrío; si bien para este examen falta tiempo a los ocupados; que el discurrir sobre toda la vida pasada, es dado solamente a los entendimientos quietos y sosegados. Los ánimos de los entretenidos están como debajo de yugo; no pueden mirarse ni volver la cabeza. Anegóse, pues, su vida, y aunque le añadas lo que quisieres, no fue de más provecho que lo es la nada, si no exceptuaron y reservaron alguna parte. De poca importancia es el darles largo tiempo, si no hay en qué haga asiento y se guarde; piérdeseles por los rotos y agujereados ánimos. Mendigan los viejos decrépitos, a fuerza de votos, el aumento de algunos pocos años. Cuando algún accidente les advierte la mortalidad, mueren como atemorizados, no como los que salen de la vida, sino como excluidos de ella. Dicen a voces que fueron ignorantes en no haber vivido, y que si escapan de aquella enfermedad, han de vivir en descanso; conocen entonces cuán en vano adquirieron los bienes que no han de gozar, y cuán perdido fue todo afán.

 

No son ociosos aquellos cuyos deleites los traen afanados, y nadie duda que los que se ocupan en estudios de letras inútiles, de que ya entre los romanos hay muchos, fatigándose no poco, obran nada. Enfermedad fue de los griegos investigar qué número de remeros tuvo Ulises; si se escribió primero la Iliada o la Odisea; si son entrambos libros de un mismo autor, con otras impertinencias de esta calidad, que calladas, no ayudan a la conciencia, y dichas, no dan opinión de más docto, sino de más enfadoso. Advierte cómo se ha ido apoderando de los romanos la inútil curiosidad de aprender lo no necesario.

 

Permítase también esto; pero ¿qué fruto tiene el saber que Pompeyo fue el primero que metió en el Coliseo dieciocho elefantes que peleasen en modo de batalla con los hombres delincuentes? El príncipe de la ciudad, y el mejor de los príncipes, como publica la fama, siendo de perfecta bondad, tuvo por fiestas dignas de memoria matar por nuevo modo los hombres. ¿Pelean? Poco es. ¿Despedázanse? Poco es; queden oprimidos con el grave peso de aquellos animales. Harto mejor fuera que semejantes cosas se olvidaran, porque no hubiera después algún hombre poderoso que aprendiera y envidiara tan inhumana vanidad.

 

Juzgó aquel que entonces se empinaba sobre la naturaleza, cuando exponía tanta muchedumbre de miserables hombres a las bestias nacidas debajo de otros climas, cuando levantaba guerras entre tan desiguales animales; cuando derramaba mucha gente en la presencia del pueblo romano, a quien poco después había de forzar a que derramara mucha, y él mismo después, engañado por la maldad alejandrina, se entregó a la muerte por mano de un vil esclavo, conociéndose entonces la vana jactancia de su sobrenombre. Diciendo otras innumerables cosas que, o son fingidas, o semejantes a ficciones; porque aunque les concedas escriban estas cosas con buena fe y con riesgo de su crédito, dime: ¿qué culpas se enmendarán con esta doctrina? ¿Qué deseos enfrena? ¿A quién hace más justo y más liberal?

 

Solos aquellos gozan de quietud que se desocupan para admitir la sabiduría, y solos ellos son los que viven; porque no sólo aprovechan su tiempo, sino que le añaden todas las edades, haciendo propios suyos todos los años que han pasado; porque si no somos ingratos, es forzoso confesar que aquellos clarísimos inventores de las sagradas ciencias nacieron para nuestro bien y encaminaron nuestra vida: con trabajo ajeno somos adiestrados al conocimiento de cosas grandes, sacadas de las tinieblas a la luz. Ningún siglo nos es prohibido, a todos somos admitidos; y si con la grandeza de ánimo quisiéramos salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana, habrá mucho tiempo en que poder espaciarnos.

 

Podremos disputar con Sócrates, dificultar con Carnéades, aquietarnos con Epicuro, vencer con los estoicos la inclinación humana, adelantarla con los cínicos, y andar juntamente con la naturaleza en compañía de todas las edades. ¿Cómo, pues, en este breve y caduco tránsito del tiempo no nos entregamos de todo corazón en aquellas cosas que son inmensas y eternas y se comunican con los mejores?

 

Éstos a todas horas de día y de noche se dejan comunicar de todos; ninguno de ellos te forzará a la muerte, y todos ellos te enseñarán a morir. Ninguno hollará tus años, antes te contribuirán de los suyos. Ninguna conversación suya te será peligrosa; no será culpable su amistad ni costosa su veneración. Tendrá con quien deliberar de las materias grandes y pequeñas, a quien consultar cada día en sus negocios, y de quien oír verdades sin injurias, y alabanzas sin adulación, y una idea cuya semejanza imite. Solemos decir que no estuvo en nuestra potestad elegir padres, habiéndonoslos dado la fortuna; con todo eso, habiendo tantas familias de nobilísimos ingenios, nos viene a ser lícito nacer a nuestro albedrío.

 

Escoge a cuál de ellas quieres agregarte, que no sólo serás adoptado en el apellido, sino para gozar aquellos bienes que no se dan para guardarlos con malignidad y bajeza, siendo de calidad que se aumentan más cuando se reparten en más.

 

Estas cosas te abrirán el camino para la eternidad, colocándote en aquella altura de la cual nadie será derribado. Sólo este medio hay con que extender la mortalidad, o para decirlo mejor, para convertirla en inmortalidad. Las honras y las memorias, y todo lo demás, que o por sus decretos dispuso la ambición, o levantó con fábricas, con mucha brevedad se deshace; no hay cosa que no destruya la vejez larga, consumiendo con más prisa lo que ella misma consagró. Sólo a la sabiduría es a quien no se puede hacer injuria; no la podrá borrar la edad presente, ni la disminuirá la futura, antes la que viene añadirá alguna parte de veneración; porque la envidia siempre hace su morada en lo cercano, y con más sinceridad nos admiramos de lo más remoto.

 

Tiene, pues, la vida del sabio grande latitud, no la estrechan los términos que a la de los demás; él sólo es libre de las leyes humanas; sírvenle todas las edades como a Dios; comprende con la recordación el tiempo pasado, aprovechándose del presente, y dispone el futuro; con lo cual, la unión de todos los tiempos hace que sea larga su vida; siendo muy corta y llena de congojas la de aquellos que se olvidan de lo pasado, no cuidan de lo presente y temen lo futuro, y cuando llegan a sus postrimerías, conocen tarde los desdichados que estuvieron ocupados mucho tiempo en hacer lo que en sí es nada.

 

Los mayores bienes son congojosos, y nunca se ha de dar menos crédito a la fortuna que cuando se muestra favorable. Para conservarnos en una buena dicha, necesitamos de otra y de hacer votos para que duren los buenos sucesos; porque todo lo que viene de mano de la fortuna es inestable, y lo que subió más alto está en mayor disposición de caída, sin que cause deleite lo que amenaza ruina: y así es forzoso que no sólo sea brevísima, sino miserable la vida de aquellos que con gran trabajo adquieren lo que con mayor han de poseer. Consiguen con su sudor lo que desean, y poseen con ansias lo que adquirieron con trabajo; y con esto no cuidan del tiempo, que pasando una vez, jamás ha de volver. A las antiguas ocupaciones sustituyen otras de nuevo; una esperanza despierta a otra, y una ambición a otra ambición.

 

Desvíate, pues, oh clarísimo Paulino, del vulgo, y recógete a más seguro puerto, y no sea como arrojado por la vejez. Acuérdate de los mares que has navegado, las tormentas propias que has padecido y las que, siendo públicas, has hecho tuyas. Suficientes muestras ha dado tu virtud en inquietas y trabajosas ocasiones; experimenta ahora lo que hace en la quietud.

 

Recógete a estas cosas, más tranquilas, más seguras y mayores. ¿Piensas que es igual ocupación cuidar que el trigo se eche en los graneros, sin que la fraude o negligencia de los que le portean le hayan maleado, atendiendo a que con la humedad no se dañe o es caliente, para que responda al peso y medida?, ¿o el llegarte a estas cosas sagradas y sublimes, habiendo de alcanzar con ellas la naturaleza de los dioses?

 

¿Y qué deleite, qué estado, qué fortuna, qué suceso espera tú alma, y en qué lugar nos ha de poner la naturaleza cuando estemos apartados de los cuerpos? ¿Qué cosa sea la que sustenta todas las cosas pesadas del mundo, levantando al fuego a lo alto, moviendo en su curso las estrellas, con otras mil llenas de maravillas? ¿Quieres tú, dejando lo terreno, mirar con el entendimiento éstas superiores?

 

Ahora, pues, mientras la sangre está caliente, los vigorosos han de caminar a lo mejor. En este género de vida te espera mucha parte de las buenas ciencias, el amor y ejercicio de la virtud, el olvido de los deleites, el arte de vivir y morir y, finalmente, un soberano descanso.

 

Cuando vieres, pues, a los que van pasando de una a otra judicatura, ganando opinión en los tribunales, no les envidies; todo eso se adquiere para pérdida de la vida; y para que sólo se cuente el año de su consulado, destruirán todos sus años. A muchos desamparó la edad mientras trepando a la cumbre de la ambición luchaban con los principios; a otros, después de haber arribado por mil indignidades a las dignidades supremas, les llega un miserable desengaño de que todo lo que han trabajado ha sido para el epitafio del sepulcro. Torpe es aquel a quien, estando en edad mayor, coge la muerte ocupado en negocios de no conocidos litigantes, procurando las lisonjas del ignorante vulgo; y torpe aquel que, antes cansado de vivir que de trabajar, murió entre sus ocupaciones. Torpe el enfermo de quien, por verle ocupado en sus cuentas, se ríe el ambicioso heredero.

 

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