* Oscar Wilde *

 

Índice


 

--1-- Biografía

 

--2-- Frases de Oscar

 

--3-- El Amigo  Fiel

 

 

 

 

 

  * Biografía*  


Oscar Wilde (1854-1900):  


Novelista, poeta, crítico literario y autor teatral de origen irlandés, gran exponente del esteticismo cuya principal característica era la defensa del arte por el arte. Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854, en Dublín y estudió en el Trinity College de esa ciudad. De joven solía participar en las reuniones literarias organizadas por su madre.


Más tarde, mientras estudiaba en la Universidad de Oxford, destacó en el estudio de los clásicos y escribió poesía; su extenso poema Ravenna ganó el prestigioso premio Newdigate en 1878, y convirtió el estilo bohemio de su juventud en una filosofía de vida. De carácter excéntrico, el joven Wilde llevaba el pelo largo y vestía pantalones de montar de terciopelo. Su habitación estaba repleta de objetos de arte y elementos decorativos, como girasoles, plumas de pavo real y porcelanas chinas.


Sus actitudes y modales fueron repetidamente ridiculizados en la publicación satírica Punch y en la ópera cómica de Gilbert y Sullivan Paciencia. A pesar de ello, su ingenio y su talento le hicieron ganar innumerables admiradores. Su primer libro fue Poemas (1881), y su primera obra teatral, Vera o los nihilistas (1882), se representó por primera vez en Nueva York, ciudad en la que el autor se encontraba por entonces de paso en una larga gira de conferencias por los Estados Unidos. Tras ella, se estableció en Londres y, en 1884, se casó con una mujer irlandesa muy rica, Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos.


A partir de entonces, se dedicó exclusivamente a la literatura. En 1895, en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a toda la mojigata clase media de la Inglaterra victoriana. Wilde, que había mantenido una íntima amistad con lord Alfred Douglas, fue acusado por el padre de éste, el marqués de Queensberry, de sodomía. Se le declaró culpable en el juicio, celebrado en mayo de 1895, y, condenado a dos años de trabajos forzados; salió de la prisión arruinado material y espiritualmente. Pasó el resto de su vida en París, bajo el nombre falso de Sebastian Melmoth.


Se convirtió al catolicismo el 30 de noviembre de 1900, poco antes de morir de meningitis. Su única novela, El retrato de Dorian Gray (1891), es una melodramática historia de decadencia moral, que destaca por su brillante estilo epigramático. Aunque el autor describe todo el proceso de la corrupción del protagonista y, a través del sorprendente final, defiende la lucha contra la degradación moral, los críticos de su tiempo continuaron considerándole un inmoral. Las obras teatrales más personales e interesantes de Wilde fueron las cuatro comedias El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895) y La importancia de llamarse Ernesto (1895), caracterizadas por unos argumentos hábilmente entretejidos y por sus ingeniosos diálogos. A pesar de su escasa experiencia dramática, consiguió demostrar un talento innato para los efectos teatrales y para la farsa, y aplicó a estas obras algunos de los métodos creativos que solía utilizar en sus restantes obras, como las paradojas en forma de refrán inverso, algunas de las cuales han llegado a hacerse muy famosas:


“Experiencia es el nombre que cada uno da a sus propios errores” o “¿Qué es un cínico? Una persona que conoce el precio de todo y no da valor a nada”. En contraste con sus comedias, Salomé es una obra teatral seria sobre la pasión obsesiva. Durante muchos años, el nombre de Oscar Wilde sobrellevó el estigma impuesto por la puritana sociedad victoriana. En la actualidad, el artista que se esconde tras ese nombre ha sido reconocido como un brillante crítico social, y sus obras mantienen una vigencia universal.



 

Frases de Wilde

 

- A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

 

- No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

 

- Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas.

 

- Uno debería estar siempre enamorado. Por eso jamás deberíamos casarnos.

 

- Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.

 

- Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.

 

- La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.

 

- Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.

 

- No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

 

- En el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza.

 

- Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.

 

- Es bastante difícil no ser injusto con lo que uno ama.

 

Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir. - No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea.

 

- El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.

 

- El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos.

 

- Cuando se está enamorado, comienza uno por engañarse a sí mismo y acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela.

 

- Cómo tener confianza de una mujer que le dice a uno su verdadera edad. Una mujer capaz de decir esto es capaz de decirlo todo.

 

- Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones.

 

- Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.

 

- Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.

- Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran.

 

- Los músicos son terriblemente irrazonables. Siempre quieren que uno sea totalmente mudo en el preciso momento que uno desea ser completamente sordo.

 

- Cuando me da por pensar de noche en mis defectos, me quedo dormido inmediatamente.

 

- Ser natural es la más difícil de las poses.

- Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas.

- El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como se quiere que sean.

 

- El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.

 

- Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tienen tiempo, ¡están siempre tan ocupadas en estar celosas de los maridos de las demás...!

 

Tengo gustos simples. Me satisfago con lo mejor.

 

- Estar alerta, he ahí la vida; yacer en la tranquilidad, he ahí la muerte.

 

- Un capricho se diferencia de una gran pasión en que el capricho dura toda la vida.

 

- Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho.

 

- En el mundo común de los hechos, los malos no son castigados y los buenos recompensados. El éxito se lo llevan los fuertes y el fracaso los débiles.

 

- Como mala persona soy un completo desastre. Hay montones de gente que afirman que no he hecho nada malo en toda mi vida. Por supuesto sólo se atreven a decirlo a mis espaldas.

 

- Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista.

 

- Para la mayoría de nosotros la verdadera vida es la vida que no llevamos.

 

- Después de todo, ¿qué es la moda? Desde el punto de vista artístico una forma de fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses.

 

- La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.

 

- Escojo a mis amigos por su buena apariencia, a mis conocidos por su carácter y a mis enemigos por su razón.

 

- Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido.

 

- Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima.

 

- Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante.

 

- Logro resistirlo todo, salvo la tentación.

 

- Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre siento que debo estar equivocado.

 

La educación es algo admirable, sin embargo, es bueno recordar, que nada que valga la pena se puede enseñar.

 

- Resulta de todo punto monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente y completamente ciertas.

 

- Sólo hay una cosa en el mundo peor que estar en boca de los demás, y es no estar en boca de nadie.

 

- Todos matan lo que aman: el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada.

 

- Lo único que se conseguirá diciendo siempre la verdad es ser siempre descubierto.

 

- Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad.

 

- El deber es lo que esperamos que hagan los demás, no lo que hacemos nosotros mismos.

 

- La diferencia entre literatura y periodismo es que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída.

 

- El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.

 

- La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse.

 

- Los viejos lo creen todo; los adultos todo lo sospechan; mientras que los jóvenes todo lo saben.

 

- Sólo los superficiales llegan a conocerse a sí mismos.

 

- Mejor ser un cohete caído que no haber resplandecido nunca.

 

- Un sentimental es un hombre que ve un absurdo valor en todo, y no conoce el precio fijo de nada.

 

- Más veces descubrimos nuestra sabiduría con nuestros disparates que con nuestra ilustración.

 

- En estos tiempos los jóvenes piensan que el dinero lo es todo, algo que comprueban cuando se hacen mayores.

Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, e insoportablemente presumidos cuando no lo son.

 

- Se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable.

 

- Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos.

 

- El hombre puede creer en lo imposible, pero no creerá nunca en lo improbable.

 

- No soy tan joven como para saberlo todo.

 

- La rebeldía a los ojos de todo aquel que haya leído algo de historia, es la virtud original del hombre.

 

- Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.

 

- Matar es una estupidez. Nunca debe hacerse nada de lo que no se pueda hablar en la sobremesa.

 

- Un tonto nunca se repone de un éxito.

 

- Hay pecados cuya fascinación está más en el recuerdo que en la comisión de ellos.

 

- El único encanto del pasado consiste en que es el pasado.

 

- Nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento.

 

- El arte es la forma más intensa de individualismo que el mundo ha conocido.

 

- La tierra es un teatro, pero tiene un reparto deplorable.

 

- Me gusta contemplar a los hombres geniales y escuchar a las mujeres hermosas.

 

- Jamás viajo sin mi diario. Siempre debería llevarse algo estupendo para leer en el tren.

 

- Los buenos terminan felices; los malos, desgraciados. Eso es la ficción.

 

En asuntos de vital importancia, el estilo, y no la sinceridad, es lo verdaderamente vital.

 

- Es terriblemente triste eso de que el talento dure más que la belleza.

 

- Cualquiera puede hacer una cosa, el mérito está en hacer creer al mundo que uno lo ha hecho.

 

- Como no fue genial, no tuvo enemigos.

 

- A mí dadme lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo.

 

- Los libros que el mundo llama inmorales son los que muestran su propia vergüenza.

 

- Los niños son siempre el símbolo del eterno matrimonio entre el amor y el deseo.

 

- El valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expresa.

 

- El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible.

 

- Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.

 

- La ambición es el último refugio de todo fracaso.

 

- Sólo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan, sin duda por eso mismo las opiniones imparciales carecen de valor.

 

- Mientras que para la sociedad no existe mayor pecado que la vida contemplativa, los más cultos opinan que la contemplación es la ocupación natural del hombre.

 

- Mientras la guerra sea considerada como mala, conservará su fascinación. Cuando sea tenida por vulgar, cesará su popularidad.

 

- Cuanto más conservadoras son las ideas, más revolucionarios los discursos.

 

- En esta vida la primera obligación es ser totalmente artificial. La segunda todavía nadie la ha encontrado.

 

- Parecer discreto vale tanto como entender una cosa, y es mucho más fácil.

 

- Una sociedad se embrutece más con el empleo habitual de los castigos que con la repetición de los delitos.

 

- Que un hombre muera por una causa no significa nada en cuanto al valor de la causa.

 

Siempre es bueno dar consejos, pero darlos buenos es fatal.

 

- Las tragedias de los otros son siempre de una banalidad exasperante.

 

- En los mejores días del arte no existían los críticos del arte.

 

- El único deber que tenemos con la historia es rescribirla.

 

- Se llama matrimonio de conveniencia a un matrimonio de personas que no se convienen en absoluto.

 

- Sólo publican memorias aquellas personas que ya han perdido totalmente la memoria.

 

- Cualquiera puede hacer historia; pero sólo un gran hombre puede escribirla.

 

 

 


 

 

 El Amigo Fiel

 

 

Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos tupidos bigotes grises. Su cola parecía un largo elástico negro. Unos patitos nadaban en el estanque semejante a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, esforzábase en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.

 

-No podréis ir nunca a la buena sociedad si no aprendéis a meter la cabeza -les decía. Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.

 

-¡Qué criaturas más desobedientes! -exclamó la rata de agua- ¡Merecían ahogarse verdaderamente! -¡No lo quiera Dios! -replicó la pata-.

 

-Todo tiene sus comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los padres.

 

-¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos paternos -dijo la rata de agua- No soy padre de familia.

Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo. Indudablemente el amor es una buena cosa a su manera; pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.

 

-Y, digame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de los deberes de un amigo fiel? -preguntó un pardillo verde que había escuchado la conversación posado sobre un sauce retorcido.

 

-Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber -dijo la pata, y nadando hacia el extremo del estanque, hundió su cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.

 

-¡Necia pregunta! -gritó la rata de agua-. ¡Como es natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra fidelidad!

-¿Y qué hará usted en cambio? -dijo la avecilla columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus alitas.

 

-No le comprendo a usted -respondió la rata de agua.

 

-Permitidme que les cuente una historia sobre el asunto -dijo el pardillo.

 

-¿Se refiere a mí esa historia? -preguntó la rata de agua- Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me vuelven loca los cuentos.

 

-Puede aplicarse a usted -respondió el pardillo. Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.

 

-Había una vez -empezó el pardillo- un honrado mozo llamado Hans.

 

-¿Era un hombre verdaderamente distinguido? -preguntó la rata de agua.

 

-No -respondió el pardillo-. No creo que fuese nada distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda cara morena y afable. Vivía en una pobre casita de campo y todos los días trabajaba en su jardín.

En toda la comarca no había jardín tan hermoso como el suyo. Crecían en él claveles, alelíes, capselas, saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranadas, lilas y oro y alelíes rojos y blancos. Y según los meses y por su orden florecían agavanzos y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas e iris de Alemania, asfodelos y claveros. Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.

 

El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más allegado a él era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y coger un gran ramo de flores o un buen puñado de lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y de cerezas, según la estación.

 

-Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí -acostumbraba decir el molinero. Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente, sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba tan noblemente.

 

Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba raro que el rico molinero no diese nunca nada en cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca por semejante cosa. Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los verdaderos amigos.

 

Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En primavera, en verano y en otoño, sentíase muy feliz; pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más que unas peras secas y algunas nueces rancias.

 

Además, en invierno, encontrábase muy solo, porque el molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.

 

-No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves -decía muchas veces el molinero a su mujer-. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas solas y no atormentarlas con visitas. Ésa es por lo menos mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le alegrará.

 

-Eres realmente solícito con los demás -le respondía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña-. Resulta un verdadero placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella tan bellas cosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el meñique.

 

-¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir aquí? -preguntaba el hijo del molinero- Si el pobre Hans pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.

 

-¡Qué bobo eres! -exclamó el molinero-. Verdaderamente, no sé para qué sirve mandarte a la escuela.

Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí, ¡pardiez!, y viera nuestro buen fuego, nuestra excelente cena y nuestra gran barrica de vino tinto, podría sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de un modo diferente y significan cosas muy distintas, como todo el mundo sabe.

 

-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente. Me siento verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la iglesia.

 

-Muchos obran bien -replicó el molinero-, pero pocos saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las dos. Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, que sintió tal vergüenza de sí mismo, que bajó la cabeza, se puso casi escarlata y empezó a llorar encima de su té. ¡Era tan joven, que bien pueden ustedes dispensarle!

 

-¿Ése es el final de la historia? -preguntó la rata de agua.

 

-Nada de eso -contestó el pardillo-. Ése es el comienzo.

 

-Entonces está usted muy atrasado con relación a su tiempo -repuso la rata de agua- Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo método. Lo he oído así de labios de un crítico que se paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna observación contestaba siempre: «¡Psé!» Pero continúe usted su historia, se lo ruego. Me agrada mucho el molinero. Yo también encierro toda clase de bellos sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.

 

-¡Bien! -dijo el pardillo brincando sobre sus dos patitas-. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas empezaron a abrir sus estrellas amarillas pálidas, el molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al pequeño Hans.

 

-¡Ah, qué buen corazón tienes! -le gritó su mujer-. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.

 

Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.

 

-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.

 

-Buenos días -contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo con toda su boca.

 

-¿Cómo has pasado el invierno? -preguntó el molinero.

 

-¡Bien, bien! -repuso Hans- Muchas gracias por tu interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van muy bien. -Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este invierno, Hans -prosiguió el molinero-, preguntándonos qué sería de ti.

 

-¡Qué amable eres! -dijo Hans-. Temí que me hubieras olvidado.

 

-Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo -dijo el molinero-. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de admirable, aunque me temo que no comprendas la poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están tus velloritas!

 

-Sí, verdaderamente están muy bellas -dijo Hans-, y es para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre y con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.

-¿Qué comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir entonces que la has vendido? Es un acto bien necio. -Con toda seguridad, pero el hecho es -replicó Hans- que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una estación mala para mí y no tenía ningún dinero para comprar pan. Así es que vendí primero los botones de plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena de plata y después mi flauta. Por último vendí mi carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.

 

-Hans -dijo el molinero-, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado. Uno de los lados se ha roto y están algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha gente le parecerá una locura que me desprenda de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además, me he comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo... Te daré mi carretilla.

 

-Gracias, eres muy generoso -dijo el pequeño Hans. Y su afable cara redonda resplandeció de placer-. Puedo arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.

 

-¡Una tabla! -exclamó el molinero-. ¡Muy bien! Eso es precisamente lo que necesito para la techumbre de mi granero. Hay una gran brecha y se me mojará todo el trigo si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas.

 

Dame en seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para arreglar mi granero.

 

-¡Ya lo creo! -replicó el pequeño Hans. Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.

 

-No es una tabla muy grande -dijo el molinero examinándola- y me temo que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero no quedará madera suficiente para el arreglo de la carretilla, pero claro es que no tengo la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo casi por completo. -¿Casi por completo? -dijo el pequeño Hans, bastante afligido porque el cesto era de grandes dimensiones y comprendía que si lo llenaba, no tendría ya flores para llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones de plata.

 

-A fe mía -respondió el molinero-, una vez que te doy mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores. Podré estar equivocado, pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda clase de egoísmo.

 

-Mi querido amigo, mi mejor amigo -protestó el pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición, porque me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata. Y corrió a coger las lindas velloritas y a llenar el cesto del molinero.

 

-¡Adiós, pequeño Hans! -dijo el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al brazo.

 

-¡Adiós! -dijo el pequeño Hans. Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de tener una carretilla!

A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.

 

Era el molinero con un gran saco de harina a su espalda.

 

-Pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado?

 

-¡Oh, lo siento mucho! -dijo Hans-; pero verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, que regar todas mis flores y que segar todo el césped.

 

-¡Pardiez! -replicó el molinero-; creí que en consideración a que te he dado mi carretilla no te negarías a complacerme.

 

-¡Oh, si no me niego! -protestó el pequeño Hans-. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo tratándose de ti. Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco sobre el hombro.

 

Era un día muy caluroso y la carretera estaba terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al mojón que marcaba la sexta milla, hallábase tan fatigado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó mucho en continuar animosamente su camino, llegando por fin al mercado. Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a un buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque temía encontrarse a algún salteador en el camino si se retrasaba mucho.

 

-¡Qué día más duro! -se dijo Hans al meterse en la cama- Pero me alegra mucho no haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan rendido, que no se había levantado aún de la cama.

 

-¡Palabra! -exclamó el molinero-. Eres muy perezoso. Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera perezoso o apático. No creas que te hablo sin miramientos. Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo. Pero, ¿de qué serviría la amistad sino pudiera uno decir claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y esforzarse en ser agradable y en halagar, pero un amigo sincero dice cosas molestas y no teme causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.

-Lo siento mucho -respondió el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir-. Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?

 

-¡Bueno, tanto mejor! -replicó el molinero dándole una palmada en el hombro-; porque necesito que arregles la techumbre de mi granero.

 

El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a su jardín porque hacía dos días que no regaba sus flores, pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen amigo para él.

 

-¿Crees que no sería amistoso decirte que tengo que hacer? -preguntó con voz humilde y tímida.

 

-No creí nunca, a fe mía -contestó el molinero-, que fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de regalarte mi carretilla, pero claro es que lo haré yo mismo si te niegas. -¡Oh, de ningún modo! -exclamó el pequeño Hans, saltando de su cama. Se vistió y fue al granero.

 

Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al ponerse el sol, vino el molinero a ver hasta dónde había llegado.

 

-¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? -gritó el molinero con tono alegre.

 

-Está casi terminado -respondió Hans, bajando de la, escalera.

 

-¡Ah! -dijo el molinero- No hay trabajo tan delicioso como el que se hace por otro.

 

-¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto, pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.

 

-¡Oh, ya las tendrás! -dijo el molinero-; pero habrás de tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la práctica de la amistad. Algún día poseerás también la teoría.

 

-¿Crees eso de verdad? -preguntó el pequeño Hans.

 

-Indudablemente -contestó el molinero-. Pero ahora que has arreglado el techo, mejor harás en volverte a tu casa a descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a la montaña.

 

El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros hasta cerca de su casita y Hans se marchó con ellos a la montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.

 

-¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! -se dijo, e iba a ponerse a trabajar;

 

Pero por un motivo u otro no tuvo tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo el molinero y le mandaba muy lejos a recados o le pedía que fuese a ayudar en el molino. Algunas veces el pequeño Hans se apuraba grandemente al pensar que sus flores creerían que las había olvidado; pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo. -Además -acostumbraba a decirse- va a darme su carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento.

 

Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche, pues era culto.

 

Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la puerta. La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta. Pero sonó un segundo golpe y después un tercero más violento que los otros.

 

-Será de algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans y corrió a la puerta.

 

El molinero estaba en el umbral con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra.

 

-Querido Hans -gritó el molinero-, me aflige un gran pesar, mi chico se ha caído de una escalera, hiriéndose.

Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien que hicieses algo por mí en cambio.

 

-Seguramente -exclamó el pequeño Hans-; me alegra mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura, que temo caer en alguna zanja.

 

-Lo siento muchísimo -respondió el molinero-,pero es mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese algo.

 

-¡Bueno, no hablemos más! Me pasaré sin ella -dijo el pequeño Hans. Se puso su gran capa de pieles, su gorro encarnado de gran abrigo, se enrolló su tapabocas alrededor del cuello y partió.

 

¡Qué terrible tempestad se desencadenaba! La noche era tan negra, que el pequeño Hans no veía apenas, y el viento tan fuerte, que le costaba gran trabajo andar. Sin embargo, él era muy animoso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y llamó a su puerta.

 

-¿Quién es? -gritó el doctor, asomando la cabeza a la ventana de su habitación.

-¡El pequeño Hans, doctor!

 

-¿Y qué deseas, pequeño Hans?

 

-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido y es necesario que vaya usted en seguida.

-¡Muy bien! -replicó el doctor. Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes botas, y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie, detrás de él.

 

Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al caballo. Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos profundos, cayó en tino de ellos el pobre Hans y se ahogó. A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a su casita.

 

Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza del duelo.

 

-Era yo su mejor amigo -decía el molinero-; justo es que ocupe el sitio de honor. Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo de hierbas.

 

-El pequeño Hans representa ciertamente una gran pérdida para todos nosotros -dijo el hojalatero una vez terminados los funerales y cuando el acompañamiento estuvo cómodamente instalado en la posada, bebiendo vino dulce y comiendo buenos pasteles.

 

-Es una gran pérdida, sobre todo para mí -contestó el molinero-. A fe mía que fui lo bastante bueno para comprometerme a darle mi carretilla y ahora no se qué hacer de ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado, que si la vendiera no sacaría nada. Os aseguro que de aquí en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las consecuencias de haber sido generoso.

 

-Y es verdad -replicó la rata de agua después de una larga pausa.

 

¡Bueno! Pues nada más -dijo el pardillo.

 

-¿Y qué fue del molinero? -dijo la rata de agua.

 

-¡Oh! No lo sé a punto fijo -contesto el pardillo y verdaderamente me da igual.

 

-Es evidente que su carácter de usted no es nada simpático -dijo la rata de agua.

 

-Temo que no haya usted comprendido la moraleja de la historia -replicó el pardillo.

 

-¿La qué? -gritó la rata de agua.

 

-La moraleja.

 

-¿Quiere eso decir que la historia tiene una moraleja?

 

-¡Claro que sí! -afirmó el pardillo.

 

-¡Caramba! -dijo la rata con tono iracundo- Podía usted habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho indudablemente: «¡Psé!», como el crítico. Pero aun estoy a tiempo de hacerlo. Gritó su «¡Psé!» a toda voz, y dando un coletazo, se volvió a su agujero.

 

¿Qué le parece a usted la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando algunos minutos después- Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.

 

-Temo haberle molestado -respondió el pardillo-. El hecho es que le he contado una historia que tiene su moraleja.

 

- ¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! -dijo la pata.

 

-Y yo comparto su opinión en absoluto.