* Maquiavelo *

 

maquiavelo

La Escuela de Poder


Cosme de Médicis, el hombre más poderoso del elemento civil, el banquero y comerciante más rico del mundo llegó a ser el dueño absoluto de la República de Florencia.

Los Médicis eran gratos a los populares, (ricos surgidos del pueblo), Florencia veía en los miembros de esta familia a los aliados de las catorce corporaciones más bajas, pues solían incitar a la libertad, a la venganza y a la justicia a los pintores, sastres, leñadores, afiladores, carpintero y zapateros. Los Médicis tampoco se desligaban por completo de ninguna de las partes beligerantes. A los nobles, a quienes combatía, prestaban dinero a interés usurario; aconsejaba a las Corporaciones más elevadas, ayudaban a repartir los beneficios a los nuevos ricos; con el gremio de escribanos y jueces los unían intereses espirituales, y con los gremios textiles, de lana, seda y pieles y cambio, grandes intereses materiales. Y hasta mantenían relaciones secretas con los funcionarios desterrados por ellos mismos de la ciudad.

Una extraordinaria tenacidad política animaba a esta familia. Sus antepasados trabajaron por el poder, con la paciencia de aquellos arquitectos y artífices de las catedrales toscanas que no podían abrigar la esperanza de inaugurar sus templos. A través de una oposición de cien años, aunaron los más ancianos para los más jóvenes influencia tras influencia, hasta que lograron asegurar un triunfo para el gobierno exclusivo.

Cuando Cosme llegó a ser el señor de la ciudad, los florentinos dijeron: el nuevo “Stato” (estado) está aquí. El “Stato”, que llegó con Cosme al poder, era el antiguo partido de los Médicis. Alrededor de los Médicis se agrupaban, desde hacía medio sigo las familias que crecían juntas, que tenían intereses comunes y que no se abandonaban en las horas difíciles de quiebra financiara. Los hijos y los nietos, aún en pañales, eran ya destinados para determinados futuros cargos.

Los señores feudales y sus asociados, tambaleantes y confundidos debido a impulsos económicos alterados, encontraban a menudo su salvación en los florentinos. Los armados caballeros, con séquito y acompañamiento, al no tener medios con que pagar, debían convertir en dinero sus castillos, bosques y tierras. El dinero, cada día más, se convertía en el único rasero para medir el valor de las cosas. Porque honores y empleo, gloria y soldados, amor y mujeres, soledad e independencia solo se adquirían con dinero. Muchos nobles también fueron arruinados por la conspiración peligrosa de los banqueros florentinos. Cosme decía que le hubiese gustado tener hasta a Dios entre sus deudores. Porque el modo que Cosme tiene de combatir a sus enemigos es registrar sus nombres en el gran libro de la Familia Médicis, donde se anotan las sumas de dinero de regalado. Cosme heredó de su abuelo este libro del préstamo muerto, con interés político sólo indirecto, y en el cual figuraba muchos nombres hostiles que con el tiempo legaron a ser los amigos más valiosos. En vez de perseguir a sus opositores, en vez de estrangularlos en la cárcel, ahogaba sus impulsos rebeldes. No compra, sino ayuda, No exige ninguna retribución, pero el agraciado es delicado de conciencia. Ante todo no perturba sus días con luchas inútiles El banco de Cosme cumple también funciones de policía: se preocupa por la tranquilidad absoluta y por la satisfacción en general.

Cosme evita todos los lugares públicos, odia todo lo oficial, el aplauso le molesta. La ambición le ordena ocultar su poder. Siempre trabajaba como si fuese necesario conquistar su posición todos los días de nuevo. Cosme descubrió que la apariencia le proporcionaba un medio cómodo de reinar. Permitió a los florentinos la apariencia de la libertad, la apariencia de resolución, la apariencia de igualdad; y al final de su gobierno, hasta de la riqueza no quedaba más que la apariencia, el aspecto exterior.

Come respetaba las vanidades, las tradiciones, las costumbres, y, sin embargo todo lo sometía a su voluntad. Gracias a su oportunismo, Cosme ha fabricado pieza a pieza las complicadas e indirectas ruedas y mecanismos de su soberanía, como la Edad Media no las conocía aún.

Pero el amor de los Médicis por el perfeccionamiento no era originalidad suya; Cosme se convirtió en el entusiasta de una voluntad general que posibilitó y facilitó su soberanía. La hipocresía, acompañante fiel y natural de todas las culturas, adquirió en Florencia una conciencia nueva y serena. De un arte se convirtió en una virtud. Porque los nobles vivían tanto para la cultura como para el poder. El conjunto de talentos literarios, cuyo centro de educación era Florencia, transformaba la abundancia y riqueza de pensamientos de los antepasados en vendibles y centelleantes monedas de ideas.

Su anhelo tendía y se dirigía hacia lo nuevo, lo pintoresco, lo inmediato, hacia todo lo que entre la tierra y el cielo se hallaba bañado de Luz, su curiosidad quería ver y sentir; no comprendía las ideas universales. Las combinaciones de los banqueros y los ideales de los humanistas lograron que la ciudad pudiera seguir en política exterior la línea trazada en la sentencia de Leonardo de Vinci: “Huye de la tormenta”. A través de las tinieblas de los siglos se percibe la figura de Lorenzo de Médicis, nieto y heredero de Cosme. Este hombre pictórico de Indescifrables contradicciones, de contrastes enigmáticos, que dedica cuartetas a una violeta y ordena incendiar ciudades desprevenidas, que con letanía entusiastas rinde culto al pudor y muere a la edad de cuarenta y cinco años a causa de la pasión más entusiasta por las hijas de Venus, vive preocupado por los hombres de talento de su tiempo. A este hombre el destino le había regalado el don de la seducción. Varita mágica con la que dominaba todas las dificultades y a todo enemigo.

Los Médicis reinaban pregonando la despreocupación más absoluta. El soberano de la República era el que menos se preocupaba por el futuro. En sus canciones de carnaval él invitaba a los ciudadanos a divertirse desde la mañana hasta el próximo día. Y tanto al príncipe y a los hombres que le rodeaban les parecía absurda la idea de educar al pueblo, a los florentinos, porque reconocían que la corrupción y la ignorancia eran los medios principales para dominar. Por eso todos debían gozar de la corrupción de costumbres.

Si su familia hasta ese momento, durante un siglo de largo trabajo, habría conquistado el poder por medio del dinero, ahora el domino adquirido debía pagar por su conservación y también por su violación .El brillo de su reinado, que prometiera alegría para todo el mundo, llegó a ser una magia pagada muy cara. Con objeto de alcanzar su absoluta soberanía personal, Lorenzo trabajaba no solamente su propio “Stato” contra Florencia, sino también con el pueblo contra el Stato.

Porque solamente la superioridad técnica de la burocracia permite abarcar con una mirada las relaciones entre el número ínfimo de dirigentes y la masa de los dirigidos, y poner a la mayoría a los pies de los señores del gobierno. Uno de los muchos florentinos de la amplia cultura jurídica, entre los cuales en la mayoría de los casos fue reclinando ese personal, era Bernardo Maquiavelo, (cuyos antepasados habían servido dignamente a la República, en altos cargos) Bernardo se convierte en un empleado del fisco. Su natural y hábilmente oculta disposición de ánimo belicosa echa venablos, contra los sacerdotes ante su mujer e hijos. Cuando llega a casa. Su esposa se espanta y tiembla, sufre por sus hijos, ella quiere que su hijo Nicolás sea sacerdote y por eso trata de salvarlo de la lengua viperina de Bernardo.

Los chistes de su afligido padre eran las únicas palabras de encantamiento para este niño en el que no hacían mella los cuentos de hadas. No lejos de Ponte Vecchio, en la angosta callejuela –que más tarde se llamaría Vía Guicciardino –se encuentra una casita de tres pisos que Bernardo ha heredado de sus antepasados y donde Nicolás empieza la historia muy modesta de su existencia.

Desde niño Nicolás se familiarizó, para toda su vida, con la calle. Ésta pierde para sus ojos toda su mística idealización. Ha aprendido sus conmociones al mismo tiempo que a hablar. Su memoria y su amor por lo concreto comprendían en la calle a través de los ojos, bocas y rostros, la realidad de la gente plebeya. La calle de Florencia penetra profundamente en la conciencia de Nicolás; en su alma vive la topografía de toda la ciudad. Es el primer ciudadano intelectual. Otros hijos de los funcionarios o patricios leen ya griego o lo están aprendiendo en una de las corporaciones superiores, otros se dedican a la música, escultura o pintura.

Pero él sólo aprende las maldiciones y críticas desde los muros de las casas y alcantarillas. Nicolás Maquiavelo representa una excepción, por la carencia absoluta de talento práctico, en la artística Florencia. No le interesa ningún cuadro, ninguna estatua, ninguna melodía. El arte produce en él solamente cansancio.

Nicolás aparece ya como un peregrino anónimo a través de Florencia — ningún contemporáneo ni explorador posterior conoce los momentos aislados de la vida de su juventud — y concreta su fuerza de empuje y de oposición. Esta fuerza será la del nuevo humanismo. Por medio de Maquiavelo este humanismo penetra en la política. Si los primeros humanistas, hasta los tiempos de Cosme, eran, ante todo, hombres de ingenio, secretarios también de grandes señores y que a veces llegaron ellos mismos a ser grandes señores, ahora esos humanistas sienten ante todo el interés político. El cielo les parecía vacío y la tierra llena de posibilidades para los pérfidos, los desconsiderados.

Pero Bernardo comienza a estar diariamente preocupado por sus hijos que van creciendo. El primero, seis años mayor que Nicolás, Toco, es sólo un lastre inútil en el empobrecido barco de la familia. Ya ha proporcionado la prueba de su inutilidad. El hermano más joven es la única esperanza. Pero, sin embargo, a éste le gustan ya las aventuras. Nicolás no se decide por la jurisprudencia, que le abriría el camino seguro hacía la burocracia.
El hombre vive a través de todos los siglos en perpetuo estado de guerra. Su existencia es el ruido permanente de la desarmonía. En las desgracias la gente se aflige sin límites, pero se cansa también de la felicidad. Cuando la felicidad es dada a los hombres, estos se hinchan de vanidad y orgullo, atribuyen todo a sus virtudes y llegan a ser insoportables para los que le rodean. Cuando la desgracia hace presa en ellos son despreciables y se les puede comprar por un precio ridículo. Tanto en la desgracia como en la felicidad los hombres son empujados por un furor ardiente, por un profundo apego a la vida. Por eso siempre están dispuestos para la lucha. Si no luchan por necesidad, luchan por ambición, la cual nunca los abandona, sea cualquiera la altura a que hayan ascendido. No hay vencedores satisfechos, ni saciados durante mucho tiempo su deseo de conquistar es insaciable y mayor aún que la posibilidad de satisfacerlo. El descontento es lo que determina todo, y lo que siempre produce afecto; una parte de la humanidad quiere poseer más de lo que tiene, mientras, que la otra tiene miedo de perder lo conquistado. Así se llega a la enemistad, a la guerra, a la ruina de un país y a la elevación de otro. Y, sin embargo, estos merodeadores y aprovechadores son muy simples. Obedecen en alto grado a la fuerza del momento. Se parecen a esas pequeñas “aves de rapiña, a las que les domina tanto el deseo de la presa, que no advierten la presencia de sus hermanas mayores, también aves de rapiña, cerca de ellas, para matarlas”.

La experiencia de sus antepasados o su razonamiento no puede impedir que fracasen; porque son indolentes, viven con la mano en la boca, nunca creen que les puede pasar algo, distinto a lo que hasta ahora les ha pasado, y casi siempre recorren los caminos allanados por otros. Su obrar es sólo imitación. La malicia de estos tales ni puede ser vencida por el tiempo, ni atenuada pro beneficios.

Si la maldad permanece oculta durante algún tiempo, es por alguna causa oculta todavía, que se llega a conocer solamente cuando la malicia llega a revelarse. El tiempo, esta madre de la sabiduría descubre todas las infamias. Un hombre que siempre y en todas partes quiere hacer el bien ante todo, debe necesariamente perecer entre tantas personas que no son buenas.

El hombre que obra mal hace solamente lo que le obliga a hacer la naturaleza, porque los elementos innatos de su cuerpo y de su espíritu le tienen apresado como una tenaza. La fuerza -la necesidad- es madre de todas las cosas. El taller de la vida humana está lleno de afectos. Instintos sanguinarios, sagacidad, exceso o ingratitud, mucho odio, poco amor, algo de gusto hacia la traición, sentimiento de venganza, de pasión por las innovaciones, fiebre de cambios y alteraciones, inclinación hacia la a venturas, codicia de oro, aburrimiento, pasión por la gloria, ambición, envidia, hambre, vanidad, miedo por el presente y por el futuro; todo esto es lo que mueve y determina al hombre. Sin agotamiento y sin descaso éste combina ese juego de las pasiones.

La naturaleza ha colocado –escribe Maquiavelo- las riquezas en medio de las gentes, expuestas más al robo que al trabajo honrado para alcanzarlas, más a las malas artes que a las buenas; y si se observa el obrar de los hombres se ve que todos los que han conseguido grandes riquezas o gran poder, lo han logrado por medio del engaño o la fuerza, y cómo lo que han arrancado para sí, por medio de astucia o superioridad de fuerzas, lo intitulan con el honroso nombre de ganancia, para hacer olvidar la forma despreciable como lo adquirieron.

Pero no todos están llamados a penetrar en estas esferas; porque no se trata de una simple lotería de la fuerza, en la cual cada bandido ordinario recibe su billete. Únicamente entra en la palestra el hombre elegido, para quien el atreverse tiene sentido solamente cuando se trata de lo superior, del poder. Este hombre es el creador libre de todo su presente. Este elegido, al mismo tiempo empujado y consumido por los elementos del Interés, debe acercarse al ideal de la inteligencia; sabe que las relaciones se encuentran en un continuo cambio, entiende las nuevas situaciones y se adapta a ellas en seguida, no insiste en seguir el mismo método, que ayer le trajo un éxito parcial, cambia sus cálculos como el viento; a pesar de su virtuosa habilidad por ser flexible, conserva en todas las situaciones de la vida su orgullo primitivo, como si e destino no tuviera ningún poder sobre él; y a pesar de toda su precaución siempre está dispuesta actuar. Porque en el obrar inmediato puede descubrir la enorme cantidad de las realidades políticas, que nunca puede revelar la pura observación sin experiencia.

Este hombre agraciado con la “virtú del poder”, es ante todo pérfido. Porque la forma de su virtú –todo su talento por el poder- debe vencer al enemistoso y siempre pérfido destino, es decir: la fortuna. Es una lucha natural de las fuerzas. Las perspectivas son iguales, porque los medios son iguales. De un lado el hombre sin Dios, que aspira al fin superior terrestre, y de otro lado la fortuna no gobernada tampoco por ningún Dios. La Lucha contra la fortuna es la lucha del hombre contra su propia restricción, la imposibilidad del aspirante por conocer exactamente el día de mañana y todas las fuerzas que determinan el día de hoy. Las armas del individuo son: la voluntad, la premeditación, la asiduidad. El interés del individuo poderoso se adueña en cambio de las caóticas pasiones del individuo común y lo domina y lo moldea con la necesidad, con su espíritu y su violencia. El poder puede hacer correr el pathos de la conversión histórica a través de todos los canales del egoísmo en los individuos desorientados y dispuestos al desorden.

 

Maquiavelo y los tres conceptos fundamentales del razonamiento: poder, fortuna, necesidad.

Se ha visto y oído –escribe Maquiavelo- antes de la campaña de Carlos VIII, en el aire, sobre la ciudad de Arezzo, a los guerreros que combatían. El aire puede estar lleno por espíritus combatientes, que prevén el futuro y avisan a la humanidad por compasión. Hay que tener presente –escribe a un amigo- también las más pequeñas relaciones, porque de las pequeñas nacen las grandes y porque se puede reconocer también a los hombres por las pequeñeces.

Ni el hombre ni el cargo de dictador condujo a Roma al servilismo… si en Roma hubiera faltado el titulo de dictador, entonces se hubiera encontrado otro título, porque el poder se crea fácilmente un nombre, y no el nombre al poder. Dos caminos hay –escribe- para resolver las crisis: o se intimida a los ciudadanos en tal forma que ya no se atraerá a hablar sin ser preguntados, como lo ha hecho el difunto Lorenzo; o se reforma la constitución de la ciudad de tal modo que pueda Florencia administrarse sola, y el cardenal sólo necesita vigilarla desde lejos. El segundo camino preserva de los peligros y las contrariedades, del primero solo de las contrariedades.

En el monasterio de los franciscanos en Capri debe elegir Nicolás un predicador por encargo de la corporación de lanas de Florencia. El gobernador general del Papa no puede por menos de sonreír. “¡Qué idea!”, enviar precisamente a usted en busca de un predicador. “Siempre he servido a la república –contesta Nicolás- según mi mejor saber y entender. Pero en este caso particular de mi misión no estoy de acuerdo con mis conciudadanos. Quieren un predicador que les enseñe el camino hacia el Paraíso. Pero yo quiero buscarles uno que les enseñe el camino hacia el infierno. Deseo encontrar a un indigno, un mentiroso, un hipócrita. Porque el camino verdadero hacia el Paraíso presupone que uno conoce el del infierno y así lo evita”.