* Julio Verne *


Maese  Zacarías


Una noche de invierno



La ciudad de Ginebra está situada en la punta occidental del lago al que ha dado o debe su nombre. El Ródano, que la cruza a su salida del lago, la divide en dos barrios distintos, y se divide a su vez, en el centro de la ciudad, por una isla que se alza entre sus dos orillas. Esta disposición topográfica se reproduce con frecuencia en los grandes centros comerciales o industriales. Sin duda, los primeros habitantes quedaron seducidos por las facilidades de transporte que les ofrecían los brazos rápidos de los ríos, "esos caminos que andan solos", según la frase de Pascual. Con el Ródano, son caminos que corren.

 

En la época en que todavía no se alzaban sobre esa isla, anclada como una goleta holandesa en medio del río, construcciones nuevas y regulares, la maravillosa agrupación de casas montadas unas sobre otras ofrecía a los ojos una confusión llena de encantos. La escasa extensión de la isla había obligado a varias de esas construcciones a encaramarse sobre estacas, colocadas en desorden en las rudas corrientes del Ródano. Esos gruesos maderos, ennegrecidos por el tiempo, carcomidos por las aguas, se parecían a las patas de un cangrejo inmenso y producían un efecto fantástico. Algunas redes amarillentas, auténticas telas de araña tendidas en el seno de aquella construcción secular, se agitaban a la sombra como si fueran el follaje de aquellos viejos bosques de robles, y el río, abismándose en medio de aquel bosque de estacas, espumeaba con lúgubres mugidos.

 

Una de las viviendas de la isla sorprendía por su carácter de extraña vetustez. Era la casa del viejo relojero maese Zacarías, de su hija Gérande, de Aubert Thun, su aprendiz, y de su vieja sirvienta Escolástica.

 

¡Qué hombre tan extraordinario era Zacarías! ¡Su edad parecía indescifrable! Ninguno de los más viejos de Ginebra habría podido decir hacía cuánto tiempo su cabeza enjuta y puntiaguda se bamboleaba sobre sus hombros, ni qué día se le vio caminar por primera vez por las calles de la ciudad dejando flotar al viento su larga cabellera blanca. Aquel hombre no vivía, oscilaba como la péndola de sus relojes. Su cara, flaca y cadavérica, tenía tintes sombríos. Como los cuadros de Leonardo da Vinci, tiraba a negro.

 

Gérande ocupaba el cuarto más hermoso de la vieja casa, desde donde su mirada iba a posarse melancólicamente, por una estrecha ventana, sobre las cimas nivosas del Jura; pero el dormitorio y el taller del viejo ocupaban una especie de cava, situada a ras del río y cuyo piso se apoyaba sobre las estacas mismas. Desde tiempo inmemorial maese Zacarías sólo salía a las horas de las comidas y cuando iba a regular los diferentes relojes de la ciudad. Pasaba el resto del tiempo junto a un banco cubierto por numerosos instrumentos de relojería, que en su mayor parte él mismo había inventado.

 

Porque era un hombre hábil. Sus obras se admiraban en toda Francia y Alemania. Los operarios más industriosos de Ginebra reconocían en voz alta su superioridad, y constituía un honor para aquella ciudad, que lo mostraba diciendo:

 

—¡A él corresponde la gloria de haber inventado la rueda catalina!

En efecto, de esta invención, que los trabajos de Zacarías hicieron comprender más tarde, data el nacimiento de la auténtica relojería.

 

Y después de trabajar tan prolongada como maravillosamente, Zacarías volvía a colocar con lentitud las herramientas en su sitio, recubría con ligeros globos de cristal las finas piezas que acababa de ajustar y dejaba en reposo la activa rueda de su torno; luego levantaba una trampilla practicada en el suelo de su reducto, y allí, inclinado horas enteras mientras el Ródano se precipitaba con estrépito bajo sus ojos, se embriagaba con sus brumosos vapores.

 

Una noche de invierno, la vieja Escolástica sirvió la cena, en la que, según las antiguas costumbres, participaba junto con el joven operario. Maese Zacarías no comió, aunque en una hermosa vajilla azul y blanca le ofrecieran manjares cuidadosamente dispuestos. Apenas respondió a las dulces palabras de Gérande, a quien la taciturnidad más sombría de su padre preocupaba visiblemente, y el parloteo de Escolástica no hirió más su oído que los gruñidos del río en los que ya no reparaba. Tras aquella cena silenciosa, el viejo relojero abandonó la mesa sin besar a su hija ni dar a todos las buenas noches de costumbre. Desapareció por la estrecha puerta que llevaba a su retiro y, bajo sus pesados pasos, la escalera gimió con graves quejas.

 

Gérande, Aubert y Escolástica permanecieron algunos instantes sin hablar. Aquella noche el tiempo era sombrío; las nubes se arrastraban pesadas a lo largo de los Alpes y amenazaban con resolverse en lluvia; la severa temperatura de Suiza llenaba el alma de tristeza mientras los vientos del sur merodeaban por los alrededores y lanzaban siniestros silbidos.

 

—¿Sabe, mi querida señorita — dijo por fin Escolástica —, que nuestro amo está ensimismado desde hace algunos días? ¡Virgen Santísima! Comprendo que no tenga hambre porque las palabras se le quedan en el estómago, ¡y muy hábil tiene que ser el diablo que le saque alguna!

 

—Mi padre tiene algún secreto motivo de pesar que yo no puedo sospechar siquiera — respondió Gérande mientras una dolorosa inquietud se imprimía en su rostro.

 

—Señorita, no permita que tanta tristeza invada su corazón. Ya conoce los singulares hábitos de maese Zacarías. ¿Quién puede leer sobre su frente sus pensamientos secretos? Habrá tenido sin duda algún disgusto, pero mañana no lo recordará y se arrepentirá de veras por haber apenado a su hija.

 

Era Aubert el que así hablaba, clavando sus miradas en los hermosos ojos de Gérande. Aubert, el único operario que maese Zacarías admitió nunca en la intimidad de sus trabajos — porque apreciaba su inteligencia, su discreción y su gran bondad de alma —, Aubert se había vinculado a Gérande con esa fe misteriosa que preside los afectos heroicos.

 

Gérande tenía dieciocho años. El óvalo de su rostro recordaba el de las ingenuas madonas que todavía la veneración cuelga en las esquinas de las calles de las viejas ciudades de Bretaña. Sus ojos respiraban una sencillez infinita. Se la amaba como a la más dulce realización del sueño de un poeta. Sus vestidos tenían colores poco chillones, y la ropa blanca que se plegaba sobre sus hombros poseía ese tinte y ese olor particulares de la ropa de iglesia. Vivía una existencia mística en aquella ciudad de Ginebra que todavía no se había entregado a la sequedad del calvinismo.

 

Mientras mañana y tarde leía sus preces latinas en su misal de broche de hierro, Gérande había descubierto un sentimiento oculto en el corazón de Aubert Thun: el afecto profundo que el joven operario sentía por ella. Y en efecto, a sus ojos, el mundo entero se condensaba en esta vieja casa del relojero, y todo su tiempo lo pasaba junto a la joven cuando, una vez terminado el trabajo, abandonaba el taller.

 

La vieja Escolástica lo veía, pero no decía nada. Su locuacidad se ejercía preferentemente sobre las desgracias de su edad y las pequeñas miserias domésticas. Nadie trataba de detenerla. Era como esas cajitas de música que se fabricaban en Ginebra: una vez dada cuerda, había que romperla para que no tocase todas sus melodías.

 

Al ver a Gérande sumida en su dolorosa taciturnidad, Escolástica dejó la vieja silla de madera, puso un cirio en la punta de un candelero, lo encendió y lo colocó junto a una pequeña virgen de cera protegida en su nicho de piedra. La costumbre era arrodillarse delante de aquella madona protectora del hogar doméstico, pidiéndole que extendiese su gracia benevolente sobre la noche próxima; pero aquella noche Gérande permaneció silenciosa en su sitio.

 

—Bueno, mi querida señorita — dijo Escolástica sorprendida —, se ha terminado la cena y ya es la hora de la despedida. ¿Quiere usted, pues, cansarse los ojos en vigilias prolongadas?...¡Ay, Santísima Virgen! Ha llegado, sin embargo, el momento de irse a la cama y de encontrar un poco de alegría en unos bellos sueños. En esta época maldita en que vivimos, ¿quién puede prometerse un día de felicidad?

 

—¿No convendría enviar en busca de un médico para mi padre? — preguntó Gérande.

 

—¡Un médico! — exclamó la vieja sirvienta —. ¡Maese Zacarías jamás ha hecho caso de todas sus imaginaciones y sentencias! ¡Puede haber médico para los relojes, pero no para los cuerpos!

 

—¿Qué hacer? — murmuró Gérande —. ¿Se ha puesto a trabajar de nuevo? ¿Se dedica a descansar?

—Gérande — respondió dulcemente Aubert —, alguna contrariedad moral apena a maese Zacarías, eso es todo.

—¿La conoce usted, Aubert?

—Tal vez, Gérande.

—Cuéntenos eso — exclamó vivamente Escolástica, apagando despacio su cirio.

 

—Desde hace varios días, Gérande — dijo el joven operario —, ocurre un hecho absolutamente incomprensible. Todos los relojes que su padre hizo y vendió desde hace años se paran de pronto. Se los han traído en gran número. Los ha desmontado con cuidado: los muelles estaban en buen estado y los engranajes perfectamente bien. Ha vuelto a montarlos con más cuidado todavía; pero a pesar de su habilidad no han funcionado.

 

—¡Es obra del diablo! — exclamó Escolástica.

—¿Qué quieres decir? — preguntó Gérande —. Lo que ocurre me parece natural. Todo es limitado en la tierra, y el infinito no puede salir de la mano de los hombres.

 

No es menos cierto — respondió Aubert — que en esto hay algo extraordinario y misterioso. Yo mismo he ayudado a maese Zacarías a buscar la causa del desajuste de sus relojes. No he podido encontrarla, y más de una vez, desesperado, las herramientas se me han caído de las manos.

 

—Entonces — continuó Escolástica —, ¿por qué dedicarse a todo ese trabajo de réprobo? ¿Es natural que un pequeño instrumento de cobre pueda caminar completamente solo y marcar las horas? ¡Tendríamos que atenernos al reloj de sol.

 

—No hablaría así, Escolástica — respondió Aubert —, si supiera que el reloj de sol fue inventado por Caín. — ¡Dios mío! ¿Qué me dice?

 

—¿Cree — continuó ingenuamente Gérande — que se puede pedir a Dios que devuelva la vida a los relojes de mi padre?

—Sin duda alguna — respondió el joven operario.

 

—¡Bueno! Serán plegarias inútiles — gruñó la vieja sirvienta —, pero el cielo perdonará debido a la intención.

Volvieron a encender el cirio. Escolástica, Gérande y Aubert se arrodillaron en las losas del cuarto, y la joven rezó por el alma de su madre, por la santificación de la noche, por los viajeros y los prisioneros, por los buenos y los malos y, sobre todo, por las tristezas desconocidas de su padre. Luego, aquellas tres devotas personas se levantaron con alguna confianza en el corazón, porque habían puesto su pena en el seno de Dios.

 

Aubert se fue a su cuarto, Gérande se sentó muy pensativa junto a la ventana mientras las últimas luces se apagaban en la ciudad de Ginebra, Escolástica, después de haber derramado un poco de agua sobre los tizones encendidos y corrido los dos enormes cerrojos de la puerta, se arrojó sobre su cama, donde no tardó en soñar que se moría de miedo.

Mientras tanto, el horror de aquella noche de invierno había aumentado. A veces, con los torbellinos del río, el viento se arremolinaba bajo las estacas y la casa se estremecía entera; pero la joven, absorta en su tristeza, no pensaba más que en su padre. Después de las palabras de Aubert Thun, la enfermedad de maese Zacarías había tomado a su ojos proporciones fantásticas, y le parecía que aquella querida existencia, vuelta puramente mecánica, sólo se movía a duras penas sobre sus gastados ejes.

De súbito, el tejadillo, violentamente impulsado por la ráfaga, chocó contra la ventana del cuarto. Gérande se estremeció y se levantó de un salto, sin comprender la causa de aquel ruido que sacudió su adormecimiento. Cuando su emoción se hubo calmado, abrió las contraventanas. Las nubes habían reventado y una lluvia torrencial crepitaba sobre los techos circundantes. La joven se inclinó hacia fuera para agarrar el postigo que el viento bamboleaba, pero tuvo miedo. Le pareció que la lluvia y el río, mezclando sus aguas tumultuosas, sumergían aquella frágil casa cuyos ejes se resquebrajaban por todas partes. Quiso huir de su habitación; pero percibió debajo de ella el reverbero de una luz que debía proceder del reducto de maese Zacarías, y en una de esas calmas momentáneas durante las que los elementos callan, su oído fue herido por sonidos de queja. Trató de volver a cerrar su ventana y no pudo lograrlo. El viento la rechazaba con violencia, como un malhechor que se introduce en una habitación.

 

¡Gérande pensó que se volvería loca de terror! ¿ Qué hacía entonces su padre? Abrió la puerta, que se le escapó de las manos y golpeó ruidosamente bajo el impulso de la tempestad. Gérande se encontró entonces en la sala oscura del comedor. Tanteando logró ganar la escalera que llevaba al taller de maese Zacarías y se deslizó por ella pálida y desfallecida.

El viejo relojero estaba de pie en medio de aquella habitación que llenaban los rugidos del río. Sus cabellos erizados le daban un aspecto siniestro. ¡Hablaba, gesticulaba, sin ver, sin oír! Gérande permaneció en el umbral.

 

—¡Es la muerte! — decía maese Zacarías con voz sorda —. ¡Es la muerte!... ¿Qué me queda por vivir, ahora que he dispersado mi existencia por el mundo? ¡Porque yo, maese Zacarías, soy el creador de todos esos relojes que he fabricado! ¡Es una parte de mi alma lo que he encerrado en cada una de esas cajas de hierro, de plata o de oro! ¡Cada vez que uno de esos malditos relojes se para, siento que mi corazón cesa de latir, porque yo regulé sus pulsaciones!

Y al hablar de esta extraña forma, el viejo pasó sus ojos por el banco. Allí se encontraban todas las partes de un reloj que había desmontado cuidadosamente. Tomó una especie de cilindro hueco, llamado tambor, en el que está encerrado el muelle, y retiró la espiral de acero que, en lugar de distenderse siguiendo las leyes de su elasticidad, permaneció enrollada sobre sí misma, igual que una víbora dormida, parecía anudada, como esos viejos impotentes cuya sangre ha terminado por coagularse. Maese Zacarías trató en vano de desenrollarla con sus flacos dedos, cuya silueta se alargaba desmesuradamente sobre la pared, pero no pudo lograrlo, y pronto, con un terrible grito de cólera, la tiró por la trampilla a los torbellinos del Ródano.

 

Gérande, con los pies clavados en el suelo, permanecía sin aliento y sin moverse. Quería y no podía acercarse a su padre. Vertiginosas alucinaciones se apoderaron de ella. De pronto oyó en la sombra una voz que murmuraba a su oído:

—Gérande, mi querida Gérande. El dolor la tiene aún despierta. Vuelva, se lo ruego, la noche es fría.

—¡Aubert! — murmuró la joven a media voz —. ¡Usted! ¡Usted!

—¿No debía inquietarme por lo que le inquieta? — respondió Aubert.

 

Estas dulces palabras hicieron que la sangre volviera a afluir al corazón de la joven. Se apoyó en el brazo del operario y le dijo:

 

—Mi padre está muy enfermo, Aubert. Sólo usted puede curarle, porque esa enfermedad del alma no cedería ante los consuelos de su hija. Su espíritu ha sido herido por un accidente muy natural, y, trabajando a su lado reparando sus relojes, le devolverá la razón. ¿No es cierto, Aubert — añadió ella todavía muy impresionada —, que su vida se confunde con la de sus relojes?

Aubert no respondió.

 

—Pero ¿sería entonces el oficio de mi padre un oficio reprobado por el cielo? — dijo Gérande estremeciéndose.

—No sé — respondió el operario, que calentó con sus manos las manos heladas de la joven —. ¡Pero vuelva a su cuarto, mi pobre Gérande, y con el descanso recobre alguna esperanza!

 

Gérande regresó lentamente a su habitación y se quedó allí hasta el alba sin que el sueño pesase sobre sus párpados, mientras maese Zacarías, siempre mudo e inmóvil, miraba el río fluir ruidosamente a sus pies.

 

El Orgullo y la Ciencia


La seriedad del comerciante ginebrino en los negocios se ha vuelto proverbial. Es de una probidad rígida y de una rectitud excesiva. ¡Cuál no sería, pues, la vergüenza de maese Zacarías cuando vio que aquellos relojes que él había montado con tanta solicitud volvían de todas partes!

 

Pero lo cierto era que aquellos relojes se paraban súbitamente y sin ninguna razón aparente. Los mecanismos estaban en buen estado y perfectamente armados, pero los resortes habían perdido toda elasticidad. El relojero trato en vano de sustituirlos: las ruedas siguieron inmóviles. Aquellos desajustes inexplicables produjeron un daño inmenso a maese Zacarías. Sus magníficos inventos habían dejado planear muchas veces sobre él sospechas de brujería, que desde entonces tomaron consistencia. El rumor llegó hasta Gérande, y ella tembló con frecuencia por su padre cuando las miradas malintencionadas se fijaban en él.

 

Sin embargo, al día siguiente de aquella noche de angustias, maese Zacarías pareció ponerse al trabajo con cierta confianza. El sol de la mañana le devolvió algún ánimo. Aubert no tardó en reunirse con él en su taller y recibió un "buenos días" lleno de afabilidad.

 

—Me encuentro mejor — dijo el viejo relojero —. No sé qué extraños dolores de cabeza me obsesionaban ayer, pero el sol los ha expulsado todos junto con las nubes de la noche.

 

—Palabra, maestro, que no me gusta la noche ni para usted ni para mí — respondió Aubert.

—Y haces bien, Aubert. Si alguna vez te conviertes en un hombre superior, comprenderás que el día es tan necesario como el alimento. Un sabio de gran mérito se debe a los homenajes del resto de los hombres.

—Maestro, vuelve a dominarlo el pecado del orgullo.

—¡Orgullo, Aubert! ¡Destruye mi pasado, aniquila mi presente, disipa mi futuro, y entonces me será permitido vivir en la oscuridad! ¡Pobre muchacho que no comprendes las sublimes cosas con las que mi arte se relaciona por entero! Sólo eres una herramienta entre mis manos.

 

—Sin embargo, maese Zacarías — continuó Aubert, más de una vez he merecido su felicitación por la forma en que ajustaba las piezas delicadas de sus relojes.

 

—Desde luego, Aubert — respondió maese Zacarías —, eres un buen operario al que aprecio; pero cuando trabajas, no crees que tienes entre los dedos más que cobre, oro, plata, y no sientes a esos metales, que mi genio anima, palpitar como carne viviente. ¡Por eso tú no te sentirás morir si ves que tus obras mueren!

 

Maese Zacarías permaneció en silencio tras estas palabras; pero Aubert trató de proseguir la conversación.

—¡A fe mía, maestro — dijo —, que me gusta verlo trabajar de esta forma, sin descanso! Estará listo para la fiesta de nuestra corporación, porque veo que el trabajo de ese reloj de cristal avanza con rapidez.

 

—Desde luego, Aubert — exclamó el viejo relojero —, y no será pequeño honor para mí haber podido tallar y cortar esta materia que tiene la dureza del diamante. ¡Ah, Louis Berghem ha hecho bien perfeccionando el arte de los diamantistas, que me ha permitido pulir y atravesar las piedras más duras!

 

Maese Zacarías tenía en aquel momento unas pequeñas piezas de relojería en cristal tallado y de un trabajo exquisito. Las ruedas, los ejes, la caja de aquel reloj eran de la misma materia, y, en esta obra de la mayor dificultad, había desplegado un talento inimaginable.

 

—¿Verdad que será muy hermoso — continuó mientras sus mejillas se llenaban de púrpura — ver palpitar este reloj a través de su envoltura transparente y poder contar los latidos de su corazón?

 

—Apuesto a que no variará un segundo de más o de menos al año, maestro — respondió el joven operario

—¡Y apostarás bien! ¿No he puesto en él lo más puro de mí mismo? ¿Varía acaso mi corazón?

Aubert no se atrevió a levantar los ojos hacia su maestro.

 

—Dime con toda franqueza — continuó melancólicamente el viejo —. ¿Nunca me has tomado por loco? ¿No crees que a veces me he entregado a locuras desastrosas? Sí, ¿verdad? En los ojos de mi hija y en los tuyos he leído frecuentemente mi condena. ¡Oh! — exclamó con dolor —, ¡no ser comprendido siquiera por los seres que más se ama en el mundo! Pero a ti, Aubert, te probaré victoriosamente que tengo razón. No muevas la cabeza, porque quedarás estupefacto. ¡El día en que sepas escucharme y comprenderme, verás que he descubierto los secretos de la existencia, los secretos de la unión misteriosa del alma y del cuerpo!

 

Al hablar de este modo, maese Zacarías se mostraba soberbio. Sus ojos brillaban con un fuego sobrenatural y el orgullo le corría por todas las venas. Y en verdad, si alguna vez pudo haber alguna vanidad legítima, ésta habría sido la de maese Zacarías.

 

En efecto: hasta él, la relojería había permanecido casi en la infancia del arte. Desde el día en que Platón, cuatrocientos años antes de la era cristiana, inventó el reloj nocturno, especie de clepsidra que indicaba las horas de la noche mediante el sonido y el juego de una flauta, la ciencia permaneció casi estacionada. Los maestros trabajaron más el arte que la mecánica, y fue entonces la época de los hermosos relojes de hierro, de cobre, de madera, de plata, que estaban esculpidos finamente, como un aguamanil de Cellini. Se conseguía una obra maestra de cinceladura, que medía el tiempo de forma muy imperfecta, pero se conseguía una obra maestra. Cuando la imaginación del artista ya no se volvió hacia la perfección plástica, se ingenió para crear esos relojes con personajes móviles, de campanas melódicas y cuya disposición escénica estaba regulada de forma muy divertida. Además, ¿quién se preocupaba en aquella época por regular la marcha del tiempo? Las demoras jurídicas no estaban inventadas; las ciencias físicas y astronómicas no establecían sus cálculos sobre medidas escrupulosamente exactas: no había ni establecimientos que cerraran a hora fija, ni convoyes que partieran en el segundo previsto. Al atardecer sonaba el toque de queda y por la noche se gritaban las horas en medio del silencio. Desde luego, se vivía menos tiempo que ahora, si es que la existencia se mide por la cantidad de asuntos resueltos, pero se vivía mejor. El espíritu se enriquecía con esos nobles sentimientos nacidos de la contemplación de las obras maestras y el arte no se hacía a la carrera. Se construía una iglesia en dos siglos; un pintor sólo era sombrío; las nubes se arrastraban pesadas a lo largo de los Alpes y amenazaban con resolverse en lluvia; la severa temperatura de Suiza llenaba el alma de tristeza mientras los vientos del sur merodeaban por los alrededores y lanzaban siniestros silbidos.

 

Cuando por fin las ciencias exactas progresaron, la relojería siguió su desarrollo, aunque siempre permaneciera detenida por una dificultad insuperable: la medida regular y continua del tiempo.

 

Ahora bien, fue en medio de ese acontecimiento cuando maese Zacarías inventó la catalina, que le permitió obtener una regularidad matemática sometiendo el movimiento del péndulo a una fuerza constante. Este invento había trastornado la cabeza del viejo relojero. El orgullo, que subió en su corazón como el mercurio en el termómetro, había alcanzado la temperatura de las locuras trascendentes. Por analogía se había dejado llevar a consecuencias materialistas, y al fabricar sus monstruos pensaba que había sorprendido los secretos de la unión del alma con el cuerpo.

 

Por eso, aquel día, viendo que Aubert le escuchaba con atención, le dijo en un tono sencillo y convencido :

—¿Sabes lo que es la vida, hijo mío? ¿Has comprendido la acción de esos resortes que producen la existencia? ¿Has mirado dentro de ti mismo? No, y, sin embargo, con los ojos de la ciencia habrías podido ver la relación íntima que existe entre la obra de Dios y la mía, porque yo he copiado la combinación de los mecanismos de mis relojes de su criatura.

 

—Maestro — replicó con viveza Aubert —, ¿puede usted comparar una máquina de cobre y de acero con ese aliento de Dios llamado alma, que anima los cuerpos como la brisa comunica el movimiento a las flores ? ¿Pueden existir ruedas imperceptibles que hagan mover nuestras piernas y nuestros brazos? ¿Qué piezas estarían tan bien ajustadas que pudieran engendrar en nosotros los pensamientos?

 

—La cuestión no es ésa — respondió con dulzura maese Zacarías, pero con la obstinación del ciego que camina hacia el abismo —. Para comprenderme, recuerda el destino de la rueda catalina que inventé. Cuando vi la irregularidad de la marcha de un reloj, comprendí que el movimiento encerrado en ella no bastaba y que había que someterlo a la regularidad de otra fuerza independiente. Pensé, por tanto, que la péndola podría prestarme ese servicio si conseguía regularizar sus oscilaciones. Y, ¿no fue una idea sublime la que se me ocurrió al hacerle recobrar su fuerza perdida mediante el movimiento mismo del reloj que él se encargaba de regular?

Aubert hizo una señal de asentimiento.

 

—Ahora, Aubert — continuó el viejo relojero animándose —, echa una mirada sobre ti mismo. ¿No comprendes, pues, que hay dos fuerzas distintas en nosotros: la del alma y la del cuerpo, es decir un movimiento y un regulador? El alma es el principio de la vida; por tanto es el movimiento. Que se produzca gracias a un peso, a un muelle o a una influencia material, no por ello deja de estar en el corazón. Pero sin el cuerpo, ese movimiento sería desigual, irregular, imposible. Por eso el cuerpo sirve para regular el alma y, como la péndola, está sometido a oscilaciones regulares. Y esto es tan cierto que nos encontramos mal cuando la bebida, la comida, el sueño, en una palabra: las funciones del cuerpo, no están reguladas de forma conveniente. Lo mismo que en mis monstruos, el alma da al cuerpo la fuerza perdida por sus oscilaciones. Y bien, ¿qué es, pues, lo que produce esa unión íntima del cuerpo y del alma sino una catalina maravillosa por la que los mecanismos de uno vienen a engranarse en los mecanismos de la otra? ¡Y eso fue lo que yo adiviné y apliqué, y para mí no hay más secretos en esta vida, que después de todo no es más que una ingeniosa mecánica!

 

Maese Zacarías resultaba sublime de ver en medio de aquella alucinación que lo transportaba hasta los últimos misterios del infinito. Pero su hija Gérande, parada en el umbral de la puerta, lo había oído todo. Se precipitó en los brazos de su padre, que la estrechó de forma convulsa sobre su pecho.

 

—¿Qué te pasa, hija mía? — le preguntó maese Zacarías.

—Si yo no tuviera un resorte aquí — dijo ella poniendo su mano sobre el corazón — no lo amaría tanto, padre mío!

Maese Zacarías miró fijamente a su hija y no respondió.

De pronto lanzó un grito, se llevó vivamente la mano al corazón y cayó desfallecido sobre un viejo sillón de cuero.

—¡Padre mío! ¿Qué le ocurre?

—¡Ayuda! — exclamó Aubert —. ¡Escolástica!

 

Pero Escolástica no acudió al instante. Habían golpeado la aldaba de la puerta de entrada. Marchó a abrir y cuando volvió al taller, antes de que hubiera abierto la boca, el viejo relojero, que acababa de recuperar el sentido, le decía:

 

—¡Adivino, mi vieja Escolástica, que me traes otro de esos monstruos malditos que se ha parado!

—¡Jesús! Esa es la pura verdad — respondió Escolástica, entregando un reloj a Aubert.

—¡Mi corazón no puede engañarse! — dijo el viejo con un suspiro.

Mientras tanto, Aubert había dado cuerda al reloj con el mayor cuidado, pero no andaba.

 

Una Extraña Visita


La pobre Gérande habría visto apagarse su vida junto con la de su padre de no existir Aubert, que la unía a este mundo.

 

El viejo relojero se iba poco a poco. Sus facultades tendían evidentemente a debilitarse al concentrarse sobre un pensamiento único. Debido a una funesta asociación de ideas, remitía todo a su monomanía, y la vida terrestre parecía haberse retirado de él para dejar sitio a esa existencia extranatural de las potencias intermedias. Por eso, algunos rivales malintencionados reavivaron los rumores diabólicos que se habían difundido sobre los trabajos de maese Zacarías.

 

La confirmación de los inexplicables desarreglos que experimentaban sus relojes causó un efecto prodigioso entre los maestros relojeros de Ginebra. ¿Qué significaba aquella repentina inercia en los mecanismos, y por qué aquellas extrañas relaciones que parecían tener con la vida de Zacarías? Era uno de esos misterios que nunca se consideran sin un secreto terror. En las diversas clases de la ciudad, desde el aprendiz hasta el señor, que utilizaban los relojes del viejo relojero, no hubo nadie que no pudiera juzgar por sí mismo la singularidad del hecho. Quisieron, aunque en vano, llegar hasta maese Zacarías. Este cayó enfermo de gravedad, cosa que permitió a su hija sustraerle a aquellas visitas incesantes, que degeneraban en reproches y recriminaciones.

 

Las medicinas y los médicos fueron impotentes ante aquel deterioro orgánico cuya causa se desconocía. A veces parecía que el corazón del viejo dejaba de latir, y luego sus latidos empezaban de nuevo con una irregularidad inquietante.

 

En aquel tiempo existía la costumbre de someter las obras de los maestros a la apreciación de la gente. Los jefes de los diferentes gremios trataban de distinguirse por la novedad o la perfección de sus obras, y fue entre ellos donde el estado de maese Zacarías encontró la piedad más visible, pero era una piedad interesada. Sus rivales le compadecían de mejor grado porque ahora le temían menos. Seguían recordando los éxitos del viejo relojero cuando exponía aquellos magníficos relojes de figuras móviles, aquellos relojes de campanario, que causaban la admiración general y alcanzaban precios tan altos en las ciudades de Francia, de Suiza y de Alemania.

 

Sin embargo, gracias a los constantes cuidados de Gérande y de Aubert, la salud de maese Zacarías pareció reafirmarse un poco, y en medio de la inquietud que le dejó su convalecencia, logró liberarse de los pensamientos que le absorbían. Desde que pudo caminar, su hija le sacó fuera de casa, donde los clientes descontentos afluían sin cesar. En cuanto a Aubert, se quedaba en el taller dando cuerda una y otra vez inútilmente a aquellos relojes rebeldes, y el pobre muchacho, que no comprendía nada, se apretaba a veces la cabeza entre las manos, con el temor a volverse loco como su maestro.

 

Gérande dirigía entonces los pasos de su padre hacia los paseos más risueños de la ciudad. Unas veces, sosteniendo el brazo de maese Zacarías, tiraba hacia Saint—Antoine, desde donde la vista se extiende sobre la ladera de Cologny y sobre el lago. A veces, cuando la mañana era buena, podían verse los picos gigantes del monte Bruet elevarse en el horizonte. Gérande decía los nombres de aquellos lugares casi olvidados por su padre cuya memoria parecía confundida, y éste experimentaba un placer infantil al saber todas aquellas cosas cuyo recuerdo se había extraviado en su cabeza. Maese Zacarías se apoyaba en su hija, y aquellas dos cabelleras, blanca y rubia, se unían en el mismo rayo de sol.

 

Sucedió también que el viejo relojero se dio cuenta al fin de que no estaba solo en este mundo. Al ver a su hija joven y hermosa, y él viejo y quebrantado, pensó que después de su muerte ella se quedaría sola, sin apoyo, y miró alrededor de él y de ella. Muchos jóvenes operarios habían cortejado ya a Gérande; pero ninguno había tenido éxito en el retiro impenetrable en que vivía la familia del relojero. Fue, pues, completamente natural que, durante aquella mejoría de su cerebro, la elección del viejo se detuviese en Aubert Thun. Una vez lanzado este pensamiento, observó que aquellos jóvenes se habían educado en las mismas ideas y las mismas creencias, y las oscilaciones de su corazón le parecieron "isócronas", como dijo cierto día a Escolástica.

 

La vieja sirvienta, literalmente encantada con la palabra aunque no la comprendiese, juró por su santa patrona que la ciudad entera lo sabría antes de un cuarto de hora. A duras penas consiguió calmarla maese Zacarías, que por fin obtuvo de ella guardar sobre la comunicación un silencio que ella no conservó nunca.

 

De tal modo que, sin saberlo Gérande y Aubert, toda Ginebra ya hablaba de su próxima unión. Pero también sucedió que, durante estas conversaciones, se oía con frecuencia una risa singular y una voz que decía:

—Gérande no se casará con Aubert.

 

Si los que hablaban se volvían, se encontraban frente a un viejecito que no conocían.

¿Qué edad tenía aquel ser singular? ¡Nadie habría podido decirlo! Se adivinaba que debía existir desde hacía un gran número de siglos, pero nada más. Su gruesa cabeza aplastada descansaba en unos hombros cuya anchura igualaba la altura de su cuerpo, que no superaba los tres pies. Este personaje hubiera hecho buena figura sobre un soporte de péndulo, porque la esfera se habría colocado de forma natural sobre su cara, y la péndola habría oscilado con holgura en su pecho. De buena gana se habría tomado su nariz por el estilete de un reloj de sol, por lo delgada y aguda que era; sus dientes, separados y de superficie epicicloide, se parecían a los engranajes de una rueda y rechinaban entre sus labios; su voz tenía el sonido metálico de un timbre, y podía oírse latir su corazón como el tic—tac de un reloj. Aquel hombrecito, cuyos brazos se movían a la manera de las agujas de una esfera, caminaba a sacudidas, sin retroceder nunca. Si se le seguía, resultaba que caminaba una legua por hora y que su camino era casi circular.

 

Hacía poco tiempo que aquel ser extraño erraba así, o más bien daba vueltas por la ciudad; pero ya habían podido observar que todos los días, en el momento en que el sol pasaba al meridiano, se detenía ante la catedral de San Pedro, y que seguía su camino después de las doce campanadas del mediodía. Salvo ese momento preciso, parecía surgir en todas las conversaciones en que se hablaba del viejo relojero, y todos se preguntaban, con terror, qué relación podía existir entre él y maese Zacarías. Además, se había notado que no perdía de vista al viejo y a su hija durante los paseos.

 

Un día, en la Treille, Gérande vio a aquel monstruo que la miraba riendo, Se apretó contra su padre con un movimiento de terror.

—¿Qué te pasa, Gérande? — preguntó maese Zacarías.

—No sé — respondió la joven.

—Te encuentro cambiada, hija mía — dijo el viejo relojero —. ¿No irás tú a caer enferma ahora? Bueno — añadió con una sonrisa triste —, tendré que cuidarte y te cuidaré bien.

—¡Oh, padre mío, no será nada! Tengo frío, y me imagino que es...

—¿Qué, Gérande?

—La presencia de ese hombre que nos sigue constantemente — respondió ella en voz baja.

Maese Zacarías se volvió hacia el vejete.

—¡Palabra que va bien! — dijo con aire de satisfacción —. Porque precisamente son las cuatro. ¡No tengas miedo, hija, no es un hombre, es un reloj!

Gérande miró a su padre aterrorizada. ¿Cómo había podido leer maese Zacarías la hora en el rostro de aquella extraña criatura?

—A propósito — continuó el viejo relojero sin preocuparse más de aquel incidente, no veo a Aubert desde hace varios días.

—Sin embargo sigue con nosotros, padre respondió Gérande, cuyos pensamientos adoptaron un tono más dulce.

—¿Qué hace entonces?

—Trabaja, padre.

—¡Ah! — exclamó el viejo, trabaja en reparar mis relojes, ¿verdad? No lo conseguirá jamás. Porque no es una reparación lo que necesitan, sino una resurrección.

Gérande permaneció en silencio.

—Necesito saber — añadió el viejo — si aún no han traído algunos de esos relojes malditos sobre los que el diablo ha lanzado una epidemia.

 

Luego, tras estas palabras, maese Zacarías cayó en un mutismo absoluto hasta el momento en que llegó a la puerta de su hogar y, por primera vez desde su convalecencia, mientras Gérande subía entristecida a su cuarto, él bajó a su taller.

 

En el momento en que franqueaba la puerta, uno de los numerosos relojes colgados de la pared dio las cinco. Por regla general, las diferentes campanas de aquellos aparatos, admirablemente regulados, se dejaban oír al mismo tiempo, y su concordancia alegraba el corazón del viejo; pero aquel día, todos aquellos timbres sonaron uno tras otro, de tal modo que durante un cuarto de hora su oído fue ensordecido por los sucesivos ruidos. Maese Zacarías sufría horriblemente; no podía quedarse quieto, iba de uno a otro de aquellos relojes y marcaba su compás, como un jefe de orquesta que ya no fuera dueño de sus músicos.

 

Cuando el último sonido se apagó, se abrió la puerta del taller y maese Zacarías se estremeció de pies a cabeza al ver delante de él al vejete, que le miró fijamente y le dijo:

—Maese, ¿no puedo hablar un momento con usted?

—¿Quién es usted?— preguntó con brusquedad el relojero.

—Un colega. Soy yo quien se encarga de regular el sol.

—¡Ah!, ¿es usted el que regula el sol? — replicó vivamente maese Zacarías sin pestañear —. Pues bien, no lo felicito. Su sol va mal, y para ponerle de acuerdo con él, nos vemos obligados unas veces a adelantar nuestros relojes y otras a retrasarlos.

 

—¡Por el pie hendido del diablo! — exclamó el monstruoso personaje —. Tiene razón, maestro. Mi sol no marca siempre las doce del mediodía en el mismo momento que sus relojes; pero un día se sabrá que se debe a la desigualdad del movimiento de traslación de la tierra, y se inventará un mediodía medio que regulará esa irregularidad.

 

—¡Viviré yo aún en esa época? — preguntó el viejo relojero, cuyos ojos se animaron.

—Sin duda — replicó el vejete riendo. ¿No puede creer acaso que nunca habrá de morir?

—¡Ay!, sin embargo me encuentro muy enfermo.

 

—A propósito, hablemos de eso. ¡Por Belcebú, eso nos llevará a lo que quiero hablar con usted!

Y al decir esto, aquel ser extraño saltó sin modales sobre el viejo sillón de cuero y cruzó las piernas, a la manera de esos huesos descarnados que los pintores de colgaduras funerarias cruzan sobre las cabezas de muerto. Luego prosiguió en tono irónico:

 

—Veamos, maese Zacarías, ¿qué ocurre en esta buena ciudad de Ginebra? Dicen que su salud se altera, que sus relojes necesitan médicos.

 

—Ah, ¿cree acaso que hay una relación íntima entre su existencia y la mía? — exclamó maese Zacarías.

—Yo creo que esos relojes tienen defectos, vicios incluso. Si esos bribones no se portan de forma regular, es justo que sufran el castigo de su desarreglo. Mi opinión es que necesitarían sentar la cabeza.

 

—¿A qué llama defectos? — preguntó maese Zacarías, ruborizándose por el tono sarcástico con que habían sido pronunciadas estas palabras —. ¿No tienen derecho acaso a estar orgullosos de su origen?

—¡No demasiado, no demasiado! — respondió el vejete —. Llevan un nombre célebre, y en su esfera aparece grabada una firma ilustre, cierto, y tienen el privilegio exclusivo de introducirse entre las más nobles familias; pero desde hace algún tiempo, se estropean, y usted no puede hacer nada, maese Zacarías; el más inepto de los aprendices de Ginebra se lo reprocharía.

 

—¡A mí, a mí, a maese Zacarías! — exclamó el viejo con un terrible gesto de orgullo.

—¡A usted, maese Zacarías, que no puede dar vida a sus relojes!

—Pero es que estoy con fiebre y también ellos la tienen — respondió el viejo relojero mientras un sudor frío le corría por todos los miembros.

 

—Bueno, morirán con usted, puesto que usted está tan impedido para dar un poco de elasticidad a sus muelles.

 

—¡Morir! No, usted lo ha dicho. Yo no puedo morir, yo, el primer relojero del mundo, yo, que en medio de estas piezas y de estos mecanismos diversos he sabido regular el movimiento con una precisión absoluta. ¿No he sometido el tiempo a leyes exactas? ¿No podré disponer de él como soberano? Antes de que un genio sublime viniese a disponer regularmente esas horas extraviadas, ¿en qué vacío inmenso estaba sumido el destino humano? ¿A qué momento seguro podían referirse los actos de la vida? Pero usted, hombre o diablo, quienquiera que sea, ¿no ha pensado nunca en la magnificencia de mi arte, que llama a todas las ciencias en su ayuda? No, no. Yo, maese Zacarías, no puedo morir, porque si he regulado el tiempo, el tiempo terminará conmigo. ¡Él volvería a ese infinito del que mi genio supo arrancarle, y se perdería irreparablemente en el abismo de la nada! No, no puedo morir, como tampoco puede hacerlo el Creador de este universo sometido a sus leyes. Me he convertido en su igual, y he compartido su poder. Maese Zacarías ha creado el tiempo si Dios ha creado la eternidad.

 

El viejo relojero parecía entonces el ángel caído rebelándose contra el Creador. El vejete le acariciaba con la mirada y parecía soplarle todo aquel arrebato impío.

¡Bien dicho, maestro! — replicó —. Belcebú tenía menos derechos que usted para compararse con Dios. Es necesario que su gloria no perezca. Por eso, su servidor quiere proporcionarle el medio de domar esos relojes rebeldes.

—¿Cuál es? ¿Cuál es? — exclamó maese Zacarías.

—Lo sabrá al día siguiente de aquel en que me haya concedido la mano de su hija.

—¿De mi Gérande?

—De la misma.

—El corazón de mi hija no es libre — respondió maese Zacarías a esta petición, que no pareció chocarle ni sorprenderle.

—¡Bah!... No es la menos bella de sus relojes, pero también terminará por pararse...

—Mi hija Gérande..., ¡No!...

 

—Bueno, vuelva a sus relojes, maese Zacarías. ¡Móntelos y desmóntelos! ¡Prepare el matrimonio de su hija y de su operario! ¡Temple resortes hechos con su mejor acero! ¡Bendiga a Aubert y a la hermosa Gérande, pero recuerde que sus relojes no andarán jamás y que Gérande no se casará con Aubert!

Y tras esto, el vejete salió, pero tan deprisa que maese Zacarías no pudo oír dar las seis en su pecho.

 

La Iglesia de San Pedro

Mientras tanto, el espíritu y el cuerpo de maese Zacarías se debilitaban cada vez más. Sólo una sobreexcitación extraordinaria le empujó con mayor violencia que nunca hacia sus trabajos de relojería, de los que su hija no consiguió apartarle.

 

Su orgullo creció después de aquella crisis a la que su extraño visitante le había impulsado traidoramente, y resolvió dominar, a fuerza de genio, la influencia maldita que pesaba sobre su obra y sobre él. Inspeccionó primero los diferentes relojes de la ciudad, confiados a sus cuidados. Con escrupulosa atención se aseguró de que los mecanismos estaban en buen estado, de que los ejes eran sólidos y de que los contrapesos se hallaban exactamente equilibrados. No dejó de auscultar el campanario y lo hizo con el recogimiento de un médico interrogando el pecho de un enfermo. Nada indicaba, por tanto, que aquellos relojes estuvieran en vísperas de ser atacados por la inercia.

 

Gérande y Aubert acompañaban con frecuencia al viejo relojero en estas visitas. Hubiera debido sentirse complacido al verlos solícitos para seguirle, y, desde luego, no se habría preocupado tanto de su próximo fin si hubiera pensado que su existencia debía continuarse en la de aquellos seres queridos, si hubiera comprendido que en los hijos siempre queda algo de la vida de un padre.

 

El viejo relojero, una vez de regreso a su casa, proseguía sus trabajos con asiduidad febril. Aunque persuadido de no vencer, sin embargo le parecía imposible que ocurriese, y montaba y desmontaba sin cesar los relojes que llevaban a su taller.

 

Por su lado, Aubert se las ingeniaba en vano para descubrir las causas de aquel mal.

—Maestro — decía —, sólo puede ser debido al desgaste de los ejes y de los engranajes.

—¿Te diviertes matándome a fuego lento? — le respondía con violencia maese Zacarías —. ¿Son esos relojes obra de un niño? ¿Acaso por temor a hacerme daño en los dedos no he pulido en el torno la superficie de estas piezas de cobre? ¿No las he forjado yo mismo para conseguir una dureza mayor? ¿No están templados estos muelles con una perfección rara? ¿Se pueden utilizar aceites más finos para impregnarlos? ¡Estarás de acuerdo conmigo en que es imposible, y habrás de confesar por último que el diablo está metido en esto!

Y luego, de la mañana a la noche, los clientes descontentos afluían en tropel a la casa, y conseguían llegar hasta el viejo relojero, que no sabía a cuál atender.

 

 

—Este reloj se atrasa sin que yo consiga regularlo — decía uno.

—¡Este — continuaba otro — tiene una auténtica obstinación, y se ha parado ni más ni menos que el sol de Josué!

—Si es cierto que su salud influye sobre la salud de sus relojes — repetían la mayoría de los descontentos —, maese Zacarías, ¡cúrese cuanto antes!

 

El viejo miraba a todas aquellas gentes con ojos huraños y sólo respondía moviendo la cabeza o con tristes palabras:

—¡Esperen a la primavera, amigos míos! ¡Es la estación en que la existencia se reaviva en los cuerpos fatigados! ¡Necesitamos que el sol venga a reanimarnos a todos!

—¡Bonito negocio si nuestros relojes tienen que estar enfermos durante el invierno! — le dijo uno de los más rabiosos —. ¿Sabe, maese Zacarías, que su nombre está inscrito con todas sus letras en la esfera? ¡Por la Virgen, no hace usted honor a su firma!

Finalmente sucedió que el viejo, avergonzado por estos reproches, retiró algunas piezas de oro de su viejo arcón y empezó a comprar los relojes estropeados. Ante esta noticia, los parroquianos acudieron en tropel, y el dinero de aquel pobre hogar se escapó muy deprisa; pero la probidad del mercader quedó a salvo. Gérande aplaudió de buena gana aquella delicadeza, que la llevaba directamente a la ruina, y pronto Aubert hubo de ofrecer sus economías a maese Zacarías.

—¿Qué será de mi hija? — decía el viejo relojero, aferrándose a veces, en aquel naufragio, a los sentimientos del amor paterno.

 

Aubert no se atrevió a responder que se sentía con ánimo para el futuro y que tenía un gran cariño por Gérande. Aquel día Zacarías le habría llamado yerno y desmentido las funestas palabras que todavía zumbaban en sus oídos: "Gérande no se casará con Aubert".

 

No obstante, con este sistema el viejo relojero llegó a quedarse sin un céntimo. Sus viejos jarrones antiguos fueron a parar a manos extrañas; se deshizo de los magníficos paneles de roble finamente esculpido que revestían las paredes de su hogar; algunas ingenuas pinturas de los primeros pintores alemanes no alegraron más los ojos de su hija, y todo, hasta las preciosas herramientas que su genio había inventado, fue vendido para indemnizar a los que reclamaban.

 

Sólo Escolástica no quería oír hablar de semejante tema; pero sus esfuerzos no podían impedir que los importunos llegasen hasta su amo y que salieran en seguida con algún objeto precioso. Entonces su parloteo resonaba en todas las calles del barrio, donde se la conocía desde hacía mucho. Se dedicaba a desmentir los rumores de brujería y de magia que corrían a cuenta de Zacarías; pero como en el fondo estaba convencida de que eran verdad, rezaba y rezaba para redimir sus piadosas mentiras.

 

Habían observado que desde hacía mucho el relojero no cumplía con sus deberes religiosos. En otra época acompañaba a Gérande a los oficios y parecía encontrar en la plegaria ese encanto intelectual con que impregna las inteligencias hermosas. Aquel alejamiento voluntario del viejo de las prácticas sagradas, unido a las prácticas secretas de su vida, había legitimado en cierto modo las acusaciones de sortilegio dirigidas contra sus trabajos. Por eso, con el doble motivo de que su padre volviera a Dios y al mundo, Gérande decidió llamar a la religión en su ayuda. Pensó que el catolicismo podría devolver alguna vitalidad a aquella alma moribunda; pero estos dogmas de fe y de humildad tenían que combatir en el alma de Zacarías con un insuperable orgullo, y chocaban contra esa soberbia de la ciencia que remite todo a ella misma, sin remontarse a la fuente infinita de donde derivan los principios primeros.

 

Fue en estas circunstancias cuando la joven emprendió la conversión de su padre, y su influencia resultó tan eficaz que el viejo relojero prometió asistir el domingo siguiente a la misa mayor en la catedral. Gérande experimentó un momento de éxtasis, como si el cielo se hubiera entreabierto a sus ojos. La vieja Escolástica no pudo contener su alegría y tuvo, por fin, argumentos incontestables contra las malas lenguas que acusaban a su amo de impiedad. Lo comentó con sus vecinas, con sus amigas, con sus enemigas, tanto con quien la conocía como con quien no la conocía;

 

—Palabra que casi no creemos lo que nos anuncia, señora Escolástica — le respondieron —. Maese Zacarías siempre ha obrado de acuerdo con el diablo.

—¿No ha visto — proseguía la buena mujer — los hermosos campanarios que repican donde baten los relojes de mi amo? ¿Cuántas veces ha hecho sonar la hora del rezo y de la misa?

—Desde luego — le respondían —. ¿Pero no ha inventado acaso máquinas que hablan completamente solas y que consiguen hacer el trabajo de un hombre verdadero?

—¿Acaso unos hijos del demonio — contestaba la señora Escolástica furiosa — habrían podido hacer el hermoso reloj de hierro del castillo de Andernatt, que la ciudad de Ginebra no pudo comprar por no ser lo bastante rica? ¡Cada hora aparecía una hermosa leyenda, y un cristiano que hubiera regido su vida por ellas habría ido todo recto al paraíso! ¿ Es por eso trabajo del diablo?

 

Aquella obra maestra, fabricada hacía veinte años antes, había elevado hasta las nubes, en efecto, la gloria de maese Zacarías; pero incluso en esta ocasión las acusaciones de brujería habían sido generales. Además, la vuelta del viejo a la iglesia de San Pedro debía reducir las malas lenguas al silencio.

 

Sin acordarse, desde luego, de la promesa hecha a su hija, maese Zacarías había vuelto al taller. Después de comprobar su impotencia para devolver la vida a sus relojes, intentó fabricar otros nuevos. Abandonó todos aquellos cuerpos inertes y se dedicó a terminar el reloj de cristal que debía ser su obra maestra; pero por más que hizo, por más que utilizó sus herramientas más perfectas, por más que empleó los rubíes y el diamante idóneos para resistir los frotamientos, ¡el reloj le estalló entre las manos la primera vez que quiso darle cuerda!

El viejo no habló a nadie de esto, ni siquiera a su hija; pero desde entonces su vida declinó rápidamente. No eran más que las últimas oscilaciones de un péndulo que van disminuyendo cuando nada puede darle ya su movimiento primitivo. Parecía como si las leyes de la gravedad, actuando directamente sobre el viejo, le arrastraran de forma irresistible hacia la tumba.

 

Aquel domingo tan ardientemente deseado por Gérande llegó al fin. El tiempo era bueno y la temperatura vivificante. Los habitantes de Ginebra paseaban tranquilos por las calles de la ciudad, con alegres frases sobre la vuelta de la primavera. Gérande, tomando con cuidado el brazo del viejo, se dirigió hacia San Pedro, mientras Escolástica los seguía, llevando sus libros de horas. Les miraban pasar con curiosidad. El viejo se dejaba conducir como un niño, o más bien como un ciego. Casi con un sentimiento de terror, los fieles de San Pedro le vieron franquear el umbral de la iglesia, e incluso se retiraron a medida que se acercaba.

 

Los cantos de la misa mayor habían empezado a sonar. Gérande se dirigió hacia su banco habitual y se arrodilló con el recogimiento más profundo. Maese Zacarías se quedó a su lado, de pie.

 

Las ceremonias de la misa se desarrollaron con la solemnidad majestuosa de esas épocas de creencia, pero el viejo no creía. No imploró la piedad del cielo con los gritos de dolor del Kyrie; con el Gloria in excelsis, no cantó las magnificencias de las alturas celestes; la lectura del Evangelio no le sacó de sus ensoñaciones materialistas, y olvidó asociarse a los homenajes católicos del Credo. Aquel orgulloso viejo permanecía inmóvil, insensible y mudo como una estatua de piedra; e incluso en el momento solemne en que la campanilla anunció el milagro de la transubstanciación, no se inclinó y miró de frente a la hostia divinizada que el sacerdote alzaba por encima de los fieles.

Gérande miraba a su padre, y abundantes lágrimas mojaron su libro de misa.

En aquel momento, el reloj de San Pedro dio la media de las once.

Maese Zacarías se volvió con viveza hacia aquel viejo campanario que todavía hablaba. Le pareció que la esfera interior le miraba fijamente, que las cifras de las horas brillaban como si hubieran sido grabadas con trazos de fuego, y que las agujas soltaban una chispa eléctrica por sus agudas puntas.

Acabó la misa. La costumbre ordenaba que el Angelus se dijera a las doce en punto; los oficiantes, antes de abandonar el atrio, esperaban a que la hora sonase en el reloj del campanario. Dentro de unos instantes aquella plegaria subiría a los pies de la Virgen.

Pero de pronto se dejó oír un ruido estridente. Maese Zacarías lanzó un grito...

La aguja grande de la esfera, que acababa de llegar a las doce, se había detenido súbitamente, y las doce no sonaron.

 

Gérande se precipitó en ayuda de su padre, que había caído boca arriba sin movimiento, y al que llevaron fuera de la iglesia.

—¡Es el golpe mortal! — se dijo Gérande sollozando.

Maese Zacarías, una vez trasladado a su casa, fue acostado en un estado de aniquilamiento total. La vida sólo existía en la superficie de su cuerpo, como las últimas nubes de humo que vagan en torno a una lámpara recién apagada.

Cuando se recobró, Aubert y Gérande estaban inclinados sobre él. En aquel momento supremo, el futuro adoptó a sus ojos la forma del presente. Vio a su hija sola y sin apoyo.

—Hijo mío — le dijo a Aubert—, te entrego a mi hija.

Y extendió la mano hacia sus dos hijos que de este modo quedaron unidos en aquel lecho de muerte.

Pero al punto maese Zacarías se levantó movido por la rabia. Las palabras del vejete volvieron a su cerebro.

¡Yo no puedo morir! — exclamó —. ¡Yo no puedo morir! ¡Yo, maese Zacarías, no debo morir!... ¡Mis libros!... ¡Mis cuentas!...

Y diciendo esto, saltó fuera de su cama hacia un libro en el que se encontraban inscritos los nombres de sus clientes así como el objeto que les había vendido. Hojeó aquel libro con avidez y su dedo descarnado se detuvo sobre una de sus hojas.

—¡Ahí! — dijo —. ¡Ahí...! ¡El viejo reloj de hierro, vendido al tal Pittonaccio! ¡Es el único que todavía no me han devuelto! ¡Existe! ¡Funciona! ¡Sigue viviendo! ¡Ay, lo quiero y lo encontraré! Lo cuidaré tan bien que la muerte ya no tendrá poder sobre mí.

Y se desvaneció.

Aubert y Gérande se arrodillaron al lado de la cama del viejo y rezaron juntos.

 

La Hora de la Muerte

 

Pasaron todavía algunos días y maese Zacarías, aquel hombre casi muerto, se levantó de su cama y volvió a la vida gracias a una excitación sobrenatural. Vivía de orgullo. Pero Gérande no se equivocó: el cuerpo y el alma de su padre estaban perdidos para siempre.

 

Vieron entonces al viejo ocupado en reunir sus últimos recursos, sin preocuparse de su familia. Derrochaba una energía increíble, andando, registrando y murmurando palabras misteriosas.

Una mañana, Gérande bajó a su taller. Maese Zacarías no estaba allí.

Le esperó durante todo aquel día. Maese Zacarías no volvió.

Aubert recorrió la ciudad y tuvo la triste certeza de que el viejo la había dejado.

—¡Busquemos a mi padre! — exclamó Gérande cuando el joven operario le llevó esas dolorosas noticias.

—¿Dónde puede estar? — se preguntó Aubert.

Una inspiración iluminó de pronto su espíritu. Vinieron a su memoria las últimas palabras de maese Zacarías. ¡El viejo relojero ya no vivía más que pensando en aquel viejo reloj de hierro que no le habían devuelto! Maese Zacarías debía haberse puesto a buscarlo.

Aubert comunicó su pensamiento a Gérande.

—Veamos el libro de mi padre — le respondió ella.

Los dos bajaron al taller. El libro estaba abierto sobre el banco. Todos los relojes de pared o de bolsillo hechos por el viejo relojero y que le habían devuelto debido a su desarreglo estaban tachados, excepto uno.

"Vendido al señor Pittonaccio un reloj de hierro, con campanario y personajes móviles, entregado en su castillo de Andernatt".

Era aquel reloj "moral" del que la vieja Escolástica había hablado con tantos elogios.

—¡Mi padre ha ido allí! — exclamó Gérande.

—Corramos — respondió Aubert —. Todavía podemos salvarle...

—No para esta vida — murmuró Gérande —, pero al menos para la otra.

—¡Que sea lo que Dios quiera, Gérande! El castillo de Andernatt está situado en las gargantas de los Dents—du—Midi, a unas veinte horas de Ginebra. Vayamos.

Aquella misma tarde, Aubert y Gérande, seguidos por su vieja sirvienta, caminaban a pie por la ruta que bordea el lago de Ginebra. Hicieron cinco leguas por la noche, sin detenerse ni en Bessigne, ni en Ermance, donde se alza el célebre castillo de los Mayor. Vadearon no sin esfuerzo el torrente del Dranse. En todos los lugares preguntaban por maese Zacarías, y pronto tuvieron la certeza de que caminaban tras sus pasos.

 

Al día siguiente, a la caída del sol, después de haber pasado Thonon llegaron a Evian, desde donde se ve la costa de Suiza desarrollarse ante la vista en una extensión de doce leguas. Pero los dos prometidos no se fijaron siquiera en aquellos parajes encantadores. Caminaban impulsados por una fuerza sobrenatural. Aubert, apoyado en un bastón de nudos, ofrecía su brazo unas veces a Gérande y otras a la vieja Escolástica, y sacaba de su corazón una suprema energía para sostener a sus compañeras. Los tres hablaban de sus dolores, de sus esperanzas, y seguían de este modo aquel hermoso camino a flor de agua, sobre la llanura estrecha que une las orillas del lago con las altas montañas del Chalais. Pronto alcanzaron Bouveret, el lugar en que el Ródano entra en el lago de Ginebra.

 

A partir de esta ciudad abandonaron el lago, y su fatiga aumentó en medio de aquellas comarcas montañosas. Vionnaz, Chesset, Collombay, aldeas medio perdidas, quedaron pronto a sus espaldas. Sin embargo, sus rodillas se doblaron, sus pies se desgarraron en aquellas crestas agudas que erizan el suelo como matas de granito. ¡Ningún rastro de maese Zacarías!

 

Pero había que encontrarle, y los dos prometidos no pidieron descansar ni en las cabañas aisladas ni en el castillo de Monthey, que con sus dependencias formó la dote de Margarita de Saboya. Por último, hacia el final de aquella jornada, alcanzaron, casi moribundos de fatiga, la ermita de Notre—Dame du Sex, que está situada en la base del Dent—du—Midi, a seiscientos pies por encima del Ródano.

 

EI ermitaño los recibió a los tres a la caída de la noche. No habrían podido dar un paso más, y allí tuvieron que tomar algún reposo.

 

El ermitaño no les dio noticia alguna de maese Zacarías. Apenas podían esperar encontrarle vivo en medio de aquellas sombrías soledades. La noche era profunda, el huracán silbaba en la montaña y las avalanchas se precipitaban desde la cima de las rocas vacilantes.

 

Los dos prometidos, acurrucados ante el hogar del ermitaño, le contaron su dolorosa historia. Sus capas, impregnadas de nieve, se secaban en un rincón. En el exterior el perro del ermitaño lanzaba lúgubres ladridos que se mezclaban a los silbidos del viento.

 

—El orgullo — dijo el ermitaño a sus huéspedes — perdió a un ángel creado para el bien. Es la piedra de toque donde chocan los destinos del hombre. Al orgullo, ese principio de todo vicio, no se puede oponer ningún razonamiento, porque, por su naturaleza misma, el orgulloso se niega a oírlos... ¡Por eso lo único que cabe hacer es rezar por su padre!

 

Los cuatro se arrodillaron cuando aumentaron los ladridos del perro, y, al poco, llamaron a la puerta de la ermita.

—¡Abra, en nombre del diablo!

La puerta cedió bajo violentos esfuerzos y apareció un hombre desgreñado, de mirada extraviada, apenas vestido.

—¡Padre! — exclamó Gérande.

Era maese Zacarías.

—¿Dónde estoy? — dijo —. ¡En la eternidad!...

El tiempo se ha terminado... las horas ya no suenan... las agujas se paran.

—¡Padre! — continuó Gérande con una emoción tan desgarradora que el viejo pareció volver al mundo de los vivos.

—¿Tú aquí, Gérande mía? — exclamó —. ¡Y tú también, Aubert! ¡Ah, mis queridos hijos, vengan a casarse a nuestra vieja iglesia!

—Padre mío — dijo Gérande tomándole del brazo —, vuelva a su casa de Ginebra, vuelva con nosotros.

El viejo escapó al abrazo de su hija y se lanzó hacia la puerta, en cuyo umbral la nieve se amontonaba en grandes copos.

—¡No abandone a sus hijos! — exclamó Aubert.

—¿Por qué — respondió con tristeza el viejo relojero —, por qué volver a esos lugares que mi vida ya ha dejado y donde una parte de mí mismo está enterrada para siempre?

—¡Su alma no ha muerto! — dijo el ermitaño con voz grave.

—¡Mi alma!... ¡Oh, no!... ¡Sus mecanismos son buenos!... La siento latir a compás...

—¡Su alma es inmaterial! ¡Su alma es inmortal! — continuó el ermitaño con fuerza.

—¡Sí... como mi gloria! ¡Pero está encerrada en el castillo de Andernatt, y quiero volver a verla!

El ermitaño se santiguó. Escolástica estaba casi desvanecida. Aubert sostenía a Gérande en sus brazos.

—El castillo de Andernatt está habitado por un condenado — dijo el ermitaño —, un condenado que no saluda a la cruz de mi ermita.

—¡Padre, no vaya allí!

—¡Quiero mi alma! ¡Mi alma es mía!

—¡Reténganlo, retengan a mi padre! — exclamó Gérande.

Pero el viejo había franqueado el umbral y se había lanzado a través de la noche gritando:

—¡Mía, mi alma es mía!

Gérande, Aubert y Escolástica se precipitaron tras sus pasos. Caminaron por senderos impracticables que maese Zacarías seguía como el huracán, impulsado por una fuerza irresistible. La nieve formaba remolinos a su alrededor y mezclaba sus copos blancos con la espuma de los torrentes desbordados.

 

Al pasar delante de la capilla levantada en memoria de la masacre de la legión tebana, Gérande, Aubert y Escolástica se santiguaron muy deprisa. Maese Zacarías no se descubrió.

 

Por fin apareció la aldea de Evionnaz en medio de aquella región desértica. El corazón más duro se hubiera conmovido al ver este poblado perdido en medio de aquellas horribles soledades. El viejo siguió adelante. Se dirigió hacia la izquierda y se abismó por la más profunda de las gargantas de aquellos Dents—du—Midi que muerden el cielo con sus agudos picos.

 

Muy pronto una ruina, vieja y sombría como las rocas de su base, se irguió ante él.

—¡Ahí está! ¡Ahí!... — exclamó acelerando de nuevo su desenfrenada carrera.

En aquella época, el castillo de Andernatt no era ya más que un montón de ruinas. Una maciza torre, gastada, hecha trizas, lo dominaba y parecía amenazar con su caída los viejos aguilones que se erguían a sus pies. Aquellos vastos amontonamientos de piedras causaban horror a la vista. En medio de los escombros se presentían algunas sombrías salas de techos desmoronados, inmundos receptáculos de víboras.

 

Una poterna estrecha y baja que se abría sobre un foso lleno de escombros daba acceso al castillo de Andernatt. ¿Qué habitantes habían pasado por allí? No se sabe. Sin duda algún margrave, mitad bandido, mitad señor, moró en aquel edificio. Al margrave le sucedieron los bandidos o los monederos falsos, que fueron ahorcados en el teatro de su crimen. Y la leyenda decía que, en las noches de invierno, Satán iba a dirigir sus zarabandas tradicionales en la pendiente de las profundas gargantas donde se sepultaban las sombras de aquellas ruinas.

Maese Zacarías no se asustó por aquel aspecto siniestro. Llegó a la poterna. Nadie le impidió pasar. Un patio grande y tenebroso se ofreció a su mirada. Nadie le impidió atravesarlo. Subió una especie de plano inclinado que llevaba a uno de aquellos largos corredores, cuyos arcos parecían aplastar la luz bajo sus pesados arranques. Nadie se opuso a su paso. Gérande, Aubert y Escolástica seguían tras él.

 

Maese Zacarías, como si una mano invisible le guiase, parecía seguro de su ruta y caminaba con paso rápido. Llegó a una vieja puerta carcomida que se derrumbó bajo sus golpes, mientras los murciélagos trazaban alrededor de su cabeza círculos oblicuos.

 

Una sala inmensa, mejor conservada que las demás, apareció ante él. Altos paneles esculpidos revestían sus muros, en los que las larvas, los vampiros, las tarascas parecían agitarse confusamente. Algunas ventanas alargadas y angostas, semejantes a troneras, se estremecían bajo las descargas de la tempestad.

Cuando maese Zacarías llegó al centro de aquella sala, lanzó un grito de alegría.

 

Sobre una repisa de hierro empotrada en la muralla descansaba aquel reloj donde ahora residía su vida entera. Aquella obra maestra sin par representaba una vieja iglesia romana, con sus contrafuertes de hierro forjado y su pesado campanario, en el que se encontraba un campanario completo para la antífona del día, el angelus, la misa, vísperas, completas y bendición. Encima de la puerta de la iglesia, que se abría a la hora de los oficios, había ahuecado un rosetón, en cuyo centro se movían dos agujas, y cuya archivolta reproducía las doce horas de la esfera esculpidas en relieve. Entre la puerta y el rosetón, como había contado la vieja Escolástica, aparecía una máxima referida al empleo de cada instante en una esfera de cobre. Maese Zacarías había regulado en otro tiempo aquella sucesión de leyendas con una solicitud completamente cristiana; las horas de rezo, de trabajo, de descanso, de recreo y de reposo se seguían según la disciplina religiosa, y debían procurar de modo infalible la salvación de un observador escrupuloso de sus recomendaciones.

Maese Zacarías, ebrio de alegría, iba a apoderarse de aquel reloj cuando una risa espantosa estalló a sus espaldas.

Se volvió y, a la luz de una lámpara humeante, reconoció al vejete de Ginebra.

 

—¡Usted aquí! — exclamó.

Gérande tuvo miedo. Se apretó contra su prometido.

Buenos días, maese Zacarías — dijo el monstruo.

—¿Quién es usted?

—¡El señor Pittonaccio, para servirle! ¡Ha venido a darme a su hija! Se ha acordado usted de mis palabras: "Gérande no se casará con Aubert".

El joven operario se lanzó contra Pittonaccio, que se esfumó como una sombra.

—Detente, Aubert — ordenó maese Zacarías.

—Detente, Aubert — ordenó maese Zacarías.

——Detente, Aubert — ordenó maese Zacarías.—¡Padre — exclamó Gérande —, huyamos de estos lugares malditos!... ¡Padre mío!

Maese Zacarías ya no estaba allí. A través de los pisos desmoronados perseguía el fantasma de Pittonaccio. Escolástica, Aubert y Gérande permanecieron, anonadados, en aquella sala inmensa. La joven había caído sobre un sillón de piedra; la vieja sirvienta se arrodilló a su lado y se puso a rezar. Aubert permaneció de pie, velando por su prometida. En la sombra serpenteaban unas luces pálidas y el silencio sólo era interrumpido por el trabajo de esos pequeños animales que roen las maderas viejas y cuyo ruido marca los compases del "reloj de la muerte".

A los primeros rayos del día, los tres se aventuraron por las escaleras sin fin que circulaban bajo aquel montón de piedra. Durante dos horas, vagaron de ese modo sin encontrar alma viviente y sin oír otra cosa que un eco lejano respondiendo a sus gritos. Unas veces se encontraban hundidos a cien pies bajo tierra, otras dominaban desde la altura aquellas montañas salvajes.

 

La casualidad los devolvió por último a la vasta sala que los había amparado durante aquella noche de angustias. Ya no estaba vacía. Maese Zacarías y Pittonaccio hablaban juntos en ella, uno de pie y rígido como un cadáver, el otro acurrucado en una mesa de mármol.

Al ver a Gérande, maese Zacarías la tomó de la mano y la llevó hacia Pittonaccio diciendo:

—¡Aquí tienes a tu amo y señor, hija mía! ¡Gérande, aquí tienes a tu esposo!

Gérande se estremeció de pies a cabeza.

—¡Nunca! — exclamó Aubert —, porque es mi prometida.

—¡Nunca! — respondió Gérande como un eco lastimero.

Pittonaccio se echó a reír.

 

—¿Quieres acaso mi muerte? — exclamó el viejo —. Ahí, en ese reloj, el último que todavía anda de todos los que han salido de mis manos, está encerrada mi vida, y este hombre me ha dicho: "Cuando yo tenga a tu hija, ese reloj te pertenecerá. ¡Y ese hombre no quiere darle cuerda! Puede romperlo y precipitarme en la nada. ¡Ay, hija mía!, entonces ya no me amarás.

 

—Padre mío — murmuró Gérande recuperándose del desvanecimiento.

—¡Si supieras cuánto he sufrido lejos de este principio de mi existencia! — continuó el viejo —. ¡Tal vez no cuiden este reloj! ¡Tal vez dejen que sus resortes se gasten, que sus mecanismos se atasquen! Pero ahora, voy a sostener con mis propias manos esta salud tan querida, porque no es necesario que yo muera, yo, el gran relojero de Ginebra. ¡Mira, hija mía, cómo avanzan esas agujas con paso seguro! ¡Mira, van a dar las cinco! ¡Escucha y mira la hermosa máxima que se ofrecerá a tus ojos!

 

Sonaron las cinco en el campanario del reloj con un ruido que resonó dolorosamente en el alma de Gérande, y en letras rojas aparecieron estas palabras: Hay que comer los frutos del árbol de la ciencia.

Aubert y Gérande se miraban llenos de estupefacción. ¡Aquéllas no eran ya las leyendas ortodoxas del relojero católico! Era preciso que el aliento de Satán hubiera pasado por allá. Pero Zacarías no se preocupaba, y continuó:

—¿Oyes, Gérande mía? ¡Yo vivo, vivo todavía! ¡Escucha mi respiración!, ¿No ves la sangre circular en mis venas?... No, no querrás matar a tu padre, y aceptarás a este hombre por esposo para que yo me vuelva inmortal y alcance por ultimo el poder de Dios.

 

Ante estas palabras impías, la vieja Escolástica se santiguó y Pittonaccio lanzó un rugido de alegría.

—¡Además, Gérande, serás feliz con él! ¡Mira a este hombre! ¡Es el Tiempo! ¡Su existencia será regulada con una precisión absoluta! ¡Gérande, puesto que yo te he dado la vida, devuelve la vida a tu padre!

—Gérande — murmuró Aubert —, yo soy tu prometido.

—¡Es mi padre! — respondió Gérande desplomándose sobre ella misma.

—¡Tuya es! — dijo maese Zacarías —. Pittonaccio, has de cumplir tu promesa.

—¡Toma la llave de este reloj! — respondió el horrible personaje.

Maese Zacarías se apoderó de aquella larga llave que se parecía a una culebra estirada, y corrió hacia el reloj, al que empezó a dar cuerda con una rapidez fantástica. El rechinamiento del muelle hacía daño en los nervios. El viejo relojero daba vueltas y más vueltas una y otra vez sin que su brazo se detuviese, y parecía que aquel movimiento de rotación era independiente de su voluntad. Dio vueltas de este modo, cada vez más deprisa y con contorsiones extrañas, hasta que cayó exhausto.

 

—¡Ya le he dado cuerda para un siglo! — exclamó.

Aubert salió de la sala como loco. Después de largos rodeos, encontró la salida de aquella morada maldita y se lanzó al campo. Volvió a la ermita de Notre—Dame du Sex y habló al santo hombre con palabras tan desesperadas que éste consintió acompañarle al castillo de Andernatt.

Si durante estas horas de angustia Gérande no lloró fue porque las lágrimas se habían agotado en sus ojos.

Maese Zacarías no había abandonado aquella inmensa sala. Iba a cada minuto a escuchar los latidos regulares del viejo reloj.

Mientras tanto, acababan de sonar las seis, y, para gran espanto de Escolástica, sobre la esfera de plata habían aparecido estas palabras: El hombre puede volverse igual a Dios.

El viejo no sólo no se sentía sorprendido por estas máximas impías, sino que las leía con delicia y se complacía en esos pensamientos de orgullo mientras Pittonaccio daba vueltas a su alrededor.

El acta de matrimonio debía firmarse a las doce de la noche. Gérande, casi inanimada, ya no veía ni oía. El silencio sólo era interrumpido por las palabras del viejo y por las risotadas de Pittonaccio.

Sonaron las once. Maese Zacarías se estremeció, y con voz sonora leyó esta blasfemia: El hombre debe ser esclavo de la ciencia, y por ella sacrificar padres y familia.

 

—Sí — exclamó —, sólo existe la ciencia en este mundo.

Las agujas serpenteaban sobre aquella esfera de hierro con silbidos de víbora, y el movimiento del reloj batía con golpes precipitados.

Maese Zacarías ya no hablaba. Había caído al suelo, lanzaba estertores, y de su pecho oprimido no salían más que estas palabras entrecortadas:

—¡La vida! ¡La ciencia!

Aquella escena tenía entonces dos nuevos testigos: el ermitaño y Aubert. Maese Zacarías permanecía tumbado en el suelo. Gérande, a su lado, más muerta que viva, rezaba...

De pronto, se oyó el ruido seco que precede al campanario de las horas.

Maese Zacarías se levantó.

—¡Las doce! — exclamó.

El ermitaño tendió la mano hacia el viejo reloj... y las doce de la noche no sonaron.

Maese Zacarías lanzó entonces un grito, que debió ser oído en el infierno, cuando aparecieron estas palabras: Quien trate de hacerse igual a Dios será condenado por toda la eternidad.

El viejo reloj estalló con un ruido de rayo, y el muelle saltó escapando a través de la sala con mil fantásticas contorsiones. El viejo se levantó, corrió detrás de él tratando en vano de atraparlo, y exclamó:

—¡Mi alma! ¡Mi alma!

El muelle saltaba delante de él, hacia un lado y hacia otro, sin que lograra atraparlo.

Por último, Pittonaccio se apoderó de él y, profiriendo una horrible blasfemia, desapareció bajo tierra.

Maese Zacarías cayó de espaldas. Estaba muerto.

El cuerpo del relojero fue inhumado en medio de los picos de Andernatt. Luego, Aubert y Gérande volvieron a Ginebra, y durante los largos años que Dios les concedió, se esforzaron por redimir con oraciones el alma del réprobo de la ciencia.

 

Juio Verne

 

 

En El  Siglo XXIX: La Jornada De Un Periodista Americano En El 2889

 

Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de un espectáculo de magia continua, sin que parezcan darse cuenta de ello. Hastiados de las maravillas, permanecen indiferentes ante lo que el progreso les aporta cada día. Siendo más justos, apreciarían como se merecen los refinamientos de nuestra civilización. Si la compararan con el pasado, se darían cuenta del camino recorrido. Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades con calles de cien metros de ancho, con casas de trescientos metros de altura, a una temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aeroómnibus. Al lado de estas ciudades, cuya población alcanza a veces los diez millones de habitantes, qué eran aquellos pueblos, aquellas aldeas de hace mil años, esas París, esas Londres, esas Berlín, esas Nueva York, villorrios mal aireados y enlodados, donde circulaban unas cajas traqueteantes, tiradas por caballos. ¡Sí, caballos! ¡Es de no creer! Si recordaran el funcionamiento defectuoso de los paquebotes y de los ferrocarriles, su lentitud y sus frecuentes colisiones, ¿qué precio no pagarían los viajeros por los aerotrenes y sobre todo por los tubos neumáticos, tendidos a través de los océanos y por los cuales se los transporta a una velocidad de 1.500 kilómetros por hora? Por último, ¿no se disfrutaría más del teléfono y del telefoto, recordando los antiguos aparatos de Morse y de Hugues, tan ineficientes para la transmisión rápida de despachos?



–Como aquí, entonces. ¿Y de Júpiter?

–¡Aún nada! No logramos entender las señales de los jovianos. Quizás...

–¡Esto le concierne a usted y lo hago responsable, señor Cash! –respondió Francis Bennett, que muy disgustado se dirigió a la sala de redacción científica.

Inclinados sobre sus calculadoras, treinta sabios se absorbían en ecuaciones de nonagésimo quinto grado. Algunos trabajaban incluso con fórmulas del infinito algebraico y del espacio de veinticuatro dimensiones como un escolar juega con las cuatro reglas de la aritmética.

Francis Bennett cayó entre ellos como una bomba.

–¿Y bien, señores, qué me dicen? ¿Aún ninguna respuesta de Júpiter? ¡Será siempre lo mismo! Veamos, Corley, hace veinte años que usted estudia este planeta, me parece...

–¿Qué quiere usted, señor? –respondió el sabio interpelado–. Nuestra óptica aún deja mucho que desear e incluso con nuestros telescopios de tres kilómetros...

–Ya lo oyó, Peer –interrumpió Francis Bennett, dirigiéndose al colega de Corley–, ¡la óptica deja mucho que desear...! ¡Es su especialidad, mi querido amigo! ¡Ponga más lentes, qué diablos! ¡Ponga más lentes!

Luego regresó con Corley:

–Pero a falta de Júpiter, ¿al menos obtenemos resultados con respecto a la Luna...?

–¡Tampoco, señor Bennett!

–¡Ah! Esta vez no acusará a la óptica. La Luna está seiscientas veces más cerca que Marte, con el cual, no obstante, nuestro servicio de correspondencia está establecido con regularidad. No son los telescopios los que faltan...

–No, los que faltan son los habitantes –respondió Corley con una fina sonrisa de sabio.

–¿Se atreve a afirmar que la Luna está deshabitada?

–Por lo menos, señor Bennett, en la cara que nos muestra. Quién sabe si del otro lado...

–Bueno, Corley, hay un medio muy sencillo para cerciorarse de ello...

–¿Cuál es?

–¡Dar vuelta la Luna!

Y aquel día los sabios de la fábrica Bennett comenzaron a proyectar los medios mecánicos que debían llevar a la rotación de nuestro satélite.


Por lo demás Francis Bennett tenía motivos para estar satisfecho. Uno de los astrónomos del Earth Herald acababa de determinar los elementos del nuevo planeta Gandini. Es a mil seiscientos millones trescientos cuarenta y ocho mil doscientos ochenta y cuatro kilómetros y medio que este planeta describe su órbita alrededor del sol y para realizarla necesita doscientos setenta y dos años, ciento noventa y cuatro días, doce horas, cuarenta y tres minutos, nueve segundos y ocho décimas.



Francis Bennett estaba encantado con esa precisión.

–¡Bien! –exclamó–, apresúrese a informar al servicio de reportajes. Usted sabe con qué pasión sigue el público estas cuestiones astronómicas. Quiero que la noticia aparezca en el número de hoy.

Antes de abandonar la sala de reporteros, Francis Bennett se acercó al grupo especial de entrevistadores y, dirigiéndose al que estaba encargado de los personajes célebres, preguntó:

–¿Ha entrevistado al presidente Wilcox?

–Sí, señor Bennett, y publicó en la columna de informaciones que sin duda alguna sufre de una dilatación del estómago y que debe someterse a lavados tubulares de los más concienzudos.

–Perfecto. ¿Y este asunto del asesino Chapmann? ¿Ha entrevistado a los jurados que deben presidir la audiencia?

–Sí, y están todos tan de acuerdo en la culpabilidad que el caso ni siquiera será expuesto ante ellos. El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado...

–¿Ejecutado... eléctricamente?

–Eléctricamente, señor Bennett, y sin dolor... se supone, pues aún no se ha dilucidado este detalle.


La sala contigua, vasta galería de medio kilómetro de largo, estaba consagrada a la publicidad y fácilmente se imagina lo que debe ser la publicidad de un periódico como el Earth Herald. Producía un promedio de tres millones de dólares al día. Gracias a un ingenioso sistema, una parte de esta publicidad se difundía en una forma absolutamente novedosa, debida a una patente comprada al precio de tres dólares a un pobre diablo que está muerto de hambre. Consiste en inmensos carteles, que reflejan las nubes, y cuya dimensión es tal que se los puede percibir desde toda una comarca.


En esa galería, mil proyectores se ocupaban sin cesar de enviar esos anuncios desmesurados a las nubes, que los reproducían en colores.

Pero, aquel día, cuando Francis Bennett entró en la sala de publicidad, vio que los mecánicos estaban de brazos cruzados cerca de los proyectores inactivos. Se informa... Por toda respuesta, le muestran el cielo de un azul puro.


–¡Sí! ¡Buen tiempo –murmura– y la publicidad aérea no es posible! ¿Qué hacer? ¡Si no se tratase más que de lluvia, podríamos producirla! ¡Pero no es lluvia, sino nubes lo que necesitamos!

–Sí... hermosas nubes muy blancas –respondió el mecánico jefe.

–Bueno, señor Samuel Mark, se dirigirá usted a la redacción científica, servicio meteorológico. Les dirá de mi parte que se pongan a trabajar en el asunto de las nubes artificiales. Verdaderamente no podemos quedarnos así, a merced del buen tiempo.


Tras haber acabado la inspección de las diversas divisiones del periódico, Francis Bennett pasó al salón de recepción donde lo esperaban los embajadores y ministros plenipotenciarios, acreditados ante el gobierno americano. Estos caballeros venían a buscar los consejos del todopoderoso director. En el momento en que Francis Bennett entraba en el salón, estaban discutiendo con cierta animación.


–Que su Excelencia me perdone –decía el embajador de Francia al embajador de Rusia–, pero para mí no hay nada que cambiar en el mapa de Europa. El Norte para los eslavos, ¡sea! ¡Pero el Sur para los latinos! Nuestra frontera común del Rin me parece excelente. Por otra parte, sépalo bien, mi gobierno resistirá cualquier maniobra que se haga contra nuestras prefecturas de Roma, Madrid y Viena.


–¡Bien dicho! –dijo Francis Bennett, interviniendo en el debate–. ¿Acaso, señor embajador de Rusia, no está satisfecho con su vasto imperio, que desde las orillas del Rin se extiende hasta las fronteras de China, un imperio cuyo inmenso litoral bañan el océano Glacial, el Atlántico, el mar Negro, el Bósforo y el océano Índico? Además, ¿para qué las amenazas? ¿Es posible la guerra con las invenciones modernas, esos obuses asfixiantes que se envían a cientos de kilómetros, esas centellas eléctricas, de veinte leguas de largo, que pueden aniquilar de un solo golpe un ejército entero, esos proyectiles que se cargan con microbios de la peste, del cólera, de la fiebre amarilla y que destruirían toda una nación en algunas horas?


–Ya lo sabemos, señor Bennett –respondió el embajador de Rusia–. Pero ¿podemos hacer lo que queremos? Empujados nosotros mismos por los chinos en nuestra frontera oriental, debemos intentar, cueste lo que costare, alguna acción hacia el Oeste...


–No es lo correcto, señor –replicó Francis Bennett con un tono protector–. ¡Bueno, como la proliferación china es un peligro para el mundo, presionaremos sobre los Hijos del Cielo. Tendrá que imponerles a sus súbditos un máximo de natalidad que no podrán superar bajo pena de muerte. Esto compensará las cosas.

–Señor cónsul–dijo el director del Earth Herald, dirigiéndose al representante de Inglaterra–, ¿qué puedo hacer por usted?

–Mucho, señor Bennett –respondió este personaje inclinándose con humildad–. Basta que su periódico consienta iniciar una campaña en nuestro favor...

–¿Y con qué propósito?

–Simplemente para protestar contra la anexión de Gran Bretaña por los Estados Unidos.

–¡Simplemente! –exclamó Francis Bennett encogiéndose de hombros–. ¡Una anexión de ciento cincuenta años de antigüedad! ¿Pero los señores ingleses no se resignarán jamás a que, por un justo vuelco del destino, su país se haya convertido en colonia americana? Es pura locura. Cómo es posible que su gobierno haya creído que yo iniciaría esta campaña antipatriótica...

–Señor Bennett, la doctrina de Munro [sic] es toda América para los americanos, usted lo sabe, nada más que América, y no...

–Pero Inglaterra es sólo una de nuestras colonias, señor, una de las mejores, convengo en eso, y no cuente con que consintamos en devolverla.

–¿Se rehusa usted?

–¡Me rehuso, y si insiste, provocaremos un casus belli nada más que con la entrevista de uno de nuestros reporteros!

–¡Entonces es el fin! –murmuró abatido el cónsul–. ¡El Reino Unido, Canadá y Nueva Bretaña son de los americanos, las Indias de los rusos, Australia y Nueva Zelanda son de ellas mismas! De todo lo que una vez fue Inglaterra, ¿qué nos queda? ¡Nada!

–¡Nada no, señor! –respondió Francis Bennett–. ¡Les queda Gibraltar!

Dieron las doce en ese momento. El director del Earth Herald terminó la audiencia con un ademán, abandonó el salón, se sentó en un sillón de ruedas y llegó en pocos minutos a su comedor, situado a un kilómetro de allí, en el extremo de su mansión.

La mesa está servida. Francis Bennett ocupa su lugar. Al alcance de su mano está dispuesta una serie de grifos y, ante él, se redondea el cristal de un fonotelefoto, sobre el cual aparece el comedor de su mansión de París. A pesar de la diferencia horaria, el señor y la señora Bennett convienen en tener sus comidas al mismo tiempo. Nada más encantador que almorzar así, frente a frente, a mil leguas de distancia, viéndose y hablándose por medio de aparatos fonotelefóticos.

Pero en este momento la sala en París está vacía.

–Edith estará retrasada –se dice Francis Bennett–. ¡Oh, la puntualidad de las mujeres! Progresa todo, menos eso...

Y haciéndose esta muy justa reflexión, abre uno de los grifos.

Como todas las personas acomodadas de nuestra época, Francis Bennett, renunciando a la cocina doméstica, es uno de los abonados a la Gran Sociedad de Alimentación a Domicilio. Esta sociedad distribuye mediante una red de tubos neumáticos manjares de toda clase. Este sistema es costoso, sin duda, pero la cocina es mejor y tiene la ventaja de suprimir la exasperante raza de los cocineros de ambos sexos.

Así que Francis Bennett almuerzó solo, no sin pesar, y estaba terminando su café cuando Mrs. Bennett, que volvía a su residencia, apareció en el cristal del telefoto.

–¿Y de dónde vienes, mi querida Edith? –preguntó Francis Bennett.

–¡Vaya! –respondió Mrs. Bennett–. ¿Ya has terminado? ¿He llegado tarde...? ¿Que de dónde vengo...? ¡De mi sombrerero...! ¡Este año hay unos sombreros fascinantes! ¡Es más, ya no son sombreros siquiera... son domos, son cúpulas! Estaré un poco olvidadiza...

–Un poco, querida, puedes ver que ya he terminado mi almuerzo...

–Bueno, ve, querido mío, ve a tus ocupaciones –respondió Mrs. Bennett–. Aún tengo que hacerle una visita a mi modista–modelador.

Este modista era nada menos que el célebre Wormspire, aquel que tan acertadamente proclamó el principio: "La mujer no es más que una cuestión de formas".

Francis Bennett besó la mejilla de Mrs. Bennett sobre el cristal del telefoto y se dirigió a la ventana, donde esperaba su aerocoche.

–¿Adónde va, señor? –preguntó el aerocochero.

–Veamos; tengo tiempo –respondió Francis Bennett–. Condúzcame a mis fábricas de acumuladores del Niágara.


El aerocoche, admirable máquina, basada en el principio de lo más pesado que el aire, se lanzó a través del espacio con una velocidad de seiscientos kilómetros por hora. Bajo sus pies desfilaban las ciudades y sus aceras móviles que transportaban a los peatones a lo largo de las calles, los campos recubiertos de una inmensa telaraña, la red de hilos eléctricos.

En media hora Francis Bennett había llegado a su fábrica del Niágara, en la cual, después de haber utilizado la fuerza de las cataratas para producir energía, la vende o la alquila a los consumidores. Luego de finalizar su visita, volvió por Filadelfia, Boston y Nueva York a Universal City, donde su aerocoche lo dejó a las cinco de la tarde.


Había una muchedumbre en la sala de espera del Earth Herald. Acechaban el regreso de Francis Bennett para la audiencia diaria que concedía a los solicitantes. Eran inventores que mendigaban fondos, empresarios que proponían negocios, todos dignos de ser atendidos. Tras escuchar las diferentes propuestas, había que elegir, rechazar las malas, examinar las dudosas, aceptar las buenas.


Francis Bennett despachó rápidamente a los que no aportaban más que ideas inútiles o impracticables. ¿No pretendía uno de ellos hacer revivir la pintura, un arte tan pasado de moda que el Ángelus de Millet se acababa de vender en quince francos, y esto gracias al progreso de la fotografía en color, inventada a fines del siglo XIX por el japonés Aruziswa–Riochi–Nichrome–Sanjukamboz–Kio–Baski–Kû, nombre que se ha vuelto popular con tanta facilidad? ¿No había encontrado otro el bacilo primigenio, que debía hacer al hombre inmortal tras ser introducido en el organismo humano bajo la forma de un caldo bacteriano? ¿No acababa de descubrir éste, un químico práctico, un nuevo cuerpo simple, el nihilio, cuyo kilogramo costaba tres millones de dólares? ¿No afirmaba aquél, un osado médico, que si la gente moría aún, al menos moría curada? ¿Y este otro, aun más audaz, no pretendía poseer un remedio específico contra el catarro...?


Todos estos soñadores fueron despedidos prontamente.

Algunos otros recibieron mejor acogida y primeramente un joven, cuya amplia frente anunciaba una profunda inteligencia.

–Señor –dijo–, si antiguamente se calculaban en setenta y cinco los cuerpos simples, este número se ha reducido actualmente a tres, ¿sabe usted?

–Perfectamente –respondió Francis Bennett.

–Bien, señor, estoy a punto de reducir estos tres a uno solo. Si no me falta el dinero, en algunas semanas lo habré logrado.

–¿Y entonces?

–Entonces, señor, lisa y llanamente habré determinado lo absoluto.

–¿Y la consecuencia de este descubrimiento?

–Será la creación sencilla de cualquier materia, piedra, madera, metal, fibrina...

–¿Entonces pretendería usted llegar a fabricar una criatura humana...?

–Absolutamente... Sólo le faltará el alma...

–¡Cómo no! –respondió irónicamente Francis Bennett, que, sin embargo, incorporó al joven químico a la redacción científica del periódico...

Un segundo inventor, basándose en viejas experiencias que databan del siglo XIX y desde entonces repetidas muchas veces, tenía la idea de desplazar toda una ciudad en un solo bloque. Se trataba concretamente de la ciudad de Staaf, situada a unas quince millas del mar, la cual se transformaría en estación balnearia, tras haber sido llevada sobre rieles hasta el litoral. De donde resultaría un enorme beneficio para los terrenos edificados y por edificar.


Francis Bennett, seducido por este proyecto, consintió en ir a medias en el negocio.

–Sabe, señor –le dijo un tercer postulante–, que, gracias a nuestros acumuladores y transformadores solares y terrestres, hemos logrado uniformar las estaciones. Transformamos en calor una parte de la energía de que disponemos y enviamos este calor a las regiones polares, donde fundirá los hielos...

–Déjeme sus planos –respondió Francis Bennett– y vuelva en una semana.


Por fin, un cuarto sabio llevaba la noticia de que una de las cuestiones que apasionaban al mundo entero iba ser resuelta esa misma noche.


Se sabe que un siglo atrás una temeraria experiencia había atraído la atención pública sobre el doctor Nathaniel Faithburn. Partidario convencido de la hibernación humana, es decir, de la posibilidad de suspender las funciones vitales y posteriormente hacerlas renacer luego de cierto tiempo, se había decidido a experimentar sobre sí mismo la excelencia del método. Después de haber indicado mediante testamento ológrafo las maniobras adecuadas para volverlo paulatinamente a la vida dentro de cien años, fue sometido a un frío de 172 grados; reducido entonces al estado de momia, el doctor Faithburn fue encerrado en una cripta por el periodo convenido.


Ahora bien, era precisamente ese día, 25 de julio de 2890, cuando el plazo expiraba. Vinieron a proponerle a Francis Bennett que la resurrección esperada con tanta impaciencia se celebrase en una de las salas del Earth Herald. De este modo el público podría estar al tanto de la situación segundo a segundo.


La propuesta fue aceptada y como la operación no debía realizarse hasta las nueve de la noche, Francis Bennett se tendió en una reposera en la sala de audición. Luego, girando una perilla, se puso en comunicación con el Central Concert.

¡Después de una jornada tan ocupada, qué delicia encontró en las obras de los mejores músicos de la época, basadas en una sucesión de sabias fórmulas armónico–algébricas!

La oscuridad envolvía la sala y Francis Bennett, entregado a un sueño semiextático, ni siquiera se daba cuenta. Pero de pronto se abrió una puerta.

–¿Quién es? –dijo, girando un conmutador colocado bajo su mano.

Inmediatamente, por una sacudida eléctrica producida en el éter, el aire se volvió luminoso.

–¡Ah! ¿Es usted, doctor? –dijo Francis Bennett.

–Soy yo –respondió el doctor Sam, quien venía a hacer su visita diaria... del abono anual–. ¿Cómo se encuentra?

–Bien.

–Tanto mejor... Veamos su lengua.

Y la observó bajo el microscopio.

–Bien... ¿Y su pulso?

Lo tomó con un sismógrafo, muy parecido a los que registran las vibraciones del suelo.

–¡Excelente! ¿Y el apetito?

–¡Este...!

–¡Sí, el estómago! ¡No anda muy bien! ¡El estómago ha envejecido! ¡Pero la cirugía ha progresado mucho! ¡Será necesario hacerle colocar uno nuevo! Usted sabe, tenemos estómagos de repuesto, con garantía de dos años...

–Ya veremos –respondió Francis Bennett–. Mientras esperamos, doctor, acompáñeme a cenar.


Durante la comida, la comunicación fonotelefótica fue establecida con París. Esta vez, Edith Bennett estaba sentada a la mesa y la cena, entremezclada con los chistes del doctor Sam, fue fascinante. Luego, apenas terminaron:

–¿Cuándo calculas regresar a Universal City, mi querida Edith? –preguntó Francis Bennett.

–Voy a partir al instante.

–¿Por el tubo o el aerotren?

 

–Por el tubo.

–¿Entonces estarás aquí...?

–A las once y cincuenta y nueve de la noche.

–¿Hora de París?

–¡No, no! Hora de Universal City.

–Hasta pronto, entonces, y, sobre todo, no pierdas el tubo.

Estos tubos submarinos, por los cuales se venía de Europa en 295 minutos, eran preferibles a los aerotrenes, que sólo iban a 1.000 kilómetros por hora.


El doctor se retiró, después de haber prometido regresar para asistir a la resurrección de su colega Nathaniel Faithburn, y Francis Bennett, queriendo determinar las cuentas del día, entró a su despacho. Enorme operación, cuando se trata de una empresa cuyos gastos diarios alcanzan los 1.500 dólares. Afortunadamente, el progreso de la mecánica moderna facilita notablemente este tipo de trabajo. Con ayuda del piano–calculador eléctrico, Francis Bennett acabó su tarea en veinticinco minutos.


Ya era hora. Apenas hubo golpeado la última tecla en el aparato totalizador, su presencia fue reclamada en la sala de experimentación. De inmediato se dirigió a ella y fue recibido por un numeroso cortejo de sabios, quienes se hallaban junto al doctor Sam.


Allí está el cuerpo de Nathaniel Faithburn, en su ataúd, que se halla colocado sobre caballetes en medio de la sala.

Se activa el telefoto y el mundo entero va a poder seguir las diversas fases de la operación.

Se abre el féretro... Se saca a Nathaniel Faithburn... Todavía parece una momia, amarillo, duro, seco. Suena como la madera... Se lo somete al calor... a la electricidad... Ningún resultado... Se lo hipnotiza... Se lo sugestiona... Nada puede vencer este estado ultracataléptico...

–¿Y bien, doctor Sam? –pregunta Francis Bennett.

El doctor Sam se inclina sobre el cuerpo, lo examina con la mayor atención... Le introduce por medio de una inyección hipodérmica algunas gotas del famoso elixir Brown–Séquard, que aún está de moda... La momia está más momificada que nunca.

–Bien –responde el doctor Sam–, creo que la hibernación se ha prolongado en demasía...

–¿Y entonces?

–Entonces, Nathaniel Faithburn está muerto.

–¿Muerto?

–¡Tan muerto como se lo puede estar!

–¿Puede decir desde cuándo?

–¿Desde cuándo? –respondió el doctor Sam–. Desde el momento en que ha tenido la nefasta idea de hacerse congelar por amor a la ciencia...

–¡Vamos –dijo Francis Bennett–, he aquí un método que necesita ser perfeccionado!

–Perfeccionado es la palabra –respondió el doctor Sam, mientras la comisión científica de hibernación se llevaba su fúnebre paquete.

Francis Bennett, seguido por el doctor Sam, volvió a su habitación y, como parecía muy fatigado después de una jornada tan atareada, el médico le aconsejó tomar un baño antes de acostarse.

–Tiene razón, doctor... Así me repondré...

–Completamente, señor Bennett, y si lo desea, voy a ordenar al salir...


–No es necesario, doctor. Hay siempre un baño preparado en la mansión y ni siquiera tengo que molestarme en ir a tomarlo fuera de mi habitación. Mire, con sólo tocar este botón, la bañera va a ponerse en movimiento y la verá presentarse ella sola con el agua a la temperatura de treinta y siete grados.


Francis Bennett acababa de presionar el botón. Un ruido sordo brotaba, crecía, se intensificaba... Luego, se abrió una de las puertas y apareció la bañera, deslizándose eléctricamente sobre sus rieles.

¡Cielos! Mientras el doctor Sam se cubre la cara, unos grititos de pudor y espanto se escapan de la bañera...

 

Habiendo llegado hacía media hora a la mansión por el tubo transoceánico, Mrs. Bennett estaba dentro...

El día siguiente, 26 de julio de 2890, el director del Earth Herald volvía a comenzar su ronda de veinte kilómetros a través de sus oficinas y a la noche, cuando operó su totalizador, estimó los beneficios de aquella jornada en doscientos cincuenta mil dólares: cincuenta mil más que la víspera.

¡Qué buena ocupación, la de periodista a fines del siglo veintinueve!




Un Expreso Del Futuro

 

—Ande con cuidado –gritó mi guía— ¡Hay un escalón!

Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.


¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra... No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.


—Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo –dijo mi guía—. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en América, en Boston... en una estación.

—¿Una estación?

—Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.

Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.


Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.


¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor –el coronel Pierce— estaba ahora frente a mí.


Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil tonelada, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta “Armada de la Ciencia” era descripta llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.


Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.


Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento... Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.


Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.

Así que aquella “Utopía” se había vuelto realidad ¡ y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra !

A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!

—Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible– expresé en voz alta aquella opinión.

—Al contrario, ¡absolutamente fácil! protestó el coronel Pierce—. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios... ¡casi la velocidad de una bala de cañón!.. De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.


—¡Mil ochocientos kilómetros por hora!— exclamé.

—Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3,53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9,34 de la mañana... O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.

Yo no sabía que pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?... ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?

—Muy bien, ¡así debe ser! –dije—. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!

—¡No, de ninguna manera! —objetó e coronel, encogiéndose de hombros—. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, ero mediante el simple giro de una perilla, podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?


Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada, alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.

—¡El vehículo! –exclamó el coronel—. ¡Entre!

Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.

A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.

Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.

Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:

—Bien –dije—. ¿Es que no vamos a arrancar?

—¿Si no vamos a arrancar? –exclamó el coronel Pierce—. ¡Ya hemos arrancado!

Arrancado... sin la menor sacudida... ¿cómo era posible?... Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.

¡Si en verdad habíamos arrancado... si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora... ya debíamos estar lejos

de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!

Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.

Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.

Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.

Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del capitán Pierce... quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.

 


 

Gil-Braltar

 

Había allí unos setecientos u ochocientos, cuanto menos. De talla promedio, pero robustos, ágiles, flexibles, hechos para los saltos prodigiosos, se movían iluminados por los últimos rayos del sol que se ponía al otro lado de las montañas ubicadas al oeste de la rada. Pronto, el rojizo disco desapareció y la oscuridad comenzó a invadir el centro de aquel valle encajado en las lejanas sierras de Sanorra, de Ronda y del desolado país del Cuervo.


De pronto, toda la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer montado en la cresta misma de la montaña, como sobre el lomo de un flaco asno. Del puesto de soldados que se encontraban sobre la parte superior de la enorme piedra, ninguno fue capaz de ver lo que estaba sucediendo bajo los árboles.


—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a ese silbido una extraordinaria intensidad.

—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era sin duda alguna aquel jefe de estatura alta, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, su cabeza rodeada de una enmarañada y espesa caballera, la cara erizada por una corta barba, sus pies desnudos y duros por debajo como un casco de caballo.

Levantó el brazo derecho y lo extendió hacia la parte inferior de la montaña. Todos repitieron de inmediato aquel gesto con precisión militar, mejor dicho, mecánica, como auténticos muñecos movidos por un mismo resorte. El jefe bajó su brazo y todos los demás bajaron sus brazos. Él se inclinó hacia el suelo. Ellos se inclinaron igualmente adoptando la misma actitud. Él empuñó un sólido bastón que comenzó a ondear. Ellos ondearon sus bastones y ejecutaron un molinete similar al suyo, aquel molinete que los esgrimistas llaman "la rosa cubierta".

Entonces, el jefe se dio la vuelta, se deslizó entre las hierbas y se arrastró bajo los árboles. La tropa lo siguió mientras se arrastraban al mismo tiempo.


En menos de diez minutos fueron recorridos los senderos del monte, descarnados por las lluvias sin que el movimiento de una piedra hubiera puesto al descubierto la presencia de esta masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo. Todos se detuvieron como si se hubieran quedado congelados en el lugar.

A doscientos metros más abajo se veía la ciudad, cobijada por la extensa y oscura rada. Numerosas luces centelleantes hacían visible un confuso grupo de muelles, de casas, de villas, de cuarteles. Más allá se distinguían los fanales de los barcos de guerra, los fuegos de los buques comerciales y de los pontones anclados en el muelle y que eran reflejados en la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, en la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su haz luminoso sobre el estrecho.


En ese momento se oyó un cañonazo: el first gun fire, lanzado desde una de las baterías rasantes. Luego se comenzaron a escuchar los redobles de los tambores acompañados de los agudos silbatos de los pífanos.

Era la hora de el toque de queda, la hora de recogerse en casa. Ningún extranjero tenía ya el derecho de caminar por la ciudad, a no ser que estuviera escoltado por algún oficial de la guarnición. Se le ordenaba a los miembros de las tripulaciones de los barcos que regresaran a bordo antes de que las puertas de la ciudad se cerraran. Con intervalos de quince minutos, circulaban por las calles algunas patrullas que llevaban a la estación a aquellos que se habían retrasado o a los borrachos. Entonces la ciudad se sumía en una profunda tranquilidad.


El general Mac Kackmale podría dormir entonces a pierna suelta.

Esa noche, no parecía que Inglaterra tuviera que temer que algo ocurriera en su Peñón de Gibraltar.

Es conocido que este gran peñón, que tiene una altura de cuatrocientos veinticinco metros, reposa sobre una base de doscientos cuarenta y cinco metros de ancho, con cuatro mil trescientos de largo. Su forma se asemeja a un enorme león echado, su cabeza apunta hacia el lado español, y su cola se baña en el mar. Su rostro muestra los dientes — setecientos cañones apuntando a través de sus troneras—, los dientes de la anciana, como alguien dice. Una anciana que mordería duro si alguien la irritara. Inglaterra está sólidamente apostada en el lugar, tanto como en Perim, en Adén, en Malta, en Pulo—Pinang y en Hong Kong, otros tantos peñones que, algún día, con el progreso de la Mecánica, podrán ser convertidos en fortalezas giratorias.


Mientras llega el momento, Gibraltar le asegura al Reino Unido una dominación indiscutible sobre los dieciocho kilómetros de este estrecho que la maza de Hércules abrió entre Abila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su península? Sí, sin duda, porque parece ser inatacable por tierra o por mar.

No obstante, existía uno que estaba obsesionado con la idea de reconquistar esta roca ofensiva y defensiva. Era el jefe de la tropa, un ser raro, que se puede decir que estaba loco. Este hombre se hacía llamar precisamente Gil Braltar, nombre que sin duda alguna lo predestinaba para hacer viable esta conquista patriótica. Su cerebro no había resistido y su lugar hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se le conocía bien. Sin embargo, desde hacía diez años, no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Quizás erraría a través del mundo? Realmente, no había abandonado en modo alguno su dominio patrimonial. Vivía como un troglodita, bajo los bosques, en cuevas, y más específicamente en el fondo de aquellos inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que según se dice se comunican con el mar. Se le creía muerto. Vivía, sin embargo, pero a la manera de los hombres salvajes, privados de la razón humana, que sólo obedecen a sus instintos animales.


El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas de lo que manda el reglamento. Con sus desmesurados brazos, sus ojos redondos, hundidos bajo espesas cejas, su cara rodeada de una áspera barba, su fisonomía gesticulante, sus gestos de antropopiteco, el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, incluso para un general inglés. Un verdadero mono. Pero un excelente militar por otra parte, pese a su figura simiesca.


¡Sí! Dormía en su confortable morada de Main Street, una calle sinuosa que atraviesa la ciudad desde La Puerta del Mar hasta La Puerta de la Alameda. Quizás el general soñaba que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquía, de Holanda, de Afganistán, de Sudán o del país de los bóers, en una palabra, de todos los puntos del globo que se ajustaban a su conveniencia, justo en el momento en que corría el peligro de perder Gibraltar.


La puerta del cuarto se abrió de repente.

—¿Qué ocurre? — preguntó el general Mac Kackmale, incorporándose de un salto.

—¡Mi general — le contestó un ayudante de campo que había entrado por la puerta como un torpedo —, la ciudad está siendo invadida!...

—¿Los españoles?

—¡Debe ser!

—¡Se habrán atrevido!...

El general no terminó la frase. Se levantó, arrojó a un lado el madrás que le ceñía la cabeza, se deslizó en sus pantalones, se zambulló en su traje, se dejó caer en sus botas, se caló su bicornio, se armó con su espada mientras decía:

—¿Qué es ese ruido que estoy escuchando?

—El ruido de las rocas que avanzan como un alud por toda la ciudad.

—¿Son numerosos esos bribones?...

—Deben serlo.

—Sin duda todos los bandidos de la costa se han reunido para ejecutar este ataque: los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque y los refugiados que pululan en todas las poblaciones ...

—Es de temer, mi general.

—¿Y el gobernador?...¿Ha sido prevenido?

—¡No! ¡Es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa! ¡Las puertas están ocupadas, las calles están llenas de asaltantes!...

—¿Y el cuartel de La puerta del Mar?...

—¡No existe medio alguno para llegar hasta allí! ¡Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel!—Unos veinte, mi general. Son los soldados del tercer regimiento, que pudieron escapar cuando todo comenzó.

—¡Por San Dunstán! — exclamó Mac Kackmale —, ¡Gibraltar arrebatada a Inglaterra por estos vendedores de naranjas!... ¡No!... ¡Eso no ocurrirá!

En ese momento, la puerta del cuarto dio paso a un extraño ser que saltó sobre los hombros del general.

—¡Ríndase! — exclamó una ronca voz, que más tenía de rugido que de voz humana.

Algunos hombres, que habían acudido detrás del ayudante de campo, iban a abalanzarse sobre aquel hombre que había acabado de penetrar en el cuarto del general, cuando a la claridad del cuarto los individuos reconocieron al recién llegado.

—¡Gil Braltar! — exclamaron.

Era él, en efecto, aquel hombre del cual no se hablaba desde mucho tiempo atrás, el salvaje de las grutas de San Miguel.

—¡Ríndase! — volvió a gritar.

—¡Jamás! — contestó el general Mac Kackmale.

De repente, en el momento en que los soldados lo rodeaban, Gil Braltar emitió un silbido agudo y prolongado.

Inmediatamente, el patio del edificio, luego el edificio todo, se llenó de una masa invasora.

¿Lo creerán ustedes?¡Eran monos, monos por centenares! ¿Venían pues a recuperar de los ingleses este peñón del que son los verdaderos dueños, este monte que ocupaban mucho antes que los españoles, mucho antes que Cromwell hubiese soñado en su conquista para Gran Bretaña? ¡Sí, en verdad! ¡Y eran temibles por su número, estos monos sin colas, con los cuales no se vivía en paz, sino a condición de tolerar sus merodeos, estos seres inteligentes y atrevidos que las personas evitan molestar, pues sabían vengarse (lo habían hecho muchas veces) haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y ahora, estos monos se habían convertido en los soldados de un loco, tan salvaje como ellos, este Gil Braltar que ellos conocían, que vivía la vida independiente de ellos, de este Guillermo Tell cuadrumanizado, que ha concentrado toda su existencia a un solo pensamiento: expulsar a todos los extranjeros del territorio español.


¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si aquella tentativa tuviera éxito! ¡Los ingleses, que habían derrotado a los indios, a los abisinios, a los tasmanios, a los australianos, a los hotentotes y a muchos otros, ahora serían vencidos por unos simples monos!

¡Si semejante desastre llegara a ocurrir, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que volarse los sesos! ¡Era imposible sobrevivir a semejante deshonor!


Sin embargo, antes de que los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen invadido la habitación del general, algunos soldados habían podido atrapar a Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, se resistió, y no costó poco trabajo reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha; se encontraba amarrado, amordazado y casi desnudo en una esquina de la habitación, sin poder moverse ni emitir sonido alguno. Poco tiempo después, Mac Kackmale abandonó su casa con la firme resolución de vencer o morir de acuerdo a una de las más importantes reglas militares.


Pero el peligro en el exterior no era menor. Al parecer, algunos soldados se habían podido reunir en La puerta del Mar y avanzaban hacia la casa del general. Varios disparos se escucharon en los alrededores de Main Street y la plaza de Comercio. Sin embargo, el número de simios era tal que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder posiciones. Y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonados, las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían con un solo defensor, y los ingleses que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.


De repente, se produjo un brusco giro en el curso de los acontecimientos.

En efecto, a la luz de algunas antorchas que iluminaban el patio, pudo verse a los monos batirse en retirada. Al frente de la banda iba su jefe blandiendo su bastón. Todos lo seguían a su mismo paso, imitando su movimiento de brazos y piernas.

¿Había podido Gil Braltar desatarse y arreglárselas para escapar de la habitación donde se encontraba prisionero? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigía ahora? ¿Se dirigía hacia la punta de Europa, a la villa del gobernador con el objetivo de atacarlo y obligarlo a rendirse, así como había hecho con el general?

¡No! El loco y su banda descendieron por Main Street. Luego de haber cruzado por La puerta de la Alameda, marcharon oblicuamente a través del parque y comenzaron a subir por la cuesta de la montaña.

¿Que había ocurrido, entonces?

Pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.

Había sido él quien, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero y había dirigido la retirada de la banda. Parecía de tal modo un cuadrúmano, este bravo guerrero, que logró engañar a los monos. Así fue como no tuvo que hacer otra cosa más que presentarse y todos lo siguieron.


Simplemente, una idea genial, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la Cruz de San Jorge.

Sin embargo, esta aventura constituyó una lección para el gobierno de Su Graciosa Majestad. Comprendió que si bien Gibraltar no podía ser tomada por los hombres, estaba a merced de los monos. En consecuencia, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí, en lo sucesivo, sino a los más feos de sus generales, de manera que los monos volvieran a engañarse si ocurriera otro hecho similar.

Esta medida le asegurará , verdaderamente para siempre, la posesión de Gibraltar.

 


 

El Eterno Adan


El zartog Sofr-Aï-Sr —es decir, "el doctor, tercer representante masculino de la centesimoprimera generación de la dinastía de los Sofr"— seguía a pasos lentos la calle principal de Basidra, la capital del Hars-lten-Schu, o dicho en otras palabras "El Imperio de los Cuatro Mares". Cuatro mares, efectivamente: el Tubelone o septentrional, el Ehone o austral, el Spone u oriental y el Merone u occidental, limitaban aquel vasto territorio, de forma muy irregular, cuyos puntos más extremos (según las medidas comunes al lector) alcanzaban, en longitud, los cuatro grados Este y los sesenta y dos grados Oeste, y en latitud los cincuenta y cuatro grados Norte y los cincuenta y cinco grados Sur. En cuanto a la respectiva extensión de esos mares, ¿cómo evaluarla, aunque fuera de un modo aproximado, ya que todos ellos se unían entre sí, y un navegante, abandonando cualquiera de sus orillas y bogando siempre al frente, llegaría necesariamente a la orilla diametralmente opuesta? Ya que, en toda la superficie del planeta, no existían otras tierras que las del Hars-lten-Schu.


Sofr caminaba a pasos lentos, en primer lugar porque hacía mucho calor: entraban en la estación ardiente y Basidra, situada al borde del Spone-Schu o mar oriental, a menos de veinte grados al norte del Ecuador, se veía avasallada por una terrible catarata de rayos derramados por el sol, cerca de su cenit en aquellos momentos.


Pero, más que el cansancio y el calor, era el peso de sus pensamientos lo que retardaba los pasos de Sofr, el sabio zartog. Mientras se secaba la frente con mano distraída, recordaba la sesión que acababa de terminar, y donde tantos oradores elocuentes, entre los que se honraba en contarse, habían celebrado magníficamente el ciento noventa y cinco aniversario de la fundación del Imperio.


Algunos de ellos habían hecho un resumen de su historia, que era la historia de toda la humanidad. Habían mostrado la Mahart-Iten-Schu, la Tierra de los Cuatro Mares, dividida originalmente en un inmenso numero de poblaciones salvajes que se ignoraban las unas a las otras. A esas poblaciones se remontaban las tradiciones más antiguas. En cuanto a los hechos anteriores nadie los conocía, y las ciencias naturales apenas comenzaban a discernir una tenue luz en las impenetrables tinieblas del pasado. Sea como fuere, aquellos antiguos tiempos escapaban a la crítica histórica, cuyos primeros rudimentos se componían de aquellas vagas nociones referentes a las antiguas poblaciones dispersas.


Durante mas de ocho mil años, la historia, en grados cada vez más completos y exactos, de la Mahart-lten-Schu no relataba otra cosa que combates y guerras, primero de individuo a individuo, luego de familia a familia, finalmente de tribu a tribu, y en donde cada ser vivo cada colectividad, grande o pequeña, no tenía a lo largo de las eras otro objetivo que asegurar su supremacía sobre sus competidores y se esforzaba con diversa fortuna, a veces adversa, en someterlos a sus leyes.


Después de esos ocho mil años, los recuerdos de los hombres eran un poco más precisos. Al principio del segundo de los cuatro periodos en los que comúnmente se dividían los anales de la Mahart-lten-Schu, la leyenda empezaba a merecer más justamente el nombre de historia. Por otro lado, fuera historia o leyenda, la temática de los relatos apenas cambiaba: siempre no eran mas que masacres y matanzas -ya no de tribu a tribu, hay que admitirlo, sino ahora de pueblo a pueblo-, por lo que, en buena ley, ese segundo periodo no era muy diferente del primero.

Y lo mismo podía decirse del tercero, cuyo final se hallaba apenas a doscientos años de distancia en l pasado, tras haber durado cerca de seis siglos. Más atroz quizá esa tercera época, durante la cual innumerables ejércitos de hombres, con una rabia insaciable, habían regado la tierra con su sangre.


En efecto, un poco menos de ocho siglos antes del día en que el zartog Sofr seguía la calle principal de Basidra, la humanidad se había hallado preparada para las vastas convulsiones. En aquel momento, habiendo cumplido las armas, el fuego, la violencia, una parte de su necesaria obra, habiendo sucumbido los débiles ante los fuertes, los hombres que poblaban la Mahart-lten-Schu formaban tres naciones homogéneas, en cada una de las cuales el tiempo había atenuado las diferencias entre los vencedores y los vencidos de otros tiempos.


Fue entonces cuando una de esas naciones emprendió la tarea de someter a sus vecinas. Situados en el centro de la Mahart-Iten-Schu, los Andarti-Ha-Sammgor, u Hombres de Rostro de Bronce, lucharon sin piedad para ampliar sus fronteras, dentro de las cuales se asfixiaba su ardiente y prolífica raza. Unos tras otros, al precio de seculares guerras, vencieron a los Andarti-Mahart-Horis, los Hombres del País de la Nieve, que habitan las extensiones del sur, y a los Andarti-Mitra-Psul, los Hombres de la Estrella Inmóvil, cuyo imperio estaba situado al norte y al oeste.

Cerca de doscientos años habían transcurrido desde que la última revuelta de esos dos últimos pueblos había sido ahogada en torrentes de sangre, y la tierra había conocido por fin una era de paz. Era el cuarto periodo de la historia. Un solo Imperio reemplazaba a las tres naciones de antes, y todo el mundo obedecía la ley de Basidra, y la unidad política tendía a fundir las razas. Nadie hablaba ya de los Hombres de Rostro de Bronce, de los Hombres del País de la Nieve, de los Hombres de la Estrella Inmóvil, y la tierra no contenía mas que un pueblo único, los Andart'-Iten-Schu, los Hombres de los Cuatro Mares, que resumía en él a todos los demás.


Pero, tras aquellos doscientos años de paz, un quinto periodo parecía querer anunciarse. Desde hacía un tiempo circulaban rumores desagradables, venidos nadie sabía de donde. Habían aparecido pensadores que despertaban en las almas recuerdos ancestrales que uno hubiera creído abolidos. El antiguo sentimiento de la raza resucitaba bajo una nueva forma, caracterizada por nuevas palabras. Se hablaba en las conversaciones de "atavismos", de "afinidades", de "nacionalismos", etc., todos ellos vocablos de reciente creación que, respondiendo a una necesidad, habían adquirido rápidamente derecho de ciudadanía. Siguiendo afinidades de origen, de aspecto físico, de tendencias morales, de intereses o simplemente de región y de clima, aparecían grupos que se veían aumentar poco a poco y que empezaban a agitarse. ¿Cómo se desarrollaría esa naciente evolución? ¿Iba a verse dividida la Mahart-lten-Schu, como antes, en un gran número de naciones, o sería necesario para mantener la unidad apelar de nuevo a las terribles hecatombes que, durante tantos milenios, habían hecho de la tierra una carnicería...?


Sofr, agitando la cabeza, alejó aquellos pensamientos. Ni él ni nadie conocía el futuro. ¿Por que pues entristecerse por anticipado de unos acontecimientos inciertos? Además, aquel no era día para meditar sobre tales siniestras hipótesis. Hoy era un día alegre, y uno no debía pensar mas que en la augusta grandeza de Mogar-Si, el decimosegundo emperador del Hars-lten-Schu, cuyo cetro conducía al universo hacia gloriosos destinos.


Además, para un zartog, no faltaban las razones de alegría. Además del historiador que había pasado revista a los anales de la Mahart-lten-Schu, una pléyade de sabios, con ocasión del grandioso aniversario, habían establecido, cada uno dentro de su especialidad, el balance del saber humano, señalando el punto hasta donde su secular esfuerzo había conducido a la humanidad. De tal modo que, si bien el primero había sugerido, en una cierta medida, tristes reflexiones, relatando a través de que lenta y tortuosa ruta había escapado la humanidad de su bestialismo original, los demás habían alimentado el legitimo orgullo de su auditorio.


Sí, en verdad, la comparación entre lo que había sido el hombre, llegando desnudo y desarmado a la tierra, y lo que era hoy, incitaba a la admiración. Durante siglos, pese a las discordias y sus odios fratricidas, ni por un instante había interrumpido su lucha contra la naturaleza, aumentando sin cesar la amplitud de su victoria. Lenta al principio, su marcha triunfal se había acelerado sorprendentemente desde hacia doscientos años, y la estabilidad de las instituciones políticas y la paz universal que habían resultado de ello habían provocado un maravilloso florecer de la ciencia. La humanidad había vivido para el cerebro, y no más solamente para los miembros; había reflexionado, en vez de agotarse en guerras inútiles y era por ello por lo que, en el transcurso de los dos últimos siglos, había avanzado a un paso cada vez más rápido hacia el conocimiento y hacia la domesticación de la materia...


A grandes rasgos, Sofr, mientras seguía bajo el ardiente sol la larga calle de Basidra, esbozaba en su mente el cuadro de las conquistas del hombre.


En primer lugar —y aquello se perdía en la noche de los tiempos—, había imaginado la escritura, a fin de fijar el pensamiento; luego —la invención se remontaba a mas de quinientos años— había hallado el medio de extender la palabra escrita en un número infinito de ejemplares, con ayuda de un molde que servía para todos ellos.


Fue de esa invención de donde surgieron en realidad todas las demás. Es gracias a ella por lo que los cerebros se habían puesto a trabajar, por lo que la inteligencia de cada uno se había visto incrementada con la de los vecinos, y por lo que los descubrimientos, tanto teórica como prácticamente, se habían multiplicado en forma prodigiosa. Ahora eran ya incontables.


El hombre había penetrado en las entrañas de la tierra y extraía de ellas la hulla, generosa dispensadora de calor; había liberado la fuerza latente del agua, y el vapor arrastraba ahora sobre las tendidas cintas de hierro pesados convoyes o accionaba innumerables y poderosas maquinas, precisas y delicadas; gracias a esas maquinas, tejía las fibras vegetales y podía trabajar a su antojo los metales, el mármol y la roca. En un campo menos concreto, o al menos de una utilización menos directa y menos inmediata, penetraba gradualmente en el misterio de los números y exploraba cada vez más profundamente la infinitud de las verdades matemáticas. Gracias a ellas, su pensamiento había recorrido el cielo. Sabía que el Sol no era mas que una estrella que gravitaba a través del espacio según leyes rigurosas, arrastrando consigo en su inflamado orbe los siete planetas1 de su cortejo. Conocía el arte tanto de combinar ciertos cuerpos brutos de modo que formaran otros nuevos tenían ya nada en común con los primeros, como de dividir ciertos otros en sus elementos constitutivos y primordiales. Sometía a análisis el sonido, el calor, la luz, empezaba a determinar su naturaleza y sus leyes. Hacía apenas cincuenta años, había aprendido a producir esa fuerza de la cual el trueno y los relámpagos son sus más terrible manifestación, y muy pronto la había convertido en su esclava; ese misterioso agente transmitía a distancias incalculables el pensamiento escrito; mañana, transmitiría el sonido; pasado mañana, sin duda, la luz... Sí, el hombre era grande, más grande que el inmenso universo, al que gobernaría como dueño en un día próximo...


Pero, para que poseyera la verdad integral, quedaba por resolver un último problema: Este hombre, dueño del mundo, ¿quién es? ¿De dónde viene? ¿Hacia que desconocidos fines tiende su incansable esfuerzo?

Ese vasto tema era precisamente el que acababa de tratar el zartog Sofr en el transcurso de la ceremonia de la que acababa de salir. Claro que no había hecho mas que rozarlo, ya que un tal problema era actualmente insoluble, y seguiría siéndolo sin duda mucho tiempo aún. Sin embargo, algunos vagos resplandores empezaban a iluminar el misterio. ¿Y, entre esos resplandores, no era uno de los más poderosos el que había proyectado el propio zartog Sofr cuando, codificando sistemáticamente las pacientes observaciones de sus predecesores y sus notas personales, había llegado al enunciado de su ley de la evolución de la materia viva, ley universal actualmente admitida por todos, y que no tenia ni un solo contradictor?


Aquella teoría reposaba sobre una triple base.

En primer lugar sobre la ciencia geológica que, nacida el día en que se había empezado a hurgar las entrañas del suelo se había ido perfeccionando a medida que se desarrollaban las explotaciones mineras. La corteza del planeta tan perfectamente conocida que se llegaba incluso a fijar su edad en cuatrocientos mil años, y en veinte mil la de la Mahart—ltens—Schu tal como existía hoy en día. Antes, aquel continente dormía bajo las aguas del mar, como lo atestiguaba la espesa capa de lino marino que recubría, sin la menor interrupción, los estratos rocosos subyacentes. ¿Por qué mecanismo había surgido fuera de las olas? Sin duda como consecuencia de una contracción de la corteza al enfriarse. Fuera cual fuese la hipótesis al respecto, lo cierto era que la emersión de la Mahart—lten—Schu debía ser considerada como segura.


Las ciencias naturales habían proporcionado a Sofr los otros dos fundamentos de su sistema, demostrando el estrecho parentesco que existía en las plantas entre sí y en los animales entre sí. Sofr había ido incluso mas lejos: había probado hasta la evidencia que casi todos los vegetales existentes se relacionaban con una planta marina que era su antepasado, y que casi todos los animales terrestres y aéreos derivaban de animales marinos. A través de una lenta, pero incesante evolución, estos se habían adaptado poco a poco a unas condiciones de vida primero vecinas, luego más alejadas de las de su vida primitiva y, de estadío en estadío, habían dado nacimiento a la mayor parte de las formas vivas que poblaban la tierra y el cielo.


Desgraciadamente, aquella ingeniosa teoría no era inatacable. El que los seres vivos del orden animal o vegetal procedieran de antepasados marinos era algo que parecía incontestable para casi todos, pero no para todos. Existían en efecto algunas plantas y algunos animales que parecía imposible conectar con formas acuáticas. Aquel era uno de los puntos débiles del sistema.


El hombre —Sofr no se lo ocultaba— era el otro punto débil. Entre el hombre y los animales no era posible establecer ningún lazo. Por supuesto, las funciones y las propiedades primordiales, tales como la respiración, la nutrición, la movilidad, eran las mismas, y se realizaban o se revelaban sensiblemente de parecida manera, pero subsistía un abismo infranqueable entre las formas exteriores, el número y la disposición de los órganos. Si bien, a través de una cadena de la que faltaban muy pocos eslabones, podía relacionarse la gran mayoría de los animales a unos antepasados surgidos del mar, una tal filiación era inadmisible en lo que concernía al hombre. Para conservar intacta la teoría de la evolución, era necesario, pues, imaginar gratuitamente la hipótesis de una raíz común a los habitantes de las aguas y al hombre, raíz cuya existencia anterior nada, absolutamente nada, demostraba.


Por un tiempo Sofr había esperado hallar en el suelo argumentos favorables a sus preferencias. A instigación suya, y bajo su dirección, se habían realizado prospecciones durante un largo lapso de años, pero para llegar a resultados diametralmente opuestos a los que esperaba el promotor.


Tras atravesar una delgada película de humus formada por la descomposición de plantas y animales parecidos o análogos a aquellos que podían ver todos los días, se había llegado a la espesa capa de limo, donde los vestigios del pasado habían cambiado de naturaleza. En aquel limo ya no existía nada de la flora y la fauna existentes, sino tan solo un amasijo colosal de fósiles exclusivamente marinos cuyos congéneres vivían aun, lo más frecuentemente en los océanos que rodeaban la Mahart—Iten—Schu.


¿Que conclusión había que sacar de todo aquello, sino que los geólogos tenían razón profesando que el continente había yacido antiguamente en el fondo de aquellos mismos océanos, y que ni siquiera Sofr estaba equivocado afirmando el origen marino de la fauna y la flora contemporáneas? Puesto que, salvo excepciones tan raras que podían ser consideradas con pleno derecho como monstruosidades, las formas acuáticas y las formas terrestres eran las únicas de quienes se podían descubrir huellas, de modo que las ultimas tenían que haber sido necesariamente engendradas por las primeras...


Desgraciadamente para la generalización del sistema, se hicieron otros nuevos descubrimientos. Esparcidas por todo el espesor del humus, y hasta llegar a la parte más superficial del deposito de limo, fueron puestas a la luz innumerables osamentas humanas. No había nada de excepcional en la estructura de aquellos fragmentos de esqueleto, y Sofr tuvo que renunciar a identificarlos como restos de organismos intermediarios cuya existencia hubiera confirmado su teoría: aquellas osamentas eran, ni más ni menos, osamentas humanas.


Sin embargo, no tardo en constatarse un particular extraordinariamente notable. Hasta una cierta antigüedad, que podía ser evaluada aproximadamente en dos o tres mil años, cuanto más antiguo era el osario, de más pequeña talla eran los cráneos descubiertos. Por el contrario, mas allá de aquel estadío, la progresión se invertía, y desde entonces, cuanto más se retrocedía en el pasado, mayor era la capacidad de los cráneos y, en consecuencia, el tamaño de los cerebros que habían contenido. El máximo fue hallado precisamente entre los restos —por otro lado muy extraños— encontrados en la superficie de la capa de limo. El concienzudo examen de esos venerables restos no dejó lugar a dudas de que los hombres que vivieron en aquella lejana época habían adquirido un desarrollo cerebral muy superior a sus sucesores —incluidos los contemporáneos del propio zartog Sorf—. Así pues, durante aquellos ciento sesenta o ciento setenta siglos, se había producido una regresión manifiesta, seguida de una nueva ascensión.


Sofr, turbado por aquellos extraños hechos, llevó más adelante sus investigaciones. La capa de limo fue atravesada de parte a parte, en un espesor tal que, según las más moderadas opiniones, el depósito no había exigido menos de quince o veinte mil años. Más allá, se produjo la sorpresa de encontrar débiles restos de una antigua capa de humus y, debajo de ese humus, roca, de naturaleza variable según el lugar donde se efectuaran las prospecciones. Pero lo que llevó la sorpresa a su colmo fue el retirar algunos restos de origen incontestablemente humano arrancados a aquellas misteriosas profundidades. Eran fragmentos de osamentas que habían pertenecido a seres humanos, y también restos de armas o maquinas, trozos de cerámica, fragmentos de inscripciones en un lenguaje desconocido, piedras duras finamente trabajadas, a veces esculpidas en forma de estatuas casi intactas, capiteles delicadamente labrados, etc. El conjunto de aquellos hallazgos obligó lógicamente a deducir que hacía aproximadamente unos cuarenta mil años, es decir veinte mil años antes del momento en que habían surgido, nadie sabía de dónde ni cómo, los primeros representantes de la raza contemporánea, el hombre había vivido ya en aquellos mismos lugares, alcanzando un grado de civilización tremendamente avanzado.


Tal fue en efecto la conclusión generalmente admitida. De todos modos, hubo al menos un disidente. Ese disidente no era otro que Sofr. Admitir que otros hombres, separados de sus sucesores por un abismo de veinte mil años, hubieran poblado por primera vez la tierra, era para el una locura. ¿De donde habrían venido, en este caso, esos descendientes de unos antepasados desaparecidos hacía tanto tiempo y a quienes no les ligaba nada? Mas que aceptar una hipótesis tan absurda, era mejor permanecer a la expectativa. El hecho de que aquellos hechos singulares no pudieran ser explicados no permitía llegar a la conclusión de que eran inexplicables. Algún día serían interpretados. Hasta entonces era mejor no tenerlos en cuenta y permanecer aferrado a esos principios, que satisfacen plenamente la razón pura:


La vida planetaria se divide en dos fases: antes del hombre y después del hombre. En la primera, la Tierra, en estado de perpetua transformación, es, por esta causa, inhabitable, y está deshabitada. En la segunda, la corteza terrestre ha llegado a un grado de cohesión que permite la estabilidad. Inmediatamente, teniendo bajo ella un sustrato sólido, aparece la vida. Se inicia con las formas más simples y va complicándose progresivamente para alcanzar al fin al hombre, su expresión última y más perfecta. El hombre, apenas aparece sobre la Tierra, prosigue inmediatamente y sin descanso su ascensión. Con paso lento pero seguro, se encamina hacia su final, que es el conocimiento perfecto y la dominación absoluta del universo...


Arrastrado por el calor de sus convicciones, Sofr había pasado de largo su casa. Dio media vuelta, murmurando en voz baja.

"Oh" —se decía a sí mismo—, "¿admitir que el hombre, ¡hace cuarenta mil años!, hubiera alcanzado una civilización comparable, si no superior, a la que gozamos ahora, y que sus conocimientos, sus adquisiciones, hayan desaparecido sin dejar la menor huella, hasta el punto de obligar a sus descendientes a recomenzar la obra por su base, como si fueran los pioneros de un mundo deshabitado que se extiende ante ellos?... ¡Eso sería negar el futuro, proclamar que nuestro esfuerzo es vano, y que todo el progreso es tan precario y poco firme como una burbuja de espuma cabalgando en la cresta de una ola!

Sofr hizo alto frente a su casa.

"¡Upsa ni...! ¡hartchok...!" (¡No, no!... ¡Realmente!...), "¡Andart mir'hoë spha!..." (¡El hombre es el dueño de las cosas!...) —murmuró, empujando la puerta.

Cuando el zartog hubo descansado unos instantes, comió con buen apetito, luego se tendió para efectuar su siesta cotidiana. Pero las preguntas que lo habían agitado camino de su domicilio seguían obsesionándole, rechazando el sueño.

Por mucho que fuera su deseo de establecer la irreprochable unidad de los métodos de la naturaleza, poseía demasiado espíritu crítico como para negar lo débil que era su sistema desde el momento en que se abordaba el problema del origen y la formación del hombre. Obligar a los hechos a encajar con una hipótesis preconcebida es una manera de tener razón contra los demás, pero no sirve para tener razón contra uno mismo.


Si, en vez de ser un sabio, un zartog muy eminente, Sofr hubiera formado parte de la clase de los iletrados, se hubiera sentido menos angustiado. El pueblo, en efecto, sin perder su tiempo en profundas especulaciones, se contentaba con aceptar, con los ojos cerrados, la vieja leyenda que, desde tiempos inmemoriales, se transmitía de padres a hijos. Explicando el misterio a través de otro misterio, hacía remontar el origen del hombre a la intervención de una voluntad superior. Un día, aquella potencia extraterrestre había creado de la nada a Hedom e Hiva, el primer hombre y la primera mujer, cuyos descendientes habían poblado la Tierra. Así, todo se encadenaba de la forma más sencilla.


¡Demasiado sencilla!, pensaba Sofr. Cuando uno desespera de comprender algo, es realmente demasiado fácil hacer intervenir a la divinidad: de esta forma, resulta inútil buscar

la solución de los enigmas del universo, ya que los problemas quedan suprimidos apenas planteados.

¡Si al menos la leyenda popular tuviera aunque fuese tan solo la apariencia de una base seria!... Pero no se basaba absolutamente en nada. No era más que una tradición, nacida en las épocas de ignorancia y transmitida inmediatamente después de edad en edad. Incluso el nombre: "¡Hedom!..." ¿De dónde venía ese vocablo extraño, de extranjeras consonancias, que no parecía pertenecer a la lengua de los Antart'—Iten—Schu? Tan sólo esta pequeña dificultad filológica había bastado para que una infinidad de sabios palidecieran, sin hallar ninguna respuesta satisfactoria. ¡Todo aquello no eran mas que desvaríos, cosas indignas de retener la atención de un zartog!...


Irritado, Sofr descendió a su jardín. Aquella era la hora en que acostumbraba hacerlo. El sol, en su ocaso, derramaba sobre la tierra un calor menos ardiente, y una brisa tibia empezaba a soplar desde el Spone—Schu. El zartog erró por los caminillos, a la sombra de los árboles, cuyas susurrantes hojas murmuraban al viento, y poco a poco sus nervios recuperaron el equilibrio habitual. Pudo sacudirse aquellos absorbentes pensamientos, gozar apaciblemente del aire puro, interesarse en los frutos, la riqueza de los jardines, y en las flores, su adorno.


El azar de su paseo le condujo de nuevo hacia su casa, y se detuvo al borde de una profunda excavación donde yacían numerosos útiles. Allí serían enterrados al poco tiempo los cimientos de una nueva construcción que doblaría la superficie de su laboratorio. Pero, en aquel día de fiestas, los obreros habían abandonado su trabajo para dedicarse al placer. Sofr estudiaba maquinalmente la obra ya realizada y la que quedaba por hacer, cuando, en la penumbra de la excavación, un punto brillante atrajo su mirada. Intrigado, descendió al fondo de la zanja y extrajo un objeto de la tierra que lo recubría en sus tres cuartas partes.


Una vez arriba de nuevo, el zartog examinó su hallazgo. Era una especie de estuche, hecho de un metal desconocido, de color gris, textura granulosa y brillo atenuado por una prolongada estancia bajo el suelo. A un tercio de su longitud, una ranura indicaba que el estuche estaba formado por dos partes que encajaban la una en la otra. Sofr intentó abrirlo.

A su primera tentativa el metal, corroído por el tiempo, se redujo a polvo, descubriendo un segundo objeto que se hallaba embutido en el primero.

La sustancia de ese segundo objeto era tan nueva para el zartog como el metal que lo había protegido hasta entonces. Era un rollo de hojas superpuestas y repletas de extraños signos, cuya regularidad indicaba que se trataba de caracteres de escritura, pero de una escritura desconocida, como Sofr no había visto nunca nada semejante, ni siquiera análogo.


El zartog, temblando de emoción, corrió a encerrarse en su laboratorio y, disponiendo con cuidado el precioso documento, lo examinó.

Sí, se trataba de escritura, nada podía ser mas seguro. Pero tampoco podía ser mas seguro el hecho de que aquella escritura no se parecía en nada a ninguna de aquellas otras que, desde el origen de los tiempos históricos, habían sido practicadas en toda la superficie de la Tierra.

¿De dónde procedía aquel documento? ¿Qué significaba? Esas fueron las dos preguntas que surgieron por si mismas en la mente de Sofr.

Para responder a la primera tenía que hallarse necesariamente en situación de responder a la segunda. Se trataba, pues, de descifrar primero, y luego de traducir... ya que podía afirmar a priori que la lengua en que estaba redactado el documento era tan desconocida como su escritura.


¿Era esto imposible? El zartog Sofr no lo creía así, de modo que, sin perder tiempo, se puso febrilmente al trabajo.

Un trabajo que duró largo tiempo, largo tiempo... años enteros. Pero Sofr no abandonó ni un instante. Sin desanimarse, prosiguió el metódico estudio del misterioso documento, avanzando paso a paso hacia la luz. Y llegó finalmente un día en que obtuvo la clave del indescifrable jeroglífico; llego un día en que, con muchas vacilaciones y muchas dificultades todavía, pudo traducirlo a la lengua de los Hombres de los Cuatro Mares.

Y, cuando este día llegó, el zartog Sofr—Aï—Sr pudo leer lo que sigue:

Rosario, 24 de mayo del 2...

Dato así el inicio de mi relato, aunque en realidad haya sido redactado en otra fecha mucho más reciente y en lugares bien distintos. Pero para lo que pretendo hacer el orden es, a mi modo de ver, imperiosamente necesario, y es por ello por lo que adopto la forma de un "diario", escrito día a día.


Es, pues, el 24 de mayo cuando empieza el relato de los terribles acontecimientos que quiero dejar registrados aquí, para información de aquellos que vendrán después de mí, si es que la humanidad se halla aún en situación de creer en un posible futuro.

¿En que idioma voy a escribir? ¿En inglés o en español, los cuales hablo correctamente? ¡No! Escribiré en la lengua de mi propio país: el francés.

Aquel día, el 24 de mayo, había reunido a algunos amigos en mi villa de Rosario.


Rosario es, o mas bien era, una ciudad de México, a orillas del Pacifico, un poco al sur del golfo de California. Me había instalado allí una decena de años antes para dirigir la explotación de una mina de plata que me pertenecía en propiedad. Mis negocios habían prosperado sorprendentemente. Era un hombre rico, muy rico incluso — cuanto me hace reír esta palabra hoy en día —, y proyectaba regresar dentro de poco tiempo a Francia, mi patria de origen.


Mi villa, una de las más lujosas, estaba situada en el punto culminante de un enorme jardín que descendía en pendiente hacia el mar y terminaba de forma brusca en un acantilado cortado a pico, de más de cien metros de altura. Por la parte de atrás de mi villa, el terreno seguía subiendo y, a través de un sinuoso camino, podía alcanzarse la cresta de las montañas, cuya altitud superaba los mil quinientos metros. A menudo era un paseo agradable... varias veces había realizado la ascensión en mi automóvil, un soberbio y potente doble faetón de treinta y cinco caballos, de una de las mejores marcas francesas.


Me había instalado en Rosario con mi hijo Jean, un apuesto muchacho de veinte años, cuando, tras la muerte de sus padres, parientes lejanos míos, pero muy queridos, recogí a mi hija, Helene, que había quedado huérfana y sin fortuna. Cinco años habían transcurrido desde entonces. Mi hijo Jean tenía veinticinco años; mi pupila, Helene, veinte. En el secreto de mi alma, los destinaba el uno al otro.


Nuestro servicio estaba asegurado por un ayuda de cámara, Germain; por Modeste Simonat, un chofer de los mas expertos, y por dos mujeres, Edith y Mary, hijas de mi jardinero, George Raleigh, y de su esposa Anna.


Aquel día, el 24 de mayo, éramos ocho los que estábamos sentados en torno a mi mesa, a la luz de las lámparas alimentadas por los grupos electrógenos instalados en el jardín. Había, además del dueño de la casa, su hijo y su pupila, otros cinco invitados, de los cuales tres pertenecían a la raza anglosajona y dos a la nación mexicana.


El doctor Bathurst figuraba entre los primeros, y el doctor Moreno entre los segundos. Eran dos sabios, en el sentido más amplio de la palabra, lo cual no les impedía estar muy raramente de acuerdo. Por lo demás, eran gente estupenda y los mejores amigos del mundo.


Los otros dos anglosajones tenían por nombre Williamson, propietario de una importante pesquería en Rosario, y Rowling, un hombre audaz que había fundado en las afueras de la ciudad un vivero de plantas que le estaba dando una importante fortuna.

En cuanto al último invitado, era el señor Mendoza, presidente del tribunal de Rosario, un hombre estimable de mente cultivada, un juez íntegro.

Llegamos sin ningún incidente digno de mención al final de la comida. He olvidado las palabras que se pronunciaron hasta entonces. Pero no puedo decir lo mismo respecto a lo que se dijo en el momento de los cigarros.

No es que el tema de la conversación en si tuviera una importancia particular, pero el brutal comentario que debía ser hecho muy pronto al respecto no dejó de darle un sentido premonitorio, y es por ello por lo que nunca lo he podido borrar de mi mente.

Poco a poco la charla fue derivando el cómo importa poco a los maravillosos progresos conseguidos por el hombre. El doctor Bathurst, en un cierto momento, dijo:

—Es un hecho que si Adán —naturalmente, en su calidad de anglosajón, pronunció Edem— y Eva —por supuesto, pronunció Iva— regresaran a la Tierra, se llevarían una buena sorpresa.


Aquel fue el origen de la discusión. Darwinista ferviente, partidario convencido de la selección natural, Moreno le preguntó con tono irónico a Bathurst si creía seriamente en la leyenda del paraíso terrenal. Bathurst respondió que al menos creía en Dios, y puesto que la existencia de Adán y Eva era afirmada por la Biblia, prohibía cualquier tipo de discusión al respecto. Moreno dijo que creía en Dios al menos tanto como su interlocutor, pero que el primer hombre y la primera mujer podían muy bien no ser mas que mitos, unos símbolos, y que no había nada de impío, en consecuencia, en suponer que la Biblia había querido idealizar así el soplo de la vida introducido por la potencia creadora en la primera célula, a la cual habían seguido luego todas las demás. Bathurst replicó que la explicación era artificiosa y que, en lo que a el concernía, estimaba más halagador ser la obra directa de la divinidad que descender de ella por intermedio de unos primates mas o menos simiescos.


Vi que la discusión iba a empezar a calentarse, cuando se interrumpió de repente al encontrar por casualidad los dos adversarios un terreno de entendimiento. Así es como terminaban siempre las cosas.


Esta vez, volviendo a su tema original, los dos antagonistas llegaron al acuerdo de admirar, fuera cual fuese el origen de la humanidad, la alta cultura a donde había llegado. Enumeraron con orgullo sus conquistas. Todas pasaron por el tamiz. Bathurst alabó la química, llevada a tal grado de perfección que tendía a desaparecer para confundirse con la física, formando ambas ciencias una sola cuyo objetivo era el estudio de la inmanente energía. Moreno elogió la medicina, la cirugía, gracias a las cuales se había penetrado en la naturaleza intima del fenómeno de la vida, y cuyos prodigiosos descubrimientos permitían esperar, para un próximo futuro, la inmortalidad de los organismos animados. Tras lo cual ambos se congratularon de las alturas alcanzadas por la astronomía. ¿No se hablaba ahora, mientras se esperaba alcanzar las estrellas, de los siete planetas del sistema solar?...


Fatigados por su entusiasmo, los dos apologistas se tomaron un cierto tiempo de descanso. Los otros invitados lo aprovecharon para intervenir a su vez, y entramos en el vasto campo de las invenciones practicas que tan profundamente habían modificado la condición de la humanidad. Se alabaron los ferrocarriles y los buques de vapor, dedicados al transporte de mercancías pesadas y voluminosas, las económicas aeronaves, utilizadas por los viajeros a quienes no les falta el tiempo, los tubos neumáticos o electrónicos que jalonan todos los continentes y todos los mares, adoptados por las gentes apresuradas. Se alabaron las innumerables máquinas, cada vez más ingeniosas, una sola de las cuales, en ciertas industrias, ejecuta el trabajo de cien hombres. Se alabó la imprenta, la fotografía del color, de la luz, de los sonidos, del calor y de todas las vibraciones del éter. Se alabó principalmente la electricidad, ese agente tan dúctil, tan obediente y tan perfectamente conocido tanto en sus propiedades como en su esencia, y que permite, sin la menor conexión material, ya sea accionar un mecanismo cualquiera, ya sea dirigir una nave marina, submarina o aérea, ya sea escribirse, hablarse o verse, y todo ello por grande que sea la distancia.

En pocas palabras, fue un autentico ditirambo, en el cual confieso tomé parte. Se llegó al acuerdo de que la humanidad había alcanzado un nivel intelectual desconocido antes de nuestra época y que autorizaba a creer en su victoria definitiva sobre la naturaleza.

—Sin embargo —dijo con su vocecilla aflautada el presidente Mendoza, aprovechando el instante de silencio que siguió a aquella conclusión final—, he oído decir que algunos pueblos, hoy desaparecidos sin dejar la menor huella, habían llegado a alcanzar una civilización igual o análoga a la nuestra.

—¿Cuáles? —interrogo la mesa, con una sola voz.

—Pues... los babilonios, por ejemplo.

Hubo una explosión de hilaridad. ¡Atreverse a comparar los babilonios con los hombres modernos!

—Los egipcios —continuó Mendoza.

Las risas se hicieron más fuertes a su alrededor.

—Y también están los atlantes —prosiguió el presidente—, que nuestra ignorancia ha hecho legendarios. ¡Y añadan que una infinidad de otras humanidades, anteriores a los propios atlantes, han podido nacer, prosperar extinguirse sin que nosotros hayamos tenido ninguna noticia de ellas!

Como sea que Mendoza persistía en su paradoja, aceptamos, a fin de no herirle, hacer ver que lo tomábamos en serio.

—Veamos, mi querido presidente —insinuó Moreno, con el elaborado tono que adopta alguien que quiere hacer entrar en razón a un niño—, no pretenderá usted, imagino, comparar ninguno de esos antiguos pueblos con nosotros. En el orden moral, admito que llegaron a levarse a un grado igual de cultura, ¡pero en el orden material!...

—¿Por qué no? —objetó Mendoza.

—Porque —se apresuro a explicar Bathurst— la característica principal de nuestras invenciones es que se extienden instantáneamente por toda la Tierra: la desaparición de un solo pueblo, o incluso de un gran número de pueblos, dejaría intacta la suma de los progresos alcanzados. Para que todo el esfuerzo humano resultara perdido haría falta que toda la humanidad desapareciera al mismo tiempo. ¿Es esta, le preguntó, una hipótesis admisible...?

Mientras hablábamos así, los efectos y las causas continuaban engendrándose en el infinito del universo y, menos de un minuto después de la pregunta que acababa de hacer el doctor Bathurst, su resultante total iba a justificar plenamente el escepticismo de Mendoza. Pero nosotros no teníamos la menor sospecha de ello, y discutíamos placenteramente, unos reclinados en sus sillones, los otros acodados en la mesa, y todos haciendo converger sus compasivas miradas en Mendoza, al que suponíamos abrumado por la replica de Bathurst.


—En primer lugar —respondió el presidente, sin alterarse—, es de creer que la Tierra tenía antiguamente menos habitantes de los que tiene hoy en día, de tal modo que un pueblo podía muy bien poseer por sí solo el saber universal. Además, no veo nada absurdo en admitir, a priori, que toda la superficie del planeta se viera sacudida a un mismo tiempo.

—¡Oh, vamos! —exclamamos todos a la vez.

Fue en aquel preciso instante cuando sobrevino el cataclismo.

Estábamos pronunciando aún todos juntos aquel "¡Oh, vamos!", cuando se produjo un estruendo aterrador. El suelo se estremeció bajo nuestros pies, la villa osciló sobre sus cimientos.

Tropezando, empujándonos, presas de un indecible terror, nos precipitamos fuera.

Apenas habíamos franqueado el umbral cuando el edificio se derrumbó en un solo bloque, sepultando bajo sus escombros al presidente Mendoza y a mi ayuda de cámara Germain, que eran los últimos. Tras algunos segundos de natural confusión, nos disponíamos a acudir en su ayuda cuando vimos a Raleigh, mi jardinero, que corría hacia nosotros, seguido por su mujer, procedentes de la parte baja del jardín, donde estaba su vivienda.

—¡El mar...! ¡El mar...! —gritaban a pleno pulmón.


Me volví hacia el océano y me quede helado, inmovilizado por el estupor. No porque me diera cuenta claramente de lo que estaba viendo, sino porque de inmediato tuve la sensación de que la perspectiva habitual había cambiado. ¿Acaso no era suficiente para helar de miedo el corazón el que el aspecto de la naturaleza, esta naturaleza que consideramos esencialmente inmutable, hubiera cambiado tan extrañamente en unos pocos segundos?

Sin embargo, no tardé en recuperar mi sangre fría. La verdadera superioridad del hombre no reside en dominar, en vencer la naturaleza, sino, para el pensador, en comprenderla, en hacer que el inmenso universo penetre en el macrocosmos de su cerebro, y para el hombre de acción, en mantener el alma serena ante la rebelión de la materia, en decirle: ¡Destruirme, sea, pero inmutarme, jamás!


Desde el momento en que recobré mi calma, comprendí en que se diferenciaba el cuadro que tenía ante mis ojos del que estaba acostumbrado a contemplar. El acantilado simplemente había desaparecido, y mi jardín había descendido al nivel del mar, cuyas olas, tras aniquilar la casa del jardinero, batían curiosamente los arriates más bajos.


Como era poco admisible que el nivel del agua hubiera subido tanto, había que suponer necesariamente que era la tierra firme la que se había hundido. Su hundimiento superaba los cien metros, puesto que el acantilado tenía anteriormente esa altura, pero debía haberse producido con una cierta suavidad, ya que apenas nos habíamos dado cuenta de ello, lo cual explicaba la relativa calma del océano.


Un breve examen me convenció de que mi hipótesis era exacta y me permitió, al mismo tiempo, constatar que el hundimiento no había cesado. El mar seguía ascendiendo, en efecto, a una velocidad que me pareció cercana a los dos metros por segundo —o sea siete u ocho kilómetros por hora—. Dada la distancia que nos separaba de las primeras olas, íbamos a ser tragados por las aguas en menos de tres minutos, si la velocidad de caída de la tierra firme permanecía constante.

Mi decisión fue rápida.

—¡Al auto! —grité.

Fui comprendido. Nos lanzamos todos hacia la cochera, y el automóvil fue arrastrado fuera. En un abrir y cerrar de ojos llenamos el depósito de gasolina, y luego nos subimos al buen tuntún. Mi chofer Simonat accionó el motor, saltó al volante, embragó y se lanzó en cuarta velocidad, mientras Raleigh, una vez abierta la verja, se agarraba al auto a su paso y se aferraba fuertemente a las ballestas traseras.

¡Justo a tiempo! En el momento en que el auto alcanzaba la carretera, una ola fue a lamer las ruedas hasta su eje. ¡Bah!, ahora ya podíamos reírnos de la persecución del mar.

Pese a su exceso de carga, mi buena maquina sabría ponernos fuera de su alcance, a menos que el hundimiento hacia el abismo continuara indefinidamente... Teníamos una buena perspectiva ante nosotros: dos horas al menos de ascensión, y una altitud disponible de cerca de mil quinientos metros.

Sin embargo, no tardé en reconocer que aun no podíamos cantar victoria. Tras la primera arrancada del vehículo, que nos llevó a una veintena de metros de la franja de espuma, fue en vano que Simonat abriera el gas al máximo: la distancia no aumentó. Sin duda; el peso de las doce personas frenaba la velocidad del auto. Fuera lo que fuese, aquella velocidad era exactamente igual a la del agua invasora, que permanecía invariablemente a la misma distancia de nosotros.

Aquella inquietante situación fue muy pronto observada, y todos, excepto Simonat, dedicado a dirigir su vehículo, nos giramos hacia el camino que dejábamos atrás. Ya no se veía nada más que agua. A medida que íbamos conquistándola, la carretera desaparecía bajo el mar, que la conquistaba a su vez. Este se había calmado. Apenas algunas olas venían a morir suavemente sobre una playa de guijarros siempre renovada. Era un lago apacible que se hinchaba, se hinchaba, con un movimiento uniforme, y nada era tan trágico como la persecución de aquellas aguas calmadas. En vano huíamos ante ellas: las aguas ascendían, implacables, con nosotros...

Simonat, que mantenía los ojos fijos en la carretera, dijo en una curva:

—Estamos a mitad de la pendiente. Nos queda aun una hora de ascensión.

Nos estremecimos. ¿Qué? Dentro de una hora íbamos a alcanzar la cima, y no nos quedaría más remedio que descender de nuevo, perseguidos, alcanzados entonces, fuera cual fuese nuestra velocidad, por las masas líquidas que se desplomarían en avalancha tras nosotros.

La hora transcurrió sin que nuestra situación cambiara en lo mas mínimo. Distinguíamos ya el punto culminante de la costa, cuando el auto sufrió una violenta sacudida y dio un bandazo que estuvo a punto de estrellarlo contra el talud que había a un lado de la carretera. Al mismo tiempo, una enorme ola se hinchó tras nosotros, corrió al asalto de la carretera, se derrumbó, se derramó finalmente sobre el auto, que se vio rodeado de espuma... ¿íbamos a vernos sumergidos?

¡No! El agua se retiró espumando, mientras el motor, aumentando bruscamente el ritmo de su trabajo, aceleraba nuestra marcha.

¿De dónde provenía aquel repentino aumento de la velocidad? Un grito de Anna Raleigh nos lo hizo comprender: como acababa de constatar la pobre mujer, su marido ya no estaba sujeto a las ballestas traseras. Sin duda el remolino había arrancado al desgraciado de su asidero, y aquel era el motivo de que el vehículo aligerado trepara con mayor facilidad por la pendiente.

De pronto, nos detuvimos en seco.

—¿Qué ocurre? —le pregunte a Simonat—. ¿Es una avería?

Incluso en aquellas trágicas circunstancias, el orgullo profesional no perdió sus derechos: Simonat se encogió de hombros con desdén, dándome a entender con ello que la posibilidad de una avería era algo inconcebible para un chofer de su categoría, y con un gesto de la mano me mostró silenciosamente la carretera. Entonces comprendí la detención.

La carretera estaba cortada a menos de diez metros delante de nosotros. "Cortada" es la palabra exacta: uno podría decir que había sido rebanada con un cuchillo. Mas allá de una arista viva que la remataba bruscamente, no había mas que el vacío, un abismo de tinieblas, en cuyo fondo era imposible distinguir nada.

Nos volvimos, abatidos, seguros de que había llegado nuestra última hora. El océano, que nos había perseguido hasta aquellas alturas, iba a alcanzarnos necesariamente en unos pocos segundos...

Todos, salvo la desgraciada Anna y sus hijas, que sollozaban a partir el alma, lanzamos un grito de alegre sorpresa. No, el agua no había proseguido su movimiento ascendente, o, con mas exactitud, la tierra firme había dejado de hundirse. Sin duda la sacudida que acabábamos de experimentar había sido la última manifestación del fenómeno. El océano se había detenido, y su nivel permanecía a unos cien metros por debajo del punto en el cual nos habíamos agrupado alrededor del aún trepidante auto, que parecía un animal resoplando tras una rápida carrera.

¿Conseguiríamos salir de aquella mala situación? No lo sabríamos hasta el nuevo día. Hasta entonces, había que esperar. Uno tras otro nos tendimos pues en el suelo, y creo, Dios me perdone, que incluso me dormí...

Durante la noche

Soy despertado con un sobresalto por un ruido formidable. ¿Qué hora es? Lo ignoro. Sea como sea, seguimos rodeados por las tinieblas nocturnas.

El ruido brota del abismo impenetrable en que se ha hundido la carretera. ¿Qué es lo que ocurre?... Uno juraría que son masas de agua cayendo allí en cataratas, olas gigantescas entrechocando con violencia... Sí, eso es exactamente, ya que volutas de espuma llegan hasta nosotros, y nos vemos cubiertos por su rocío.

Luego la calma renace poco a poco... Todo vuelve al silencio... El cielo palidece... Es de día.

25 de mayo

¡Que suplicio es el lento revelarse de nuestra autentica situación! Al principio no distinguimos otra cosa que nuestros alrededores más inmediatos, pero el círculo aumenta, aumenta de tamaño sin cesar, como si nuestra esperanza siempre frustrada levantara uno tras otro un numero infinito de ligeros velos.... y finalmente llega la plena luz, destruyendo nuestras últimas ilusiones.


Nuestra situación es de lo más simple, y puede resumirse en pocas palabras: nos hallamos sobre una isla. El mar nos rodea por todas partes. Apenas ayer, hubiéramos podido divisar todo un océano de cimas, algunas de las cuales dominaban en altura a esta en la que nos hallamos ahora: esas cimas han desaparecido, mientras que, por razones que quedarán desconocidas para siempre, la nuestra, más humilde que las demás, se ha detenido en su tranquila caída. En su lugar se extiende una capa de agua sin límites. Por todos lados no hay más que el mar. Ocupamos el único punto sólido del inmenso circulo descrito por el horizonte.


Nos basta una ojeada para reconocer en toda su extensión el islote en el que una extraordinaria fortuna nos ha permitido hallar asilo. Es efectivamente de pequeño tamaño: mil metros como máximo en longitud, quinientos en anchura. Hacia el norte, el oeste y el sur, su cima, de unos cien metros aproximadamente de altitud, desciende en pendiente suave hacia las olas. Al este, por el contrario, el islote termina en un acantilado que cae a pico hasta el océano.

Es principalmente hacia ese lado hacia donde se vuelven nuestros ojos. En aquella dirección deberíamos ver cadenas de montañas y, más allá de ellas, toda la extensión de México. ¡Qué cambio, en el espacio de una corta noche de primavera! Las montañas han desaparecido, todo México ha sido sumergido por las aguas. En su lugar sólo hay un desierto infinito, el árido desierto del mar.

Nos miramos, aterrados. Aislados, sin víveres, sin agua, sobre esta pequeña y desnuda roca, no podemos conservar la menor esperanza. Taciturnos, nos tendemos en el suelo e iniciamos la lenta espera de la muerte.

A bordo del Virginia, 4 de junio

¿Que pasó durante los días siguientes? No he guardado su recuerdo. Es de suponer que finalmente perdí el conocimiento: mi primera conciencia es a bordo del buque que nos ha recogido. Solamente entonces me entero de que pasamos seis días completos en el islote, y que dos de nosotros, Williamson y Rowling, murieron allí de sed y de hambre. De los quince seres vivos que albergaba mi villa en el momento del cataclismo, solamente quedan nueve: mi hijo Jean y mi pupila Helene, mi chofer Simonat, inconsolable por la perdida de su máquina, Anna Raleigh y sus dos hijas, los doctores Bathurst y Moreno.... y finalmente yo, que me esfuerzo en redactar estas líneas para conocimiento de las razas futuras, admitiendo que nazcan algún día.


El Virginia, que nos alberga, es un buque mixto —a vapor y a vela— de unas dos mil toneladas, dedicado al transporte de mercancías. Es una nave bastante vieja, de andar lento. El capitán Morris tiene veinte hombres bajo sus órdenes. El capitán y la tripulación son ingleses.

El Virginia zarpó de Melbourne en lastre, hace poco más de un mes, con destino a Rosario. Ningún incidente marcó su viaje, salvo, en la noche del 24 al 25 de mayo, una serie de olas de fondo de una altura prodigiosa, pero de una longitud proporcional, lo que las hizo inofensivas. Por singulares que fueran, aquellas olas no podían hacer prever al capitán el cataclismo que se estaba produciendo en aquel mismo instante. Así que se sintió muy sorprendido no viendo mas que mar en el lugar donde esperaba encontrar Rosario y el litoral mexicano. De aquel litoral no subsistía mas que un islote. Un bote del Virginia abordó aquel islote, en el que fueron descubiertos once cuerpos inanimados. Dos no eran mas que cadáveres; se embarcó a los otros nueve. Así fuimos salvados.

En tierra, enero o febrero.


Un intervalo de ocho meses separa las ultimas líneas precedentes de las primeras que siguen. Fecho estas como enero o febrero, en la imposibilidad de ser más preciso, puesto que no tengo una noción exacta del tiempo.

Estos ocho meses constituyen el período más atroz de nuestras pruebas, el período en que, a grados cruelmente escalonados, hemos conocido toda la magnitud de nuestra desgracia.


Había, en aquella constatación, algo realmente alucinante. Sentíamos que la razón estaba próxima a abandonarnos. ¡Y como no! ¡Todo México sumergido!... Intercambiamos aterradas miradas, preguntándonos hasta dónde se habían extendido los estragos del terrible cataclismo...

El capitán quiso tranquilizar su conciencia; modificando el rumbo, puso proa al norte; si bien México ya no existía, no era admisible que ocurriera lo mismo con todo el continente americano.

Sin embargo, así era. Surcamos en vano el mar hacia el norte durante doce días, sin hallar ningún asomo de tierra, y tampoco la encontramos tras virar en redondo y dirigirnos hacia el sur durante casi un mes. Por paradójico que nos pareciera, no nos quedaba mas remedio que rendirnos a la evidencia: ¡Si, la totalidad del continente americano había desaparecido bajo las aguas!

Así pues, ¿habíamos sido salvados tan sólo para conocer una segunda vez las torturas de la agonía? En verdad, teníamos motivos para creerlo. Sin hablar de los víveres faltarían un día u otro, un peligro urgente nos amenazaba: ¿que sería de nosotros cuando el agotamiento del carbón redujera la maquinaria a la inmovilidad? Así es como deja de latir el corazón de un animal exhausto. Es por ello por lo que, el 14 de julio —nos hallábamos entonces más o menos sobre el antiguo emplazamiento de Buenos Aires—, el capitán Morris apagó los fuegos y largó las velas. Hecho esto, reunió a todo el personal del Virginia, tripulación y pasajeros, y, tras exponernos en pocas palabras la situación, nos rogó que reflexionáramos profundamente sobre ella y propusiéramos al consejo que se celebraría al día siguiente la solución que gozara de nuestras preferencias.


No sé si alguno de mis compañeros de infortunio tuvo al respecto alguna idea más o menos ingeniosa. Por mi parte, lo confieso, vacilaba, muy inseguro del mejor partido a tomar, cuando una tormenta que se desató durante la noche cortó en seco la cuestión; tuvimos que huir hacia el oeste, arrastrados por un viento desencadenado, a punto a cada instante de ser tragados por un mar furioso.


El huracán duró treinta y cinco días, sin un minuto de interrupción, sin amainar ni por un momento. Empezábamos a desesperar de que terminara nunca cuando, el 19 de agosto, el buen tiempo regresó con la misma brusquedad con que había cesado. El capitán aprovechó la circunstancia para calcular la posición: el cálculo le dio 40º latitud Norte y 114º longitud Este. ¡Eran las coordenadas de Pekín!

Así pues, habíamos pasado por encima de la Polinesia, y quizá de Australia, sin ni siquiera darnos cuenta, ¡y en el lugar donde navegábamos ahora se había erigido antes la capital de un imperio de cuatrocientos millones de almas!

¿Así pues, Asia había sufrido la misma suerte que América?


Muy pronto pudimos convencernos de ello. El Virginia, siguiendo su rumbo hacia el sudoeste, llegó a la altura del Tibet, luego a la del Himalaya. Aquí tenían que haberse elevado las cimas más altas del mundo. Y sin embargo, en todas direcciones, nada emergía de la superficie del océano. ¡Era de creer que no existía ya, sobre la Tierra, otro punto sólido que el islote que nos había salvado, que nosotros éramos los únicos supervivientes del cataclismo, ¡los últimos habitantes de un mundo cubierto por el movimiento sudario del mar!

Si era así, nosotros no tardaríamos en morir a nuestra vez. Pese a un severo racionamiento, los víveres de a bordo se agotaban, y en este caso deberíamos perder toda esperanza de poder renovarlos...

Resumo el relato de esa terrible navegación. Si, para contarla en detalle, intentara revivirla día a día, el recuerdo me volvería loco. Por extraños y terribles que sean los acontecimientos que la precedieron y siguieron, por lamentable que me parezca el futuro —un futuro que yo no veré— fue durante esa navegación infernal cuando conocimos el máximo del horror. ¡Oh, esa carrera eterna por un mar infinito! ¡Esperar todos los días llegar a alguna parte, y ver sin cesar cómo iba retrocediendo el termino del viaje! ¡Vivir inclinados sobre los mapas donde los hombres habían representado la sinuosa línea de las orillas y constatar que nada, absolutamente nada de esos lugares que creían eternos existe ya! ¡Decirse que hacía tan poco tiempo la Tierra palpitaba con incontables vidas, que millones de hombres y miríadas de animales la recorrían en todos sentidos o surcaban su atmósfera, y que todo ha muerto a la vez, que todas esas vidas se apagaron juntas como una pequeña llama ante el soplo del viento! ¡Buscar semejantes por todas partes, y buscarlos en vano! ¡Adquirir poco a poco la certeza de que alrededor de uno no existe nada vivo, y adquirir gradualmente conciencia de su soledad en medio de un despiadado universo!...

¿He hallado las palabras adecuadas para expresar nuestra angustia? No lo sé. En ninguna lengua deben existir términos adecuados para una situación sin precedentes.

Tras reconocer el mar donde antes había estado la península india, tomamos rumbo al norte durante diez días, luego viramos al oeste. Sin que nuestra condición cambiara en lo mas mínimo, franqueamos la cordillera de los Urales, convertida en montañas submarinas, y navegamos por encima de lo que había sido Europa. Descendimos luego hacia el sur, hasta veinte grados mas allá del Ecuador; tras lo cual, abandonando nuestra inútil búsqueda, pusimos de nuevo rumbo al norte y atravesamos, hasta pasados los Pirineos, una extensión de agua que recubría África y España. En verdad, empezábamos a acostumbrarnos a nuestro horror. A medida que avanzábamos, marcábamos nuestro rumbo en los mapas y nos decíamos: Aquí estaba Moscú... Varsovia... Berlín... Viena... Roma... Túnez... Tombuctú...

Saint Louis... Oran... Madrid, pero, con una creciente indiferencia, y con ayuda de la costumbre, llegábamos incluso a pronunciar sin emoción aquellas palabras en realidad tan trágicas.

Sin embargo, yo al menos no había agotado toda mi capacidad de sufrimiento. Recuerdo el día —era aproximadamente el 11 de diciembre— en que el capitán Morris me dijo: "Aquí estaba Paris..." Ante esas palabras, creí que me arrancaban el alma. Que el universo entero fuera sumergido, sea. ¡Pero Francia, mi Francia, y Paris, que la simbolizaba!...

A mi lado oí como un sollozo. Me volví; era Simonat, que lloraba.

Durante cuatro días aún proseguimos nuestro rumbo hacia el norte; luego, llegados a la altura de Edimburgo, descendimos de nuevo hacia el sudoeste, en busca de Irlanda; luego variamos el rumbo al este... En realidad errábamos al azar, ya que no había ninguna razón que aconsejara ir en una dirección mejor que en otra...

Pasamos por encima de Londres, cuya líquida tumba fue saludada por toda la tripulación. Cinco días mas tarde estábamos a la altura de Danzig, cuando el capitán Morris hizo virar ciento ochenta grados y poner rumbo sudoeste. El timonel obedeció pasivamente. ¿Qué podía importarle? ¿Acaso no iban a encontrar lo mismo por todos lados?

Fue durante el noveno día de navegación siguiendo aquel rumbo cuando comimos nuestro último trozo de galleta.

Mientras nos mirábamos con ojos extraviados, el capitán Morris ordenó de pronto encender de nuevo los fuegos. ¿A qué pensamiento obedecía? Sigo preguntándomelo aún; pero la orden fue ejecutada: la velocidad de la nave aumentó...

Dos días mas tarde sufríamos ya cruelmente a causa del hambre. Al día siguiente, casi todos se negaron obstinadamente a levantarse; tan sólo el capitán, Simonat, algunos hombres de la tripulación y yo tuvimos la energía de mantener el rumbo del buque.

Al día siguiente, quinto del ayuno, el número de timoneles y de mecánicos benévolos decreció aún más. En veinticuatro horas, nadie tendría ya fuerzas para mantenerse en pie.

Llevábamos en aquel momento mas de siete meses de navegación. Desde hacía siete meses rastrillábamos el océano en todos sentidos. Debíamos estar, creo, a 9 de enero.... y digo "creo" en la imposibilidad de ser más preciso, ya que el calendario había perdido para nosotros buena parte de su rigor.

Sin embargo, fue aquel día, mientras sujetaba la barra y me esforzaba con toda mi desfalleciente atención en mantener el rumbo, cuando creí divisar algo hacia el oeste. Creyendo ser juguete de un error, fruncí los ojos...

¡No, no me había equivocado!

Lance un autentico rugido y luego, aferrándome a la barra, grité con la voz mas fuerte que pude: ¡Tierra a estribor por avante!

¡Que magnífico efecto tuvieron aquellas palabras! Todos los moribundos resucitaron a la vez, y sus pálidos rostros aparecieron por encima de la amura de estribor.

—Es realmente tierra —dijo el capitán Morris, tras examinar atentamente la mancha en el horizonte.

Media hora más tarde era imposible tener la menor duda. ¡Era realmente tierra aquello que encontrábamos en pleno océano Atlántico, tras haber buscado en vano por toda la superficie de los antiguos continentes!

Hacia las tres de la tarde, los detalles del litoral que nos cortaba el rumbo se hicieron perceptibles, y sentimos renacer nuestra desesperación. Ya que aquel litoral no se parecía a ningún otro, y nadie de nosotros recordaba haber visto una desolación tan absoluta, tan perfecta.

En la Tierra, tal como la habitábamos antes del desastre, el verde era un color muy abundante.

Ninguno de nosotros conocía una costa, por árida o desheredada que fuera, donde no se hallaran algunos arbustos, algunos matorrales, incluso tan sólo algunos líquenes o musgos. Aquí no había nada de eso. No se distinguía más que un alto acantilado negruzco, al pie del cual yacía un caos de rocas, sin una planta, sin una sola brizna de hierba. Era la desolación en su forma más total, más absoluta.

Durante dos días costeamos aquel abrupto acantilado sin divisar en el la menor fisura. Fue hacia el anochecer del segundo día cuando descubrimos una amplia bahía bien abrigada de todos los vientos, al fondo de la cual dejamos caer el ancla.


Tras haber alcanzado tierra en los botes, nuestro primer cuidado fue recolectar nuestro alimento sobre los guijarros de la playa. Esta se hallaba cubierta por centenares de tortugas y por millares de moluscos. En los intersticios rocosos podían verse cangrejos, langostas, otros crustáceos en cantidad fabulosa, sin perjuicio, e innumerables peces. Evidentemente, aquel mar tan ricamente poblado bastaría, a falta de otros recursos, para asegurar nuestra subsistencia durante un tiempo ilimitado.


Cuando hubimos satisfecho nuestros estómagos, un corte en el acantilado nos permitió alcanzar la meseta superior, donde descubrimos un vasto espacio. El aspecto de la orilla no nos había engañado; por todos lados, en todas direcciones, no había mas que rocas áridas, recubiertas de algas y plantas marinas generalmente ya secas, sin la menor brizna de hierba, sin nada vivo, ni sobre la tierra ni en el cielo. De tanto en tanto, pequeños lagos, mas bien estanques, brillaban bajo los rayos de sol. Intentamos beber de ellos, y descubrimos que el agua era salada.

Realmente, no nos sentimos sorprendidos por ello. El hecho confirmaba lo que habíamos supuesto desde un primer momento, a saber, que aquel continente desconocido era de reciente nacimiento y que había surgido, en un solo bloque, de las profundidades del mar. Aquello explicaba su aridez, al igual que su perfecta soledad. Aquello explicaba también la capa de limo uniformemente esparcida que, a resultas de la evaporación, comenzaba a cuartearse y a reducirse a polvo...

Al día siguiente, al mediodía, la posición indicó 17º 20' latitud Norte y 23' 55' longitud Oeste.

Trasladándola al mapa, pudimos ver que nos hallábamos realmente en pleno mar, aproximadamente a la altura del Cabo Verde. Y, sin embargo, la tierra, en el oeste, y el mar, hacia el este, se extendían ahora hasta perderse completamente de vista.

Por hosco e inhóspito que fuese el continente en el que habíamos puesto pie, sin embargo, no nos quedaba mas remedio que contentarnos con él. Fue por ello por lo que la descarga del Virginia fue emprendida sin la menor dilación. Subimos a la meseta todo lo que contenía, sin hacer ninguna elección. Antes, anclamos sólidamente la nave con cuatro anclas, en un lugar donde la profundidad era de quince brazas. En aquella tranquila bahía no corría ningún riesgo, y podíamos abandonarla a sí misma sin el menor problema.

Nuestra nueva vida empezó apenas terminamos el desembarco de todos nuestros bienes. En primer lugar, convenía...

Llegado a este punto de su traducción, el zartog Sofr tuvo que interrumpirse. El manuscrito mostraba en aquel lugar una primera laguna, probablemente muy importante a juzgar por las paginas que comprendía, laguna que era seguida por otra mas considerable aún por lo que era posible juzgar. Sin duda un gran número de hojas habían resultado afectadas por la humedad, pese a la protección del estuche en resumidas cuentas, no quedaban de ellas mas que algunos fragmentos más o menos extensos, cuyo contexto general había quedado destruido para siempre. Esos fragmentos se sucedían en el siguiente orden:

... empezamos a aclimatarnos.

¿Cuánto tiempo hace que desembarcamos en esta costa? Ya no lo sé. Se lo he preguntado al doctor Moreno, que lleva un calendario de los días transcurridos.

—Seis meses —me ha dicho, añadiendo—. Día mas, día menos —ya que cree que es probable que este equivocado.

¡A esto hemos llegado! Han bastado sólo seis meses para que ya ni siquiera estemos seguros de haber medido exactamente el tiempo ¡Eso promete!

De todos modos, nuestra negligencia no tiene nada de sorprendente. Empleamos toda nuestra atención, toda nuestra actividad, en conservar nuestras vidas. Alimentarse es un problema cuya solución exige toda la jornada. ¿Qué es lo que comemos? Peces, cuando los encontramos, lo cual se hace cada día menos fácil, ya que nuestra incesante persecución los pone sobre aviso. Comemos también huevos de tortuga, y algunas algas comestibles. Por la noche nuestro estomago está lleno, pero nos sentimos extenuados, y no pensamos en otra cosa que en dormir. Hemos improvisado tiendas con las velas del Virginia. Creo que en breve tiempo habrá que construir algún abrigo más seguro.

A veces cazamos algún pájaro; la atmósfera no está tan desierta como supusimos al principio: una decena de especies conocidas se hallan representadas en este nuevo continente. Son exclusivamente aves migratorias: golondrinas, albatros y algunas otras. Hay que creer que no encuentran su alimento en esta tierra sin vegetación, ya que no dejan de girar en torno a nuestro campamento, al acecho de los restos de nuestras miserables comidas. A veces recogemos alguno al que ha matado el hambre, lo cual nos permite ahorrar nuestra pólvora y nuestros fusiles.

Afortunadamente, hay posibilidades de que la situación se haga menos mala. Hemos descubierto un saco de trigo en la cala del Virginia, y hemos sembrado la mitad. Será una gran mejora cuando el trigo haya crecido. Pero ¿germinará? El suelo esta recubierto de una espesa capa de aluvión, una tierra arenosa abonada por la descomposición de las algas. Por mediocre que sea su calidad, es humus de todos modos. Cuando abordamos el continente estaba impregnado de sal, pero luego las lluvias diluvianas han lavado copiosamente su superficie, ya que todas las depresiones se hallan ahora llenas de agua dulce.

De todos modos, la capa de aluvión se ha desembarazado de la sal tan sólo en un espesor muy débil: los riachuelos, incluso los ríos que estan empezando a formarse, son todos fuertemente salados, lo cual prueba que la tierra se halla aún saturada en profundidad.

Para sembrar el trigo y conservar la otra mitad como reserva hemos tenido que pelearnos: una parte de la tripulación del Virginia quería convertirlo en pan inmediatamente. Nos hemos visto obligados a..

... que teníamos a bordo del Virginia. Esta pareja de conejos huyeron al interior, y no los hemos vuelto a ver. Hay que creer que habrán encontrado algo con lo que alimentarse. La tierra, pues, parece producir...

... dos años, al, menos, que estamos aquí ... ! El trigo ha crecido admirablemente. Tenemos pan casi a discreción, y nuestros campos ganan constantemente en extensión. ¡Pero qué lucha contra los pájaros! Se han multiplicado extrañamente y, a todo alrededor de nuestros cultivos...

Pese a las muertes que he relatado mas arriba, la pequeña tribu que formamos no ha disminuido, sino al contrario. Mi hijo y mi pupila tienen tres niños, y cada una de las otras tres parejas igual. Toda la chiquillería revienta de salud. Hay que creer que la especie humana posee un mayor vigor, una vitalidad más intensa desde que se ha visto reducida en su número. Mas que causas de...

... aquí desde hace diez años, y no sabíamos nada de este continente. No lo conocíamos mas que en un radio de unos pocos kilómetros alrededor del lugar de nuestro desembarco. Es el doctor Bathurst quien nos ha hecho avergonzarnos de nuestra apatía: a instigación suya hemos armado el Virginia, lo cual ha requerido cerca de seis meses, y hemos efectuado un viaje de exploración.

Regresamos de él anteayer. El viaje ha durado más de lo que creíamos, ya que hemos querido que fuera completo.

Hemos dado toda la vuelta al continente que nos alberga y que, todo nos incita a creerlo, debe ser, junto con nuestro islote, la única parcela sólida existente en la superficie del planeta. Sus orillas nos han parecido todas iguales, es decir muy cortadas a pico y muy salvajes

Nuestra navegación se ha visto interrumpida por varias excursiones al interior: esperábamos, principalmente, encontrar alguna huella de las Azores y de Madeira, situadas, antes del cataclismo, en el océano Atlántico, y que en consecuencia deben formar parte necesariamente del nuevo continente. No hemos podido reconocer el menor vestigio de ellas. Todo lo que hemos podido constatar ha sido que el suelo estaba muy removido y recubierto por una espesa capa de lava en el lugar que debían ocupar esas islas, que sin duda fueron sede de violentos fenómenos volcánicos.

Por ejemplo, si bien no descubrimos lo que buscábamos, ¡sí descubrimos lo que no estábamos buscando! Medio aprisionados por la lava, a la altura de las Azores, aparecieron ante nuestros ojos algunos testimonios de trabajos humanos.... pero no trabajos de los habitantes de las Azores, nuestros contemporáneos de ayer. Se trataba de restos de columnas o de cerámica, como nunca habíamos visto antes. Una vez examinadas, el doctor Moreno emitió la hipótesis de que aquellos restos debían provenir de la antigua Atlántida, y que el flujo volcánico los había puesto al descubierto.

Es probable que el doctor Moreno tenga razón. La legendaria Atlántida debía haber ocupado en efecto, si existió alguna vez, más o menos el lugar del nuevo continente. En este caso, sería un hecho singular la sucesión, en el mismo emplazamiento, de tres humanidades procediéndose la una a la otra.

Sea como fuere, confieso que el problema me deja frío: tenemos suficiente trabajo con el presente como para ocuparnos del pasado...

En el momento de regresar a nuestro campamento, nos ha chocado el hecho de que, en relación al resto del país, nuestros alrededores parecen una región especialmente favorecida. Esto se debe únicamente al hecho de que el color verde, tan abundante antes en la naturaleza, no es aquí desconocido, mientras que ha sido radicalmente suprimido en el resto del continente. Nunca hasta este momento habíamos hecho tal observación, pero la cosa es innegable. Briznas de hierba, que no existían antes de nuestro desembarco, aparecen ahora bastante numerosas a nuestro alrededor. Claro que no pertenecen mas que a un pequeño numero de especies entre las mas vulgares, cuyas semillas habrán sido traídas sin duda por los pájaros hasta aquí.


De lo antedicho no hay que sacar de todos modos la conclusión de que no existe vegetación, excepto algunas pocas especies antiguas. Como consecuencia de un trabajo de adaptación de los más extraños, existe por el contrario una vegetación, en estado al menos rudimentario, con promesas de futuro, en todo el continente.


Las plantas marinas de las que estaba cubierto en el momento en que surgió de las aguas han muerto en su mayor parte a causa de la luz del sol. Algunas, sin embargo, persistieron en los lagos, los estanques y las charcas, que el calor fue desecando progresivamente. Pero en aquella época los torrentes y los riachuelos empezaban a nacer, mucho mas apropiados a la vida de las algas y demás plantas marinas puesto que su agua era salada. Cuando la superficie y luego las profundidades del suelo se vieron privadas de su sal, y el agua se volvió dulce, la inmensa mayoría de aquellas plantas fueron destruidas. Un pequeño número de ellas, sin embargo, adaptándose a las nuevas condiciones de vida, prosperaron en el agua dulce al igual que habían prosperado en el agua salada. Pero el fenómeno no se detuvo ahí: algunas de esas plantas, dotadas de un mayor poder de acomodación, se adaptaron al aire libre, tras haberse adaptado al agua dulce, y, primero en las orillas, luego expandiéndose poco a poco, progresaron hacia el interior.


Sorprendimos esa transformación en pleno curso de su desarrollo, y pudimos constatar como las formas se modificaban al mismo tiempo que el funcionamiento fisiológico. Algunos tallos se yerguen ya tímidamente hacia el cielo. Es de prever que algún día se creará de este modo toda una flora completa y que se establecerá una ardiente lucha entre las especies nuevas y aquellas que hayan sobrevivido del antiguo orden de cosas.


Lo que ocurre con la flora ocurre también con la fauna. En las inmediaciones de los cursos de agua se ven antiguos animales marinos, moluscos y crustáceos en su mayor parte, en trance de convertirse en terrestres. El aire está surcado de peces voladores, mucho más pájaros que peces, con sus alas desmesuradamente desarrolladas y su cola curvada que les permite...

El ultimo fragmento, intacto, contenía el fin del manuscrito:

...todos viejos. El capitán Morris ha muerto. El doctor Bathurst tiene sesenta y cinco años; el doctor Moreno, sesenta; yo, sesenta y ocho. Todos llegaremos muy pronto al final de nuestras vidas. Antes, sin embargo, cumpliremos la tarea que nos hemos impuesto, y, tanto como esté en nuestro poder, acudiremos en ayuda de las generaciones futuras en la lucha que les aguarda.

Pero esas generaciones futuras, ¿verán algún día la luz?

Estoy tentado a responder sí, si tengo en cuenta la multiplicación de mis semejantes: los niños pululan y, por otro lado, en este clima seco, en este país donde los animales feroces son desconocidos, la longevidad es grande. Nuestra colonia ha triplicado su importancia.

Por el contrario, me siento tentado a responder no, si considero la profunda degradación intelectual de mis compañeros de miseria.


Nuestro pequeño grupo de náufragos estaba, sin embargo, en condiciones favorables para sacar provecho del saber humano: comprendía a un hombre particularmente enérgico —el capitán Morris, hoy ya fallecido—, dos hombres mas cultivados de lo habitual —mi hijo y yo—, y dos auténticos sabios —el doctor Bathurst y el doctor Moreno—. Con tales elementos, se hubiera podido hacer algo. No se ha hecho nada. La conservación de nuestra vida material ha sido, desde el principio, y lo es aún, nuestra única preocupación. Como al principio, empleamos todo nuestro tiempo en buscar nuestro alimento y, por la noche, caemos agotados en un pesado sueño.


Es terriblemente cierto que la humanidad, de la que somos los únicos representantes, esta en trance de regresión rápida y tiende a acercarse a la brutalidad. Entre los marineros del Virginia, gente ya inculta de por sí, los caracteres de animalidad se han manifestado antes; mi hijo y yo hemos olvidado lo que sabíamos; el doctor Bathurst y el doctor Moreno han dejado que sus cerebros se desecaran. Puede decirse que nuestra vida cerebral se ha visto abolida.

¡Qué suerte que, hace ya tantos años de ello, decidiéramos realizar el periplo de este continente! Hoy no hubiéramos tenido el valor necesario para llevarlo a cabo y por otro lado el capitán Morris, que dirigió la expedición, está muerto.... y muerto también de vetustez esta el Virginia que nos llevaba.

Al principio de nuestra estancia, algunos de nosotros empezamos a construir casas. Las construcciones inacabadas se caen ahora en ruinas. Dormimos en el suelo, en cualquier estación.

Desde hace tiempo ya no queda nada de las ropas que nos cubrían. Durante algunos años nos las hemos ingeniado para reemplazarlas con algas tejidas en forma primero ingeniosa, luego cada vez más burda. Finalmente, nos cansamos de este esfuerzo, que la suavidad del clima hace superfluo: ahora vivimos desnudos, como aquellos a los que llamábamos salvajes

Comer, comer, esa es nuestra principal finalidad, nuestra exclusiva preocupación.

Sin embargo, subsisten aún algunos restos de nuestras antiguas ideas y nuestros antiguos sentimientos. Mi hijo Jean, hoy maduro y abuelo ya, no ha perdido todo sentimiento afectivo, y mi ex—chofer, Modeste Simonat, conserva un vago recuerdo de que hubo un tiempo en que yo fui su amo.

Pero con ellos, con nosotros, estas tenues huellas de los hombres que fuimos —puesto que en verdad no somos ya hombres— van a desaparecer para siempre. Los del futuro, los nacidos aquí, no conocerán nunca otra existencia más que esta. La humanidad se verá reducida a esos adultos —que tengo ahora aquí ante mis ojos, mientras escribo— que no saben leer, ni contar, ni apenas hablar; a esos niños de dientes afilados, que parecen no ser más que un vientre insaciable. Luego, tras ellos, habrá otros adultos y otros niños aún, cada vez más próximos al animal, cada vez más alejados de sus antepasados pensantes.

Me parece verlos, a esos hombres futuros, con el lenguaje articulado olvidado por completo, la inteligencia apagada, los cuerpos cubiertos de recios pelos, vagando por este árido desierto...

Bien, queremos intentar que las cosas no sean así. Queremos hacer todo lo que aún esté en nuestro poder para que las conquistas de la humanidad que fuimos no queden perdidas para siempre. El doctor Moreno, el doctor Bathurst y yo despertaremos nuestros abotagados cerebros, les obligaremos a recordar todo lo que han sabido. Compartiendo el trabajo, con este papel y esta tinta procedentes del Virginia, enumeraremos todo lo que conocemos en las diversas categorías de la ciencia, a fin de que, más tarde, los hombres, si perduran, y si, tras un período de salvajismo más o menos largo, sienten renacer su fe de luz, encuentren este resumen de lo que lograron sus antepasados. ¡Quieran entonces bendecir la memoria de aquellos que se esforzaron, a toda costa, por abreviar el doloroso camino de unos hermanos a los que nunca llegarán a ver!

En el umbral de la muerte

Hace ahora aproximadamente quince años que fueron escritas las anteriores líneas. El doctor Bathurst y el doctor Moreno ya no están aquí. De todos aquellos que desembarcaron conmigo, yo, él mas viejo de todos, soy el único que queda. Pero la muerte viene a buscarme también a mí. La siento ascender desde mis helados pies hasta mi corazón que se detiene.

Nuestro trabajo está terminado. He confiado los manuscritos que encierran el resumen de la ciencia humana en un caja de hierro desembarcada del Virginia, y la he hundido profundamente en el suelo. A su lado, voy a hundir también estas pocas paginas enrolladas dentro de un estuche de aluminio.

¿Encontrará alguien alguna vez este legado depositado en la tierra? ¿Habrá simplemente alguien para buscarlo?

Hay que dejarlo al azar. ¡Sólo Dios lo sabe!...

A medida que el zartog Sofr traducía ese extraño documento, una especie de terror aferraba su alma.


¿Así pues, la raza de los Andart'—Iten—Schu descendían de esos hombres que, tras haber errado durante largos meses en el desierto de los océanos, habían ido a, embarrancar en aquel punto de la orilla donde se erigía ahora Basidra? ¡Así pues, aquellas criaturas miserables habían formado parte de una gloriosa humanidad al lado de la cual la humanidad actual apenas iniciaba sus balbuceos! Y, sin embargo, para que la ciencia e incluso el recuerdo de aquellos pueblos tan potentes fueran abolidos, ¿qué había sido necesario? Menos que nada: que un imperceptible estremecimiento recorriera la corteza del planeta.


¡Que irreparable desgracia que los manuscritos mencionados en el documento hubieran resultado destruidos con la caja de hierro que los contenía! Pero, por grande que fuera esa desgracia, era imposible conservar la menor esperanza, ya que los obreros, para cavar los cimientos, habían removido la tierra en todos sentidos. Sin la menor duda el hierro había sido corroído por el tiempo, mientras que el estuche de aluminio había resistido victoriosamente.

De todos modos, no se necesitaba más para que el optimismo de Sofr se viera alterado. Si bien el manuscrito no presentaba ningún detalle técnico, abundaba en indicaciones generales, y probaba de una manera perentoria que la humanidad había avanzado en la antigüedad mucho mas adelante por el camino de la verdad de lo que lo había hecho después. Todo estaba en aquel relato: las nociones que poseía Sofr, y otras que ni siquiera llegaba a imaginar... ¡Hasta la explicación de aquel nombre de Hedom, sobre el cual tantas polémicas se habían iniciado! Hedom no era más que la deformación de Edem esta a su vez deformación de Adán—, cuyo Adán no era tal vez más que la deformación de algún otro nombre aun más antiguo.


Hedom, Edem, Adán, este era el perpetuo símbolo del primer hombre, y era también una explicación de su llegada a la Tierra. Sofr había cometido pues una equivocación negando aquel antepasado, cuya realidad quedaba establecida sin lugar a dudas por el manuscrito, y era el pueblo quien tenía razón otorgándose unos ascendientes semejantes a el mismo. Pero, ni siquiera en esto —al igual que en todo lo demás— los Andart'—Iten—Schu habían inventado nada: se habían contentado con decir a su vez lo que otros habían dicho antes que ellos.


Y quizá, después de todo, los contemporáneos del redactor de aquel relato tampoco hubieran inventado nada. Quizá no habían hecho más que rehacer, ellos también, el camino recorrido por otras humanidades llegadas antes que ellos a la Tierra. ¿Acaso el documento no hablaba de un pueblo al que denominaba atlantes? A esos atlantes, sin duda, correspondían los pocos vestigios casi impalpables que las excavaciones de Sofr habían puesto al descubierto debajo del limo marino.


¿A que conocimiento de la verdad habría llegado esa antigua nación, cuando la invasión del océano la barrió de la Tierra?

Fuera cual fuese, no quedo nada de su obra tras la catástrofe, y el hombre tuvo que reemprender desde abajo la penosa ascensión hacia la luz.

Quizá también ocurriera lo mismo con los Andart'—Iten—Schu. Quizá volviera a ocurrir otra vez después de ellos, y otra vez aún, y otra, hasta el día...

¿Pero llegaría nunca ese día en que se viera satisfecho el incesante deseo del hombre? ¿Llegaría nunca el día en que este, habiendo terminado de subir la cuesta, pudiera por fin reposar en la cima conquistada?

Así soñaba el zartog Sofr, inclinado sobre el venerable manuscrito.

A través de aquel relato de ultratumba, imaginaba el terrible drama que se desarrolla perpetuamente en el universo, y su corazón estaba lleno de piedad. Sangrado por los innumerables males que todos aquellos que habían vivido antes que él habían sufrido, doblado bajo el peso de aquellos vanos esfuerzos acumulados en el infinito del tiempo, el zartog Sofr—Aï—Sr adquiría, lentamente, dolorosamente, la íntima convicción del eterno recomenzar de todas las cosas.

 

 

Fritt-Flacc


¡Frritt...!, es el viento que se desencadena.

¡Flacc...!, es la lluvia que cae a torrentes.

La mugiente ráfaga encorva los árboles de la costa volsiniana, y va a estrellarse contra el flanco de las montañas de Crimma. Las altas rocas del litoral están incesantemente roídas por las olas del vasto mar del Megalocride.

¡Frritt...! ¡Flacc...!


En el fondo del puerto se oculta el pueblecillo de Luktrop. Algunos centenares de casas, con verdes miradores que apenas las defienden contra los fuertes vientos. Cuatro o cinco calles empinadas, más barrancos que vías, empedradas con guijarros, manchadas por las escorias que proyectan los conos volcánicos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día, sus emanaciones se esparcen bajo la forma de vapores sulfurosos. Por la noche, de minuto en minuto, se producen fuertes erupciones de llamas. Como un faro, con un alcance de ciento cincuenta kertses, el Vanglor señala el puerto de Luktrop a los buques de cabotaje, barcos de pesca y transbordadores cuyas rodas cortan las aguas del Megalocride.


Al otro lado de la villa se amontonan algunas ruinas de la época crimeriana. Tras un arrabal de aspecto árabe, una alcazaba de blancas paredes, techos redondos y azoteas devoradas por el sol. Es un cúmulo de piedras arrojadas al azar, un verdadero montón de dados cuyos puntos hubieran sido borrados por la pátina del tiempo.

Entre todos ellos se destaca el Seis—Cuatro, nombre dado a una construcción extraña, de techo cuadrado, con seis ventanas en una cara y cuatro en la otra.


Un campanario domina la villa: el campanario cuadrado de Santa Philfilene, con campanas suspendidas del grosor de los muros, que el huracán hace resonar algunas veces. Mala señal. Cuando esto sucede, los habitantes tiemblan.

Esto es Luktrop. Unas cuantas moradas, miserables chozas esparcidas en la campiña, en medio de retamas y brezos, passim, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No lo sé. ¿En Europa? Lo ignoro.

De todos modos, no busque Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.

¡Froc...! Un discreto golpe resuena en la estrecha puerta del Seis—Cuatro, abierta en el ángulo izquierdo de la calle Messagliere. Es una casa de las más confortables, si esa palabra tiene algún sentido en Luktrop; una de las más ricas, si el ganar un año por otro algunos miles de fretzers constituye alguna riqueza.

Al golpe ha respondido uno de esos ladridos salvajes, en los que hay algo de aullido, y que recuerdan el ladrido del lobo. Luego se abre, por encima de la puerta del Seis—Cuatro, una ventana de guillotina.

—¡Al diablo los inoportunos! — dijo una voz mal humorada.

Una jovencita, tiritando bajo la lluvia, envuelta en una mala capa, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.

Está o no está, según!

Vengo porque mi padre se está muriendo.

—¿Dónde se muere?

—En Val Karniu, a cuatro kertses de aquí.

—¿Y se llama...?

—Vort Kartif.

—Vort Kartif... ¿el hornero?

—Sí, y si el doctor Trifulgas...

—¡El doctor Trifulgas no está!

Y la ventana se cerró brutalmente, mientras que los Frritts del viento y los Flaccs de la lluvia se confundían en un alboroto ensordecedor.

Un hombre duro, este doctor Trifulgas. Poco compasivo, no curaba si no era a cambio y eso por adelantado. Su viejo Hurzof, una mezcla de bulldog y faldero, tiene mas corazón que él. La casa del Seis—Cuatro inhospitalaria para los pobres, no se abre mas que para los ricos. Además, hay una tarifa: tanto por una tifoidea, tanto por una congestión, tanto por una pericarditis, tanto por cualquiera de las otras enfermedades que los médicos inventan por docenas. Sin embargo, el hornero Von Kartif era un hombre pobre, de una familia miserable ¿Por que tiene que molestarse en una noche como aquella al doctor Trifulgas?

—¡Sólo el haberme hecho levantar vale ya diez fretzers!— murmuró al acostarse de nuevo.

Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando la aldaba volvió a golpear la puerta del Seis—Cuatro.

El doctor abandonó gruñendo su caliente lecho y se asomó a la ventana.

—¿Quién va?— gritó.

—Soy la mujer de Von Kartif.

—¿El hornero de Val Karniu?

—¡Si! ¡Y si usted se niega a venir, morirá!

—¡Pues bien, se quedará viuda!

—Aquí traigo veinte fretzers...

—¡Veinte fretzers por ir hasta Val Karniu, que está a cuatro kertses de aquí!

—¡Por caridad!

—¡Vaya al diablo!

Y la ventana se cerró. ¡Veinte fretzers! ¡Bonito hallazgo! ¡Arriesgarse a un catarro o a unas agujetas por veinte fretzers, sobre todo cuando mañana le esperan en Kiltreno, en casa del rico Edzingov, el gotoso, cuya gota le representa cincuenta fretzers por cada visita!

Pensando en esta agradable perspectiva, el doctor Trifulgas volvió a dormirse más profundamente que antes.

¡Fritt...! ¡Flacc...! Y luego: ¡froc...¡froc...! ¡froc...!

A la ráfaga se le han unido esta vez tres aldabonazos, aplicados por una mano más decidida. El doctor dormía. Finalmente se despertó..., ¡pero de qué humor! Al abrir la ventana, el huracán penetró como un saco de metralla.

—Es por el hornero...

—¿Aún ese miserable?

—¡Soy su madre!

—¡Que la madre, la mujer y la hija revienten con él!

—Ha sufrido un ataque...

—¡Pues que se defienda!

—Nos han enviado algún dinero — señaló la vieja —. Un adelanto sobre la venta de la casa de Dontrup, la de la calle Messagliere. ¡Si usted no acude, mi nieta no tendrá padre, mi hija no tendrá esposo y yo no tendré hijo...!

Era a la vez conmovedora y terrible oír la voz de aquella anciana, al pensar que el viento helaba la sangre en sus venas y que la lluvia calaba sus huesos.

—¡Un ataque cuesta doscientos fretzers! — respondió el desalmado Trifulgas.

—¡Sólo tenemos ciento veinte!

—¡Buenas noches!

Y la ventana volvió a cerrarse. Pero, mirándolo bien, ciento veinte fretzers por hora y media de camino, más media hora de visita, hacen sesenta fretzers a la hora, un fretzer por minuto. Poco beneficio, pero tampoco para desdeñar.

En vez de volverse a acostar, el doctor se envolvió en su vestido de lana, se introdujo en sus grandes botas impermeables, se cubrió con su holopanda de bayeta, y con su gorro de piel en la cabeza y sus manoplas en las manos, dejó encendida la lámpara cerca de su Codex, abierto en la página 197, y empujando la puerta del Seis—Cuatro se detuvo en el umbral.

La vieja aún seguía allí, apoyada en su bastón, descarnada por sus ochenta años de miseria.

—¿Los ciento veinte fretzers...?

—¡Aquí estan, y que Dios se los devuelva centuplicados!

—¡Dios! ¡El dinero de Dios!, ¿Hay alguien acaso que haya visto de qué color es?

El doctor silbó a Hurzof y, colocándole una linterna en la boca, emprendió el camino hacia el mar.

La vieja le siguió.

Que tiempo de Frritts y de Flaccs! Las campanas de Saint Philfilene se han puesto en movimiento a impulsos de la borrasca. Mala señal. ¡Bah! El doctor Trifulgas no es supersticioso. No cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que le produce.

¡Que tiempo! Pero también, ¡que camino! Guijarros y escorias; guijarros, despojos arrojados por el mar sobre la playa, escorias que crepitan como los residuos de las hullas en los hornos. Ninguna otra luz más que la vaga y vacilante de la linterna del perro Hurzof. A veces la erupción en llamas del Vanglor, en medio de las cuales parecen retorcerse extravagantes siluetas. No se sabe que hay en el fondo de esos insondables cráteres. Tal vez las almas del mundo subterráneo que se volatilizan al salir.

El doctor y la vieja siguen el contorno de las pequeñas bahías del litoral. El mar esta teñido de un blanco lívido, blanco de duelo, y chispea al atacar la línea fosforescente de la resaca, que parece verter gusanos de luz al extenderse sobre la playa.

Ambos suben así hasta él recodo del camino, entre las dunas, cuyas atochas y juncos entrechocan con ruido de bayonetas.

El perro se aproximó a su amo y parecía querer decirle:

"¡Vamos! ¡Ciento veinte fretzers para encerrarlos en el arca! ¡Así se hace fortuna! ¡Una fanega más que agregar al cercado de la vida! ¡Un plato más en la cena de la noche! ¡Una empanada más para el fiel Hurzof! ¡Cuidemos a los enfermos ricos, y cuidémoslos... por su bolsa!"

En aquel momento la vieja se detiene. Muestra con su tembloroso dedo una luz rojiza en la oscuridad. Es la casa de Vort Kartif, el hornero.

—¿Allí? — dice el doctor.

—Sí — responde la vieja.

—¡Harrahuau! — ladra el perro Hurzof.

De repente truena el Vanglor, conmovido hasta los contrafuertes de su base. Un haz de fuliginosas llamas asciende al cielo, agujereando las nubes. El doctor Trifulgas rueda por el suelo.

Jura como un cristiano, se levanta y mira.

La vieja ya no está detrás de él. ¿Ha desaparecido en alguna grieta del terreno, o ha volado a través del frotamiento de las brumas?

En cuanto al perro, allí está, de pie sobre sus patas traseras, con la boca abierta y la linterna apagada.

—¡Adelante! — murmura el doctor Trifulgas.

Ha recibido sus ciento veinte fretzers y, como hombre honrado que es, tiene que ganarlos.

Sólo se ve un punto luminoso, a una distancia de medio kertse. Es la lámpara del moribundo, del muerto tal vez. Es, sin duda, la casa del hornero. La abuela la ha señalado con el dedo. No hay error posible.

En medio de los silbadores Frritts, de los crepitantes Flaccs, del ruido sordo y confuso de la tormenta, el doctor Trifulgas avanza a pasos apresurados.

A medida que avanza la casa se dibuja mejor, aislada como está en medio de la landa.

Es singular la semejanza que tiene con la del doctor, con el Seis—Cuatro de Luktrop. La misma disposición de ventanas en la fachada, la misma puertecilla centrada.


El doctor Trifulgas se apresura tanto como se lo permite la ráfaga. La puerta está entreabierta; no hay mas que empujarla. La empuja, entra, y el viento la cierra brutalmente tras él. El perro Hurzof, fuera, aúlla, callándose por intervalos, como los chantres entre los versículos de un salmo de las Cuarenta Horas.


¡Es extraño! Diríase que el doctor ha vuelto a su propia casa. Sin embargo, no se ha extraviado. No ha dado un rodeo que le haya conducido al punto de partida. Se halla sin lugar a dudas en Val Karniu, no en Luktrop. No obstante, el mismo corredor bajo y abovedado, la misma escalera de caracol de madera, gastada por el roce de las manos.


Sube, llega a la puerta de la habitación de arriba. Por debajo se filtra una débil claridad, como en el Seis—Cuatro. ¿Es una alucinación? A la vaga luz reconoce su habitación, el canapé amarillo, a la derecha el cofre de viejo peral, a la izquierda el arca ferrada donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. Aquí su sillón con orejeras de cuero, allí su mesa de retorcidas patas, y encima, junto a la lámpara que se extingue, su Códex, abierto en la página 197.

—¿Qué me pasa? — murmuró.

¿Qué tiene? ¡Miedo! Sus pupilas están dilatadas, su cuerpo contraído. Un sudor helado enfría su piel, sobre la cual siente correr rápidas horripilaciones.

¡Pero apresúrate! ¡Falta aceite, la lámpara va a extinguirse, el moribundo también!

¡Sí! Allí está el lecho, su lecho de columnas, con su pabellón tan largo como ancho, cerrado por cortinas con dibujos de grandes ramajes. ¿Es posible que aquélla sea la cama de un miserable hornero?

Con mano temblorosa, el doctor Trifulgas agarra las cortinas. Las abre. Mira.

El moribundo, con la cabeza fuera de las ropas, permanece inmóvil, como a punto de dar su último suspiro. El doctor se inclina sobre él...

¡Ah! ¡Qué grito escapa de su garganta, al cual responde, desde fuera, el siniestro aullido de su perro!

¡El moribundo no es el hornero Vort Kartif...! ¡Es el doctor Trifulgas...! Es él mismo, atacado de congestión: ¡el mismo! Una apoplejía cerebral, con brusca acumulación de serosidades en las cavidades del cerebro, con parálisis del cuerpo en el lado opuesto a aquel en que se encuentra la lesión.

¡Si! ¡Es él quien ha venido a buscarle, por quien han pagado ciento veinte fretzers! ¡Él, que por dureza de corazón se negaba a asistir al hornero pobre! ¡Él, el que va a morir!

El doctor Trifulgas está como loco. Se siente perdido. Las consecuencias crecen de minuto en minuto. No sólo todas las funciones de relación se están suprimiendo en él, sino que de un momento a otro van a cesar los movimientos del corazón y de la respiración. Y, a pesar de todo, ¡aun no ha perdido por completo el conocimiento de sí mismo!

¿Que hacer? ¿Disminuir la masa de la sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgas es hombre muerto si vacila...

Por aquel tiempo aún se sangraba y, como al presente, los médicos curaban de la apoplejía a todos aquellos que no debían morir.

El doctor Trifulgas agarra su bolsa, saca la lanceta y pincha la vena del brazo de su sosia; la sangre no acude a su brazo. Le da enérgicas fricciones en el pecho: el juego del suyo se detiene. Le abrasa los pies con piedras candentes: los suyos se hielan.

Entonces su sosia se incorpora, se agita, lanza un estertor supremo...

Y el doctor Trifulgas, pese a todo cuanto pudo inspirarle la ciencia, se muere entre sus manos.

¡Frritt…! ¡Flacc...!

A la mañana siguiente no se encontró más que un cadáver en la casa del Seis—Cuatro: el del doctor Trifulgas. Lo colocaron en un féretro, y fue conducido con gran pompa al cementerio de Luktrop, junto a tantos otros a quienes él había enviado según la fórmula.

En cuanto al viejo Hurzof, se dice que, desde aquel día, recorre sin cesar la landa, con la linterna encendida en la boca, aullando como un perro perdido.

Yo no sé si es así; ¡pero pasan cosas tan raras en el país de Volsinia, precisamente en los alrededores de Luktrop!

Por otra parte, se los repito, no busquen esta villa en el mapa, Los mejores geógrafos aún no han podido ponerse de acuerdo sobre su situación en latitud, ni siquiera en longitud.

 


 

Biografía


Julio Verne nació en Francia, en una isla ubicada frente a la desembocadura del Loira, cerca de Nantes, el 8 de febrero de 1828. Su padre era un abogado famoso, y para que su hijo siguiera sus pasos lo envió a París a estudiar Derecho. Todo encaminaba a Verne hacia la vida confortable de las profesiones liberales en provincias. Pero el contacto con la capital surtió los efectos que cabía esperar y al joven Julio le nació una vocación literaria.

 

Una de las maneras más rápidas de llegar a la fama y de hacer fortuna en poco tiempo, dentro del campo de la literatura, era entonces el teatro. Todos los autores de aquella época -unos con éxito como Dumas, otro sin él, como Balzac- probaban suerte en el escenario. Así empezó Julio Verne: en 1848 escribió dos operetas en colaboración con Michel Carré y pocos años después, en 1850, el teatro del Gimnase estrenó dos comedias suyas, Las pajas rotas y Once días de sitio. Ambas pasaron sin pena ni gloria, probablemente porque los ánimos no estaban para estrenos.

 

Es más que probable que los ánimos literarios de Verne hubiesen concluido aquí de no haber tenido la gran suerte de tropezar con el editor P. J. Hetzel. Este había comenzado su carrera comercializando libros piadosos, aunque no despreciaba la literatura y la historia. Apasionado por su época, estaba siempre al corriente de las nuevas ideas y acechaba los nuevos talentos. Poco a poco la casa Hetzel fue fichando la flor de la literatura del siglo XIX; hacia los años 1850 era el editor clave del siglo, porque publicaba las obras de Hugo y Michelet, entre otros. Hombre emprendedor y escritor discreto, pensó en una revista de calidad, de espíritu instructivo y recreativo a la vez, ilustrada, apta para todas las edades y que completase la colección para la juventud que había lanzado poco antes. Jean Macé se encargaría de la parte educativa, Stahl de la parte literaria. Faltaba un colaborador para la parte científica; éste iba a ser el joven que Hetzel acababa de contratar, Julio Verne.

 

Verne acababa de casarse y se aburría manejando acciones y obligaciones. Su pasión era la geografía, el mundo de la ciencia, el mar, las expediciones a países lejanos y desconocidos. Un día en 1862 enseñó a Hetzel el manuscrito de una novela inspirada en las experiencias de Madar que se proponía a lanzar el globo, El Gigante, convencido de que el aeróstato iba a revolucionar los viajes. En la novela el globo se llamaba Victoria y sobrevolaba gran parte de Africa, Hetzel encontró la novela interesante pero mal construida y de pésimo estilo. Señaló al joven autor los arreglos necesarios para que el manuscrito fuese publicable. Verne volvió a escribir su novela y el 24 de diciembre de 1862 salía Cinco semanas en un globo, el primero de los cuarenta y seis relatos de viajes extraordinarios que Julio Verne iba a escribir en el espacio de cuarenta y cinco años. El éxito fue tal que Hetzel ofreció inmediatamente un contrato al autor. No cabe duda que el libro respondía a una necesidad; estaba naciendo la literatura para la juventud.

 

La sed de aventura de los intrépidos personajes de Cinco semanas en un globo no desembocaba en un conocimiento de la Tierra sino, en realidad, en una liberación del hombre con relación a uno de los elementos naturales. El libro siguiente, Viaje al centro de la Tierra, fue publicado en 1864. No cabe duda que la imaginación del autor había sabido conjugar hábilmente los elementos fantásticos con los datos científicos, de tal manera que realidad y ficción dejaban de ser perceptibles como tales al participar indistintamente de la serie de acontecimientos que integraba la novela. Se recordará que el propósito de los personajes de llegar al centro de la Tierra fracasa; conforme van progresando, las fuerzas naturales se desencadenan y acaban por escupir a los exploradores por la boca del volcán Strómboli. Si el hombre no sufre ningún daño, la tierra no se deja conocer por las buenas y guarda siempre el último de sus secretos. Se volverá a encontrar este tema en De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna (1865), novelas en la que los vanidosos proyectos de lo americanos del Gun-Club no son coronados por el éxito, ya que el obús en que viajaban ve su rumbo modificado, con lo cual, en vez de llegar a la Luna, sólo pueden dar vueltas a su alrededor.

 

En 1867 se inicia la trilogía famosa que comprende Los hijos del capitán Grant (1867-1868), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La isla misteriosa (1874).

 

Hacia 1870 Verne realizó un largo viaje por Francia, con la intención de reunir una documentación actualizada para llevar a cabo su Geografía de Francia. Durante este viaje, su actitud traduce la pasión de conocer el mundo en el que vive y de clasificar sus partes.

La astucia, el saber aprovechar las posibilidades del momento (entre las cuales desempeñan un papel nada despreciable los conocimientos científicos) son las claves del triunfo humano y encuentran su mejor exponente en los personajes de los niños y adolescentes, exentos todos de preocupaciones existenciales, cuyo único problema consiste siempre en sobrevivir, superando las pruebas a que el destino les somete. La novela más reveladora de esta faceta del pensamiento de Julio Verne es Dos años de vacaciones, publicada en 1888. Otra novela que hace hincapié en el personaje del joven audaz es Un capitán de quince años (1878).


Verne debía ser especialmente sensible a las ilusiones de los muchachos para quienes escribía sus obras, si juzgamos por el éxito sin precedentes que tuvieron, incluso mucho después de la muerte del autor. Sin embargo no se puede silenciar la extraordinaria campaña denigratoria a que fue sometido -y Hetzel con él- a raíz de la publicación de sus libros. Los literatos decían que estos libros estaban pésimamente escritos y que los jóvenes necesitaban modelos más clásicos para la formación del gusto. Los científicos añadían que las historias de Julio Verne estaban plagadas de errores, con lo cual en vez de formar se deformaba el sano criterio de la juventud. Este argumento, visto a la luz del tiempo transcurrido, adquiere más fuerza, primero porque sabemos hoy que

muchos de los fenómenos descritos por Verne procedían de su exhaustiva documentación personal, y, en segundo lugar, porque lo que entonces imaginó se ha visto realizado en gran parte durante nuestro siglo. La Tierra es hoy perfectamente conocida -o casi-, el hombre domina el aire, el mar, ha llegado a la Luna, etc...

 

Casi al final de su existencia, Verne fue explotando los temas que, desde el principio, se manifiestan en su obra. Pertenecen a la novela de aventuras y exploraciones. Descubrimiento de la Tierra (1870), Los ingleses en el Polo Norte (1870), Los náufragos del aire (1870), El país de las pieles (1873), Un invierno en la banquisa (1876), El soberbio Orinoco (1898) y La esfinge de los hielos (1897). Dominan los temas polares, probablemente porque las regiones árticas y antárticas eran todavía las más desconocidas del globo. Pero si exceptuamos El soberbio Orinoco, las regiones polares son también zonas inhabitadas en las que el hombre se encuentra solo frente a sí mismo, y podemos suponer que Verne estaba especialmente atraído por este tema porque precisamente le facilitaba la tarea de recalcar la actitud heroica del personaje solitario, cuyo prototipo es, evidentemente, Nemo. Pero Nemo tiene un antídoto, simpático, aunque raro. Es el personaje del excéntrico (casi siempre inglés) cuyo mejor representante es el Phileas Fogg de la Vuelta al mundo en ochenta días. Sin llegar a afirmar que Fogg es Julio Verne, no cuesta demasiado imaginar que la aventura vivida por el rico inglés la pudo haber soñado el propio autor.

 

Los libros que pertenecen más claramente a la aventura pura, es decir en los que el hombre se ve enfrentado a la naturaleza y más aún a sus semejantes, además de los ya citados, se pueden apuntar: Aventuras de tres rusos y tres ingleses (1874), El doctor Ox (1874), Maese Zacario (1874), El Chancellor (1875), Hector Servadac (1877), etc.

 

Otro grupo lo integran las novelas basadas en una intriga casi policíaca, algún misterio que los protagonistas deben dilucidar. Pero las novelas más famosas de Verne son las que giran alrededor de algún invento en el campo de la ciencia, entonces ficción y hoy, en la mayoría de los casos, realidad: el submarino, el helicóptero de Robur el conquistador, Una ciudad flotante, La isla de hélice, etc. Los mejores logros son los que integran elementos pertenecientes a cada uno de estos grupos: trucos científicos, argumento basado en un viaje difícil o heroico (Miguel Strogoff), desenlace que llega después de una tensión fuerte, oposiciones entre personajes, etc.


Después de la muerte de Verne, acaecida en Amiens en 1908, un grupo de colegiales daneses volvieron a dar la vuelta al mundo; sólo tardaron 43 días, en 1928, para repetir la hazaña de Fogg y Picaporte. La obra de Verne representó algo más que un mero entretenimiento para la juventud. Leída y traducida en el mundo entero, aportó en el umbral de nuestro siglo un mensaje necesitado por la sociedad: la esperanza.