* Harry B. Frankfurt *

 

 

SOBRE LA VERDAD Y LO FALSO

 

INTRODUCCIÓN

 

Harry G  Frankfurt es profesor de Filosofía en la Universidad de Princeton. Entre sus obras se incluyen Las razones del Amor y On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad, ambas publicadas también por Paidós

 

Ser indiferente a la verdad es una característica indeseable e incluso criticable y, por tanto, la charlatanería es algo que debemos evitar y condenar. ¿Por qué la verdad es tan importante para nosotros, o por qué vale la pena que nos preocupemos especialmente por ella?

 

Todos sabemos que nuestra sociedad soporta sin cesar grandes dosis –algunas premeditadas, otras puramente accidentales- de charlatanería, mentiras y otras formas de  tergiversación y engaño. Sin embargo, está claro que no parece que esta carga haya logrado –al menos hasta ahora- paralizar nuestra civilización. Tal vez algunas personas consideren, con cierto aire de suficiencia, que esto demuestra que al fin y al cabo, la verdad no es tan importante, y que no hay ninguna razón especial para preocuparse por ella. En mi opinión esto es un lamentable error.

 

Mi editor (el inimitable e indispensable George Andreou) me señaló la curiosa paradójica circunstancia de que, si bien por una parte nadie se niega a admitir que la charlatanería nos asedia por todos lados, son muchas las personas que, con gran tenacidad por su parte, no están dispuesta a admitir –ni siquiera en principio- que pueda existir como tal  la  “la verdad”.

 

En cualquier caso, incluso quienes persisten en negar la validez de la realidad objetiva de la distinción entre verdadero y falso siguen afirmando (sin que, al parecer, ello les cause ningún rubor) que esta negación es una postura que verdaderamente sostienen. Insisten en que la afirmación de que rechazan la distinción entre verdadero y falso es una afirmación incondicionalmente verdadera de sus creencias, que no es falsa. Precisamente, esta incoherencia prima facie en la articulación de su doctrina hace que no quede muy claro cómo interpretar qué es lo que intentan negar. Y, por otra parte, ello nos induce a preguntarnos hasta qué punto debemos tomar en serio su afirmación de que no existe ninguna distinción que tenga sentido o valga la pena hacer entre lo que es verdadero y lo que es falso.

 

Todos sabemos que significa decir la verdad acerca de diversas cosas sobre las cuales no nos cabe ninguna duda, como, por ejemplo nuestro nombre.  Asimismo, comprendemos con igual  claridad qué significa dar una información falsa de ello. Sabemos muy bien como mentir.

 

Una última observación: mi argumentación se centrará exclusivamente en el valor e importancia de la verdad, y no en el valor o la importancia de nuestro esfuerzo por buscar la verdad o de nuestra experiencia al encontrarla. Cuando la e videncia nos confirma que una determinada proposición es concluyente y que no es preciso plantear ninguna otra cuestión para comprobar que es verdadera, acostumbramos a sentir una gratificante sensación de plenitud y de haber logrado nuestro propósito y a veces esta confirmación nos produce una gran emoción.

 

Una demostración rigurosa resuelve de manera inequívoca toda incertidumbre razonable respecto a la verdad de la proposición; y con ello desaparece cualquier resistencia a aceptarla, lo que resulta reconfortante y liberador. Nos libera de las ansiedades e inhibiciones de la duda, y nos permite dejar de preocuparnos sobre qué es lo que debemos creer. Nuestra mente experimenta una sensación de calma y, por fin, se siente relajada y segura.

 

Lo que me propongo analizar aquí no es el proceso de indagación, ni la consecución de un resultado satisfactorio, sino el objetivo de dicho proceso.

 

La verdad, ¿es algo que en realidad nos preocupa –y debería preocuparnos- especialmente? ¿O este amor a la verdad, que profesan tantos y tan distinguidos pensadores y escritores, no será más que otro ejemplo de charlatanería?

 

Cuando intento poner de relieve por qué la verdad es importante para nosotros, lo primero que se me ocurre es un pensamiento que quizá puede parecer sumamente  banal, aunque pese a ello, es absolutamente pertinente. Pienso que, en muchas ocasiones, la verdad posee una gran utilidad práctica, En mi opinión, cualquier sociedad que procure gozar de un grado mínimo de funcionalidad debe tener una idea clara de la infinitamente proteica utilidad de la verdad. Al fin y al cabo, ¿cómo una sociedad que no se preocupa por la verdad podría emitir juicios y tomar decisiones bien informadas sobre la manera más adecuada  de gestionar sus asuntos públicos? ¿Cómo podría florecer, o siquiera sobrevivir, sin tener el conocimiento suficiente sobre los hechos relevantes para logar sus  objetivos y afrontar con prudencia y eficacia su problema?

 


Sobre la Verdad y lo Falso II


Me parece aún más claro que los grados más elevados de civilización dependen , en mayor medida si cabe, de un respeto consciente por la importancia de la honestidad y la  claridad a la hora de explicar los hechos, y de un persistente afán de precisión a la hora de determinar qué son los hechos.

 

Vivimos en una época en la cual, por extraño que parezca, muchos individuos bastante cultivados consideran que la verdad no merece ningún respeto especial. Por supuesto, todos sabemos que una actitud displicente hacia la verdad es más o menos endémica entre el colectivo de publicistas y políticos, especies cuyos miembros suelen destacar en la producción de charlatanería, mentiras y cualquier otro tipo de fraudulencia e impostura que puedan imaginar. No es ninguna novedad, y ya estamos acostumbrados a ello.

 

Hace poco, sin embargo, una versión similar de esta actitud –o mejor dicho, una versión más extremada de esta actitud- se ha generalizado de manera preocupante entre el que, tal vez con cierta ingenuidad, podríamos considerar un colectivo de personas más fiables. Numerosos escépticos y cínicos imperturbables sobre la importancia de la verdad se encuentran entre reputados y premiados autores de best sellers, columnistas de periódicos importantes y, también, entre hasta ahora respetados historiadores, etc.


Estos desvergonzados antagonistas del sentido común –pertenecientes a un determinado y emblemático subgrupo que se define como “posmoderno”- niegan, con gran energía y convencimiento, que la verdad responda a algún tipo de realidad objetiva. En consecuencia, niegan también que la verdad merezca una obligada deferencia y respeto.

 

De hecho, rechazan enfáticamente un supuesto que no sólo es absolutamente fundamental en toda indagación y pensamiento responsable, sino que, ante ello, parecería totalmente inocuo: el supuesto según el cual “lo que los hechos son” es un concepto útil, o que, cuando menos, es una noción con un sentido inteligible. En cuanto al derecho a la deferencia y al respeto de que solemos conceder a la verdad, la postura posmoderna es que tal derecho carece de fundamento. Insisten en que, simplemente, todo depende de cómo se miren las cosas.

 

La razón de este arraigado empecinamiento es que, según el pensamiento posmoderno, las distinciones que trazamos entre lo verdadero y lo falso sólo se guían, en última instancia, por nada más incuestionablemente objetivo, o que posea alguna razón más sólida, que nuestro propio punto de vista. O según otra variante de la doctrina, no son tanto las perspectivas personales las que tienen la última palabra, sino que estas palabras están condicionadas por limitaciones impuestas sobre todos  nosotros, bien sea pro estrictas limitaciones de orden político o económico o por profundas motivaciones que rigen los hábitos y costumbres de nuestra sociedad.

 

  El punto en que los posmodernos se basan es este: lo que una persona considera verdadero puede ser simplemente una función de su punto de vista individual o bien está determinado por lo que la persona está obligada considerar verdadero en virtud de diversas, complejas e ineludibles presiones sociales.  Ese punto me parece no sólo demasiado simplista, sino también bastante obtuso.

 

Supongamos que un  puente se derrumba aunque no haya soportado una carga fuera de lo normal. ¿Qué conclusión sacaríamos de ello?


Como mínimo, que quienes proyectaron y construyeron el puente en cuestión ha cometido algún error de bulto. Para nosotros, sería obvio que alguna de las soluciones que concibieron, ante los múltiples problemas a los que se enfrentaron, resultó fatalmente incorrecta.

 

Esto también se aplica, por supuesto, al caso de la medicina. Los médicos deben tener una opinión fundada sobre cómo tratar la enfermedad y las lesiones.  En consecuencia, necesitan saber qué medicamentos y que procedimientos pueden, con la mayor certeza posible, ayudar a sus pacientes, cuáles de ellos no tendrán ningún efecto terapéutico y también cuales pueden resultarles perjudiciales.


Nadie en su sano juicio confiaría en un constructor o se sometería al cuidado de un médico a quienes la verdad les tuviera sin cuidado.


Determinadas formas de abordar estos problemas superan en muchos a otras, y tal vez la única manera indiscutiblemente correcta de resolver el problema sea no emplear ninguna de ellas. Sin embargo, muchas de las alternativas manifiestamente incorrectas. De hecho, algunas de ellas pueden considerarse, de manera inmediata y si ninguna duda, verdaderamente desacertadas.

 

En todos estos contextos existe una clara diferencia entre hacer las cosas bien y hacerlas mal, y por tanto una clara diferencia entre lo verdadero y lo falso.   Ciertamente, a menudo se afirma que la situación es distinta si se trata de análisis histórico o de comentarios sociales; sobre todo cuando se trata de valoraciones de las personas y las políticas que, por lo general, incluyen tales comentarios.  El argumento que acostumbra a esgrimirse para apoyar esta afirmación es que dichas valoraciones siempre están muy influidas por las circunstancias y actitudes personales de quienes las realizan, y que por esta razón no podemos esperar que las obras de carácter histórico o sociológico sean rigurosamente imparciales y objetivas.

 

Hay que reconocer que, en estas materias, el elemento de subjetividad es inevitable. No obstante, existen unos límites importantes a lo que el reconocimiento de esta subjetividad implica, unos límites relativos al margen de variación a la hora de interpretar los hechos que cabe presumir, por ejemplo, que los historiadores respetarán. Hay una dimensión de la realidad que ni siquiera la más enérgica –o más laxa- comprensión de la subjetividad puede atreverse a vulnerar. Este es el espíritu de la famosa respuesta de Georges Clemenceau cuando le pidieron que especulase sobre qué dirían los futuros historiadores sobre la Primera Guerra Mundial: “Desde luego, no dirán que Bélgica invadió Alemania”.

 


La Verdad y loFalso III

 

Pese a todo, algunas personas logran convencerse a sí mismas –con cierto aire de suficiencia- de que, en propiedad, no puede considerarse que los juicios normativos (es decir,  valorativos) tengan que ser o verdaderos o falsos. Su opinión es que un juicio de este tipo no remite a ningún hecho fáctico; es decir, a un hecho que podría ser correcto o incorrecto. Más bien consideran que tales juicios sólo expresan sentimientos y actitudes personales que, en sentido estricto, no son verdaderos ni falsos.


De acuerdo. Supongamos que damos este razonamiento por bueno. No obstante, queda claro que aceptar o rechazar un juicio de valor debe depender de otros juicios que, a su vez, son totalmente no normativos; es decir, de afirmaciones sobre hechos. De ahí que, razonablemente, no podemos juzgar por nosotros mismos que una determinada persona actúa mal  desde un punto de vista moral si no disponemos de afirmaciones sobre hechos que describan  ejemplos de su conducta que parezca ofrecer pruebas concretas de carencia mora.


Además tales afirmaciones sobre hechos relativos al comportamiento de esta persona deben ser verdaderas y el razonamiento mediante el cual derivamos nuestro juicio de valor sobre los citados hechos debe ser válido. De otro modo ni las afirmaciones ni el razonamiento contribuyen a justificar la conclusión. No servirán para demostrar que la valoración fundamentada en si ellos es razonable.


De ellos se deduce que la distinción entre lo verdadero y lo falso sigue siendo absolutamente pertinente a la hora de valorar los juicios de valor o normativos, aun cuando acordemos que la distinción entre lo verdadero y  falso no tiene una aplicación directa a estos juicios en sí mismos.


Seguramente es e vidente que, en gran medida, elegimos los objetivos que deseamos, que amamos, y con los que no comprometemos, por lo que creemos acerca de ellos. A menos que sepamos que tenemos motivos para considerar como verdaderos determinados juicios sobre hechos, no podremos saber si realmente tiene algún sentido que sintamos y elijamos de la manera que lo hacemos.


Por estas razones que acabo de exponer ninguna sociedad puede permitirse despreciar o no respetar la verdad. Sin embargo, no basta con que una sociedad se limite a reconocer, cuando ya no hay nada que hacer, que verdad y falsedad son conceptos legítimos e importantes. Además, la sociedad no debe olvidarse de alentar y apoyar a individuos capaces que se dediquen a adquirir y explotar verdades importantes.

 

Por otra parte, sean cuales fueren los beneficios y las recompensas que a veces puedan obtenerse mediante la manipulación de la verdad, la ocultación o la mendacidad descarada, las sociedades no pueden permitirse tolerar a nadie ni nada que alimente una indiferencia displicente ante la distinción entre verdadero y falso.

 

Las  civilizaciones nunca han podido prospera, ni podrán hacerlo, sin cantidades ingentes de información fiable sobre los hechos. Tampoco pueden florecer si están acosadas por las problemáticas infecciones de creencias erróneas. Para crear y mantener una cultura avanzada es preciso que no nos dejemos debilitar por el error y la ignorancia.

 

Necesitamos saber un gran número de verdades, y también, desde luego, cómo hacer un uso productivo de ellas.

 

No se trata sólo de un imperativo social.  También es aplicable a cada  uno de nosotros, como individuos. Las personas precisan verdades que les permitan gestionar su estar en el mundo de manera efectiva y atravesar el cúmulo de obstáculos y oportunidades con los que todas las personas se enfrenta, invariablemente, a lo largo de sus vidas.

 

Nuestro éxito o fracaso en cualquier cosa que emprendamos, y por tanto en la vida en general, depende de si nos guiamos por la verdad o de si avanzamos en la ignorancia o basándonos en la falsedad. A su vez, esto depende, fundamentalmente, de lo que nosotros hagamos con la verdad. No obstante sin verdad estamos destinados a fracasar antes de empezar.

 

Con todo, bien podríamos preguntarnos: ¿desde cuándo ser razonable ha significado mucho para nosotros? Es sabido que los humanos tenemos talento, que a menudo desplegamos, para ignora y eludir los dictados de la racionalidad. ¿Cómo pues, podemos considerar probable que respetaremos y suscribiremos el imperativo racional de tomar al verdad en serio?

 

Tal y como el filósofo portugués Baruch Spinoza decía: Con independencia de si disfrutamos o nos sentimos a gusto con ella, o de si apreciamos la especie de racionalidad de la que estamos hablando, ésa  se impondrá sobre nosotros. Tanto si nos gusta como si no, realmente no podemos evitar someternos a ella…el amor nos impulsa a ello.

 

En la medida en que conocemos la verdad, estamos en situación de guiar nuestra conducta con utilidad a partir de la naturaleza de la propia realidad. Los hechos –la verdadera naturaleza de la realidad- son el recurso último e incontrovertible de la indagación. En última instancia, dictan y apoyan una resolución y el rechazo decisivo de todas las incertidumbres y dudas.

 

No cabe duda que conocernos a nosotros mismos es muy difícil de conseguir, y al propio tiempo, la verdad acerca de quiénes somos puede resultarnos angustiosa. Sin embargo, entre los esfuerzos que realizamos para alcanzar nuestros objetivos en la vida, puede ser mucho más importante que estemos dispuestos a afrontar lo que nos disgusta de nosotros que simplemente limitarnos a tener plena conciencia de los obstáculos que nos depara el mundo exterior. Sin la verdad no podemos opinar sobre cómo son las cosas ni sabe si nuestro criterio es acertado. De una manera u otra, desconocemos la situación en la que nos encontramos.

 

Si carecemos de las verdades necesarias, no tenemos más guía que nuestras propias e irresponsables especulaciones o fantasías y los persistentes y poco fidedignos consejos de los demás.

 

Ser racional es, fundamentalmente, una cuestión de ser sensible a las razones. Pues bien, las razones están constituidas por hechos.

¿Cómo nos ofende la mentira?

 

Lo peor de las mentiras es que éstas se las arreglan para interferir en (y perjudica) nuestra tendencia natural a percatarnos del verdadero estado de las cosas. Su objetivo es impedir que nos demos cuenta de lo que está sucediendo en realidad.  Al mentirnos, el mentiroso procura engañarnos para que creamos que las cosas son distintas de cómo son en realidad. Intenta imponernos su voluntad.


En la medida en que lo consiga, adquiriremos una visión del mundo cuya única fuente es su imaginación, y que no se fundamenta, de manera directa y fiable, en los hechos relevantes. El mundo en que vivimos, en la medida en que nuestra concepción del mismo se asienta en la mentira, es un mundo imaginario. Puede haber lugares peores para vivir, pero este mundo imaginario no nos sirve a ninguno de nosotros como residencia permanente.

 

Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiros ha urdido para nosotros.

 

Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir en su propio mundo, un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de la verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislado en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.

 

Montaigne dijo: El mentir es vicio maldito. Si conociésemos el horror y el peso de la mentira, la perseguiríamos hasta la hoguera con más justicia que a otros crímenes.