* Freud *


 

Autobiografía


Historia del Nacimiento del Psicoanálisis

 

 

 

Nací el año 1856, en Freiberg (Moravia), pequeña ciudad de la actual Checoslovaquia. Mis padres eran judíos.

 

Cuando yo tenía cuatro años me trajeron a Viena, ciudad en la que he seguido todos los grados de instrucción.

 

En el Gymnasium conservé durante 7 años el primer puesto, gozando así de una situación privilegiada, y siéndome dispensados casi todos los exámenes. Aunque nuestra posición económica no era desahogada, quería mi padre que para escoger carrera a tendiese únicamente a mis inclinaciones En aquellos años juveniles no sentía predilección especial alguna por la actividad médica, ni tampoco la he sentido después.

 

Lo que me dominaba era una especie de curiosidad relativa más bien a las circunstancias humanas que a los objetos naturales, y que no había reconocido aún la observación como el medio principal de satisfacerse.

 

La teoría de Darwin, muy en boga entonces, me atraía extraordinariamente porque parecía prometer un gran progreso hacia la comprensión del mundo.

 

La lectura del ensayo goethiano "La Naturaleza", escuchada en una conferencia de vulgarización científica, me decidió por último a inscribirme en la facultad de medicina.

 

Nunca he podido comprender por qué habría de avergonzarme de mi origen o, como entonces comenzaba a llamarse, de mi raza.

 

Así mismo renuncié sin gran sentimiento a la con-nacionalidad que se me negaba. Pensé en efecto que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese, en las filas de la humanidad laboriosa.

Pero estas primeras impresiones universitarias tuvieron la consecuencia importantísima de acostumbrarme desde un principio a figurar en las filas de la oposición y fuera de la mayoría compacta dotándome de una cierta independencia de juicio.

 

En el laboratorio fisiológico de Ernesto Bruecke logré por fin tranquilidad y satisfacción completa, hallando en él personas que me inspiraban respeto, y a las que podía tomar como modelo.

 

Los estudios propiamente médicos -excepción hecha de la Psiquiatría- no ejercían sobre mi gran atención, y retrasándome así en mi carrera, no obtuve el título de doctor hasta 1881.

 

En 1882 entré en el Hospital General al poco tiempo fui nombrado interino, y serví en varias de sus salas. Sin embargo, permanecí en cierto modo fiel a mis primeros trabajos.

 

Bruecke me había indicado al principio el estudio de la medula espinal e un pez, de ese estudio pasé al del sistema nervioso humano. El hecho de elegir única y exclusivamente un objeto de investigación desarrolló en mi una tendencia a la exclusiva concentración del trabajo sobre una materia o un problema único .Esta inclinación ha continuado siéndome propia y me ha valido luego el reproche de ser excesivamente unilateral.

 

La anatomía del cerebro no representaba para mí, desde el punto de vista práctico, ningún progreso con relación a la Fisiología. Atraído por el gran nombre de Charcot que resplandecía a lo lejos, formé el plan de alcanzar el puesto de docente en la rama de enfermedades nerviosas, y trasladarme luego por algún tiempo a París, con objeto de ampliar allí mis conocimientos.

 

Durante los años en que fui médico auxiliar publiqué varios observaciones casuísticas sobre enfermedades orgánicas del sistema nervioso. Poco a poco fui dominando la materia y llegué a poder localizar tan exactamente un foco en la médula oblonga, que la autopsia no añadía detalle alguno.

 

En la primavera de l885 me fue conferida la plaza de docente de neuropatología en merito a mis trabajos histológicos y clínico. Poco después me consiguió Bruecke una generosa pensión para realizar estudios en el extranjero, y al otoño siguiente me trasladé a Paris.

 

confundido entre los muchos médicos extranjeros que se inscribían como alumnos en La Salpètrière, no se me dedicó al principio atención alguna. De todo lo que vi a la do de Charcot, (trabajando par él como traductor de su trabajo) lo que más me impresionó fueron sus últimas investigaciones sobre la histeria, una parte de las cuales se desarrolló aún en mi presencia, y de la frecuente aparición de la histeria en sujetos masculinos.

 

Antes de abandonar París tracé con Charcot el plan de estudio comparativo de las parálisis histéricas con las orgánicas. En otoño de 1886 me establecí como médico en Viena y contraje matrimonio con la mujer que era, hacía ya más de 4 años, mi prometida, y me esperaba en una lejana ciudad.

 

A mi regreso de parís y Berlín me hallaba obligado a dar cuenta en la sociedad de Médicos de lo que había visto y aprendido en la clínica de Charcot. Pero mis comunicaciones a esta sociedad fueron muy mal acogidas. cuando poco después se me cerraron las puertas del laboratorio de Anatomía Cerebral y me vi falto de local en el que dar mis conferencias, me retiré en absoluto de la vida académica, y de relación profesional.

 

Pero si quería vivir del tratamiento de los enfermos nerviosos había de ponerme en condiciones de prestarles algún auxilio. Mi arsenal terapéutico no comprendían sino dos armas: la electroterapia y la hipnosis.

 

El hipnotismo daba a la labor médica considerable atractivo. Desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual, no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal.

 

En los historiales clínicos aportados por mí a los Estudios sobre la Histeria, intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas.

 

posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detrás de las manifestaciones de la neurosis no actuaban excitaciones afectivas de naturaleza distinta, sino precisamente la naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados.

 

He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mi. Tampoco sabía en aquella época que al referir la histeria a la sexualidad había retrocedido a los tiempos más antiguos de la medicina y me había agregado a un juicio de Platón.

 

Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento dí un paso que ha tenido amplias consecuencias, traspasé los límites de la histeria y comencé a investigar la vida sexual de los enfermos llamados neurasténicos que acudían en gran número a mi consulta. Era desde luego, necesario vencer la infinita hipocresía con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto se hallan en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual. De este modo llegué a considerar la neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresión tóxica de dichas perturbaciones, y la psiconeurosis, una expresión psíquica de las mismas.

 

Cuando en años siguientes expuse estos estudios en varias conferencias, tropecé con la general incredulidad y oposición. Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llevó asimismo a modificar la técnica catártica. Abandoné la hipnosis, e intenté sustituirla por otro método, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados histeriformes. Además, había comprobado dos graves insuficiencias del empleo del hipnotismo. En primer lugar, los resultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. volvía ciertamente a aparecer una vez conseguida la reconciliación, pero se demostraba así que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la catártica.

 

Tenía que abandonar el procedimiento hipnótico, pero el hipnotismo había prestado al tratamiento catártico extraordinario servicio. en esta perplejidad recordé un experimento del que había sido testigo durante mi vista a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo de lo sucedido durante dicho estado. Pero Bernheim afirmaba que sabía perfectamente cuando había pasado; y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba la mano sobre la frente del sujeto, acababan por sugerir los recuerdos olvidados.

 

Decidí, pues, emplear este mismo procedimiento. Mis pacientes tenían también que saber lo que antes les hacía accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido había de tener el poder de llevar a la conciencia los hechos y conexiones olvidadas. Abandoné pues el hipnotismo y solo conservé de él la colocación del paciente decúbito supino sobre un lecho el reposo, situándome yo detrás de él.

 

Mis esperanzas se cumplieron por completo. ¿Cómo podía ser la causa de que los enfermos hubiesen olvidado tantos hechos de sus vidas interiores y exteriores y pudiesen, sin embargo, recordarlos cuando se les aplicaba la técnica antes descrita?. La observación daba a esta pregunta, respuesta más que suficiente. Todo lo olvidado había sido penoso por un motivo cualquiera para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones de su personalidad como temible, doloroso o vergonzoso. Para hacerlo consciente de nuevo era preciso dominar en el enfermo algo que se revelaba contra ello, imponiéndose así al médico un esfuerzo encaminado a dicho vencimiento. Este esfuerzo variaba mucho según los casos, creciendo en razón directa de la gravedad de lo olvidado, y constituí la medida de la resistencia del enfermo. De este modo surgió la teoría de la represión. Fácilmente podía reconstituirse el proceso patológico.

 

Describiremos, como ejemplo, un caso sencillo. Cuando en la vida anímica se introduce una tendencia a la que se oponen otras muy poderosas, el desarrollo normal del conflicto anímico así surgido consistiría en que las dos magnitudes dinámicas -a las que para nuestros fines presentes llamaremos instintos y resistencia- lucharían durante un tiempo ante la intensa expectación de la conciencia hasta que el instinto quedase rechazado y sustraído a su tendencia la carga de energía. Esta sería el desenlace normal. pero en la neurosis y por motivos aún desconocidos, habría hallado el conflicto un distinto desenlace. El yo se habría resistido, por decirlo así, ante el impulso instintivo repulsivo, cerrándose el acceso a la conciencia y a la descarga motora directa, con lo cual habría conservado dicho impulso toda su carga de energía.

 

A este proceso que constituía una absoluta novedad, pues jamás se había descubierto en la vida anímica nada análogo, le di el nombre de Represión Era indudablemente un mecanismo primario de defensa comparable a una tentativa de fue y precursor de la posterior solución normal por enjuiciamiento y condena del impulso repulsivo. A este primer acto de represión se enlazaban diversas consecuencias. En primer lugar tenía el yo, que protegerse por medio de un esfuerzo permanente, o sea de una contra-carga, contra la presión, siempre amenazadora, del impulso reprimido, sufriendo así un empobrecimiento.

 

Pero, además, lo reprimido, devenido inconsciente, podía alcanzar una descarga y una satisfacción sustitutiva por caminos indirectos, haciendo por tanto fracasar el propósito de la represión. En la histeria de conversión llevaba dicho caminos indirectos, haciendo por tanto fracasar el propósito de la represión.

 

En la histeria de conversión llevaba dicho camino indirecto a la inervación somática, y el impulso reprimido surgía en un lugar cualquiera y acaraba los síntomas, que eran por tanto resultado de una transacción, constituyendo, desde luego, satisfacciones sustitutivas, pero deformadas y desviadas de sus fines por la resistencia del yo.

 

la teoría de la represión constituyó la base principal de la comprensión de la neurosis e impulsó una modificación de la labor terapéutica. su fin no era ya hacer volver a los caminos normales los afectos extraviados por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y suprimirlas mediante un juicio que aceptase a condenarse definitivamente lo excluido por la represión. En acatamiento a este nuevo estado de cosas, di al método de investigación y curación resultante el nombre de Psicoanálisis en sustitución del de catarsis.

 

 

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El Porvenir de una Ilusión

 

 EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN

 

Todo aquel que ha vivido largo  tiempo dentro de una determinada cultura y se ha planteado repetidamente el problema de cuáles fueron los orígenes  y la trayectoria evolutiva de la misma, acaba por ceder también alguna vez a la tentación de orientar su mirada en sentido opuesto y preguntarse cuáles serán los destinos futuros de tal cultura y por qué avatares habrá aún de pasar.

 

No  tardamos, sin embargo, en advertir que ya el valor inicial de tal investigación queda considerablemente disminuido por la acción de varios factores.

 

Ante todo, son muy pocas las personas capaces de una visión  total de la actividad humana en sus múltiples modalidades.

 

La inmensa mayoría de los hombres se ha visto obligada limitarse a escasos sectores o incluso a uno solo. Y cuanto menos sabemos del pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el porvenir.

Pero, además, precisamente en la formación de este juicio intervien, en un grado muy difícil  de precisar, las esperanzas subjetivas individuales, las cuales dependen, a su vez, de factores puramente personales, esto es, de la experiencia de cada uno y de su actitud más o menos optimista ante la vida, determinada por el temperamento, el éxito o el fracaso.

 

Por último ha de tenerse también en cuenta el hecho  singular de que los hombres viven, en general el presente con una cierta ingenuidad; esto es, sin poder llegar a valorar exactamente sus contenidos.

 

Para ello tienen que considerarlo a distancia, lo cual supone que el presente ha de haberse convertido en pretérito para que podamos hallar en él punto de apoyo en que basar un juicio sobre el porvenir.

 

Así pues al ceder a la tentación de pronunciarnos sobre el porvenir probablemente de nuestra cultura, obraremos prudentemente teniendo en cuenta los reparos antes indicados al mismo tiempo que la inseguridad inherente a toda predicción.

 

Por lo que a mí respecta, tales consideraciones me llevarán a apartarme rápidamente de la magna labor total y a refugiarme en el pequeño sector parcial al que hasta ahora he consagrado mi atención, limitándome a fijar previamente su situación dentro de la totalidad.

 

La cultura humana –entendiendo por tal todo aquello en que la vida humana ha superado sus condiciones zoológicas y se distingue de la vida de los animales, y desdeñando establecer entre los conceptos de cultura y civilización separación alguna-; la cultura humana; repetimos, muestra como es sabido, al observador dos distintos aspectos.

 

Por un lado, comprende todo el saber y el poder conquistados por los hombres para llegar a dominar las fuerzas de la Naturaleza y extraer los bienes naturales con que satisfacer las necesidades humanas, y por otro, todas las organizaciones necesarias para regular las relaciones de los hombres entre sí y muy especialmente la distribución de los bienes naturales alcanzables.

 

Estas dos direcciones de la cultura no son independientes una de otra; en primer lugar, porque la medida en que los bienes existentes consienten la satisfacción de los instintos ejerce profunda influencia sobre las relaciones de los hombres entre sí; en segundo, porque también el hombre mismo, individualmente considerado, puede representar un bien natural para otro en cuanto éste utiliza su capacidad de trabajo o hace él su objeto sexual.

 

Pero, además, porque cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su general interés humano.

 

Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no  obstante, serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida común.

 

Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, los cuales no tienen tan sólo por objeto efectuar una determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defender contra los impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el dominio de la Naturaleza y la producción de bienes.

 

La creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciencia y la técnica por ellos edificada pueden también ser utilizadas para su destrucción.

 

Experimentamos así la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a una mayoría contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y de coerción.

 

Luego no es aventurado suponer que estas dificultades no son inherentes a la esencia misma de la cultura, sino que dependen de las imperfecciones de las formas de cultura desarrolladas hasta ahora.

 

Es fácil, en efecto, señalar tales imperfecciones. Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la ecuación de las relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, en general, ser defendida.

 

Puede creerse en la posibilidad de una nueva regulación de las relaciones humanas, que cegará las fuentes del descontento ante la cultura, renunciando a la coerción y a la yugulación de los instintos, de manera que los hombres puedan consagrarse sin ser perturbados por la discordia interior a la adquisición y al disfrute de los bienes terrenos.

 

Esto sería la edad de oro, pero es muy dudoso que pueda llegarse a ello. Parece, más bien, que toda la civilización ha de basarse sobre la coerción y la renuncia a los instintos, y ni siquiera puede asegurarse que al desaparecer la coerción se mostrase dispuesta la mayoría de los individuos humanos a tomar sobre sí la labor necesaria para la adquisición de nuevos bienes.

 

 

A mi juicio, ha de contarse con el hecho de que todos los hombres integran tendencias destructoras -antisociales y anticulturales- y que el gran número son bastantes poderosas para determinar su conducta en la sociedad humana.

 

 

Este hecho psicológico presenta un sentido decisivo para el enjuiciamiento de la cultura humana. En un principio pudimos creer que su función esencial era el dominio de la Naturaleza para la conquista de los bienes vitales y que los peligros que la amenazan podían ser evitados por medio de una adecuada distribución de dichos bienes entre los hombres.

 

Más ahora vemos desplazado el nódulo de la cuestión desde lo material a lo anímico. Lo decisivo está en si es posible aminorar, y en qué medida, los sacrificios impuestos a los hombres en cuanto a la renuncia a la satisfacción de sus instintos, conciliarlos con aquellos que continúen siendo necesarios y compensarles de ellos.

 

El dominio de la masa por una minoría seguirá demostrándose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes, no admiten gustosas la renuncia al instinto, siendo útiles cuantos argumentos se aduzcan para convencerles de lo inevitable de tal renuncia, y sus individuos se apoyan unos a otros en la tolerancia de su desenfreno.

 

Únicamente la influencia de individuos ejemplares a los que reconocen como conductores puede moverlas a aceptar aquellos esfuerzos y privaciones imprescindibles para la perduración de la cultura. 

 

Todo ira entonces bien mientras que tales conductores sean personas que posean un profundo conocimiento de las necesidades de la vida y que se hayan elevado hasta el dominio de sus propios deseos instintivos.  

 

Pero existe el peligro de que para conservar su influjo hagan a las masas mayores concesiones que éstas a ellos, y, por tanto, parece necesario que la posesión de medios de poder los haga independientes de la colectividad.

 

E n resumen: el hecho de que sólo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales es imputable a dos circustancias ampliamente difundidas entre los hombres: la falta de amor al trabajo y la ineficacia de los argumentos contras las pasiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

The Future of an Illusion

 

THE FUTURE OF AN ILLUSION


Having lived for quite some time withing a specific culture and tried repeatedly t o study the nature of its origins and the path of its development, one also feels tempted just o ccasionally to turn and look in teh other direction and ask what fate has in store for that culture and what chantges it is destined to undergo.

 

One quickly becomes aware, however, that any such venture is invalidated from the outset by several factos...

 

...chief among which is that only a few individuals are capable of commanding an overview of human activity in all its ramifications.

 

Most people have found it necessary to concentrate on one or a small number of fields; yet the less a person knows about past and present, the shakier that person’s judgement will invevitably be with regard to the future.

 

Another factor is taht, in this judgement in particular, the sujective expectations of the individual play a role that is hard to assess; yet those expectations turns out to depend on purely personal elements in an individual’s own experience, his or her more o less hopeful attitude to life, as dictacted by temperament and by degree of success or lack of it.

 

Lastly, there is the effect of the remarkable fact thay people in general experience their present almost naively, unable to appreciate what it holds;

 

...they must first put some distance between it and them –in other words, the present must first have become the past before it will furnish clues for assessing whath is it to come.

So anyone yielding to the temptation to pronounce on the probable future of our culture will do well to bear in mind the reservation outlined above –likewise the uncertainty that, as a general rule, attaches to any prediction.

 

The consequence for me is that, in my haste to flee this escessive task, I shall swiftly resort to the smaller, more restricted area on which my attention has been focused hitherto, having first determined where that area lies in relation to the larger picture.

 

We known that human culture, by which I mean everything in which human life has risen above its animal circumstances and in which it distinguished itself from animal life (and I refuse toseparate culture and civilization), shows the observer two sides.

 

It includes on the one hand all the knowledge and skill that humanity has acquiered in order to control the forces of nature and obtain from it goods to satisfy human needs, and on the other hand all the institutions that are required to govern the relations of human beings one to another and in particular the distribution of such goods as can be obtained.

 

The two directions of culture are not independent of each other, firstly because the mutual relations of human beings are extensively influenced by the amount of drive-satisfaction made possible by the commodities available, secondly because the individual human being can himself, vi-á vis another person, assume the relationship of a commodity in so far as that other person makes use of the said individual’s labour or takes the individual as sexual object.

 

... but thirdly because every individual is, in virtual terms, an enemy of culture, which is in fact supposed to constitute a universal human interest.

 

It is a curious fact that human beings, incapable of living in individual isolation, nevertheless find the sacrifices that culture asks of them in order to make human co-existence possible a heavy load to bear.

 

Culture, in other words, needs to be defended against the individual, and its arrangements, institutions and decrees all serve that end.

 

Their purpose is not only to put in place a certain distribution of goods but also to maintain it; there is a need, in fact, for them to protect agaist the hostile impulses of humanity everything that serves to tame nature and generate commodities.

 

Human creations are easily destroyed, and science and technology, having built them up, can also be used to tear them down.

 

 

This gives the impression that culture is something imposed on a reluctant majority by a minority that has managed to gain possession of the instruments of power and coercion.

 

The natural assumption is of course that these difficulties are not of the essence of culture itself but spring from the imperfections of the forms of culture developed hitherto.

 

Indeed, it is not hard to demonstrate such shortcomings. Whereas humanity has made continuous advances in controlling nature and can expect to make even greter ones similar progress in the government of human affairs cannot be ascertained with any certainty, and it has doubless always been the case ( as it is again today) that many people wonder whether this bit of their cultural inheritance is fact worth defending.

 

One would think that some rearrangement of human relationships must be possible such as would cause the sources of dissatisfaction with culture to dry up by renouncing coercion and the suppresision of drives and allowing people to devote themselves to acquiring and enjoying commodities undisturbed by inner discord.

 

That would be the Golden Age, except that one wonders whether such a condition can ever be realized. It seems instead that every culture must be based on coercion and drive renunciation; it does not even appear certain that, with coercion removed, the majority of human beings will be prepared to take upon themselves the labour that must be performed if greater quantities of essential commodities are to be obtained.

 

 

 

We need in my view to accept that destructive (i.e. anti-social and anti-cultural) tendencies are present in all human beings and that in a large proportion of people such tendencies are powerful enough to dictate their behaviour within human society.

 

This psychological fact assumes crucial importance as regards assessing human culture. Whereas our first impression was that the key thing about culture was the conquest of nature in order to obtain the commodities essential to life and that the dangers threatening culture could be removed by effective distribution of such goods among human beings,  

 

 

...the emphasis now seems to have shifted away from the material towards the mental. It become crucial whether and to what extent the burden of the libidinal sacrifices imposed on human beings can be successfully lightened and human beings reconciled to and compensated for the part of that burden that inevitably remains.

 

Domination of the mass by a minority can no more be dispensed with than coercion to perform cultural work, because masses are lethargic and unreasonable, they are averse to renouncing their drives, they cannot be persuaded by arguments that this is unavoidable, and individuals within masses reinforce one another in giving free rein to their lack of restraint.

 

 

Only the influence of exemplary indviduals whom they accept as their leaders will induce them to perform the labour and suffer the voluntary privations on which the continued existence of culture depends.

 

it is all very well, such leaders being persons with a superior understanding of the necessities of life who have brought themselves under control so far as their own libidinal desires are concerned.

 

 

However, there is a risk so far as they are concerned that, in order to retain their influence, they will yield to the mass more than the mass yields to them, which is why it seems necessary for them to have acces to instruemnts of power making them independent of the mass.

 

In short, two very common properties of human beings are to blame for the fact that only through a measure of coercion can cultural institutions be upheld: humans are not, of their own volition, keen on work, and arguments are powerless against their passions.