* Sócrates *

Biografía

 

Filósofo griego, nació en Atenas en 469 AC y murió allí mismo el 399 AC. La leyenda ha acumulado una serie de interminables anécdotas respecto de la vida de este célebre filósofo. Sócrates era de familia modesta, su padre, Sofronisco era estatuario, y su madre, Fenareta, comadrona. Su primera educación la recibió en la escuela, donde aprendió a leer, escribir, y además, música, gimnasia y poesía. No se le conoce de seguro que tuviese algún maestro que le enseñara filosofía, aunque si conocía los escritos de Zenón, Parménides y Anaxágoras.

Se puede afirmar, sin temor a ser desmentido que su formación, fue por propensión innata y personal. La consideración profunda de su punto de partida y del método que informa su saber y su magisterio, son obra genial que le pertenecen íntegramente. La filosofía, y en general la cultura del espíritu, ve en la obra de Sócrates y de sus inmediatos discípulos uno de los acontecimiento más grandes anterior al Cristianismo.

El carácter popular y educativo de Sócrates se revela en todos los aspectos de su magisterio; en el lugar, en sus interlocutores y en el diálogo. Se le podía encontrar en las plazas públicas, gimnasio, mercado o en casa de sus amigos conversando de asuntos, al parecer triviales e indiferentes, pero dejando en todo momento marcada la huella de su profundo conocimiento de los vicios y virtudes humanas.

El círculo de sus interlocutores estaba formado por hombres de todas clases: herreros, curtidores, zapateros etc. a nadie desdeña, a todos pretende enseñar y de todos aprender.

A Sócrates le interesa ir directamente al espíritu, y pare ello acude al camino más corto, el de las cuestiones de interés común, o las que son más habituales a la profesión o aficiones de su interlocutor. su figura se va haciendo cada vez más popular en Atenas. Ya su exterior chocante es motivo de curiosidad incipiente. Su nariz remangada, sus ojos salientes, su cabeza calva, su abultado estómago hacían exacta la pintura que en los dos Banquetes, el de Platón y el de Jenofonte se hace de él. Sócrates estaba dotado de algo misterioso que , sobreponiéndose a sus cualidades físicas y su manera pobre de vestir, atraían a sus oyentes, y daba a su lenguaje una elocuencia y un vigor extraordinario.

Sócrates aparece como iniciador de una nueva forma expositiva: el diálogo, forma viva y muy en harmonía con un doble aspecto del pensamiento humano, el cual se produce en comunidad con el pensamiento ajeno y mediante oposición  y rectificación de conceptos.

El Conocimiento de sí mismo.

Su vida es la gradual realización de su concepción lógico-moral. En su  aspecto exterior, Sócrates no infunde la Ciencia, sino que ayuda a que el oyente o el discípulo la produzca por sí mismo. El intento primordial de Sócrates era la formación autónoma de la persona. De ahí que, el primer conocimiento del hombre debe ser el Conocimiento de Si Mismo. Pero la recomendación que hace Sócrates  del conocimiento de nosotros mismos es inseparable de la práctica del conocimiento de los demás hombres.

Sócrates no concibe el saber egoísta, y la simple salvación individual, sino que busca la perfección en los demás, y el mismo se entrega toda su vida a la educación de sus discípulos y conciudadanos, al mismo tiempo que examina a los demás, se examina a sí mismo, y viceversa y propone a los demás el mismo método que él ha seguido.

El conocimiento de uno mismo produce como primer resultado el conocimiento de nuestra propia ignorancia. Sin embargo no podríamos tener conciencia de esta propia ignorancia si no tuviéramos alguna idea de la verdadera ciencia. Todavía en esta misma confesión de nuestro estado actual de desconocimiento de nosotros mismos hemos de ver cierta fe en nuestro poder de llegar alguna vez al conocimiento verdadero. La idea de Sócrates era que la verdad no hemos de ira buscarla fuera, sino que está dentro de nosotros mismos. Sócrates con esto da a entender que el conocerse es esencialmente una actividad del espíritu.

Solo podremos saber y penetrar la ciencia de las cosas con el trabajo inquisitivo del espíritu, que no cesa hasta dar con la raíz misma de las propiedades y circunstancias de los hechos y de los actos.

 
Sócrates empieza por distinguir entre el conocimiento de las cosas y el conocimiento del sujeto que las piensa para llegar a la conclusión de que el conocimiento que primordialmente interesa al hombre, es el conocimiento de si mismo, del que forzosamente ha de partir para saber algo de las cosas que no son del propio sujeto.

Sócrates halla en el conocimiento de uno mismo el fundamento del saber y la guía para su mismo método.  Este método consta de dos momentos, de la ironía y la mayéutica. El primero tiene por objeto desvanecer la falsa ciencia. El segundo enseña al hombre a producir el verdadero conocimiento.

Sócrates consideraba sabios y virtuosos a los que, conociendo las cosas bellas y buenas, las practicaban, y a los que sabiendo que eran vergonzosas, se abstenían de practicarlas. Cuando se le preguntaba,  como debían calificarse a los que, sabiendo lo que debían hacer, ejecutaban lo contrario, contestaba: Son tan ignorantes como insensatos, pues pienso que todos los hombres prefieren, entre las cosas posibles, lo que creen más útil ejecutar.

Para Sócrates nadie es perverso voluntariamente.  Basta conocer el bien para practicarlo; el que realiza el mal es un ignorante, que se engaña respecto de los medios conducentes al bien que busca. La templanza socrática no es el desprecio y la abstención voluntaria de todo goce, sino la posesión de sí mismo, que consiste en saber usar de lo placeres con moderación.


Sócrates fue acusado por Melito, Anito y Licón ante el pueblo atenienses de "obrar ilícitamente en cuanto no creía en los dioses en los que creía la ciudad e introducía divinidades nuevas, y también porque corrompía a juventud. Fue condenado a muerte, en la forma  de beber una copa de cicuta. Sus discípulos prepararon su huida de la cárcel pero el no quiso escapar y bebió la copa con el veneno.

 

* Fraces de Sócrates *

 

- El amigo ha de ser como el dinero, que antes de necesitarlo, se sabe el valor que tiene.

 

- Yo sólo sé que no sé nada.

 

- Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.

 

- Habla para que yo te conozca.

 

- Mi consejo es que te cases: si encuentras una buena esposa serás feliz, si no, te harás filósofo.

 

- Desciende a las profundidades de ti mismo, y logra ver tu alma buena. La felicidad la hace solamente uno mismo con la buena conducta.

 

- La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia.

 

- Filosofía es la búsqueda de la verdad como medida de lo que el hombre debe hacer y como norma para su conducta.

 

- Cada uno de nosotros sólo será justo en la medida en que haga lo que le corresponde.

 

- No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad.

 

La única cosa que sé es saber que nada sé; y esto cabalmente me distingue de los demás filósofos, que creen saberlo todo.

 

- ¿Quién capitulará más pronto: el que necesita las cosas difíciles o quien se sirve de lo que buenamente pueda hallar?

 

- Cuatro características corresponden al juez: Escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente.

 

- El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir.

 

- ¿No te parece, que es una vergüenza para el hombre, que le suceda lo que a los más irracionales de los animales?

 

- La ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades.

 

- Sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento.

 

- Las almas ruines sólo se dejan conquistar con presentes.

 

- Yo soy un ciudadano, no de Atenas o Grecia, sino del mundo.

 

- Si alguien busca la salud, pregúntale si está dispuesto a evitar en el futuro las causas de la enfermedad; en caso contrario, abstente de ayudarle.

 

- La hermosura es una tiranía de corta duración.

 

- Sólo Dios es el verdadero sabio.

 

- Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no.

 

 

- Un hombre desenfrenado no puede inspirar afecto; es insociable y cierra la puerta a la amistad.

 

- Reyes o gobernantes no son los que llevan cetro, sino los que saben mandar.

 

- La mejor salsa es el hambre.

 

- Los hombres buenos y bellos se conquistan con gentilezas.

 

- El grado sumo del saber es contemplar el por qué.

 

- Si yo me hubiera dedicado a la política. ¡oh atenienses!, hubiera perecido hace mucho tiempo y no hubiese hecho ningún bien ni a vosotros ni a mí mismo.

 

Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia.

 

- El mayor de todos los misterios es el hombre.

 

- Decir que algo es natural, significa que se puede aplicar a todas las cosas.

 

- El pasado tiene sus códigos y costumbres.

 

 

* Apología de Sócrates *

 

No sé, atenienses, cómo habéis soportado a mis acusadores; pues, por su causa, casi me he olvidado de mí mismo; hablaron con persuasión, pero no mencionaron ninguna palabra verdadera. Y una cosa me admiró más que todas sus falsedades: la advertencia de que os previnieseis, para no ser engañados por mí, que soy tan hábil en expresarme. Pues el hecho de no avergonzarse, al ser inmediatamente desmentidos –aunque me haya manifestado inhábil al expresarme-, me parece lo más vergonzoso. Repito que ellos no dijeron nada verdadero, y que ahora oiréis de mí toda la verdad. No hablaré, por Zeus –oh, atenienses-, con palabras escogidas, como las suyas, ni con expresiones y términos artificiosos, sino con argumentos corrientes.

 

Confío en ser justo en cuanto diga, y que ninguno de vosotros espere otra cosa. Quizá no sería conveniente a mi edad, presentarme ante vosotros, atenienses como un joven con un discurso artificioso. Sin embargo, necesito algo de vosotros y os hago una súplica: si oís que me defiendo con las mismas palabras que acostumbro emplear en la plaza pública entre las mesas d los comerciantes, donde la mayoría de vosotros me oísteis, no os sorprendáis ni alborotéis. Porque el hecho es éste: me presento por primera vez ante un tribunal, a la e dad de setenta años, y soy totalmente ajeno a lo que aquí se acostumbra. Del mismo modo siendo extranjero me permitiríais expresarme en la lengua y estilo en que me eduqué, ahora os pido que no atendáis a mi forma de expresión –sea mejor o peor- y únicamente observéis y pongáis atención en esto: si hablo con justicia o no; la virtud es propia del juez y la verdad es propia del orador.

 

Ante todo, debo defenderme, atenienses, de las acusaciones y de los primeros acusadores y, después de las acusaciones y acusadores más recientes. Durante muchos años, muchos de ellos procedían de vosotros, y nunca dijeron la verdad; yo les temo más que a los partidarios de Anitos, aunque éstos también son temibles.

 

Pero lo son más aquellos que, persuadiéndoos desde niños a muchos de nosotros, os convencían falsamente de que existía un tal Sócrates, hombre sabio, conocedor de los celeste y lo oculto, y tergiversador de la verdad. Quienes participan de esta opinión son mis más temibles acusadores. Y quienes los escuchan, piensan que quienes esto hacen o creen en los dioses. Además estos acusadores son muchos, y me han calumniado durante mucho tiempo, y os han hablado, desde aquella edad en la que erais crédulos como niños y jóvenes, atacando a un ausente sin defensa. Pero lo que causa mayor desconcierto es que nadie puede saber ni decir su nombre, excepto un comediógrafo (se refiere a Aristófanes, que en Las Nubes presenta a un Sócrates como corruptor de la juventud). Cuantos por envidia o maldad intentaban convenceros, y aquellos que una vez convencidos persuadían a los demás, son los más temibles de todos. No es posible traerlos aquí ni oponerse a ellos, sino que es necesario defenderse entre las sombras y discutir sin ningún opositor. Tened, pues, en cuenta que tengo dos clases de acusadores: los que me acusan ahora, y quienes lo hacen desde hace mucho tiempo, y de quienes comprenderéis he de defenderme primero. Sea, pues: me defiendo, atenienses, y destruyo la calumnia que mantenéis hace tanto tiempo. Si fuera beneficioso para vosotros y para mí, yo quisiera lograr algo con mi defensa, pero no e me oculta cuán difícil es. Suceda, pues, lo que suceda, debo confiar en la ley y defenderme.

 

Examinemos desde un principio cuál es la acusación que engendró mi calumnia y confiando en la cual Melito dictó esta causa criminal. Es decir: ¿Qué acusaciones presentan los calumniadores? Como hechos propios de acusadores, conviene atender al proceso: Sócrates es injusto y curiosea acerca de los hechos de la tierra y del cielo, alterando lo mejor en peor, y enseñando tales desatinos a los demás. El hecho sería así: vosotros, desde niños, lo observasteis en un acomedía de Aristófanes, donde se presenta a un tal Sócrates, que se jacta de ser llevado por los aires y dice muchas extra vagancias, de las que no entiendo poco ni mucho. He dicho esto, no para despreciar tal comedia –si es que alguien la conoce- sino para que no sufra otras acusaciones por parte de Melito, pues en verdad, atenienses, nada me concierne a mí de todo ello. Pongo a muchos de vosotros como testigos, para que mostréis y os digáis unos a otros cuanto habéis sabido de mí. Decid se alguna vez me oyó hablar alguien ni poco ni mucho de todo ello. Y sabréis que la mayoría mantiene estas opiniones acerca de mí.

 

En efecto, s habéis oído decir que doy enseñanzas a los hombres, y obtengo ganancias, esto no es cierto. Me parece loable, si alguien como Gorgias y Pródico e Hipias son capaces de enseñar a los demás. Cada uno de ellos, atenienses, puede recorrer las ciudades y persuadir a los jóvenes para que les sigan, cobrar sus lecciones y aun recibir el agradecimiento de sus discípulos Hay entre nosotros un sabio de Paros, que reside en casa de un hombre que ha dado a ganar más dinero a los sofistas que todos los demás.

 

Vive en casa de Calias, hijo de Hipónico. Yo le pregunté – pues tiene dos hijos-: Calias, si tus hijos fueran caballos o toros, ¿no encontraríamos y pagaríamos a alguien que los atendiera, y los hiciera cultos y buenos para conseguir la virtud? Seria seguramente algún caballerizo o labrador. Pero puesto que son hombres, ¿a quién tienes intención de encomendarlos? ¿Quién puede ser buen conocedor de la virtud del hombre y del ciudadano? Creo que debes pensar en ello, ya que tienes dos hijos. ¿Existe alguien dispuesto a ello o no? Existe, me respondió ¿quién es –dije yo-, de dónde procede y por cuánto enseña? Se trata de Eveno de Paros –declaró-, que enseña tan sólo por cinco minas. Yo me admiré de que Eveno poseyera tal arte y lo ejercitara por tan poco precio. También yo me alegraría y envanecería d ello, pero no tengo tales conocimientos, oh, atenienses.

 

Quizá alguno de vosotros pueda replicarme: Pero, Sócrates ¿cuál es tu ocupación? ¿De dónde proceden estas calumnias? Si no te comportaras de un modo distinto a los demás, no se discutirían tanto ni tu actuación ni tu comportamiento. Dinos, qué sucede para que opinemos erróneamente sobre ti. Me parece que os expresaríais justamente; por ello, intentaré mostraros las razones que me han llevado a esta calumnia.

 

Oídme pues. Tal vez os parecerá que bromeo, pero pensad que os diré toda la verdad. Yo, atenienses alcancé esta fama, no por otra causa, sino por cierta inteligencia. ¿Cuál es tal inteligencia? La que corresponde propiamente a cualquier ser humano, Pero aquellos de quienes os hablaba yo ahora quizá poseen una sabiduría superior a la humana; a ésta desconozco cómo nombrarla. Yo la ignoro, y quien diga lo contrario, miente y habla por calumniarme, Os ruego, atenienses, que no os alborotéis, si pensáis que os hablo con demasiada presunción. Pues, lo que diga no lo diré con palabras mías, sino que os hablaré con palabras fidedignas. Acerca del cuánto y cómo de mi sabiduría, os pondré por testigo a dios que reside en Delfos. Ya conocéis a Querefonte. Fue mi amigo en la juventud, y también amigo vuestro; fue desterrado, pero regresó con vosotros. Sabéis, en verdad cuán esforzado era Querefonte para sus empresas y, cuando fue a Delfos, se atrevió a consultar al oráculo –no os alborotéis, repito, amigos- acerca de si existía alguien más sabio que yo. La pitia lo negó. Pero puesto que Querefonte murió, puede seros testigo de ello su propio hermano, aquí presente.

 

Atended a la causa que me lleva a declarar esto, pues quiero mostraros hasta qué punto se engendra la calumnia. A l oír esto, reflexioné: “Qué dice dios; qué significan sus palabras?” Pues yo no me considero sabio ni en mucho ni en poco; y, ¿Qué indica al decir que soy el más sabio de todos? No creo que le sea posible mentir. Y durante mucho tiempo reflexioné acerca de tales palabras. Después, aunque con desagrado, decidí investigarlo de un modo distinto: me dirigí a casa de un ciudadano, que se considera sabio, pensando que allí más que en ningún otro lugar comprobaría la falsedad del oráculo, diciéndole: Tú declaras que yo soy el más sabio, y este hombre lo es más que yo. Pensándolo bien, no necesito decir su nombre, pues era uno de nuestros políticos, y diré tan sólo, atenienses, la impresión que me causó. Hablando con él, me pareció que alardeaba de sabio ante la mayoría y, en especial, ante sí mismo, pero que no lo era. Me esforcé entonces en mostrarle tal error, y por esta causa, me gané su odio y el de otros muchos de los presentes. Al salir me decía a mí mismo: Yo soy más sabio que él. En efecto,, cada uno de nosotros cae en el peligro de no distinguir lo bello y lo bueno, pero mientras él cree saberlo, yo sé que no lo sé, ni creo poder lograre saberlo. Por ese motivo me parece que soy, en algo más sabio que él.

 

De allí me dirigí a casa de otro que parecía aún más sabio, y me sucedió lo mismo: me sentí odiado por él y por los demás. Después continué mis averiguaciones, dándome cuenta, apenado y temeroso, de que me iba haciendo odioso; pero sentía la necesidad, por encima de todo, de obedecer al Dios. Para comprender el sentido del oráculo, visité a todos cuantos parecían gozar de algún conocimiento, y –os juro, atenienses- que me encontré con esto: quienes parecían mejor dotados, al examinarlos según la opinión del Dios, aparecían como inferiores, y los que parecían inferiores manifestaban una inteligencia mayor.

 

Pero es necesario que os detalle mis aventuras y fatigas hasta llegar a comprender la evidencia del oráculo. Después de los políticos, me dirigí a los poetas dramáticos, a los autores de ditirambos y a otros, convencido de descubrir mi ignorancia frente a ellos. Con los poemas que me parecían mejor construidos, les pregunté su significado, para así aprender algo de ellos. Y me siento avergonzado, atenienses, al tener que manifestar la verdad, pero es mi deber. Casi todos los aquí presentes os expresaríais mejor si intentarais decir lo que ellos. Comprendí pues, enseguida, que no se inspiraban sus composiciones en la sabiduría, sino en un cierto don y entusiasmo, semejante al de los adivinadores y profetas, que dicen muchas cosas bellas, pero no las comprenden. Así me pareció también el sentimiento de los poetas. Me di cuenta que, por esta causa, los poetas creen que son más inteligentes que los demás hombres, y no lo son; por ello me alejé de éstos, pensando que estaba tan por encima de ellos como de los políticos.

 

Finalmente me dirigí hacia los artesanos: creía que no sabía nada, por así decir, y que encontraría entre ellos a buen número de sabedores de la utilidad y belleza. Y no me engañé, porque sabían muchas cosas que yo desconocía. Pero desgraciadamente, atenienses, descubrí en ellos el mismo error que en los poetas. Al hacer cada uno su trabajo a la perfección, creían ser también los más sabios en otros asuntos de mayor importancia, y este error oscurecía su saber. Yo mismo me preguntaba en nombre del oráculo si prefería ser como soy: ni sabio con su sabiduría, ni ignorante con su ignorancia, o poseer, como ellos, ambas cosas. Y me respondía a mí mismo y al oráculo que prefería ser tal como soy.

 

En tales indagaciones, oh, atenienses, se me han presentado muchas enemistades, tan malvadas y peligrosas, que han dado lugar a muchas calumnias, tales como el ser llamado sabio (en aquella época ser llamado sabio era igual a querer corromper a la juventud). Los que me rodean, creen que yo sé, cuanto les contradigo. Y lo que ocurre, atenienses, es que únicamente el Dios es sabio, y con sus palabras ha querido señalar la sabiduría humana, en cuanto a su corta limitación. Creo que no se ha referido al propio Sócrates, sino que ya usado de mí nombre, como si declarara, a manera de ejemplo: Entre vosotros, oh varones, es el más sabio, quién, como Sócrates, sabe que no es digno de ser tenido en cuenta por su sabiduría.

 

Todavía ahora ando investigando y preguntando entre ciudadanos y extranjeros, por conocer quién es verdaderamente sabio. Y cuando creo que no lo es, se lo demuestro ratificando la opinión del Dios. ES a causa de esta ocupación, que no he tenido tiempo de interesarme por los asuntos de la ciudad, ni de mis intereses particulares, y vivo en la indigencia por mi servicio al Dios.

 

Además, los jóvenes que me siguen son los que gozan de más tiempo libre, porque pertenecen a familias ricas, y se divierten al escuchar mis interrogatorios, tratando de imitarme muchas veces, al intentar interrogar a los demás. Encuentran a muchos que creen saber algo, y en verdad saben muy poco o nada. Entonces, no se indignan contra sí mismos, sino contra mí, y dicen que Sócrates es repugnante y corrompe a la juventud. Y cuando alguien les pregunta qué hace, qué enseña, nada contestan, porque lo ignoran. Pero para no mostrarse apurados, dicen las trivialidades corrientes acerca de los filósofos; que se ocupan del cielo y de la tierra, y no creen en los dioses, y que presentan como buenos, con razonamientos erróneos…En realidad, creo que se siente en evidencia, al darse cuenta de que no saben nada. Pero siendo orgullosos, ambiciosos y numerosos, al hablar de mí de forma unida y convincente, os han llenado los oídos e imaginando muchas calumnias. De entre ellos me atacan Melito, Anito y Licón: Melito que me ofende en nombre de los poetas; Anito, en nombre de los artesanos y políticos; y Licón, por los oradores.

 

De modo que me sorprendería –como ya manifesté al empezar- si yo solo pudiera en tal breve tiempo, destruir una calumnia enraizada hasta tal punto. Esta es la verdad, y no trato de ocultar, ni disimular mis palabras, aunque comprenda que, con ello, me hago odioso. Y esta es la prueba de que digo la verdad, de que está es la calumnia y que estas son las causas.

 

Acerca de mis primeros acusadores, es suficiente lo que hasta ahora he manifestado en mi defensa. Ahora intentaré defenderme de Melito –bueno y patriota, según él dice-, y de los demás acusadores, cuya acta de acusación reza así: Se dice que Sócrates corrompe a la juventud, y no cree en los dioses de la ciudad, sino en otras divinidades. La acusación es ésta: examinemos cada uno de sus aspectos.

 

Declara que corrompo a la juventud. Y yo digo, atenienses, que Melito es injusto y que juega con lo más serio, al llevar tan fácilmente a los ciudadanos ante el tribunal, y simular atenerlos y preocuparse de asuntos que nunca le preocuparon antes Intentaré demostrar mi punto de vista. Dime, pues, Melito: ¿Nada te interesa tanto, sino que los jóvenes sean los mejores?

 

-Entonces, diles quién puede hacerles mejores, pues es evidente que lo sabes y te preocupas de ello. Habiendo encontrado –según dices- a quien los corrompe, me conduces ante ellos y me acusas. Di, pues, quién los puede mejorar, y dales su nombre. ¿No ves, Melito, como te callas y nada respondes? ¿No te parece vergonzoso y prueba suficiente de lo que yo a firmo: que nunca te preocupó esto? Insisto, buen amigo, ¿quién los hace mejores?

 

-Las leyes.

 

-No te pregunto esto, sino qué hombre existe que conozca las leyes y las mejore.

 

-Únicamente, Sócrates, los jueces.

 

-¿Dices, Melito, que sólo ellos pueden enseñar a los jóvenes y hacerlos mejores?

 

-Cierto.

 

-¿Todos, o uno de ellos?

 

-Todos.

 

-Bien te expresas, por Hera, pero quienes nos escucha, ¿pueden mejorarlos, o no?

 

-Pueden mejorarlos.

 

-¿Y los del Consejo?

 

-También los del Consejo.

 

-Oh, Melito, y los de la Asamblea popular y os eclesiastas (asamblea popular), ¿corrompen a la juventud?

 

-Al contrario, los hacen mejores.

 

Según parece, todos los atenienses, a excepción de mí, los benefician y mejoran, y únicamente yo los corrompo. ¿No es ésta tu afirmación?

 

-Es es exactamente lo que digo.

 

-¿Me predices el fracaso? Responde: ¿te parece que sucede lo mismo con los caballos? ¿Todos los hombres los mejora, y uno sólo los corrompen? O por el contrario, ¿los mejora uno sólo, y los demás, si se les acercan o ejercitan, los corrompen? ¿No crees que esto sucede, Melito, no sólo con los caballos, sino con todos los seres vivientes? Y esto es cierto, tanto si Anitos o tú lo aceptáis o no. ¡Cuánta facilidad tendrían los jóvenes si un solo hombre los corrompiera y los demás le presentaran ayuda! Pero demuestras suficientemente, Melito, que nunca obras te con rectitud a cerca de los jóvenes, y que nunca te preocupó el tema que ahora presentas como acusación ante el tribunal. Por Zeus, dinos, Melito, si es mejor vivir entre ciudadanos honrados o malvados. Responde, pues no te pregunto nada malo. ¿Acaso los malvados se portan mal con los que están a su alrededor, y los buenos hacen el bien?

 

-Así es.

 

-¿Acaso alguien desea que quienes le rodean, le dañen más que le ayuden? Contesta, amigo, pues la ley te ordena contestar. ¿Existe alguien que desee ser dañado?

 

-No lo creo

 

-Dime, pues, ¿Me conduces aquí porque corrompo a los jóvenes y los hago malvados voluntaria o involuntariamente?

 

-Voluntariamente.

 

-Pues, Melito, tú eres más sabio a tu edad que yo a la mía, ya que te das cuenta que los malvados siempre hacen el mal al quienes tienen a su alrededor, y los buenos hacen el bien; y yo, en cambio, he llegado a tal ignorancia, que si que si cometo algún mal a quienes me rodean, corro el peligro de ser dañado por ellos. ¿Cómo puedes decir que me porto mal por mi propia voluntad? Creo, Melito, que esto no puede convencer ni a mí, ni a ningún otro hombre. Pues no trato de corromper, y si lo hago, es contra mi voluntad, de modo que tú mientes en ambos casos. Pues si causo corrupción involuntariamente se trata de un error que la ley no considera, y cuando haya sido suficientemente advertido, dejaré de actuar así. Pero tú rehuiste siempre el acercarte a mí y enseñarme; no quisiste hacerlo, y ahora me conduces aquí, donde la ley ordena traer a los que merecen castigo, no instrucción. Pero, dinos, Melito, ¿de qué modo corrompo a los jóvenes? Según tu acusación, les enseño a no creer en los dioses de la ciudad, sino en otras divinidades. ¿No es cierto?

-Es totalmente cierto.

 

-Pero, Melito, por estos mismos dioses, de quienes ahora hablamos, respóndeme con claridad. Pues no logro comprender si piensas que enseño a creer a la juventud en la existencia de unos dioses que no son los de la ciudad, y me acusas por ello, o dices que no creo en ningún dios, y así lo transmito a los demás.

-Digo que no crees en ningún dios.

 

-¿Por qué dices esto, admirable Melito? ¿Acaso porque no creo, como los demás hombres, que el Sol y la Luna son dioses?

 

-Por Zeus, atenienses, afirma siempre que el Sol es una piedra y la Luna es tierra.

 

-¿Crees, mi querido Melito, que acusas a Anaxágoras, y piensas que los jueces son tan ignorantes que desconocen si en los libros de Anaxágoras de Clazomenes abundan semejantes opiniones? ¿Y los jóvenes aprenderían de mí estas teorías, que por un dracma pueden adquirir en la orquestra, y burlarse después de Sócrates, si éste se las atribuía por suyas, siéndole totalmente extrañas? Por Zeus, ¿piensas que no creo en ningún dios?

 

Por Zeus, no creo que admitas ninguno.

 

-Me parece, Melito, que estas en desacuerdo contigo mismo, y que has presentado esta acusación por orgullo, insolencia y falso ímpetu juvenil. Pareces presentar un enigma, con intención de probarme: Vamos a ver si Sócrates se da cuenta que me burlo y me contradigo, o logro engañarlo a él y a todos los que me escuchan. Y yo repito que este hombre se contradice en su propia acusación, como si dijera: Sócrates es culpable al no creer en los dioses, pero cree en ellos. Y esto es propio de quien hace burla. Consideradlo así, jueces; y tú, respóndenos, Melito. Vosotros, según os pedí al principio. No os alborotéis, si me expreso a mi modo. ¿Existe alguien, Melito, que piense en la existencia de hechos humanos, sin hombres? Dejad que responda, jueces, y no me interrumpa. ¿Alguien cree que no existen caballos, y sí cualidades propias de caballos? ¿Qué no existan flautistas y sí cualidades propias de flautistas? Mi buen amigo, no hay nadie que así lo crea. Si tú no quieres responder, yo te lo diré a ti y a todos los demás. Pero atiende: ¿cree alguien que existen hechos relativos a las cualidades divinas, y no creen los dioses?

 

-No es posible.

 


 

 

~ Introducción ~


EUTIFRÓN, O DE LA PIEDAD

Por todos los hombres y en todo tiempo ha sido reconocido, sin discusión alguna, la trascendencia de la obra de Platón, que no ha dejado de ser estudiada y actualizada. La obra de Platón respondiendo al curso de su vida recoge los distintos periodos una provechosa enseñanza. La primera es la que forjó en el discipulado de Sócrates, del cual queda la huella ética y el saber generoso y humano en todos los diálogos escritos por Platón.

 

El recuerdo y la muerte de Sócrates fueron el incentivo más fecundo para la elaboración de la obra Platónica. Nos hallamos en la primera época platónica, cuando las palabras y el método socrático son recogidos al pie de la letra por su devoto discípulo. Platón, no es aquí aún el gran expositor de innovaciones metafísicas, políticas y sociales, sino ante todo el gran intérprete de la dialéctica y del razonamiento socrático.

 

Este diálogo está definido por la tendencia al uso de la mayéutica –ese arte particular de Sócrates, heredado de su madre y en principio recibido ambos por Dios-, manifiesta una inclinación didáctica generalizada en la que se propone metódicamente la desnudez de todo conocimiento para que seguidamente aflore en el hombre –y aún mejor, en el joven- uno de los saberes fundamentales, la convicción de la propia ignorancia. Este nuevo ensayo de aclarar conceptos para justificar así debidamente la conducta y la actuación de un hombre.

 

Confirmándose así con meridiana claridad que el conocimiento de los hombres es las más de las veces, cuando no siempre, un cúmulo de palabras vacías enteramente de sentido. Sócrates como nadie hacía desvanecerse los falsos saberes, las ignorancias encubiertas, las inauténticas satisfacciones. Debiera contar Platón unos 32 años cuando fue compuesto y publicado este diálogo, unos tres años después de que muriera Sócrates. Este diálogo está definido por la tendencia al uso de la mayéutica.

 

Es el juego de preguntas y respuestas que tiene por centro la persona del maestro, enfrentado en este diálogo a un personaje ateniense de respetable condición al que debe considerarse, según todos los indicios, como uno de los profetas o adivinos que ejercieron su gran influencia en los asuntos de Atenas y de la Hélade todo a lo largo de los siglos V y IV.

 

Sócrates se encuentra, en las cercanías del Pórtico del rey y allí también tiene lugar la discusión de ambos a cerca de la piedad. Sócrates hace una referencia muy concreta a Melitos, que ha presentado una acción pública criminal contra él, de la que va a seguirse su condena.


 

~ Eutifrón o de la Piedad ~

Diálogo

EUTIFRÓN: ¿Qué hecho extraordinario ha ocurrido, Sócrates para que dando de lado tus habituales pláticas en el Liceo, te encuentres ahora aquí, en las cercanías del Pórtico del rey? ¿No será tal vez que, al igual que yo, tengas pendiente algún juicio ante el arconte rey?

SÓCRATES: El asunto que aquí me trae, Eutifrón, no es lo que los atenienses llaman un juicio, sino una acción pública criminal.

EUTIFRÓN: ¿Qué es lo que dices? Pues, a lo que parece, alguien habrá formulado una acusación contra ti, ya que me resisto a creer que seas tu el que acuse atro.

SÓCRATES: No, desde luego.

EUTIFRÓN: ¿Hay, por tanto, alguien que te acusa?

SÓCRATES: En efecto.

EUTIFRÓN: ¿Y quién es ese hombre?

SÓCRATES: Ni yo mismo lo conozco muy bien, Eutifrón; quizá porque se me aparezca como un hombre joven e ignorado. Lámanle, según creo, Melitos, y es del demo Piteo (tribu). ¿No sabes tú nada de un tal Melitos de este demo, hombre de largos cabellos, de no mucha barba y de nariz corva?

EUTIFRÓN: Nada sé de él, Sócrates; aunque, ciertamente ¿de qué podrá acusarte?

SÓCRATES: ¿De qué?, preguntas. A mí me parece que la acusación no es despreciable; esto, a sus años, no se revela nada común. Porque este hombre, según dice, sabe de qué modo se corrompe a los jóvenes y quienes son también los hombres que los corrompen. No hay duda que se trata de un sabio, que ha descubierto en mí cierta ignorancia; la misma que me sirve para corromper a los jóvenes de su edad. Y por ello viene a acusarme ante la ciudad cual si lo hiciese ante una madre. Me parece a mí el único que, en asuntos de política, comienza con es debido, porque, ¿no es realmente justo que se ocupe primero de los jóvenes para ver de hacerlos excelentes, al modo como el buen labrador se preocupa también y en primer lugar de las plantas jóvenes, y luego de todas las demás?. He aquí tal vez la razón por la que Melitos inicia la purga por nosotros, que somos, según él, los que corrompemos a una juventud en trance de desarrollo. Es claro que, después de esto, se preocupará de los hombres de más edad y será así causa de los mayores bienes para la ciudad; lógico es que obtenga buen éxito, comenzando con tales principios.

EUTIFRÓN: Bien que lo desearía, Sócrates; pero temo que ocurra probablemente lo contrario. Y en verdad que tratar de ser injusto contigo es, a mi parecer, como si se intentase atacar a la ciudad comenzando por la diosa Hesita. Más, dime, ¿cómo haces, según él, para corromper a los jóvenes?

SÓCRATES: Oh!, admirado amigo, extraño resulta para quien lo oye por primera vez. Porque dice que soy algo así como un artífice de dioses, y aduciendo que hago nuevos dioses y que no creo en los antiguos, lanza contra mí esta acusación, como él afirma.

EUTIFRÓN: Lo comprendo, Sócrates y creo que se refiere a esa voz interior que tú dices se deja oír en ti en toda ocasión. El infiere ahí que verificas innovaciones en cuanto a lo divino, de donde toma su cuerpo su acusación. Y viene ante el tribunal para calumniarte con el convencimiento de que tales cosas se prestan a malas interpretaciones entre el vulgo. Me ocurre a mí mismo que, cuando hablo de temas religiosos en la asamblea y predigo lo que va a acontecer, se ríen de mis afirmaciones tomándome por loco, Y, sin embargo, nada hay en lo que digo que no resulte verdadero, así con todo, ven con malos ojos a hombres como nosotros. Pero nada de lo que piensen debe preocuparnos, pues hemos de estar decididos a seguir adelante.

SÓCRATES: Mi querido Eutifrón, esto no tendría apenas importancia si sólo moviese a risa. Pero a los atenienses, según yo creo, no preocupa en mayor grado la habilidad de cada cual con tal de que, ciertamente, no se revele capaz de mostrar su sabiduría; mientras que, si estiman que alguno quiere hacer a los demás tan diestros como él, dejan asomar su cólera, ya sea por envidia, como tú dices, ya sea por cualquier otra causa.

EUTIFRÓN: No quería experimentar de ningún modo en cuanto a esto que sentimientos guardan hacia mí.

SÓCRATES: porque quizá parezca que no te dejas ver y que no deseas manifestar tu sabiduría. Pero yo temo con razón, en gracia a mis sentimientos humanitarios, que se me tenga por un hombre que prodiga todo lo que sabe al primero que llega, y no solamente sin recibir honorarios, sino incluso ofreciéndome yo mismo de buena gana a todo aquel que quiera escucharme. Por lo demás, y he de decirlo de nuevo si únicamente quisiesen reírse de mí, como dices tú, que hacen contigo, no me agradaría llegarme hasta el tribunal y dar allí suelta a mis chazas y a mis risas. Pero si toman las cosas en serio, no está realmente claro lo que pueda ocurrir, salvo para vosotros los adivinos. EUTIFRÓN: pero después de todo, Sócrates, quizá nada ocurra y puedas llevar el juicio a medida de tus deseos, lo mismo que yo el mío.

SÓCRATES: ¿cual es, Eutifrón, ese juicio tuyo a que te refieres? ¿Eres en él demandado o acusador?

EUTIFRÓN: soy yo quien acusa.

SÓCRATES: ¿Y a quién?

EUTIFRÓN: A quién realmente parece locura que yo acuse.

SÓCRATES: ¿Pues qué? ¿Persigues acaso un imposible?

EUTIFRÓN: Muy lejos estoy de eso, se trata de un viejo de mucha edad.

SÓCRATES: ¿Quién es?

EUTIFRÓN: Es mi padre.

SÓCRATES:¿Tu padre, querido amigo?

EUTIFRÓN: No otro que él.

SÓCRATES: ¿Qué es lo que le reprochas y de qué le acusas?

EUTIFRÓN: De homicidio, Sócrates.

SÓCRATES: Por Hércules!, Eutifrón, que la multitud desconoce lo que está bien. Creo que obrar aquí con rectitud no es privilegio de cualquiera, sino propio de un hombre que demuestra ya mucha sabiduría.

EUTIFRÓN: Por Zeus, Sócrates, que en efecto la demuestra!

SÓCRATES: Y es claro que la victima de tu padre será uno de tus parientes, ¿no es cierto? Porque no acusarías a tu padre de homicidio por defender a un extraño.

EUTIFRÓN: Me causa risa, Sócrates, el que creas que hay que establecer una distinción entre extraño o pariente con respecto a la víctima, y que no pienses que sólo una cosa debe privar sobre las demás Sócrates: el derecho que queda asistir al que cometió la falta, porque si realmente estaba de su parte, habrá que dejarle tranquilo, y si no es así, habrá que proceder contra él, aunque sea uno de los que convives con él, aunque sea uno de los que conviven en la misma casa y comen en la misma mesa. La infamia, en tales circunstancias, es de idéntica naturaleza, dado que convives con él, y, con pleno conocimiento de los hechos, no cumples, sin embargo, con tus deberes religiosos procediendo contra el criminal por la vía de la justicia.

En este caso, la víctima era un mercenario a mi servicio (servidor) el cual, como llevamos una tierra en Naxos, allí se encontraba trabajando para nosotros. Dominado en cierta ocasión por la embriaguez se irritó contra uno de nuestros servidores y le degolló. Mi padre, entonces, mandó que le atasen de pies y manos y, luego de haberle arrojado en una fosa, envía hasta aquí un hombre para que pregunte al intérprete qué es lo que debe hacer. Entre tanto, se despreocupa del prisionero, le abandona como un homicida y se vuelve indiferente a su muerte; que es lo que naturalmente aconteció. Porque murió víctima del hambre, del frío y de las ligaduras antes de que regresase el enviado de la casa del intérprete. Ahora, claro es, tanto mi padre con los demás parientes se muestran indignados de que yo persiga judicialmente a mi padre en nombre de ese homicida, pues dicen que él no lo mató y que, aún en el supuesto de que lo hubiese hecho, como la víctima había dado muerte a otro hombre, no es ya lícito interesarse por ella; afirman también, por otra parte, que es acción impía de un hijo acusar a su padre de homicidio. Mal pueden saber ellos, Sócrates, lo que es piadoso o impío a los ojos de los dioses.

SÓCRATES: Pero, por Zeus!, ¿es que crees conocer con tal exactitud, Eutifrón, los juicios de los dioses, lo que es lo piadoso y lo que no lo es, que no temas el que, habiendo ocurrido las cosas como tú dices, puedas cometer una acción impía promoviendo este proceso contra tu padre?

EUTIFRÓN: Es que entonces, Sócrates, mi utilidad sería nula y Eutifrón no se diferenciaría del común de los hombres, si no conociese todas estas cosas con exactitud.

SÓCRATES: Comprenderás, pues, admirado Eutifrón, lo ventajoso que resulta para mí el hacerme tu discípulo, incluso antes de la acción judicial de Melitos, ya que ello me permitirá desafiarle en este campo y decirle a la vez que, en cuanto a mí, el empeño ha sido grande desde hace mucho tiempo por conocer las cosas divinas, y que ahora, puesto que afirma que improviso a la ligera y verifico innovaciones en tal sentido, he debido hacerme tu discípulo. Le diría, por tanto: “Vamos a ver, Melitos, Si confiesas que Eutifrón es sabio en estas cuestiones, das por sentado que yo pienso rectamente y, en consecuencia, no deberás proceder contra mí, y si no, fórmula la acusación contra él, que es mi maestro antes que contra mí, de modo que sea él quién aparezca como corruptor de los ancianos, como corruptor mío y de su propio padre, ya que así se ha portado como preceptor mío y en la represión y castigo hacia su propio padre”. Y si no se deja convencer ni renunciar a la acusación para juzgarte a ti en mi lugar, me veré obligado a decir ante el tribunal las mismas cosas que me proponía decirle a él.

EUTIFRÓN: Ciertamente, Sócrates, que si trata de acusarme, yo encontraría, según creo, su punto flaco, y entonces tendríamos motivos más que sobrados para hablar de él en el tribunal antes que de mí.

SÓCRATES: No pongo en duda, querido amigo, y por eso precisamente deseo convertirme en tu discípulo, sabiendo como sé que ni este Melitos ni ningún otro parece ver con la claridad en ti, en tanto, por el contrario, ha penetrado en mí tan aguda y fácilmente que formula esta acusación de impiedad. Dime ahora, pues, por Zeus, lo que tú sabes tan bien, como aseguras, esto es, qué consideras que es lo piadoso y lo impío en lo concerniente al homicidio y a las demás cosas. Salvo que no sea lo mismo y en toda ocasión para ti lo que hace que una acción sea piadosa, o que la acusación impía no aparezca siempre como lo contrario de toda acción piadosa y, en tal sentido, idéntica a sí misma. Porque, ¿no aceptas la idea de que todo lo que se considera como impío ha de serlo siempre así no de otro modo?

EUTIFRÓN: Por mi parte, lo acepto sin restricciones, Sócrates.

SÓCRATES: Aclárame entonces qué es lo que entiendes por piados e impío.

EUTIFRÓN: Afirmo que es piadoso eso mismo que yo voy a hacer ahora, pues ya se trate de homicidios, o de robos sacrílegos o de cuales quiera otras acciones, la piedad exige el castigo del culpable, sea éste padre, madre u otro individuo que no viene al caso; no hacerlo, es precisamente prueba decisiva que yo aduzco de que la ley sea así. Ya he dado a conocer a muchos otros, no cabe concesión alguna al impío, sea éste quien sea. Pues estos mismos, los hombres que creen que Zeus es el mayor y el más justo de los dioses, reconocen que encadenó a su padre que devoraba a sus hijos injustamente, y que a su vez el padre de éste mutiló al suyo por otras cosas parecidas. Y en cambio, se muestran indignados contra mí por el hecho de que persigo a mi padre por un acto injusto, lo que prueba que se contradicen consigo mismos al juzgar lo que hacen los dioses y lo que yo hago.

SÓCRATES: Más recuerda que no te he encargado que me des a conocer una o dos de estas muchas cosas que son piadosas, sino que te he pedido que me manifiestes la naturaleza de todas las cosas piadosas. Porque tú has dicho, si no me equivoco, que existe algo característico que hace que toda cosa impía sea impía y toda cosa piadosa, piadosa. ¿O no lo recuerdas?

EUTIFRÓN: Claro que lo recuerdo.

SÓCRATES: Pues bien, ese carácter distintivo es lo que yo quiero que me hagas manifiesto, para que, considerándolo con atención y sirviéndome de él como de un modelo, pueda declarar que todo lo que tú y otro hace de igual modo es piadoso, entretanto lo que difiere de él no lo es.

EUTIFRÓN: si eso es lo que quieres, Sócrates, te lo diré inmediatamente.

SÓCRATES: No otra cosa quiero, en verdad.

EUTIFRÓN: Es piadoso, en efecto lo que resulta grato a los dioses e impío lo que no les agrada.

SÓCRATES: Muy bien, Eutifrón, has contestado ahora como yo deseaba que lo hicieras. Si lo que afirmas es justo, todavía no lo sé pero está claro que me mostrarás también que lo que dices es la pura verdad.

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: Pues bien, pongamos cuidado en lo que decimos. Una cosa y un hombre son gratos a los dioses, son piadosos, mientras que una cosa y un hombre odiados por los dioses, son impíos. Lo piadoso y lo impío no son, ciertamente, la misma cosa, sino cosas que se oponen entre sí, ¿no es cierto?

EUTIFRÓN: Así es

SÓCRATES: ¿Parecerá justo lo que decimos?

EUTIFRÓN: Eso me parece a mí, Sócrates, y es lo que yo he dicho

SÓCRATES: ¿Y no has dicho igualmente, Eutifrón, que los dioses combaten entre sí, que mantienen diferencias y se odian unos a otros?

EUTIFRÓN: Lo he dicho, efectivamente.

SÓCRATES: Pero, ¿qué desacuerdo provoca estos odios y estas cóleras, querido amigo? Considerémoslo con atención. Si nosotros, por ejemplo, mantuviésemos diferencias en cuanto al número sobre cuál de dos cantidades es mayor, ¿tendríamos por eso que convertirnos en enemigos e irritarnos el uno contra el otro? ¿o no sería mejor que aplicándonos al cálculo saliésemos de dudas lo antes posible?

EUTIFRÓN: Naturalmente.

SÓCRATES: O recurriendo, según creo, a la balanza, con la que decidiríamos en lo tocante a cosas más o menos pesadas.

EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: ¿Cual sería, pues, el tema que, por no ser susceptible de una decisión, provocaría en nosotros enemistades y nos mantendría mutuamente irritados? Quizás no se muestre a tu alcance, pero considera lo que yo te digo, si se trata de lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, o lo bueno y lo malo. Porque, ¿no son estas la cosas sobre las cuales, precisamente por nuestras diferencias y por no poder alcanzar una decisión suficiente, nos convertimos en enemigos unos de otros, cuando llegamos a serlo tanto tú como yo y todos los demás hombres?

EUTIFRÓN: En efecto, Sócrates, he aquí el desacuerdo más corriente y también las causas que lo originan.

SÓCRATES: ¿Pues qué? ¿No se producen igualmente las mismas diferencias entre los dioses y por los mismos motivos?

EUTIFRÓN: Con toda necesidad.

SÓCRATES: Por tanto, mi buen amigo Eutifrón, según lo que afirmas, los dioses tienen diferencias entre sí sobre lo justo, lo bello, lo feo, y sobre lo bueno y lo malo. Pues no existirían disensiones entre ellos si no mantuviesen opiniones diferentes acerca de estas cosas. ¿No es eso?

EUTIFRÓN: Razonas bien.

SÓCRATES: ¿Y no es cierto que lo que cada uno de ellos considera bueno y justo es también lo que él ama, y que lo contrario es lo que aborrece?

EUTIFRÓN: Ciertamente.

SÓCRATES: Pero son las mismas cosas, como tú dices, las que unos estiman justas y otros injustas. De sus disentimientos a este respecto surgen las discordias y las guerras entre ellos. ¿No es así?

EUTIFRÓN: En efecto.

SÓCRATES: hemos de afirmar, pues a lo que parece, que las mismas cosas son amadas y odiadas por los dioses, y que les son a la vez gratas y desagradables.

EUTIFRÓN: Así parece, desde luego.

SÓCRATES: O lo que es lo mismo, Eutifrón, unas cosas podrán ser a la vez piadosas e impías.

EUTIFRÓN: Es posible.

SÓCRATES: Pero entonces, admirado amigo, no has contestado a lo que yo preguntaba. Pues no te pedía que me dijeras lo que es a un tiempo piadoso e impío. Más, está visto que lo que es grato a unos dioses puede desagradar a otros, con lo cual, Eutifrón, no sería sorprendente que lo que tú haces al castigar a tu padre resultase grato a Hefaistos, pero odioso para Hera, e igualmente, grato a Zeus, pero odioso par Cronos y Urano e igualmente, grato y desagradable para unos y otros dioses que mantienen su desacuerdo sobre esto.

EUTIFRÓN: Creo, sin embargo, Sócrates, que acerca de esto no existe desacuerdo alguno entre los dioses hasta el punto de descartar que deba ser castigado aquel que ha matado a alguien injustamente.

SÓCRATES: ¿Pues qué? Y en cuanto a los hombres, Eutifrón, ¿no has oído acaso cómo alguno discute que el que ha matado injustamente ha cometido una acción injusta deba ser castigado?

EUTIFRÓN: Desde luego; y es lo que no cesan de discutir en todas partes y ante los tribunales, Se muestran así notoriamente injustos, pero hacen y dicen al fin todo lo necesario para escapar del castigo.

SÓCRATES: ¿conviene entonces, Eutifrón, en las injusticias, pero, con todo pretenden que no se les castigue?

EUTIFRÓN: No obran, al menos, de otro modo.

SÓCRATES: Pues no cumplen, en este caso, todo lo que hacen y dicen. Porque, según creo, no se atreven a mantener, ni lo discuten, que deban escapar al castigo si comenten algún hecho injusto. Y al contrario, pienso que pretenden no cometerlo. ¿No es así?

EUTIFRÓN: Así es.

SÓCRATES: No otra cosa acontece entre los dioses, si es que ellos, como tú afirmas, están también en desacuerdo a cerca de lo justo y lo injusto, y unos pretenden que los otros cometen injusticias y éstos que no. Con lo cual compruebas, admirado amigo, que ninguno de los dioses y de los hombres se atreven a sostener que no debe castigarse la injusticia.

EUTIFRÓN: Si, es verdad lo que dices, Sócrates, al menos en lo fundamental.

SÓCRATES: Los que discuten, sean hombres o dioses, y supuesto que estos discutan, no hacen otra cosa que disentir, Eutifrón, a ceca de cada caso en particular. Su opinión difiere respecto a un determinado acto, Pues, unos afirman que ese acto es justo y otros que es injusto. ¿No es así?

EUTIFRÓN: En efecto.

SÓCRATES: Entonces, querido Eutifrón, tendrás que mostrarme para mi mejor conocimiento qué prueba tienes de que todos los dioses consideran como injusta la muerte de ese hombre, un mercenario que, al fin al cabo, había cometido un homicidio y que, cargado de cadenas por el dueño de la víctima, murió precisamente como consecuencia de las ligaduras antes de que el que le había atado lograse saber qué es lo que convenía hacer con él. En este caso, habrá de aparecérseme como lícito que un hijo deje de perseguir e inculpar a su padre. Trata, pues, de probarme esto con claridad, a saber, que todos los dioses coinciden en considerar como lícito este acto. Si me ofreces una prueba suficiente, no cesaré ya nunca de alabar tu ciencia.

EUTIFRÓN: Pero esto quizá no sea obra de un momento, Sócrates, aunque estimo que podré mostrártelo con claridad.

SÓCRATES: Comprendo que yo te parezca más torpe que los jueces, pues es claro que piensas demostrarles que lo hecho por tu padre es injusto y, además odiado por los dioses.

EUTIFRÓN: Lo dejaré en claro, efectivamente, Sócrates, si ellos se permiten escucharme.

SÓCRATES: Te prestarán atención, si tú les sabes hablar convenientemente. Pero una idea me ha venido a la mente mientras tú hablabas y, he aquí lo que me digo. “Aunque Eutifrón me hiciese ver a las claras que todos los doses consideran como injusta esta muerte, ¿qué sacará yo en limpio con esto, acerca de lo que sea lo piadoso y lo impío? Cierto que esa acción sería, a lo que parece, odiada por los dioses, pero con ello no quedaría precisado, y lo veíamos hace un momento, qué es justamente lo piadoso y lo impío; pues se ha mostrado que una misma cosa pueda ser odiada y querida por los dioses”. De modo que te libero, Eutifrón, de que me demuestres esto: si quieres, pensaremos que todos los dioses consideran tal cosa como injusta y la desaprueban. Y si rectificamos lo expresado en nuestro razonamiento y afirmamos que lo que es odiado por los dioses es impío, y que lo que es querido, por ellos es piadoso, o que lo que unos aprueban y otros odian no es ni una cosa ni otra cosa, ¿crees que queda así delimitado para nosotros lo que ahora decíamos acerca de lo piadoso y lo impío?

EUTIFRÓN: ¿Qué impide que sea así, Sócrates?

SÓCRATES: Por mi parte, nada Eutifrón, más, considera en cuanto a ti, si, admitido esto, podrás enseñarme fácilmente lo que has prometido

EUTIFRÓN: Desde luego, me atrevería a decir, sin reparo alguno que lo piadoso es justamente lo que todos los dioses aprueban, en tanto por el contrario es impío lo que todos los dioses desaprueban.

SÓCRATES: pero, ¿no será lícito que examinemos, Eutifrón, si hablas en este caso razonablemente? ¿o es qué hemos de darnos por conformes y no inquirir ya nada de nosotros mismos y de los demás, sino acceder a lo que cualquiera se limite a decir? ¿No convendrá examinar lo que se nos afirma?

EUTIFRÓN: No hay inconveniente, aunque, en lo que a mí respecta, me mantengo firme en lo que ye dicho.

SÓCRATES: Un momento, querido amigo, que tenemos un camino mejor. Reflexiona sobre esto: lo que es piados, ¿es aprobado por los dioses por ser piados, o bien es piadoso porque es aprobado por los dioses?

EUTIFRÓN: No comprendo lo que quieres decir, Sócrates.

SÓCRATES: Trataré de decírtelo con más claridad. ¿No distinguimos lo que es llevado y lo que se lleva, lo que es conducido y lo que conduce, y lo que es visto y lo que se ve? Comprendes perfectamente que estas cosas son distintas y adviertes en qué lo son, ¿no es eso?

EUTIFRÓN: Me parece que lo comprendo.

SÓCRATES: Del mismo modo, lo que es amado, ¿no es algo distinto de lo que ama?

EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: Más, dime ahora, ¿lo que es llevado es tal porque se le lleva o por algún otro motivo?

EUTIFRÓN: No, si no, porque se le lleva.

SÓCRATES: Es, igualmente, ¿lo que es conducido es tal porque se le conduce y lo que es visto porque se le ve?

EUTIFRÓN: Sin alguna duda.

SÓCRATES: Por consiguiente, no porque es vista se ve una cosa, sino que por el contario porque se la ve es vista. No porque es conducida se la conduce, sino que porque se la conduce por esto mismo es conducida, e igual ocurre que no porque se la lleva, es llevada, sino que es llevada porque se la lleva. ¿No se te hace manifiesto, Eutifrón, lo que yo quiero decir? Pues helo aquí, que quiero decir, que si algo se produce o se sufre, no es lo producido precisamente la causa de la acción, sino la acción, la causa de ese efecto; y no porque ésta es sufrida se produce, sino que porque se produce es sufrida. ¿O no estás de acuerdo en esto?

EUTIFRÓN: Sí que lo estoy.

SÓCRATES: ¿Y no es verdad que cuando algo es amado, algo también es producido y sufrido por otro ser?

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: Ocurre aquí lo mismo que con lo dicho anteriormente, no porque un objeto es amado sienten amor por él los que le aman, sino que, porque se le ama es realmente amado.

EUTIFRÓN: Necesariamente.

SÓCRATES: ¿Cómo, pues, Eutifrón, aplicaremos esto a lo que es piados? Según lo que tu dices, ¿no se trata de algo amado por todos los dioses?

EUTIFRÓN: Si

SÓCRATES: ¿Y lo es por ser piadoso o por alguna otra causa?

EUTIFRÓN: No, por la que tú dices.

SÓCRATES: Luego, porque es piadoso es amado, y no al contrario, porque es amado es piadoso.

EUTIFRÓN: Eso parece.

SÓCRATES: Y, ciertamente, ¿también lo que resulta grato a los dioses lo es precisamente porque es amado por ellos?

EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: Pero entonces, Eutifrón, lo que resulta grato a los dioses no es lo mismo que lo piadoso, ni lo que es piadoso puede confundirse con lo que resulta grato a los dioses, como tú dices, es claro que son cosas distintas.

EUTIFRÓN: ¿Cómo es eso, Sócrates?

SÓCRATES: Porque hemos convenido en que lo que es piadoso es amado por su condición de piadoso, y no lo es tal porque se le ame. ¿No es así?

EUTIFRÓN: Desde luego

SÓCRATES: Pero, en cambio, lo que es amado por los dioses es amado por esto mismo, y nada le va a ello su naturaleza.

EUTIFRÓN: Es verdad lo que dices.

SÓCRATES: Porque, supongamos, querido Eutifrón, que es una y la misma cosa lo que es amado por los dioses y lo que es piadoso. Entonces, si lo que es piadoso es amado por ser piadoso, también lo que es amado lo es por su carácter propio, y así bien, si lo que es amado por los dioses lo es porque es amado, del mismo modo lo que es piadoso lo es porque amado. Más tú ves que ocurre de manera muy diferente, puesto que se trata de dos cosas completamente distintas, y una es objeto de amor porque se la ama, en tanto la otra lo es porque su misma naturaleza lo exige. Me parece, pues Eutifrón, que invitado por mí a definir lo es lo piados, no quieres mostrarme su verdadera naturaleza, limitándote en esta referirte su simple hecho, cual es el de que acontece a lo que es piados que es amado por todos los dioses. Pero nada dices en cuanto a su carácter esencial. Por tanto, si lo crees oportuno, deja ya de disimular y, tomando las cosas desde el principio, dime lo que es realmente lo piados, sin tener en cuenta para nada si es amado por los dioses o cualquier otra circunstancia por el estilo. Porque no será éste el motivo de nuestra discusión. Lo que importa es que me pruebes de buen grado cuál es la naturaleza de lo piadoso y de lo impío.

EUTIFRÓN: Ciertamente, Sócrates, que ya no sé decirte lo que pienso. Pues parece que todo anda rondando alrededor de nosotros sin que llegue a encontrar un lugar fijo.

SÓCRATES: Lo que tú dices, Eutifrón, semeja ser obra de Dédalo, nuestro antepasado. Y si fuese yo el que dijese y trajese a colación estas razones, tal vez podrías afirmar, en tono de chanza, que al descender de aquél las figuras que yo presento en palabras, ha de tratar de huir y no querer permanecer en el lugar que se les señala, Más, como en este caso las hipótesis son tuyas, conviene que busquemos algún otro motivo de chanza, porque es claro que no quieren permanecer contigo, según tu mismo afirmas.

Eutifrón: A mí me parece, Sócrates, que esta chanza va muy bien con lo que ambos decimos. Porque no soy yo solo el que inspiró la necesidad de que estas hipótesis merodeen alrededor de nosotros y no permanezcan fijas. Eres tú precisamente quien me pareces ser Dédalo, puesto que si de mí dependiese haría lo posible para que permaneciesen.

SÓCRATES: Es posible entonces, querido amigo, que sea yo todavía más diestro que este hombre en su arte, ya que él sólo hacía que no permaneciesen sus propias obras, en tanto yo, al parecer, concedo esto mismo tanto a las mías como a las ajenas. Y, ciertamente, lo que hay de más notable en mi arte es que soy diestro en él contra mi propia voluntad. Porque yo desearía únicamente que mis razones tuviesen solidez y se mostrasen firmes, y él en mayor grado que los tesoros de Tántalo y la Sabiduría de Dédalo juntos. Más creo que ya se ha dicho bastante de estas cosas. Y como me pareces un hombre maleable, yo mismo pondré a contribución todo mi esfuerzo para que me alecciones a cerca de lo que es lo piadoso. No abandones, pues, la tarea, y examina si no es necesario que todo lo que es piadoso sea también justo.

EUTIFRÓN: Eso creo yo.

SÓCRATES: Pero, ¿todo lo que es justo es piadoso, o todo lo que es piadoso es justo, sin que ello quiera decir que todo lo que es justo es piadoso, sino que sólo una parte de lo que es justo lo es y otra, en cambio, no lo es?

EUTIFRÓN: No soy capaz, Sócrates, de acompañarte en tus disquisiciones. Sin embargo, tu eres más joven que yo y me sobrepasas en sabiduría más de lo que yo a ti en edad. Pero, lo que yo digo, dispones de bastantes reservas de saber y hay que utilizarlas. Así, pues querido, no decaigas en tu esfuerzo, porque no es difícil de comprender lo que yo afirmo. Digo justamente lo contrario de lo que anunciaba el poeta cuando decía:

No quieres celebrar a Zeus que hizo y engendró todo esto pues allí donde está el temor también está la reverencia. Mi diferencia con el poeta es notable. Y, ¿deseas que te la muestre?

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: No me parece a mí que allí donde está el temor también está la reverencia. Porque creo que muchos que temen las enfermedades , la pobreza y otras muchas cosas, tienen, en efecto, temor, pero no sienten respeto hacia lo que temen. ¿No es éste tu parecer?

EUTIFRÓN: Indudablemente.

SÓCRATES: Más, allí donde está la reverencia también está el temor. ¿o es que hay alguien que avergonzándose en algo de sí mismo no sienta a la vez miedo y temor por su mala reputación?

EUTIFRÓN: Claro que ha de sentirlo.

SÓCRATES: No creo, pues que se diga con propiedad “allí donde está el temor también está la reverencia”, y será mejor decir que “allí donde está la reverencia, también está el temor”. Porque desde luego, no se da el respeto siempre que se da el temor. Y, a mi juicio, el temor abarca más que el respeto, ya que éste no es otra cosa que una parte de aquél, lo mismo que el número impar es una parte del número, hasta el punto de que si no hay necesariamente número impar allí donde hay número, sí hay en cambio número allí donde hay número impar. ¿Sigues ahora mi razonamiento?

EUTIFRÓN: Claro que lo sigo

SÓCRATES: Cosa análogas quería yo decirte hace un momento, de ahí que te preguntase si allí donde está la justicia también está la piedad, o lo que es lo mismo, si, dado que todo lo que es piadoso es justo, puede haber algo justo que no sea enteramente piadoso. Consideraríamos entonces la piedad como una parte de la justicia. ¿Estamos conformes con esto deseas manifestarte de otro modo?

EUTIFRÓN: No, ya que me pareces que estás en lo cierto.

SÓCRATES: Presta entonces atención a lo que voy a decir. Si, pues, la piedad es una parte de la justicia, conviene, según parece, que descubramos cuál es esta parte de la justicia. Y, como ocurriría en el caso anterior, si tú me hubieses preguntado que parte del número es el número par y que es en realidad este número, te habría contestado que es el número no impar, divisible en dos partes iguales. ¿No estás de a cuerdo?

EUTIFRÓN: Sí que lo estoy.

SÓCRATES: Intenta entonces mostrarme, siguiendo este ejemplo, qué parte de la justica es piadosa para que podamos decir a Melitos, que no se muestre injusto con nosotros ni nos acuse de impiedad, ya que hemos aprendido de ti suficientemente qué es en realidad lo religioso y lo piadoso, diferenciándolo de lo que no lo es.

EUTIFRÓN: Pues bien, Sócrates, he aquí la parte de la justicia que a mi parecer, es religiosa y piadosa; no es otra cosa que la que trata de la veneración de los dioses, todo lo demás, esto es lo referente a los hombres, constituye la otra parte de la justicia.

SÓCRATES: Me parecen razones de peso las que tú ofreces, Eutifrón, pero, con todo, resultan todavía algo insuficientes. No comprendo bien lo que quieres indicar con la palabra veneración. Seguramente esta veneración o culto de los dioses no tiene nada que ver con otros servicios. Y así decimos en sentido corriente. “no todo el mundo sabe cuidar de los caballos, esto es de incumbencia del buen jinete. ¿No es así?

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: Naturalmente, porque lo propio de él es el cuidado de los caballos

EUTIFRÓN: Eso es.

SÓCRATES: Así puede decirse también que no todo el mundo está práctico en el cuidado de los perros, sino que ello corresponde al hombre diestro en el arte de la caza.

EUTIFRÓN: En efecto.

SÓCRATES: Porque su cometido es precisamente éste, el del cuidado de los perros.

EUTIFRÓN: Tú lo has dicho.

SÓCRATES: Lo mismo que corresponde al boyero el cuidado de los bueyes.

EUTIFRÓN: claro que sí.

SÓCRATES: y así también, Eutifrón, la piedad y la devoción consistirán en el cuidado de los dioses. ¿No es eso lo que tú dices?

EUTIFRÓN: Eso, al menos, creo yo.

SÓCRATES: Más, ¿no versa siempre sobre lo mismo todo ese cuidado de que aquí hablamos? Porque, al fin, apunta al bien y a la utilidad de aquello que se cuida. Y ves, por ejemplo cómo los caballos cuidados por el buen jinete sacan provecho y se hacen mejores. ¿No lo crees así?

EUTIFRÓN: Naturalmente.

SÓCRATES: Y lo mismo los perros cuidados por el hombre diestro en la caza, o los bueyes cuidados por el boyero y todos los demás que podríamos enumerar. O estimas tal vez que el cuidado puede resultar en daño del que lo recibe?

EUTIFRÓN: No, por Zeus, ésa no es mi opinión.

SÓCRATES: Entonces, claro es que servirá para su provecho

. EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: ¿Es así, pues, que la piedad, destinada al cuidado de los dioses, es provechosa para ellos y les hace mejores? ¿te muestras, por tanto dispuesto a conceder que, cuando haces algo piadoso, perfeccionas también a alguno de los dioses?

EUTIFRÓN: Por Zeus, que ése no es pensamiento.

SÓCRATES: Bien creía yo, Eutifrón, que tú no pensabas así, estaba, en verdad, muy lejos de imaginarlo. Y si yo te preguntaba sobre lo que era a tu juicio el cuidado de los doses, créeme que no prejuzgaba en ti tal afirmación. EUTIFRÓN: Y estabas, justamente, en lo cierto, Sócrates, porque yo no hablo en modo alguno de esa clase de cuidados.

EUTIFRÓN: Eso parece.

SÓCRATES: Y, ciertamente, ¿también lo que resulta grato a los dioses lo es precisamente porque es amado por ellos?

EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: Pero entonces, Eutifrón, lo que resulta grato a los dioses no es lo mismo que lo piadoso, ni lo que es piadoso puede confundirse con lo que resulta grato a los dioses, como tú dices, es claro que son cosas distintas.

EUTIFRÓN: ¿Cómo es eso, Sócrates?

SÓCRATES: Porque hemos convenido en que lo que es piadoso es amado por su condición de piadoso, y no lo es tal porque se le ame. ¿No es así?

EUTIFRÓN: Desde luego

SÓCRATES: Pero, en cambio, lo que es amado por los dioses es amado por esto mismo, y nada le va a ello su naturaleza.

EUTIFRÓN: Es verdad lo que dices.

SÓCRATES: Porque, supongamos, querido Eutifrón, que es una y la misma cosa lo que es amado por los dioses y lo que es piadoso. Entonces, si lo que es piadoso es amado por ser piadoso, también lo que es amado lo es por su carácter propio, y así bien, si lo que es amado por los dioses lo es porque es amado, del mismo modo lo que es piadoso lo es porque amado. Más tú ves que ocurre de manera muy diferente, puesto que se trata de dos cosas completamente distintas, y una es objeto de amor porque se la ama, en tanto la otra lo es porque su misma naturaleza lo exige. Me parece, pues Eutifrón, que invitado por mí a definir lo es lo piados, no quieres mostrarme su verdadera naturaleza, limitándote en esta referirte su simple hecho, cual es el de que acontece a lo que es piados que es amado por todos los dioses. Pero nada dices en cuanto a su carácter esencial. Por tanto, si lo crees oportuno, deja ya de disimular y, tomando las cosas desde el principio, dime lo que es realmente lo piados, sin tener en cuenta para nada si es amado por los dioses o cualquier otra circunstancia por el estilo. Porque no será éste el motivo de nuestra discusión. Lo que importa es que me pruebes de buen grado cuál es la naturaleza de lo piadoso y de lo impío.

EUTIFRÓN: Ciertamente, Sócrates, que ya no sé decirte lo que pienso. Pues parece que todo anda rondando alrededor de nosotros sin que llegue a encontrar un lugar fijo.

SÓCRATES: Lo que tú dices, Eutifrón, semeja ser obra de Dédalo, nuestro antepasado. Y si fuese yo el que dijese y trajese a colación estas razones, tal vez podrías afirmar, en tono de chanza, que al descender de aquél las figuras que yo presento en palabras, ha de tratar de huir y no querer permanecer en el lugar que se les señala, Más, como en este caso las hipótesis son tuyas, conviene que busquemos algún otro motivo de chanza, porque es claro que no quieren permanecer contigo, según tu mismo afirmas.

Eutifrón: A mí me parece, Sócrates, que esta chanza va muy bien con lo que ambos decimos. Porque no soy yo solo el que inspiró la necesidad de que estas hipótesis merodeen alrededor de nosotros y no permanezcan fijas. Eres tú precisamente quien me pareces ser Dédalo, puesto que si de mí dependiese haría lo posible para que permaneciesen.

SÓCRATES: Es posible entonces, querido amigo, que sea yo todavía más diestro que este hombre en su arte, ya que él sólo hacía que no permaneciesen sus propias obras, en tanto yo, al parecer, concedo esto mismo tanto a las mías como a las ajenas. Y, ciertamente, lo que hay de más notable en mi arte es que soy diestro en él contra mi propia voluntad. Porque yo desearía únicamente que mis razones tuviesen solidez y se mostrasen firmes, y él en mayor grado que los tesoros de Tántalo y la Sabiduría de Dédalo juntos. Más creo que ya se ha dicho bastante de estas cosas. Y como me pareces un hombre maleable, yo mismo pondré a contribución todo mi esfuerzo para que me alecciones a cerca de lo que es lo piadoso. No abandones, pues, la tarea, y examina si no es necesario que todo lo que es piadoso sea también justo.

EUTIFRÓN: Eso creo yo.

SÓCRATES: Pero, ¿todo lo que es justo es piadoso, o todo lo que es piadoso es justo, sin que ello quiera decir que todo lo que es justo es piadoso, sino que sólo una parte de lo que es justo lo es y otra, en cambio, no lo es?

EUTIFRÓN: No soy capaz, Sócrates, de acompañarte en tus disquisiciones. Sin embargo, tu eres más joven que yo y me sobrepasas en sabiduría más de lo que yo a ti en edad. Pero, lo que yo digo, dispones de bastantes reservas de saber y hay que utilizarlas. Así, pues querido, no decaigas en tu esfuerzo, porque no es difícil de comprender lo que yo afirmo. Digo justamente lo contrario de lo que anunciaba el poeta cuando decía:

No quieres celebrar a Zeus que hizo y engendró todo esto pues allí donde está el temor también está la reverencia. Mi diferencia con el poeta es notable. Y, ¿deseas que te la muestre?

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: No me parece a mí que allí donde está el temor también está la reverencia. Porque creo que muchos que temen las enfermedades , la pobreza y otras muchas cosas, tienen, en efecto, temor, pero no sienten respeto hacia lo que temen. ¿No es éste tu parecer?

EUTIFRÓN: Indudablemente.

SÓCRATES: Más, allí donde está la reverencia también está el temor. ¿o es que hay alguien que avergonzándose en algo de sí mismo no sienta a la vez miedo y temor por su mala reputación?

EUTIFRÓN: Claro que ha de sentirlo.

SÓCRATES: No creo, pues que se diga con propiedad “allí donde está el temor también está la reverencia”, y será mejor decir que “allí donde está la reverencia, también está el temor”. Porque desde luego, no se da el respeto siempre que se da el temor. Y, a mi juicio, el temor abarca más que el respeto, ya que éste no es otra cosa que una parte de aquél, lo mismo que el número impar es una parte del número, hasta el punto de que si no hay necesariamente número impar allí donde hay número, sí hay en cambio número allí donde hay número impar. ¿Sigues ahora mi razonamiento?

EUTIFRÓN: Claro que lo sigo

SÓCRATES: Cosa análogas quería yo decirte hace un momento, de ahí que te preguntase si allí donde está la justicia también está la piedad, o lo que es lo mismo, si, dado que todo lo que es piadoso es justo, puede haber algo justo que no sea enteramente piadoso. Consideraríamos entonces la piedad como una parte de la justicia. ¿Estamos conformes con esto deseas manifestarte de otro modo?

EUTIFRÓN: No, ya que me pareces que estás en lo cierto.

SÓCRATES: Presta entonces atención a lo que voy a decir. Si, pues, la piedad es una parte de la justicia, conviene, según parece, que descubramos cuál es esta parte de la justicia. Y, como ocurriría en el caso anterior, si tú me hubieses preguntado que parte del número es el número par y que es en realidad este número, te habría contestado que es el número no impar, divisible en dos partes iguales. ¿No estás de a cuerdo?

EUTIFRÓN: Sí que lo estoy.

SÓCRATES: Intenta entonces mostrarme, siguiendo este ejemplo, qué parte de la justica es piadosa para que podamos decir a Melitos, que no se muestre injusto con nosotros ni nos acuse de impiedad, ya que hemos aprendido de ti suficientemente qué es en realidad lo religioso y lo piadoso, diferenciándolo de lo que no lo es.

EUTIFRÓN: Pues bien, Sócrates, he aquí la parte de la justicia que a mi parecer, es religiosa y piadosa; no es otra cosa que la que trata de la veneración de los dioses, todo lo demás, esto es lo referente a los hombres, constituye la otra parte de la justicia.

SÓCRATES: Me parecen razones de peso las que tú ofreces, Eutifrón, pero, con todo, resultan todavía algo insuficientes. No comprendo bien lo que quieres indicar con la palabra veneración. Seguramente esta veneración o culto de los dioses no tiene nada que ver con otros servicios. Y así decimos en sentido corriente. “no todo el mundo sabe cuidar de los caballos, esto es de incumbencia del buen jinete. ¿No es así?

EUTIFRÓN: Desde luego.

SÓCRATES: Naturalmente, porque lo propio de él es el cuidado de los caballos

EUTIFRÓN: Eso es.

SÓCRATES: Así puede decirse también que no todo el mundo está práctico en el cuidado de los perros, sino que ello corresponde al hombre diestro en el arte de la caza.

EUTIFRÓN: En efecto.

SÓCRATES: Porque su cometido es precisamente éste, el del cuidado de los perros.

EUTIFRÓN: Tú lo has dicho.

SÓCRATES: Lo mismo que corresponde al boyero el cuidado de los bueyes.

EUTIFRÓN: claro que sí.

SÓCRATES: y así también, Eutifrón, la piedad y la devoción consistirán en el cuidado de los dioses. ¿No es eso lo que tú dices?

EUTIFRÓN: Eso, al menos, creo yo.

SÓCRATES: Más, ¿no versa siempre sobre lo mismo todo ese cuidado de que aquí hablamos? Porque, al fin, apunta al bien y a la utilidad de aquello que se cuida. Y ves, por ejemplo cómo los caballos cuidados por el buen jinete sacan provecho y se hacen mejores. ¿No lo crees así?

EUTIFRÓN: Naturalmente.

SÓCRATES: Y lo mismo los perros cuidados por el hombre diestro en la caza, o los bueyes cuidados por el boyero y todos los demás que podríamos enumerar. O estimas tal vez que el cuidado puede resultar en daño del que lo recibe?

EUTIFRÓN: No, por Zeus, ésa no es mi opinión.

SÓCRATES: Entonces, claro es que servirá para su provecho

. EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: ¿Es así, pues, que la piedad, destinada al cuidado de los dioses, es provechosa para ellos y les hace mejores? ¿te muestras, por tanto dispuesto a conceder que, cuando haces algo piadoso, perfeccionas también a alguno de los dioses?

EUTIFRÓN: Por Zeus, que ése no es pensamiento.

SÓCRATES: Bien creía yo, Eutifrón, que tú no pensabas así, estaba, en verdad, muy lejos de imaginarlo. Y si yo te preguntaba sobre lo que era a tu juicio el cuidado de los doses, créeme que no prejuzgaba en ti tal afirmación.

EUTIFRÓN: Y estabas, justamente, en lo cierto, Sócrates, porque yo no hablo en modo alguno de esa clase de cuidados.

EUTIFRÓN: Es un cuidado semejante, Sócrates, al que los esclavos practican con sus amos.

SÓCRATES: Comprendo perfectamente, se trata de un servicio concerniente a los dioses.

EUTIFRÓN: Eso es, en efecto.

SÓCRATES: Podrías decirme, pues, en lo relativo a los servidores de los médicos, ¿qué perfección pretenden sus servicios? ¿No estimas que es la salud?

EUTIFRÓN: Claro que sí.

SÓCRATES: Y en cuanto a los servidores de los que construyen los navíos, ¿cuál será la utilidad a la que aspiran?

EUTIFRÓN: Indudablemente, Sócrates, aspiran a la construcción de los navíos.

SÓCRATES: Lo mismo que los servidores de los arquitectos a la construcción de las cosas, ¿no es cierto?

EUTIFRÓN: Exacto.

SÓCRATES: Dime ahora, querido, puesto que llegamos a los servidores de los dioses, ¿Qué utilidad pretenden sus servicios? Porque es evidente que tú lo sabes, dado que dices ser hombre muy entendido en las cosas de los dioses.

EUTIFRÓN: Eso afirmo y en verdad, Sócrates.

SÓCRATES: Habla, entonces, por Zeus ¿Cuál es esa hermosísima obra que realizan los dioses en gracia a nuestros servicios?

EUTIFRÓN: No una, Sócrates, sino muchas y hermosas obras.

SÓCRATES: Otro tanto podrías decir, querido, de los generales de los ejércitos. Admitirías fácilmente que sus aspiraciones no es otra que conseguir la victoria en la guerra. ¿No lo estimas así?

EUTIFRÓN: ¿Cómo no?

SÓCRATES: Creo también que los agricultores hacen muchas y hermosas cosas, aunque en definitiva la principal de ellas sea el alcanzarnos el alimento de la tierra.

EUTIFRÓN: En efecto

SÓCRATES: y del mismo modo, todas esas hermosas obras que realizan los dioses, ¿en qué ganancia fundamental pueden resumirse?

EUTIFRÓN: Acabo de decirte hace un momento, Sócrates, que resulta ardua tarea el llegar a instruirse en esto con todo detalle. Pero, para ser breve, te indicaré en pocas palabras que quien sabe decir que hay que hacer lo que es grato a los dioses, bien con sus súplicas, bien con sus sacrificios, ése es precisamente el ser piadoso y el que procura la salvación de las familias y de las ciudades. Lo contrario es impiedad, y motivo de conmociones y de ruinas.

SÓCRATES: Creo ciertamente, Eutifrón, que si ése era tu deseo aún hubieses podido resumirme más brevemente lo que yo te preguntaba. Más voy dándome cuenta que no te hallas bien dispuesto para instruirme, eso aparece ya con impiedad. Porque ahora, por ejemplo, estabas a punto de hacerlo y de pronto has vuelto sobre tus pasos. Y si tu hubieses contestado a mi pregunta, es claro que habría sabido yo suficientemente en qué consiste lo piadoso. Aún será necesario, pues, que el amante siga al objeto amado, donde quiera que éste le lleve. Veamos por tanto, cómo consideras tú lo justo y cuál es su virtud principal. ¿No estimas acaso como una ciencia de sacrificios y de rogativas?

EUTIFRÓN: Naturalmente.

SÓCRATES: Ahora bien, ¿Sacrificar no es ofrecer presentes a los dioses, y suplicar no es dirigirles rogativas?

EUTIFRÓN: Eso es, por cierto, Sócrates.

SÓCRATES: Según este razonamiento, la piedad tendría que ser la ciencia de las rogativas y de los presentes a los dioses.

EUTIFRÓN: Efectivamente, Sócrates, has comprendido muy bien lo que yo decía.

SÓCRATES: Ah!, querido amigo, porque soy un ferviente amante de tu sabiduría y te concedo toda mi atención para que no se pierda ni una sola gota de lo que tú dices. Dame, pues a Conocer en qué consiste ese servicio a los dioses, ¿declaras que se trata de rogativas y de presentes ofrecidos a ellos?

EUTIFRÓN: No tengo inconveniente.

SÓCRATES: Pero, pedir a los dioses lo que debemos pedir, ¿no es justamente solicitar de éstos aquellas cosas de que tenemos necesidad?

EUTIFRÓN: ¿Qué otra cosa podría ser’

SÓCRATES: Y, asimismo, ofreciéndoles los presentes debidos, ¿no es también hacerles donación por nuestra parte de aquello de que tienen necesidad? Porque, desde luego, no sería obra de un hombre inteligente el conceder presentes a quien no tiene necesidad de ellos.

EUTIFRÓN: Dices verdad, Sócrates.

SÓCRATES: Pero, en este caso Eutifrón, la piedad se convertiría en una técnica comercial que regulase los intercambios entre los dioses y los hombres.

EUTIFRÓN: Llamémosla técnica comercial si ése es el nombre que te place.

SÓCRATES: No me place, desde luego, si no es realmente la verdad. Dime por consiguiente, qué provecho pueden obtener los dioses de los presentes que reciben de nosotros. Porque, en cuanto a lo que ellos nos dan, está manifiesto para todo el mundo, ya que no poseemos ningún bien que no nos haya sido dado por los dioses.

Más ¿qué es en cambio lo que reciben de nosotros y qué provecho pueden obtener de ellos? ¿O es que vamos a admitir que somos superiores a los dioses en el arte de comerciar hasta el punto de que recibimos de ellos todo aquello que es bueno para nosotros, sin que, a cambio, reciban ellos nada de nosotros?

EUTIFRÓN: ¿Pero es que crees, Sócrates, que los dioses obtienen provecho de los presente que reciben de nosotros?

SÓCRATES: Y si no es así, Eutifrón, ¿Qué significación podrán tener esos presentes que les ofrecemos?

EUTIFRÓN: ¿Pues qué otra cosa piensas que son sino una manera de honrarles, de representarles y, como decía hace un momento, de mostrarles nuestra gratitud?

SÓCRATES: Entonces, Eutifrón, lo que es piadoso es lo que resulta grato a los dioses, pero no lo que les es útil o amado por ellos.

EUTIFRÓN: Yo, al menos, pienso que lo que les resulta grato es también lo más amado por los dioses.

SÓCRATES: Lo que quiere decir, según parece, que lo piadoso es lo que es amado por los dioses.

EUTIFRÓN: No hay duda alguna.

SÓCRATES: Y, diciendo esto, ¿podrás admirarte de que tus afirmaciones te parezcan inestables y de que anden rondando de aquí para allá? ¿Te atreverás a compararme a Dédalo y me harás responsable de esa inestabilidad cuando eres tu precisamente mucho más diestro que Dédalo, ya que consigues que esas razones estén girando en círculo? ¿Acaso no te das cuenta que nuestro razonamiento gira sobre nosotros mismos y vuelve otra vez al mismo lugar? Porque, ¿Has olvidado ya que anteriormente nos parecía que ser piadoso y amado por los dioses no era en modo alguno la misma cosa, sino cosas distintas? ¿Lo recuerdas?

EUTIFRÓN: Claro que sí.

SÓCRATES: ¿Y no consideras ahora que, según lo que acabas de decir, lo piadoso es lo que es amado por los dioses? Porque, lo que es amado por los dioses, ¿Es otra cosa que lo que los dioses aman?

EUTIFRÓN: Es la misma cosa.

SÓCRATES: Entonces, una de dos: o, recientemente no comulgábamos en una opinión sensata, o, si pensábamos rectamente, es ahora cuando extraviamos nuestro pensamiento.

EUTIFRÓN: Eso parece.

SÓCRATES: Será conveniente, por tanto, que volvamos a considerar de nuevo lo que es lo piadoso. En lo que a mí respecta, ten por seguro que no cejaré en la búsqueda hasta que llegue a saberlo. Pero tú, a la vez, no desdeñes este esfuerzo mío y, aplicando con todo interés tu pensamiento, dime ahora, al fin, dónde está la verdad. Porque es claro que si algún hombre la conoce, ese hombre eres tú, y no habrá que abandonarte, como al dios Proteo, antes de que hayas hablado. Pues si no discernías con seguridad lo que es piadoso de lo que no lo es, no hay razón para que hubiesen lanzado la acusación de homicidio contra tu anciano padre, por culpa de un hombre a sueldo. Y habrías debido contar, con el contrario, con el temor a los dioses para no verte expuesto a no obrar rectamente, así como es debido respeto a la opinión de los hombres. Más veo ahora que tú crees saber firmemente lo que es lo piadoso y lo que no lo es, dímelo, pues, querido Eutifrón, y no me ocultes lo que piensas a este respecto.

EUTIFRÓN: Déjalo para otra ocasión, Sócrates, porque ahora ando con prisas y es hora ya de que marche.

SÓCRATES: ¿Qué es lo que vas a hacer, mi buen amigo? Te marchas echando por tierra la gran esperanza que tenía de aprender de ti lo que es lo piadoso y lo que no lo es. Pues es el caso que pensaba liberarme de la acusación de Melitos, haciéndole ver que, aleccionado por Eutifrón en las cosas divinas, no me aventuraba a improvisar y a innovar por ignorancia en estas materias y formulaba el propósito de llevar en lo sucesivo una vida mejor.

 

Platón

 

 

Biografía

Platón (428- 347 a.C.), filósofo griego, uno de los pensadores más originales e influyentes en toda la historia de la filosofía occidental.

Originalmente llamado Aristocles, Platón (apodo que recibió por el significado de este término en griego, ‘el de anchas espaldas’) nació en el seno de una familia aristocrática en Atenas. Su padre, Aristón, era, al parecer, descendiente de los primeros reyes de Atenas, mientras que su madre, Perictione, descendía de Dropides, perteneciente a la familia del legislador del siglo VI a.C. Solón. Su padre falleció cuando él era aún un niño y su madre se volvió a casar con Pirilampes, colaborador del estadista Pericles. De joven, Platón tuvo ambiciones políticas pero se desilusionó con los gobernantes de Atenas. Más tarde fue discípulo de Sócrates, aceptó su filosofía y su forma dialéctica de debate: la obtención de la verdad mediante preguntas, respuestas y más preguntas.

 

En el 387 a.C. Platón fundó en Atenas la Academia, institución a menudo considerada como la primera universidad europea. Ofrecía un amplio plan de estudios, que incluía materias como Astronomía, Biología, Matemáticas, Teoría Política y Filosofía. Aristóteles fue su alumno más destacado.

Con la intención de conjugar la filosofía y la posibilidad de aplicar reformas políticas viajó a Sicilia en el año 367 a.C., para convertirse en tutor del nuevo tirano de Siracusa, Dionisio II el Joven. El experimento fracasó.

 

Platón todavía realizó un tercer viaje a Siracusa en el 361 a.C., pero una vez más su participación en los acontecimientos sicilianos tuvo poco éxito. Pasó los últimos años de su vida impartiendo conferencias en la Academia y escribiendo. Falleció en Atenas a una edad próxima a los 80 años, posiblemente en el año 348 o 347 a.C.

 

Los escritos de Platón adoptaban la forma de diálogos, a través de las cuales se exponían, se discutían y se criticaban ideas filosóficas en el contexto de una conversación o un debate en el que participaban dos o más interlocutores.

 

El centro de la filosofía de Platón lo constituye su teoría de las formas o de las ideas. En el fondo, su idea del conocimiento, su teoría ética, su psicología, su concepto del Estado y su concepción del arte deben ser entendidos a partir de dicha perspectiva.

Influido por Sócrates, Platón estaba persuadido de que el conocimiento se puede alcanzar. También estaba convencido de dos características esenciales del conocimiento. Primera, el conocimiento debe ser certero e infalible. Segunda, el conocimiento debe tener como objeto lo que es en verdad real, en contraste con lo que lo es sólo en apariencia. Ya que para Platón lo que es real tiene que ser fijo, permanente e inmutable, identificó lo real con la esfera ideal de la existencia en oposición al mundo físico del devenir. Una consecuencia de este planteamiento fue su rechazo del empirismo, la afirmación de que todo conocimiento se deriva de la experiencia. Pensaba que las proposiciones derivadas de la experiencia tienen, a lo sumo, un grado de probabilidad. No son ciertas. Más aun, los objetos de la experiencia son fenómenos cambiantes del mundo físico, por lo tanto los objetos de la experiencia no son objetos propios del conocimiento.

 

La teoría del conocimiento de Platón quedó expuesta principalmente en La República, en concreto en su discusión sobre la imagen de la línea divisible y el mito de la caverna. En la primera, Platón distingue entre dos niveles de saber: opinión y conocimiento. Las declaraciones o afirmaciones sobre el mundo físico o visible, incluyendo las observaciones y proposiciones de la ciencia, son sólo opinión. Algunas de estas opiniones están bien fundamentadas y otras no, pero ninguna de ellas debe ser entendida como conocimiento verdadero. El punto más alto del saber es el conocimiento, porque concierne a la razón en vez de a la experiencia. La razón, utilizada de la forma debida, conduce a ideas que son ciertas y los objetos de esas ideas racionales son los universales verdaderos, las formas eternas o sustancias que constituyen el mundo real.

 

La teoría de las ideas se puede entender mejor en términos de entidades matemáticas. Un círculo, por ejemplo, se define como una figura plana compuesta por una serie de puntos, todos equidistantes de un mismo lugar. Sin embargo, nadie ha visto en realidad esa figura.

 

Platón hizo extensiva su teoría más allá del campo de las matemáticas. En realidad, estaba más interesado en su aplicación en la esfera de la ética social. La teoría era su forma de explicar cómo el mismo término universal puede referirse a muchas cosas o acontecimientos particulares.

 

Un acto particular puede considerarse valeroso o cobarde porque participa de esa idea. Un objeto es bonito porque participa de la idea, o forma, de belleza. Por lo tanto, cada cosa en el mundo del espacio y el tiempo es lo que es en virtud de su parecido con su idea universal. La habilidad para definir el término universal es la prueba de que se ha conseguido dominar la idea a la que ese universal hace referencia.

 

Platón concibió las ideas de manera jerárquica: la idea suprema es la de Dios que, como el Sol en el mito de la caverna, ilumina todas las demás ideas. La idea de Dios representa el paso de Platón en la dirección de un principio último de explicación. En el fondo, la teoría de las ideas está destinada a explicar el camino por el que uno alcanza el conocimiento y también cómo las cosas han llegado a ser lo que son. En lenguaje filosófico, la teoría de las ideas de Platón es tanto una tesis epistemológica (teoría del conocimiento) como una tesis ontológica (teoría del ser).

La República, la mayor obra política de Platón, trata de la cuestión de la justicia y por lo tanto de las preguntas ¿qué es un Estado justo? Y ¿quién es un individuo justo?

El Estado ideal, según Platón, se compone de tres clases. La estructura económica del Estado reposa en la clase de los comerciantes. La seguridad, en los militares, y el liderazgo político es asumido por los reyes filósofos.

 

La clase de una persona viene determinada por un proceso educativo que empieza en el nacimiento y continúa hasta que esa persona ha alcanzado el máximo grado de educación compatible con sus intereses y habilidades. En realidad, el sistema educacional ideal de Platón está, ante todo, estructurado para producir reyes-filósofos.

 

Asoció las virtudes tradicionales griegas con la estructura de clase del Estado ideal. La templanza es la única virtud de la clase artesana, el valor es la virtud de la clase militar y la sabiduría caracteriza a los gobernantes. La justicia, la cuarta virtud, caracteriza a la sociedad en su conjunto. El Estado justo es aquel en el que cada clase debe llevar a cabo su propia función sin entrar en las actividades de las demás clases.

 

Platón aplicó al análisis del alma humana un esquema semejante: la racional, la voluntad y los apetitos. Una persona justa es aquella cuyo elemento racional, ayudado por la voluntad, controla los apetitos. Existe una evidente analogía con la estructura del Estado anterior, en la que los reyes filósofos, ayudados por los soldados, gobiernan al resto de la sociedad.

 

La teoría ética de Platón descansa en la suposición de que la virtud es conocimiento y que éste puede ser aprendido. Dicha doctrina debe entenderse en el conjunto de su teoría de las ideas. 

 

Como ya se ha dicho, la idea última para Platón es la idea de Dios, y el conocimiento de esa idea es la guía en el trance de adoptar una decisión moral. Mantenía que conocer a Dios es hacer el bien. La consecuencia de esto es que aquel que se comporta de forma inmoral lo hace desde la ignorancia. Esta conclusión se deriva de su certidumbre de que una persona virtuosa es realmente feliz y como los individuos siempre desean su propia felicidad, siempre ansían hacer aquello que es moral.

 

La influencia de Platón a través de la historia de la filosofía ha sido inmensa. Su Academia existió hasta el año 529, en que fue cerrada por orden del emperador bizantino Justiniano I, que se oponía a la difusión de sus enseñanzas paganas. El impacto de Platón en el pensamiento judío es obvio en la obra del filósofo alejandrino del siglo I Filón de Alejandría las ideas platónicas tuvieron un papel crucial en el desarrollo del cristianismo y también en el pensamiento islámico medieval.

 

 

 

 

Frases de Platón:

 

- La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.

 

- Los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo.

 

- No hay hombre tan cobarde a quien el amor no haga valiente y transforme en héroe.

 

- El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos los caballos.

 

- Donde reina el amor, sobran las leyes.

 

- Cada lágrima enseña a los mortales una verdad.

 

- La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser.

 

- El amor consiste en sentir que el ser sagrado late dentro del ser querido.

 

- La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.

 

- Tres facultades hay en el hombre: la razón que esclarece y domina; el coraje o ánimo que actúa, y los sentidos que obedecen.

 

- Frío e insípido es el consuelo cuando no va envuelto en algún remedio.

 

- El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida. - La libertad está en ser dueños de la propia vida.

 

- El hombre inteligente habla con autoridad cuando dirige su propia vida.

 

 

- La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos.

 

- El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.

 

- Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad.

 

- Si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos.

 

- Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro.

 

- ¿Quién es, pues, el creador y padre de este Universo? Difícil es encontrarlo; y cuando se ha encontrado, imposible hacer que la multitud lo conozca.

 

- Es necesario diferenciar las cosas: lo que siempre existe sin haber nacido, y lo que siempre está comenzando sin jamás llegar a ser.

 

- El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.

 

- Todo lo que nace proviene necesariamente de una causa; pues sin causa nada puede tener origen.

 

- Son filósofos verdaderos aquellos a quienes gusta contemplar la verdad.

 

- La burla y el ridículo son, entre todas las injurias, las que menos se perdonan

 

- Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos.

 

- El tiempo es una imagen móvil de la eternidad.

 

- De virtud hay una especie, de maldad, muchas.

 

- Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.

 

- Teme a la vejez, pues nunca viene sola.

 

- Todo lo que se llama estudiar y aprender no es otra cosa que recordar.

 

- Lo que no sé, tampoco creo saberlo.

 

- Si bien buscas, encontrarás.

 

- Los espíritus vulgares no tienen destino.

 

- Así como los ojos están formados para la astronomía, los oídos lo están para percibir los movimientos de la armonía.

 

- Allí donde el mando es codiciado y disputado no puede haber buen gobierno ni reinará la concordia.

 

- Al contacto del amor todo el mundo se vuelve poeta.

 

- A vosotros (políticos) os hemos formado en interés del Estado tanto como en el propio vuestro, para que seáis en nuestra República nuestros jefes y vuestros reyes.

 

- Aprendiendo a morir se aprende a vivir mejor.

 

- Debemos buscar para nuestros males otra causa que no sea Dios.

>- En torno de la esencia está la morada de la ciencia.

 

- La mejor tumba es la más sencilla.

 

- La civilización es la victoria de la persuasión sobre la fuerza.

 

- Lo que se mueve por sí mismo es inmortal.

 

- El legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos.

 

- En todas las cosas, naturales y humanas, el origen es lo más excelso.

 

- No es en los hombres, sino en las cosas mismas, donde es preciso buscar la verdad.

 

- Los hombres viven celosos de la inmortalidad.

 

 

 

---FIN---