La Visión de Confucio

 

~ Índice ~


 

Gran Posesión

Humildad

Obstrucción

Desposeimiento

 

Gran Posesión

 

Gran Posesión

 

...menos favorecido en apariencia, Cortahierro, al igual que Plumero, disfrutaba de una gran posesión: tenía el apoyo de sagaces consejeros que, "respondiendo al movimiento del Tao, se adaptaban a las circunstancias". Por lo tanto ¿no estaba, también él, en condiciones de conocer los designios del Cielo y de dictar sus decretos al pueblo?

 

Así, en el Imperio se codeaban una multitud de posesiones, todas grandes a su manera, pero también todas impregnadas de irrealidad; las que son goce de lo que ya no se posee, las que son promesa de lo que aún no se goza, las que constituyen una garantía sobre los bienes futuros y finalmente, las que no valen más que por lo que prometen.

 

Al lado de aquellas grandes posesiones, que no eran otra cosa que las posesiones de los grandes, estaban las grandes posesiones de los humildes, discretas, en segundo plano, sin ofrecer ninguna promesa verdadera.

 

La desaparición de los jefes de los turbantes verdes había destruido la organización del movimiento de la Gran Paz, pero, al eliminar a los miembros más notables y más eminentes, lo había purgado, de alguna manera, de los elementos que desvirtuaban su significado profundo. Privado de sus dirigentes, salía del trance menoscabado y a la vez sublimado.

 

La multitud anónima de los adeptos, de aquellos que jamás dejan un nombre en la Historia, había doblado el espinazo y, una vez pasada la tormenta, como la administración aún no se había recuperado, continuó  viviendo en la concordia, una concordia campesina, prosaica, sin pensar en extenderla por toda la tierra bajo el cielo.

 

Los buzones de sugestiones maravillosas habían sido desmantelados y el metal circulaba de nuevo por los mercados que atraen al vino, al robo y al asesinato; el número de mujeres había vuelto a disminuir, ya que muchas de ellas habían sido raptadas y asesinadas después de que las tropas de Viga y de Plumero las violaran.  Entonces, entre aquella vegetación ensangrentada y estremecida con los primeros escalofríos del invierno, los humildes se abandonaban a hacer inventarios y a soñar con grandes posesiones, apretando uno contra otro sus fatigados esqueletos cuyos huesos secos chirriaban como un fuego de gavillas o un canto desesperado de cigarras.

 

En primer lugar, poseían, sólo suyos e inalienables, aunque fueran esclavos, sus trescientos sesenta huesos y articulaciones, réplicas de las trescientas sesenta lunaciones cuya  sucesión teje la trama del año, sus cuatro miembros que son como los cuatro orientes, sus cinco vísceras, imágenes de los cinco elementos, sus seis receptáculos, sus nueve orificios y sus trescientos sesenta millones de cabellos. Y en el interior, los dieciocho mil dioses que lo habitan; las siete almas corporales, las tres almas espirituales, los dioses del sol y de la luna que iluminan las pupilas, las diosas de los ciclos de las horas que dominan el océano de la respiración, desde los riñones, etc.

 

De ese cuerpo que todo el mundo posee, disfrutaban de una manera más completa, más plena que los grandes, que los ricos, ya que lo sentían a cada instante, en sus huesos que crujían, en sus vientres vacíos, hinchados y flatulentos, y en sus músculos y en sus tendones que tiraban.

 

Además de su cuerpo y de su población divina (que, a decir verdad, no existe más que en estado virtual, puesto que su posesión sólo  puede obtenerse por la visión interior, la cual no se otorga a cualquiera) tenían la inmensa colonia de los parásitos -un bien estable y seguro, ya que nadie puede disputarlo-: las pulgas, las garra patas, los piojos, sin contar las múltiples lombrices intestinales; poseían, además de la solicitud de su miseria, la ternura de su esposa y de su hambrienta chiquillería, que esperban de ellos, como la primera, su subsistencia.

 

Y ellos también soñaban con posesiones, con la verdadera posesión, rememorando las teorías que profesaba Fasto y que concordaban tan perfectamente con las sombras vagas que flotaban aún en sus cabezas. En el orígen, la tierra y el cielo prodigaban sin cuento a los humanos sus más hermosos frutos, pero a causa de la codicia de los hombres que comenzaros a acaparar y a acumular para ellos mismos las riquezas habían cesado, poco a poco, de dispersar sus dones.

 

La tierra se había vuelto totalmente estéril y a esa avaricia suya correspondía la indigencia de los soberanos. Antaño, los reyes distribuían a sus súbditos todo los bienes, todas las maravillas de la creacción; podían satisfacer todos los deseos; luego, sólo pudieron contentar los dos tercios de sus apetitos, y, finalmente, no más de un tercio. Era ya la penuria. Hoy reinaba la miseria absoluta, ya que los príncipes apenas llegaban a satisfacer sus propias necesidades y se veían incapaces de distribuir a quienquiera que fuese ricas sedas y hermosos jades. La gente vivía bajo unos príncipes en bancarrota.

 

La posesión sólo era verdadera posesión si no excluía la riqueza genera, si permitía a cada hijo de vecino satisfacer sus necesidades. Las palabras "riquezas privadas" era un absurdo, y aquellos a quienes se llamaba ricos no eran más que indigentes. Y suspiraban por un mundo en el que, al prodigárseles todo con profusión, "lo tuyo", "lo mío" no tendrían ya ningún sentido, y en el que disfrutarían de la abundancia que el cielo y la tierra harían llover sobre sus cabezas o brotar bajo sus pasos.

 

 

Humildad

 

Humildad

 

 

¡Hermosa es la humildad por la que el Gran Hombre es glorificado!


Todo había comenzado en el pabellón de Vista de los Bárbaros, una residencia campestre rodeada de un gran parque, donde se había recluido el  Segundo Emperador en un retiro purificador después de su sueño. Chao el Alto creyó que podía reinar. Decidió eliminar a aquel que le hacía sombra, sin darse cuenta de que esa misma sombra le permitía vivir.


Al principio, Tseu-ying rechazó el trono que todos le ofrecían como al único digno de sentarse en él y al más apto, a causa de su moderación y de su prudencia en el trato con los rebeldes. Ya fuera por debilidad, ya fuera por una atracción secreta por el poder, terminó por ceder a los ruegos de sus allegados.  Se purificó y realizó los ritos de la investidura.


Por un misterioso fenómeno de resonancia, la palabra proferida en la oscura sala del trono de  Doble Luz había resonado bajo las vigas adornadas con arabescos rojo y oro del palacio de Ch’en.

Humildad –eran también labios reales los que pronunciaban la palabra ante un consejo-, a la que Inteligencia, rey de Ch’u, exaltaba como la virtud de la que dependían todas las demás. En boca de aquel hombre, en quien el sueño vano y glorioso de un fugaz presente había reducido la humilde zafiedad de su pasado a la inconsistencia de una virtualidad sin realizar, el término se dilataba, se hinchaba hasta que, desbordándose de la cavidad rosa donde se articulaba, llenó el gran vacío que había dejado el aniquilamiento de su realidad, en el acto mismo de su enunciación. A decir verdad, Inteligencia no se atribuía aquella modestia, la exaltaba en otro, pero sin embargo, a él también lo empapaba, semejante a las salpicaduras de una gran ola al estrellarse contra unas rocas despedazadas.


Cortahierro –decía- no se dejará embriagar en caso de éxito, es un hombre ponderado que tiene el sentido de sus límites y de sus carencias. Si lo enviaba con un ejército a cruzar los pasos, conquistaría. Ts’in sin derramamiento de sangre. Desde luego se podría objetar que Plumero, que poseía un innegable talento de soldado y que gozaba de una gran popularidad entre sus hombres, parecía, a primera vista, el mejor calificado para la misión; pero era un hombre violento que, por su soberbia, no haría más que exasperar a la población, a la que aplastaría bajo el peso de su desprecio y de su odio. Y además como según el término del acuerdo que habían firmado entre ellos Ts’in pertenecería al primero que penetrara en él, sería peligroso que la provincia más rica del Imperio le correspondiera a un jefe demasiado prestigioso, sin duda intentaría apoderarse de todas las demás y nada habría cambiado.

Cortahierro se internó por el camino del oeste, sufrió numerosas derrotas y no avanzó ni una pulgada hasta que, en su marcha oblicua hacia los pasos, plantó su vivaque al pie de las murallas de Kao-yang y recibió la visita del vigilante del acuartelamiento que no era otro que Li Yi-k’i, el letrado al que había ofendido en P’ei. Al elevarse,  Cortahierro, había hecho notables progresos en el oficio de Gran Hombre y supo halagarlo rebajándose.


Plumero a unos centenares de leguas de allí, estaba atrapado, también él, en el juego del orgullo y de la humildad. Sin duda, se habría dejado llevar por la embriaguez de la victoria si no hubiera tenido, para incitarle a la circunspección, el  desgraciado ejemplo de su tío  Viga.  Redobló la prudencia, moderando el entusiasmo de sus generales. Aunque se mostrara cauto, Plumero fue también expeditivo. Quería entrar en los pasos antes de que el poder de Cortahierro se afirmara.


El canto No, no estás desnudo, había resonado también en la cabeza del general de Izquierda,  Ts’ao Sin Herida; había tintineado como un traición. Ts’ao profesaba un odio mortal a los soberanos del oeste. Su familia había sido exterminada hasta el tercer grado  con el pretexto de la responsabilidad colectiva y sólo él, que todavía estaba en pañales, había escapado al furor de los jueces, gracias a la abnegación de un cliente, quien había matado a su hijo de corta edad para sustituirlo por Sin herida a fin de engañar a sus perseguidores.  Durante la campaña común de Plumero y Cortahierro pasó a las órdenes de este último, quien apreció su impetuosidad en el combate.


En aquel momento, Plumero mantenía una discusión con su consejero  Acrecentador: -No hace mucho tiempo, ese Cortahierro era conocido como un jefe de policía venal y libertino. Cuando hizo la campaña con vos al este de los pasos, no pensaba más que en incendiar, violar y saquear. Pero ahora, desde que ha entrado en Ts’in, parece una mosquita muerta. ¿Sabéis que no ha raptado a ninguna muchacha y que ha dejado intactos los tesoros, contentándose con ponerles los sellos? Incluso se ha abstenido de alojarse en el palacio de Doble Luz y ha instalado su campamento a las orillas del río. Ha abolido la ley de Ts’in, sustituyéndola por tres artículos muy benignos, y por todas partes tanto en Doble Luz como en los distritos de la capital, ha pegado por las paredes unas proclamas tranquilizadoras para ganarse a la población. Esto demuestra que sus ambiciones no se limitan a bagatelas como las mujeres y el dinero.

 

Obstrucción

 

Obstrucción

 

El paso está cortado a quién no debería estarlo.

Nefasto para el Gran Hombre.

La obstrucción es la imagen de la falta de comunicación

Entre el Cielo y la Tierra.

El sabio se retrae en su virtud a fin de evitar la desgracia;

No se deja seducir por unos emolumentos.

 

-Mi príncipe, los rebeldes son cada vez más numerosos a pesar de la represión. Cuanto más rigurosos son los castigos, más  se rebela en masa la población. Los hombres están hartos de las guarniciones en las fronteras, de los trabajos obligatorios demasiado largos y demasiados frecuentes, de las requisas para los convoyes de granos de forraje; están exasperados por los tributos y los impuestos demasiado fuertes que se abaten sobre ellos y los reducen a la mendicidad. Hay que hacer una pausa en los trabajos de la tumba del monte Li, suspender el agrandamiento del vuestro palacio de A’fang, reducir las guarniciones y las expediciones militares en las fronteras, lo que permitiría disminuir los impuestos y aligerar la carga de los trabajos obligatorios.

 

El emperador con aire arrogante, agitaba sus mangas. Lanzó una mirada melancólica a la mesa donde se habían dispuesto las copas de vino y los majares delicados, mientras en la sala, sus bufones, sus bailarinas, sus fieras amaestra das, todas las diversiones que agradaban a los reyes se esforzaban en alegrarlo y distraerlo.

 

¡Ah! Tenían que sr esos dos vejancones de Li Sieu y a parta el Mal los que encontraran siempre el medio de turbar sus placeres con sus necias reprimendas, como si él no tuviera suficientes horas libres. Habían escogido, por pura maldad, precisamente aquel momento en el que se divertía.

 

Dirigió su mirada hacia los dos ancianos que, continuaban su sermón lanzando pérfidas insinuaciones contra su único protector y apoyo, Chao el Alto.  Aquello era más de lo que podía tolerar.

 

-Aunque sea un eunuco,  Chao el Alto ha tenido siempre una conducta recta y ha avanzado constantemente por el camino de la virtud. Y gracias a esa constancia en el bien, ha podido elevarse a la dignidad que ocupa. Tengo plena confianza en él y os rogaría que dejarais de lanzar acusaciones calumniosas. Por otra parte, por haber perdido a mi padre muy joven aún, no estoy suficientemente formado para manejar a los hombres; vosotros sois viejos y cuando nos hayáis abandonado, lo que no podrá tardar, ¿en quién podré apoyarme sino en el fiel Chao el Alto?

 

-Es un hombre vil gritó el primer ministro con voz chillona- que abriga deseos insaciables. Está justo en el peldaño inferior al trono y sólo espera una ocasión para subirlo.

 

-Basta gritó el Emperador furioso, sujetándose las sienes aquejado de un fuerte dolor de cabeza-. ¡No quiero oír nada más contra mi consejero!

 

Frunció los labios con una mueca de desprecio y dijo con tono irónico recalcando cada palabra:

 

-El gran filósofo Han Fei, al que citáis a cada paso, escribió que unos príncipes como Yao y Chuen, que llevaron una vida de forzados, comiendo en escudillas de barro y viviendo en unos tugurios que no querrían ni los porqueros, no podrían servir de modelos aunque buscaran el bien de su pueblo.

 

Y les lanzó a la cara:

 

-Después de dos años de reinado, los bandoleros surgen por todas partes sin que hagáis nada por detenerlos y poner término a la sedición. Todo lo que sabéis hacer es tratar de impedir la realización de la obra comenzada por mi padre. Os mostráis ingratos hacia vuestro antiguo señor y desleales hacia mí. ¿Cómo no enrojecéis de vergüenza por ocupar un puesto del que sois indignos?

Y ordenó que se les encarcelara antes de denunciarlos a los tribunales.

 

Oreja y Desperdicios, que vivían en Ch’en fueron de los primeros letrados en unirse a los rebeldes, lo que les valió adquirir un gran ascendiente sobre un rey aún novato. Inmediatamente, recomendaron con el mayor entusiasmo a K’ong el Brema, quien, en efecto, era descendiente directo de Confucio en la octava  generación y había mantenido pura la tradición de su antepasado. Se decía que mantenía relaciones con la secta de los adivinos, que había tenido por discípulo a Totalidad al que había enviado a servir a Ts’in y que, él mismo, se había convertido en príncipe de la Difusión Cultural de Lu bajo el  Augusto Emperador. Su alto cargo le había permitido prevenir a Desperdicios y Oreja, de los que era íntimo, de que iban a detenerlos. Al verse amenazado, a su vez, en el momento de la proscripción de los libros, había tenido que huir a los montes de la Gran Gruta, al sur de Lu-yang.

 

Por una vez, el deseo de saldar una deuda de agradecimiento no perjudicaba a la equidad: Brema era un hombre notable. El rey de Ch’u, Cambio de Paso, lo había invitado y el sabio había aceptado. Pronto, toda la horda de los confucianos, después de sacar de los cofres donde se apolillaban sus trajes de anchas mangas y sus gorros de seda rígida, acudió con las santas reliquias: el laúd del Maestro, sus sandalias, sus instrumentos y sus recipientes rituales. Un complicado ceremonial encerró a Cambio de Paso en el collar de hierro del decoro y de las genuflexiones; emparedado en la pompa real, se separó de sus antiguos compañeros de armas y permanecía impermeable a los consejos de los doctos y de los sabios. Su entusiasmo y su frescura de hombre sencillo, que estaban en el origen de su éxito, cedieron el paso a su cerrilismo congénito, agudizado aún más por el sentimiento de su importancia. Había dejado de ser un rebelde sin que por ello se hubiera convertido en un rey.

 

Brema, hombre de sentido común y de experiencia, había puesto en guardia a Cambio de Paso contra el poderío de Ts’in.

-Señal no tiene talla ante un general como Chan Han y vos lo enviáis con tal ligereza, sin ni siquiera tomar la precaución de organizar vuestras defensas, que temo que os ocurra una desgracia. Ya sé que “el hombre propone y el Cielo dispone”, pero si sólo contáis con la suerte sin tomar alguna medida que pueda favorecerla, vais al encuentro de una desgracia. Conocéis la regla estratégica que dice: un general no cuenta con que su enemigo sea vulnerable sino con que él es invencible….

 

Desposeimiento

 

DESPOSEIMIENTO


Montaña que reposa sobre la tierra: aunque haya erosión, la parte superior se apoya en una base estable.


… ¿Por qué creéis que se os sirve?, ¿Por grandeza de alma o porque se espera de vos algún privilegio?


Apaciguador remachó.


- Os quejáis de la codicia de vuestros subordinados, pero ¿os servirían si fueran unos santitos?, ¿qué hijo piadoso recorrería el Imperio, agarrado a vuestros faldones, en lugar de servir a sus ancianos padres?, ¿ qué hombre íntegro aceptaría mentir e intrigar como nosotros lo hacemos?, ¿qué súbdito leal os ayudaría a acaparar unos bienes que no os pertenecen?, ¿no veis que es la venalidad e los hombres lo que hace de ellos vuestros mejores servidores?


-¿Utilizaríais en vuestros ejércitos un modelo de lealtad y piedad filial que no tuviera ningún talento de general? No estáis en una posición tan brillante como para que podáis prescindir de la ayuda de vuestro mejor jefe de guerra; y por otra parte, ¿qué podéis hacer contra él? Más vale simular que accedéis de buena gana a su petición; si Ts’i le pertenece, pondrá mayor entusiasmo en conservarlo; de otro modo, se volverá contra vos. Recordad la tercera línea del vigésimo tercer hexagrama: “Evita la desgracia desposeyéndose”. Porque es así como se gana el apoyo de los súbditos.


Cuando se enteró de que  Chang el Bueno había acudido a Ts’i para entregar los sellos reales y transmitir las felicitaciones de Cortahierro a  Confianza, el rostro de Comprensión se iluminó. Su sonrisa se ensanchó aún más cuando anunciaron la llegada de un embajador de Ch’u confianza tenía entre sus manos el destino del Imperio.


En cuanto el enviado de Plumero hubo partido, Comprensión pidió una audiencia, que le fue concedida al instante.


-¿Plumero os ha hecho proposiciones?


-¿cómo lo habéis adivinado?


-Que el rey de Han era un ser insaciable que sólo pensaba en desposeer a los príncipes para apoderarse de todo el Imperio y que yo sólo debía el estar aún en este mundo al temor que le inspiraba Plumero, pero que, en cuanto éste fuera eliminado, se libraría de mí para quitarme  Ts’i. Me ha propuesto concertar una alianza y repartirnos el Imperio.


-¿Y vos qué habéis respondido?


-Me he negado.


El sabio hizo un gesto al rey en dirección a la asistencia:


-¿No podríamos tener un poco más de soledad?


Confianza despidió a su séquito.


-¿Por qué no habéis aceptado?


-En realidad, no me he negado. He pedido tiempo para reflexionar.


-Recibí de un maestro el secreto de la fisiognomía. Sé adivinar el destino de los seres según su osamenta, su tez, su silueta…


-Y bien, ¿qué os dice mi apariencia?


-De frente sólo veo un marquesado que no os dará más que tormentos, pero si vos volvéis de respaldas, adivino una gloria y una elevación que nadie puede imaginarse.


-¡Explicaos!


-Al principio de la rebelión, unos hombres notables se sublevaron por miles, sin pensar más que en sacudirse el yugo. Simpatizaban unos con otros, se agrupaban como las nubes, se aglomeraban como las escamas del pez; bandas de valerosos compañeros iban y venían a través del Imperio como una violenta borrasca. Ts’in se desmembró; las tierras estaban apara el que las cogiera y despertaron la codicia de los hombres. Los jefes se alzaron unos contra otros para saciarse con los despojos del Imperio. Plumero y Cortahierro han destacado del montón. Su lucha partidista empapa el polvo con la sangre de los valientes sin que ninguno de los dos consiga sacar ventaja. Cortahierro ha perdió todas las batalles que ha entablado…


Si os inclináis a favor de Cortahierro, el Imperio será suyo, y si os ponéis del lado de Plumero, éste arrebatará a Cortahierro todas sus posesiones. Pero si permanecéis neutral, los obligaréis a cederos una parte de la caza. El Imperio será estable como un caldero apoyado sobre sus tres patas. Ninguno de los dos, por temor a una alianza, osará atacaros el primero.  Con una poderosa base territorial y con unos ejércitos numerosos como los que disponéis, si gobernáis con sabiduría, regentaréis Chao y Yen, y todo el Impero se volverá hacia vos.

-Es una decisión peligrosa que puede exponerme a la venganza de Cortahierro sin ninguna garantía por parte de Ch’u. Prefiero contemporizar. Dejemos que la situación se aclare.


-Tened cuidado, porque el Cielo castiga a aquel que no coge lo que le ofrece y la desgracia se abate sobre el imbécil que no se aprovecha de las circunstancias. ¡No aplacéis demasiado tiempo vuestra decisión!


El retórico se despidió y salió del palacio a grandes zancadas. Estaba muy decepcionado e irritado.