Cuentos Breves


 


SEXTO sentido

 


Tajima no karni paseaba por su jardín una hermosa tarde de primavera. Parecía completamente absorto en la contemplación de los cerezos en flor.

 A algunos pasos detrás de él, un joven servidor le seguía llevando su sable.

Una idea atravesó el espíritu del joven. "A pesar de toda la habilidad de mi Maestro en el manejo del sable, en este momento sería fácil atacarle por detrás, ahora que parece tan fascinado con las flores del cerezo.

En ese preciso instante, Tajima no karni se volvió y comenzó a buscar algo alrededor de sí, como si quisiera descubrir a alguien que se hubiera escondido.

 Inquieto, se puso a escudriñar todos los rincones del jardín. Al no encontrar a nadie, se retiró a su habitación muy preocupado.

El servidor acabó por preguntarle si se encontraba bien y si deseaba algo. Tajima respondió: Estoy profundamente turbado por un incidente extraño que no puedo explicarme.

Gracias a mi larga práctica de las artes marciales, puedo presentir cualquier pensamiento agresivo emitido contra mí, justamente cuando estaba en el jardín me ha sucedido esto. Pero aparte de ti no había nadie, ni siquiera un perro.
Estoy descontento conmigo mismo ya que no puedo justificar mi percepción. El joven servidor, después de saber esto, se acercó al Maestro y le confesó la idea que había tenido, cuando se encontraba detrás de él.
Humildemente le pidió perdón. Tajima no Kami se sintió aliviado y satisfecho, y volvió al Jardín.


BOKUDEN y sus tres hijos


Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega. Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó una pequeña estratagema: Colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.

Tranquilamente sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a su hijo mayor. Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto cogió el vaso antes de entrar. Entró, cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los dos Maestros.

- Este es mi hijo mayor -dijo Bokuden sonriendo-, ya ha alcanzado un buen nivel y va camino de convertirse en Maestro. A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizó la puerta y comenzó a entrar. Esquivando por los pelos el jarro que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.

-Este, es mi segundo hijo -explicó al invitado-, aún le queda un largo camino que recorrer.

El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos, -Y este -respondió el Maestro- es mi hijo menor. Es la vergüenza de la familia, pero aún es joven.


TAL ARMERO, tal arma


"El sable es el alma del samurai", nos dice una de las más antiguas máximas del bushido, la Vía del guerrero. Símbolo de virilidad, de lealtad y de coraje, el sable es el arma favorita del samurai.

Pero el sable, en la tradición japonesa, es algo más que un instrumento terrible, algo más que un símbolo filosófico. Es un arma mágica. Arma que puede ser benéfica o maléfica, según la personalidad del forjador y del propietario.

El sable es como la prolongación de los que lo manipulan, se impregna misteriosamente de las vibraciones que emanan de sus seres. Los antiguos japoneses, inspirados por la antigua religión Shinto, conciben la fabricación del sable como un trabajo de alquimia en el que la armonía interior del forjador es más importante que sus capacidades técnicas.

Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios días meditando, después se purificaba practicando abluciones de agua fría. Una vez vestido con hábitos blancos ponía manos a la obra, en las mejores condiciones interiores para crear un arma de calidad.

Masamune y Murasama eran dos hábiles armeros que vivieron al comienzo del siglo XIV. Los dos fabricaban unos sables de gran calidad. Murasama, de carácter violento, era un personaje taciturno e inquieto. Tenía la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban a sus propietarios a entablar combates sangrientos o que, a veces, herían a los que las manipulaban.

Sus armas sedientas de sangre rápidamente tomaron fama de maléficas. Por el contrario, Masamune era un forjador de una gran serenidad que practicaba el ritual de la purificación para forjar sus hojas. Aún hoy día son consideradas como las mejores del país.

Un hombre que quería averiguar la diferencia de calidad que existía entre ambas formas de fabricación, introdujo un sable de Murasama en la corriente del agua.

Cada hoja que derivaba en la corriente y que tocaba la hoja fue cortada en dos. A continuación introdujo un sable fabricado por Masamune. Las hojas evitaban el sable. Ninguna de ellas fue cortada, se deslizaban intactas bordeando el filo como si éste no quisiera hacerles daño.

El hombre dio entonces su veredicto:
-La Murasama es terrible, la Masamune es humana.

 


EL CAMPEÓN y el maestro


Umedzu era el campeón de esgrima de su provincia. Al saber que el célebre Maestro Toda Seigen estaba de paso por la ciudad en la que él enseñaba, Umedzu quiso medirse con él.

Cuando se le preguntó al Seigen si aceptaba el desafío que le lanzaba el campeón de la provincia, respondió:

-De ninguna manera. No veo ninguna razón por la que tenga que combatir con ese hombre, no tengo nada que probar. Respondedle que un combate de sable se desarrolla entre la vida y la muerte y que no puedo aceptar a la ligera asumir los riesgos.

Umedzu tomó esta respuesta como una excusa por parte de Seigen que aparentemente temía ser vencido y perder así su reputación, y dio a conocer públicamente la negativa del Maestro, no dudando en tratarle de cobarde.

El señor de la provincia oyó los rumores de este asunto y se interesó vivamente ya que él mismo era un apasionado de la esgrima. Envió un mensaje a Seigen en el que le rogaba cortésmente que aceptara el reto. Pero Seigen se negó a responder. La petición fue hecha tres veces. El tono se volvía cada vez más insistente. Seigen no podía negarse durante mucho tiempo ya que de esa manera infringiría las reglas y las obligaciones del samurai, que debe obediencia a las autoridades feudales. Por lo tanto se decidió a combatir con Umedzu.

El árbitro, el lugar y la fecha fueron elegidos rápidamente Umedzu, decidido a poner toda la suerte de su lado, se dirigió a toda prisa a un santuario Shinto en el que pasó tres días y tres noches seguidas practicando un ritual religioso de purificación con el fin de prepararse para el combate y conciliarse con los dioses.

Alguien contó a Seigen todos los detalles de la preparación de su adversario y le sugirió que hiciera lo mismo. Pero el Maestro sonrió tranquilamente y declaro:

-Yo intento crear en mi corazón la sinceridad y la armonía a cada instante. No es algo que los dioses puedan darme en momentos críticos.

Tal y como había sido fijado, los dos combatientes se encontraron en el lugar de la cita. El señor de la provincia se había desplazado en persona seguido de un gran cortejo para asistir a este encuentro tan esperado. Umedzu, acompañado por una multitud de alumnos y admiradores, llegó con un boken, sable de madera, de más de un metro de largo. Seigen tenía un bastón de apenas 40 centímetros.

Al ver esto, Umedzu exigió al árbitro que su adversario tomara también un boken reglamentario. ¡No quería que su victoria fuera atribuida al arma ridícula de Seigen! Esta reclamación le fue transmitida, pero se negó a cambiar de arma respondiendo que él se contentaba con su trozo de palo. El árbitro decidió finalmente que cada uno podía guardar su arma respectiva.

Umedzu se lanzó furiosamente al combate, atacando con vigor repetidas veces. Saltaba y rugía como una bestia feroz. Su arma hendía el aire con una precisión temible, su rapidez era prodigiosa.

El Maestro Seigen, casi indiferente, evitaba cada golpe con la flexibilidad y la gracia de un gato. Su mirada, completamente indiferente, estaba fija en los ojos del adversario. Su cuerpo, perfectamente relajado, parecía jugar, danzar, con el sable que le rozaba inquietamente. Umedzu, fuera de sí, manejaba su boken con todas sus fuerzas, pero la cólera le corroía al ver que golpeaba en el vacío.

Este fascinante ballet no duró sin embargo mucho tiempo. De pronto, sin que nadie supiera por qué, el campeón se inmovilizó. Su cara dejaba ver un dolor intenso. Sin lugar a dudas, el bastón del Maestro le había tocado pero nadie pudo decir donde. Seigen aprovechó la ocasión para desarmar a su adversario y arrojar lejos su boken, después de lo cual se dispuso a dejar el combate y a abandonar a Umedzu solo con su humillante derrota. Pero éste, en un acceso de cólera y rabia, desenvainó su puñal que había guardado en su cintura y se lanzó sobre el Maestro.

Con un movimiento apenas perceptible, el bastoncito de Seigen zumbó en el aire y fue a golpear de nuevo a Umedzu que esta vez cayó pesadamente al suelo.


EL SECRETO de la eficacia


Ito Ittosai, incluso después de haberse convertido en un experto y en un profesor famoso en el arte del sable, no estaba satisfecho de su nivel. A pesar de sus esfuerzos, tenía conciencia de que desde hacía algún tiempo no conseguía progresar.

En efecto, los sutras cuentan que el Buda sentó bajo una higuera para meditar con la firme resolución de no moverse hasta que no recibiera la comprensión última de la existencia del Universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes que renunciar, el Buda realizó su voto: despertó a la suprema Verdad.

Ito Ittosai se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto del arte del sable. Durante siete días y siete noches estuvo consagrado a la meditación.

Al alba del octavo día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber algo más, se resignó a volver a su casa, abandonando toda esperanza de penetrar el famoso secreto.

Después de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles. Cuando apenas había dado algunos pasos, sintió de pronto una presencia amenazante detrás de él y sin reflexionar se volvió al mismo tiempo que desenvainaba el sable.

Entonces se dio cuenta que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.


FRENTE a la montaña


"Hasta que no podáis ir más allá de la montaña, os será imposible alcanzar el camino. " UEI-KUAN

La tradición nos dice que seguir la Vía es como escalar una alta montaña. Aquel que ha decidido emprender el ascenso elegirá la vertiente que quiere escalar y buscará un guía para que le muestre el camino. Si la vertiente es demasiado abrupta o el guía es inexperto, los resultados pueden ser desastrosos. Pero incluso con el mejor guía no es fácil. Los obstáculos son numerosos, los esfuerzos penosos. Es necesario un gran combate, un fantástico cuerpo a cuerpo con la montaña.

Los músculos se tensan, los dedos se aferran fuertemente a las rocas. Cada gesto debe ser preciso, medido. No se puede dejar nada al azar. Un paso en falso significa la caída. Pero ¿cuál puede ser el interés de este desafío de cada instante, entre la cima y el abismo, entre la vida y la muerte?

Aquel que afronta la montaña sabe, o algo en él sabe, que el gran combate tiene lugar dentro de sí mismo. La montaña no es más que un pretexto, es lo que permite al hombre enfrentarse a sí mismo, es lo que le da la ocasión de superarse. El practicante va a desarrollar la voluntad y la energía necesarias para su evolución, enfrentándose a las dificultades.

Las pruebas son en realidad una ayuda para seguir la Vía. "Cuando el Cielo quiere confiar una misión importante a un hombre, comienza por llenar su corazón de amargura, confundiendo su comprensión y trastornando sus proyectos. Después lo fuerza a ejercitar sus huesos y músculos. Le hace experimentar el hambre y todo tipo de sufrimientos.Cuando el hombre emerge, triunfante sobre todas las pruebas, es capaz de realizar lo que antes no habría podido hacer." Esta cita de Mencio es una preciosa indicación en cuanto al sentido de la vida.

¿Cuál es la apuesta de este combate interior? Para los Maestros, los verdaderos obstáculos que impiden al discípulo avanzar son los creados por su personalidad artificial. El hombre ordinario, asfixiado por un collar de hábitos físicos y mentales, su visión del mundo deformada por una pantalla de ilusiones, es un enfermo cortado de su ser profundo cuyas posibilidades están sin explotar. El trabajo que hay que realizar consiste pues en hacer saltar los bloqueos físicos y mentales, para que las fuerzas latentes en el hombre puedan florecer libremente.

El budo, la Vía del combate, como cualquier otra Vía auténtica, tiene como meta la regeneración del individuo. Pero esta realización de sí sólo puede ser alcanzada por una lucha sin piedad contra los propios defectos, contra las propias debilidades, contra las propias ilusiones.

Para vencer los obstáculos interiores hay que tener además la paciencia de acosarlos sin tregua y el coraje de enfrentarse a ellos. Orgullo, cobardía, impaciencia, dudas, todos ellos alimentados por la ilusión, son trampas temibles en las que muchos han caído. El sendero es largo, difícil y penoso. Una de las claves de la Vía es no desalentarse y perseverar, a pesar de todo, a pesar de uno mismo.

“No hay que olvidar, como lo decía D.T. Suzuki que en tanto que no se haya comido el pan de la tristeza, no se podrá conocer el sabor de la vida real".


EL INCREIBLE Chi


Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la región que nadie podía competir con él. Los demás profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos. Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado.

El experto se presentó en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta y le preguntó que deseaba. El joven anunció sin dudar su intención. El anciano, visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.

El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció.

Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo:

-El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.

El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros doloridos dijo que ningún hombre podía romper ese bambú con la mano desnuda. El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejó al visitante que abandonara su proyecto hasta el momento en el que fuera capaz de hacer lo mismo. Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba.

Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos bambúes de la prueba y no tardó en calarlo entre dos piedras. Se concentró durante algunos segundos, levantó la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacia el frágil anciano. Éste le declaró un poco molesto:

-Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: El Maestro rompe el bambú... Sin tocarlo.

El joven, fuera de si, contestó que no creía en las proezas de este maestro cuya simple existencia no había podido verificar.

En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente, sin quitar los ojos del bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros del bambú... que saltó en pedazos.

Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder decir una palabra, estaba petrificado. Por último, pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.



NO TAN Idiota


Matajuro Yagyu, hijo de un célebre Maestro del sable, fue renegado por su padre quien creía que el trabajo de su hijo era demasiado mediocre para poder hacer de él un Maestro. Matajuro, que a pesar de todo había decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte Futara para encontrar al célebre Maestro Banzo. Pero Banzo confirmó el juicio de su padre:

- No reúnes las condiciones.

- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro? -insistió el joven.

- El resto de tu vida -respondió Banzo.

- No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir su enseñanza.

¿Cuánto tiempo me llevará si trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma?

- ¡Oh, tal vez diez años!

- Pero usted sabe que mi padre se está haciendo viejo, pronto tendré que cuidar de él. ¿Cuántos años hay que contar si trabajo más intensamente?

- ¡Oh, tal vez treinta años!

- Usted se burla de mí. Antes diez, ahora treinta. Créame, haré todo lo que haya que hacer para dominar este arte en el menor tiempo posible!

- ¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años conmigo! Un hombre que quiere obtener resultados tan de prisa no avanza rápidamente -explicó Banzo.

-Muy bien -declaró Matajuro, comprendiendo por fin que le reprochaba su impaciencia-, acepto ser su servidor.

El Maestro le pidió a Matajuro que no hablara más de esgrima, ni que tocara un sable, sino que lo sirviera, le preparara la comida, le arreglara su habitación, que se ocupara del jardín, y todo esto sin decir una palabra sobre el sable. Ni siquiera estaba autorizado a observar el entrenamiento de los demás alumnos.

Pasaron tres años. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su triste suerte, él, que aún no había tenido la posibilidad de estudiar el arte al que había decidido consagrar su vida. Sin embargo, un día, cuando hacía las faenas de la casa rumiando sus tristes pensamientos, Banzo se deslizó detrás de él en silencio y le dio un terrible bastonazo con el sable de madera. Al día siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el Maestro le atacó de nuevo de una manera completamente inesperada. A partir de ese día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra los ataques por sorpresa de Banzo.

Debía estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no probar el sable del Maestro. Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez y una especie de sexto sentido, le permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo. Un día, menos de diez años después de su llegada, el Maestro le anunció que ya no tenía nada más que enseñarle.



UNA ENSEÑANZA Acelerada


Matajuro Yagyu, hijo de un célebre Maestro del sable, fue renegado por su padre quien creía que el trabajo de su hijo era demasiado mediocre para poder hacer de él un Maestro. Matajuro, que a pesar de todo había decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte Futara para encontrar al célebre Maestro Banzo. Pero Banzo confirmó el juicio de su padre:

- No reúnes las condiciones.

- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro? -insistió el joven.

- El resto de tu vida -respondió Banzo.

- No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir su enseñanza.

¿Cuánto tiempo me llevará si trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma?

- ¡Oh, tal vez diez años!

- Pero usted sabe que mi padre se está haciendo viejo, pronto tendré que cuidar de él. ¿Cuántos años hay que contar si trabajo más intensamente?

- ¡Oh, tal vez treinta años!

- Usted se burla de mí. Antes diez, ahora treinta. Créame, haré todo lo que haya que hacer para dominar este arte en el menor tiempo posible!

- ¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años conmigo! Un hombre que quiere obtener resultados tan de prisa no avanza rápidamente -explicó Banzo.

-Muy bien -declaró Matajuro, comprendiendo por fin que le reprochaba su impaciencia-, acepto ser su servidor.

El Maestro le pidió a Matajuro que no hablara más de esgrima, ni que tocara un sable, sino que lo sirviera, le preparara la comida, le arreglara su habitación, que se ocupara del jardín, y todo esto sin decir una palabra sobre el sable. Ni siquiera estaba autorizado a observar el entrenamiento de los demás alumnos.

Pasaron tres años. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su triste suerte, él, que aún no había tenido la posibilidad de estudiar el arte al que había decidido consagrar su vida.

Sin embargo, un día, cuando hacía las faenas de la casa rumiando sus tristes pensamientos, Banzo se deslizó detrás de él en silencio y le dio un terrible bastonazo con el sable de madera. Al día siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el Maestro le atacó de nuevo de una manera completamente inesperada. A partir de ese día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra los ataques por sorpresa de Banzo.

Debía estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no probar el sable del Maestro. Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez y una especie de sexto sentido, le permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo. Un día, menos de diez años después de su llegada, el Maestro le anunció que ya no tenía nada más que enseñarle.



EL MAESTRO de los Tres Picos


Chang San Fong, el Maestro de los Tres Picos, tenía una estatura alta, un cuerpo esbelto y una constitución robusta que le daban un aspecto temible. Su cara, a la vez redonda y cuadrada, estaba acicalada con una barba erizada parecida a un bosque de alabardas. En la cima de su cráneo se erguía un moño espeso. Pero si su aspecto era impresionante, su mirada expresaba una dulce tranquilidad, con un brillo de bondad.

Tanto en invierno como en verano llevaba una túnica fabricada en una sola pieza de bambúes trenzados y a menudo se le veía con un caza-moscas hecho con crin de caballo.

Sediento de conocimientos, pasó la mayor parte de su vida peregrinando por las vertientes de los montes SenTchuan, Chansi y Hué-Pé. Continuamente visitaba los altos lugares del taoísmo, yendo de monasterio en monasterio, residiendo en estos santuarios y templos que las pendientes escarpadas de la montaña volvían difícilmente accesibles. Muy pronto fue iniciado por los Maestros taoístas en la práctica de la meditación. Por todas partes por donde pasaba estudiaba los libros sagrados e interrogaba sin descanso los misterios del Universo.

Un día, después de largas horas de meditación en silencio, oyó un canto maravilloso, sobrenatural... Observando alrededor de sí, vio sobre la rama de un árbol un pájaro que miraba atentamente al suelo. Al pie del árbol, una serpiente erguía su cabeza hacia el cielo. Las miradas del pájaro y del reptil se encontraron y se enfrentaron... De pronto, el pájaro cayó en picada sobre la serpiente, lanzando gritos penetrantes y atacó furiosamente a arañazos y picotazos.

La serpiente, ondulante y fluida, esquivó hábilmente los violentos ataques de su agresor. Este último, agotado por sus esfuerzos ineficaces, volvió a la rama para recuperar sus fuerzas. Al cabo de un momento se lanzó de nuevo al asalto. La serpiente continuó su danza circular que poco a poco se transformó en una espiral impetuosa de energía que la hizo inatrapable.

La leyenda nos dice que Chang San Fong se inspiró en esta visión para crear el wu-tang-pai, el estilo de la “mano flexible” que perfeccionado por generaciones de taoístas, se convirtió en el tai chi chuan.

Por eso los movimientos del tai chi no tienen ni comienzo ni fin. Se desenvuelven suavemente como el hilo de seda de un capullo, fluyen sin interrupción como las aguas del río Yang-Tsé. A la edad de veintisiete años, Yamaoka Tesshu, que era un experto del sable de gran reputación, combatió con Asari Matashichiro, célebre experto también en el manejo del sable. Este encuentro fue breve ya que Asari desarmó rápidamente a su adversario.Yamaoka, abatido, sintió una aflicción sin límite, no por causa de su derrota, sino porque advirtió que carecía de madurez espiritual. Motivado por este encuentro, redobló sus esfuerzos concentrándose enteramente en el entrenamiento del ken-jutsu (Arte del sable) y de la meditación sedente (zazen).

Después de diez años de práctica intensiva quiso poner a prueba el nivel que había alcanzado y de nuevo, fue al encuentro de Asari. En el curso de este segundo combate, sintiendo que su adversario le dominaba y le paralizaba por la maestría que de él se desprendía, se negó a continuar el combate, aceptando de nuevo su derrota.

Este nuevo encuentro lo impresionó tanto que a partir de entonces estuvo obsesionado por la imagen de Asari, imagen que le acosaba continuamente recordándole su mediocridad. Pero lejos de resignarse, intensificó su práctica del sable y de la meditación.

Siete años habían pasado cuando, después de una fuerte experiencia espiritual, constató de repente que la imagen de Asari había dejado de atormentarle. Entonces decidió medirse una vez más con él.

Asari le hizo combatir primero con uno de sus discípulos, pero éste se confesó vencido desde el comienzo del combate.Yamaoka encontró a Asari por tercera vez. Durante un largo momento los dos hombres se hicieron frente, observándose con la mirada.. De pronto, Asari bajó su sable y declaró:

- Usted está por fin sobre la Vía.